lo lamento enormemente pero sigo con este chin... aparato es cual me impide subir tan rapido como quisiera lo lamento mucho y de verda estoy pidiendo a medio mundo ayuda pero todos trabajan y les es dificil.
espero les guste este y al otro cap. le falta poquito, pero mejor no digo fecha asi que besitos cuídense y pórtense bien los quiero y gracias a todos los que me siguen leyendo, lo único que les aseguro es que aunque lento pero no lo voy a dejar a la mitad
Capítulo 6
Niell estaba de pie bajo la sombra de un roble detrás del Green Man.
— ¿Qué quieres decir con que fallaste, maldito idiota? Luchaba por seguir hablando en voz baja.
—Lo siento, vuestra excelencia. ¿Cómo iba yo a saber que justo en ese momento él besaría a la chica?
—OH, no lo sé. ¿Estaban muy cerca el uno del otro? ¿La tenía entre sus brazos?
El hombre se encogió de hombros y arrastró los pies en el polvo. Niell apretaba los dientes. Después de tres intentos, Albert podría estar muerto hacía tiempo si tan sólo pudiera encontrar un cómplice medianamente competente.
—Al menos dime cómo era la chica.
—No estoy seguro, vuestra excelencia. —El idiota se rascó la cabeza. «Piojos», pensó Niell. Le completaría el día contagiarse piojos de este estúpido pedazo de porquería.
—Ella llevaba sombrero. Andrew no se lo quitó para besarla.
— ¿Era alta y delgada?
—Sí, larga y muy flaca. Le llegaba al hombro a Andrew.
—Maldición. Parece que se trata de la jovenzuela White. —Niell le dio un fuerte golpe al tronco. El dolor le aclaró la mente—. ¿Se resistía?
—No, vuestra excelencia. No que yo haya notado. Claro que yo disparé justo en ese momento, así que tal vez se disponía a resistirse. Me largué apenas impactó la bala. Su primo es rápido como un rayo, sabe.
—Aja. —Niell evaluó las posibilidades. Era demasiado esperar que la muchacha hallara repulsivo a Albert. Eso no había sucedido jamás con mujer alguna. Y ella estaba hospedándose con Albert en Andrews. Quizás no tenía tanto tiempo como pensaba.
—Eh... vuestra excelencia, acerca de mis monedas...
— ¿Cómo? —Niell se tragó el enojo que otra vez lo invadió como una oleada. No podía gritar y llamar la aten ción. Flexionó los dedos. Le encantaría coger de la garganta a este idiota—. ¿Tus monedas? Alégrate de salir vivo de aquí, estúpido...
El hombre desapareció. Niell volvió a tragar saliva. Si tan sólo Philip estuviese aquí. Lo tranquilizaría. Pero Philip no estaba y él continuaba presa de oleadas de furia que le golpeaban la cabeza, el pecho, la ingle. Pronto explotaría. Necesitaba descargarse ya.
Oyó un frufrú de faldas, el sonido de zapatos caminan do sobre la hierba. Esa muchacha, Molly, esa fulana venía hacia el roble. Lo había llamado bastardo. Ella y su amiga le habían hecho quedar como un tonto frente a Albert. Las había odiado por eso. Había deseado lastimarla, romperle la muñeca a esa ramera. En aquel momento había desistido. Pues ahora mismo se lo cobraría.
La muchacha se acercó. Estúpida. Tan estúpida como todas las otras. La agarró. Ella comenzó a chillar, pero le cubrió violentamente la boca con la suya, ahogando el sonido y haciéndole apretar los labios contra los propios dientes. Ella se resistía, pero él era mucho más grande y fuerte. La empujo bruscamente contra el tronco del roble.
. Mucho mejor. Ya estaba excitado. Se las arregló para aflojar los pantalones, para levantarle las faldas. En él se entremezclaban enojo y lujuria. Embistió dentro de ella, aplastándola contra el tronco mientras vertía su odio dentro del cuerpo indefenso.
Cuando él retrocedió, la muchacha logró liberar sus manos y le lanzó un manotazo directo a los ojos, pero él tenía brazos más largos que los de la chica. Le rodeó el cuello con los dedos y apretó. Ella alzó las manos, tironeando de las de él, pero no tenía fuerzas suficientes. Cerda imbécil, pensar que podía igualarlo en fuerza. El vio sus ojos llenarse de pánico; aún tenía uno morado por el golpe que él le había dado. Los observó salirse de las órbitas, con la boca abierta en un alarido mudo. Observó su rostro mientras colapsaba.
Sintió olor a muerte.
Dejó que el cuerpo de la muchacha se deslizara hacia abajo contra el tronco del roble para formar en el suelo una pila inerte.
Se sentía mucho más calmado.
Albert miró por la ventana de su estudio. La lluvia caía como una cortina de agua sobre el cristal.
— ¿Entonces usted cree que fue su primo Niell quien nos disparó?
—A mí. Estoy seguro de que él, o más bien su cómplice, me apuntó sólo a mí.
Candy se movió. Ahora podía verla reflejada en la ventana. Llevaba uno de sus vestidos nuevos. Le gustaría que la señora Croft lo hubiera hecho más escotado. Ese volante de encaje bordeando el canesú era totalmente innecesario. Su hermoso cuello y su aún más hermoso pecho deberían verse más. Sonrió. La llevaría a una modista de Londres tan pronto como llegaran allí. También a Rossy, por supuesto. La moda londinense era indudablemente más atractiva.
— ¿Cómo puede sonreír?- El se volvió y le cogió la mano...
—Estaba admirando su vestido. ¿Sabía que hace que sus ojos se vean azules?
—Mis ojos no son azules.
—Lo son esta noche. —Inclinó la cabeza para aspirar el perfume suave y dulce de la joven—. Otra sección para mi tratado.
Candy liberó su mano.
—Está usted hablando sin ton ni son, vuestra alteza.
—Albert.
—Vuestra alteza. —Retrocedió, interponiendo entre ellos el ángulo del escritorio—. ¿No dijo usted que su tía y lady Sara harían de carabinas durante mi estancia aquí? Su constante ausencia llega a ser llamativa.
—Quizás concluyeron que como el caballo ya se había desbocado, no hay necesidad de cerrar con llave la puerta de la caballeriza.
Los ojos de Candy despedían chispas verdes.
—El caballo no se ha desbocado.
—Bueno, no, pero ¿no le gustaría desbocarse?
Albert acortó la distancia entre ellos, aprisionando con suavidad las muñecas de Candy. Con las mejillas encendidas, ella tiró ligeramente hacia atrás.
— ¡Claro que no!
— ¿No? ¿Ni siquiera un poco?
—Ni un pelín.
— ¿Está segura? —Albert tiró suavemente hacia delante las manos de Candy, llevándolas hacia su propia espalda y acercándola contra su cuerpo—. Una caballeriza puede volverse terriblemente asfixiante. —Inclinó la cabeza, y sus labios se deslizaron recorriéndole el nacimiento del pelo con la levedad de una pluma.
— ¿El caballo no quisiera asomar el hocico por la puerto abierta? —susurró—. ¿Sentir la brisa? ¿Oler el aire nocturno?
Como los ojos de Candy se habían ido cerrando, él se desvió para rozarle los párpados con los labios antes de deslizarse por los pómulos en dirección al punto sensible detrás de la oreja. Un extraño ruidito brotó de la garganta de ella, mitad gemido, mitad suspiro, y ladeó la cabeza para facilitar la llega da de los labios de él al punto en cuestión.
Él hundió la cabeza en su cabello.
—Cielo. —Le soltó las muñecas para darle un mejor uso a sus propias manos.- Quizás pudiera hacer algo con ese Irritante volante que bordeaba el canesú. Sin duda alguna era un estorbo.
— ¡Vuestra alteza! —Candy eludió sus manos y regresó a su posición fortificada detrás del escritorio—. ¡Compórtese!
— ¿Tengo que hacerlo? —Miró el estudio—. Éste sería Un lugar estupendo para un poco de mal comportamiento.
—No.
— ¿Está segura?
—Muy segura. Tenemos importantes asuntos sobre lo que pensar.
— ¿Sí?
— ¡El intento de asesinato de hoy!
—Una razón más para comportarnos mal. Si nos queda poco tiempo en este mundo, me encantaría pasarlo con usted en esa confortable silla junto al fuego, o incluso sobre esa hermosa y mullida alfombra.
— ¡Basta! —Candy se volvió, asiendo el borde del escritorio—. ¿Cómo puede minimizarlo así? Albert lanzó un suspiro. Por lo visto, Candy podía ser tan testaruda como un terrier.
—En realidad no estoy minimizándolo, Candy. Estoy haciendo todo lo que puedo para protegerme y proteger a mi familia, pero es un poco como luchar contra una sombra. Niell es artero.
Candy tomó del escritorio el cortaplumas de plata de Albert y comenzó a juguetear con él, haciéndolo girar entre sus manos y pasando los dedos por el grabado.
— ¿Por que piensa que es su primo quien está tratando de matarle?
— ¿Quién más podría ser? —Dijo Albert encogiéndose de hombros—. No soy un santo, pero juego limpio y pago mis cuentas. Me ocupo de mis propiedades; no me acerco a las esposas o hijas de otros hombres, con excepción de los presentes, por supuesto. —Hizo una pausa y la miró de modo insinuante. Ella flameó el cortaplumas en dirección a él.
—Nada de eso, vuestra alteza. Esto es serio. Quiero una respuesta directa.
—Sí, señora. Veo que fue usted una maestra excepcional en su empleo anterior. ¿Sus alumnas alguna vez se divertían?
—Muy rara vez, y ciertamente no si yo tenía algo que decir sobre el tema en cuestión. Ahora, respóndame.
—Nadie excepto Niell tiene razón alguna para desearme la muerte.
—Porque él heredaría todo.
—Sí, pero principalmente porque piensa que le he robado el ducado.
Candy frunció el ceño.
— ¿Cómo puede ser eso? ¿No son acaso vuestras leyes de sucesión lo suficientemente claras?
—Las leyes son claras, lo turbio son los hechos. Mi padre y el de Niell eran gemelos idénticos. Mi padre, al ser mayor por diez minutos, era el heredero. Niell cree que en el momento del nacimiento hubo alguna confusión, como qui la matrona no esperaba gemelos y los bebés fueron cambia dos. Según él, su padre debería haber heredado todo cuando murió nuestro abuelo y entonces Niell, no yo, debería ser el actual duque.
—Eso es ridículo, ¿verdad?
—Bueno, quizás no tanto como ridículo, pero sí improbable. Hasta donde yo sé, nadie, excepto Niell, ha cuestionado jamás este asunto. Su propio padre nunca lo hizo.
Candy asía con tal fuerza el cortaplumas que el grabado del mango quedó marcado en sus dedos. Si alguna vez necesitara probar que el sistema de herencia inglés era absurdo y peligroso, he aquí la prueba.
—Entonces, ¿cómo puede Niell acusarle de haberle robado el ducado, cuando el padre de él nunca acusó al de usted? Aquél era el momento razonable para disputar la sucesión.
—Es verdad, pero Niell no es un ser razonable.
— ¡Lo que no es razonable es vuestro sistema de primogenitura! Ésa es la raíz de este problema. —Candy le apuntó con el cortaplumas—. Si Inglaterra se deshiciera de todos sus títulos y esas tonterías de la herencia, la gente como su primo no se pasaría la vida esperando que otro muriera.
—No es así de simple.
Candy dio un golpecito en el pecho de Albert.
—Niell es un parásito. Admítalo.
—Lo admito. ¿Tiene planeado apuñalarme con eso?
— ¡Oh! —Candy miró inexpresivamente el cortaplumas—. No.
—Bien. —Albert tomó el cuchillo y lo puso de nuevo sobre el escritorio—. No me oirá defender a Niell, cielo, pero no puedo creer que en vuestro país no haya gorrones.
—Bueno, tal vez los haya, pero no es lo mismo en absoluto.
—No estoy tan seguro de eso. Puede que no los llaméis «Lores», pero creo que en vuestro país tenéis muchos hombres ricos a quienes alguien, un hijo u otro pariente, no lloraría si se marcharán tempranamente a recibir su recompensa celestial, dejando tras de sí sus tesoros terrenales, por supuesto.
— ¡Aun así, no es lo mismo!
Albert levantó una ceja y abrió la boca para responder, pero lo interrumpió un ligero golpe en la puerta.
— ¿Qué sucede, Layton?
—Un mensaje, vuestra alteza
El mayordomo le entregó un papel doblado y se retiró.
Albert echó un rápido vistazo al contenido y arrugó el papel en el puño
— ¿Qué ocurre?
—Acaban de encontrar muerta a Molly, la muchacha del Green man, estrangulada fuera de la posada.
— ¿Niell?
—Apostaría mi vida a que fue él.
Puso el papel arrugado sobre su escritorio y la atrajo hacia sí. Sus ojos azules tenían una expresión sombría y el gesto de contrariedad dibujaba una profunda arruga entre sus cejas. Candy sintió ganas de rozarle con sus dedos y hacerle desaparecer.
—Candy, sería mucho más fácil protegerla si fuera mi esposa y no sólo una invitada en mi casa.
— ¿Pero ser su esposa no me expondría a más peligros, vuestra alteza? Ahora soy sólo una norteamericana desconocida. Si me casara con usted, me convertiría en duquesa, ¿no? Y, supongo que, con el tiempo... —Candy se mordió el labio y concentró su mirada en la corbata de Albert—. Bueno, una vez que tenga usted una esposa, podría tener un hijo. Y un hijo sin duda enfadaría a Niell.
Albert le empujó suavemente la barbilla con el canto de la mano. A regañadientes ella elevó el rostro. Las sombras habían desaparecido de los ojos de él. Ahora brillaban con un fuego muy perturbador.
—Eso es muy cierto, cielo. Si tuviera una esposa, si te tuviera a ti como esposa, me dedicaría muy asidua mente a in tentar tener un hijo. Día y noche.
— ¿De día? —preguntó ella con voz aguda. ¿Podía la gente hacer a plena luz del día lo que fuera que hacían para tener bebés?
—Desde luego que sí. Antes y después de desayunar. Quizás también por la tarde.
Sin duda eso no podía ser posible.
—Está usted diciendo tonterías, vuestra alteza.
—Albert. —Deslizó el pulgar suavemente sobre los labios de ella—. Fue muy agradable oírtelo decir esta mañana. —Sus ojos recorrieron el mismo camino que un segundo antes había tocado—. Dilo, Candy. Por favor. Quiero oír mi nombre en tus labios.
—Esto es muy indecoroso, vuestra alteza.
Candy había intentado utilizar un tono enérgico, pero era difícil ser tajante cuando alguien estaba acariciándole las sienes con la boca.
—Albert.
De algún modo sus dedos habían llegado al pecho de él y estaban recorriendo los dibujos del chaleco. Se deslizaron por la suavidad de la seda y recordó con asombrosa claridad la sensación de ese pecho desnudo.
—Usted es un duque, vuestra alteza.
—Soy un hombre, cielo. —Su boca jugueteaba provocativa mente con una de las comisuras de los labios de Candy—. Muy hombre. —Se movió hacia la otra—. Por favor. Una buena norteamericana como tú no debería hacer caso de los títulos.
Su contacto era muy perturbador. Candy movió la cabeza para encontrar sus labios, pero él retrocedió.
Lujuriosa. Otra vez estaba comportándose como una mujer lujuriosa. Apoyándole ambas manos sobre el pecho, le dio un empujón. La presión de los brazos que la envolvían cedió.
—Ven, Candy. Sé que puedes hacerlo.
—Se está comportando usted de modo ridículo, vuestra alteza.
—Albert.
—Señor.
—Comencemos por la A. No es un sonido complicado. Trata de decirlo junto conmigo: «A. .A...a».
—Oh, válgame Dios. ¡Albert! Ahí tiene. ¿Ahora me dejará ir?
— ¿Debo hacerlo?
—Si no lo hace, lo llamaré «vuestra alteza».
—Eso no sería jugar limpio. —Albert sonrió abierta mente y se inclinó como para besarla, pero Candy se escabulló de sus brazos y huyó antes de ceder a sus lujuriosos deseos.
Albert se sirvió un vaso de brandy y se sentó junto al fuego. Realmente deseaba poder tener a Candy sobre su regazo, pero al menos había conseguido que lo llamara por su nombre. No permitiría que volviera a dirigirse a él como «vuestra alteza».
¿Qué iba a hacer con respecto a Niell? Haría averiguaciones, pero apostaría que nadie podría vincular a Niell con la muerte de Molly. Era posible que no estuviera involucrado, pero, como le había dicho a Candy, no apostaría su vida por esta última posibilidad. Sin duda tampoco apostaría la vida de ella.
¿Niell ya habría matado? Había oído rumores sobre una muchacha de la universidad. Él los había ignorado, pensando que eran infundados. ¿Se había equivocado? ¿Cómo podía asegurarse de que Candy estuviera a salvo? Ella tenía razón. El matrimonio con él la pondría en una situación algo peligrosa, pero la joven ya estaba en peligro ahora que Niell la había relacionado con él. Si estuvieran casados, Albert tendría derecho a protegerla. Podía encerrarla en su habitación, o en la de él. Encadenarla a su cama.
Sonrió mientras sorbía el brandy imaginando todas las encantadoras maneras de mantenerla ocupada y fuera del alcance de Niell.
A la mañana siguiente, mientras caminaba hacia la caballeriza, Candy iba pensando en Niell y en el disparo. No estaba preocupada por ella. Niell no era estúpido. Se daría cuenta de inmediato de que el duque de Andrew no podía casarse con la señorita White de Lakewood, quien no tenía un centavo. Pero ¿y Albert? Él no tomaba en serio el peligro que corría.
— ¡Candy!
Levantó la vista. Albert estaba de pie junto a la puerta de la caballeriza. El sol iluminaba su cabello rubio y los fuertes rasgos de su rostro. El corazón de Candy empezó a latir con más fuerza y sus labios se curvaron en una amplia sonrisa.
—Hola, Albert.
Vio ampliarse aún más la sonrisa de él.
—Ah, McGee. ¿Oíste mi nombre de labios de la señorita White?
Un hombre bajo y canoso conducía un caballo fuera de la cuadra.
—Claro que sí, vuestra alteza. ¡Todavía no he perdido el oído!
Candy sonrió y asintió mirando a McGee. Luego dijo:
—Se está usted comportando de un modo muy tonto, vuestra alteza.
—No, no puede volver atrás: de ahora en adelante tiene que llamarme Albert, ¿verdad, McGee?
El señor McGee se contentó con poner los ojos en blanco.
La expresión de Albert se tornó seria.
—Para nuestra primera lección vamos a quedarnos cerca de la casa, Candy. McGee dice que nadie ha visto a Niell ni a ninguna persona extraña en los alrededores, pero para qué correr riesgos innecesarios.
Candy notó que McGee había escupido en la tierra al oír el nombre de Niell.
—Por mí está bien. —Echó un vistazo al caballo cuyas riendas sostenía McGee—. ¿No es un animal un poco grande, señor McGee? —No logró ocultar del todo el temblor de su voz.
—Vea, señorita, no debe preocuparse. Pimpollo es manso como un cordero.
— ¿Pimpollo? —preguntó Candy mirando a Albert. El se encogió de hombros.
—Otra vez Rossmery—dijo—. Pero McGee tiene razón. Pimpollo es muy tranquilo. Venga a conocerlo.
Albert tomó las riendas de manos de McGee e hizo que el caballo adelantara unos pasos en dirección a Candy. Ella colocó con cuidado una mano sobre el cuello de Pimpollo. Aun a través del guante podía sentir el calor y la textura áspera del pelo del animal. Pimpollo se movió y su cuello se crispó. Candy retiró bruscamente la mano y miró a Albert. Éste hacía denodados esfuerzos por no romper a reír.
—Le doy mi palabra de que Pimpollo es tan plácido que un disparo de cañón no sería suficiente para sobresaltarlo.
—Haría falta un cañón para moverlo —farfulló McGee.
Albert alzó una ceja y Candy sonrió. La joven se volvió hacia Pimpollo y con cuidado le pasó la mano a lo largo del cuello. El animal se dio la vuelta y la contempló largamente.
—Sí que tiene unos ojos bonitos.
—Veamos qué le parece la vista desde la montura. —Albert le rodeó la cintura con las manos y la levantó.
— ¡Huy! —Bajó la vista hacia Albert, quien la mantenía cogida de la cintura para ayudarla a mantenerse firme. La joven podía sentir el calor de las palmas y cada uno de los de dos de él a través de los guantes y de la gruesa tela de su traje de montar. A él ni siquiera se le había acelerado la respiración pese a haberla levantado del suelo, que desde su nueva posición parecía estar realmente muy lejos.
Se arriesgó a mirar a su alrededor. Había por allí una asombrosa cantidad de trabajadores de la caballeriza que probablemente querían presenciar su primer intento de montar un caballo.
Cautelosamente enderezó la espalda y probó su equilibrio.
—Simplemente no estoy acostumbrada a ver el mundo desde este., ¡ay!...ángulo—dijo.
— ¿Le gusta?
—No estoy segura.
—Con eso basta. Ahora la voy a soltar. ¿Cree que podrá mantener el equilibrio?
Candy no estaba lo que se dice ansiosa por perder el apoyo de las manos de Albert, pero no podía parecer cobarde ante semejante audiencia.
—Seguro.
Él la soltó y retrocedió. Candy asió el borde de la montura. Albert sonrió.
—Bien hecho. Tenga, tome las riendas. No, no las empuñe con tanta fuerza. Tirará del hocico al pobre Pimpollo. Sólo sosténgalas suavemente y acostúmbrese al movimiento mientras yo llevo a Pimpollo hacia la pista de práctica y le hago dar unas vueltas.
Candy asintió con lo que esperaba fuera un gesto de seguridad. Albert guió a Pimpollo para bajar una suave pendiente. Al primer paso, ella volvió a asirse de la montura. «Albert no dejará que te caigas», se dijo a sí misma, y aflojó los dedos que la sujetaban a la silla. Se irguió. Para cuando hubieron completado dos circuitos de la pista de entrenamiento, ya era capaz de mantener bien el equilibrio.
— ¿Todo bien? —preguntó Albert.
—Sí. Creo que estoy lista para intentar dar el próximo paso.
— ¡Bien! —Albert hizo una seña con la cabeza a McGee y el mozo de cuadra trajo un enorme caballo marrón. Candy se alegró de que no le pidieran que lo montara.
—Ése no es el caballo que tenía usted en la posada.
—No, aquél era Newton. Este otro, Pitágoras, está en actividad parcial, pero tiene excelentes modales, ¿no es verdad, viejo? —Albert le palmeó el cuello y Pitágoras movió la cabeza como asintiendo—. Está más dispuesto que Newton a moverse a paso tranquilo, y él y Pimpollo se llevan bien.
— ¿Pitágoras y Newton? —Candy observó a Albert montar de un salto. Lo hacía parecer tan fácil...
—Así es. —Albert recogió las riendas y se volvió a mirarla-—. Siempre he sido aficionado a las matemáticas. Me dieron a Pitágoras cuando cumplí quince. A Newton lo compré yo cuando regresé de Cambridge. Él vino conmigo a la Península.
— ¿Estuvo usted mucho tiempo allí?
Albert miró hacia adelante y con un leve golpecito hizo que Pitágoras se pusiera en movimiento. Pimpollo le siguió, complaciente.
— ¿Mucho tiempo? No de acuerdo al calendario, pero si se mide el tiempo no por los días que transcurren, sino por el efecto que esos días tienen en uno... estuve allí eones. Es tuve en España desde el verano de 1811 hasta abril de 1813, cuando mi padre empezó a estar mal. Estuve allí para Ciudad Rodrigo, Badajoz y Salamanca, pero me perdí Vitoria y, por supuesto, Waterloo.
Candy vio crisparse el músculo de su mejilla cuando él apretó los labios. Luego sacudió la cabeza y sonrió, volviéndo se para mirarla de nuevo.
—En realidad fui a Norteamérica después de regresar de Cambridge y antes de partir para España. Cuidado con esa puerta.
Pitágoras guió a Pimpollo para salir de la pista de prácticas. Candy se inclinó ligeramente para alejarse de la cerca y Pimpollo, complaciente, se alejó un poco de la puerta para que la falda de Candy apenas la rozara.
—Eso estuvo cerca.
Albert rió.
—Pimpollo nunca la haría caer a propósito. Simple mente es un poco distraído.
— ¿Él se olvida de que estoy aquí encima?
—Bueno, sabe que hay algo sobre su lomo. Cuando aprenda usted a manejar las riendas, la obedecerá muy bien.
Candy se inclinó para darle a Pimpollo una palmadita en el cuello. El caballo sacudió la cabeza de un modo que ella interpretó como amistoso, haciendo tintinear el bocado.
— ¿Así que estuvo usted en Norteamérica? ¿Fue a Lakewood?
—Desgraciadamente no. Mi padre tenía algunas in versiones en Nueva York y Boston, así que fui allí. Tenía la intención de visitar a su padre, pero en vez de eso regresé al combate. Así que casi nos conocimos antes.
Candy intentó imaginar a Albert en el estudio atestado de su padre, entre panfletos políticos, libros de medicina y solemnes jóvenes republicanos. Hubiese resaltado como un cisne en un estanque de patos.
—Me temo que se hubiera aburrido como una ostra, a menos que le guste discutir sobre política.
— ¿Usted no hacía nada para divertirse?
—Cuidaba la casa y daba clases en la escuela.
—Aja. ¿Entonces yo no habría tenido que atravesar un mar de pretendientes para ganar su atención?
—No. —Candy lo miró de soslayo. Se juró que si veía lástima en sus ojos se bajaría del caballo en ese mismo instante y desaparecería dentro de su habitación para llorar con ganas.
No vio lástima. Vio... especulación. Levantó la barbilla.
— ¿Va a enseñarme usted a montar, o no?
Los labios de Albert se curvaron lentamente en una sonrisa.
—Sí, cariño, sin duda voy a enseñarle a montar.
Cuando finalmente regresaron a la caballeriza habían estado fuera dos horas.
—Lo siento. No era mi intención que la primera lección se prolongara tanto.
Candy desechó con un gesto de la mano la preocupación de Albert.
—Oh, por mí no se preocupe. Soy una muchacha norteamericana buena y fuerte.
Él rió por lo bajo.
—Esta noche va a convertirse en una dolorida muchacha norteamericana. Le recomiendo un baño caliente antes de la cena.
—Gracias, doctor. Seguiré su consejo.
Albert desmontó de un salto y alzó los brazos para ayudarle a apearse.
—Apóyese en mis hombros.
Candy asintió, pero cuando perdió el apoyo del caballo, sus codos cedieron. Su cuerpo se deslizó a todo lo largo del de Albert.
— ¡Oh! —Desde los pechos hasta los muslos, Candy sintió el contacto de ese firme cuerpo masculino. La recorrió
una oleada de calor, vergüenza y algo más. Era una sensación sobrecogedora, pero tenía que aferrarse a él. Sus piernas se
habían convertido en gelatina. Si soltaba los hombros de él,
caería cuan larga era sobre el patio de tierra de la caballeriza.
La joven levantó la vista en un gesto de impotencia. Los ojos de él tenían nuevamente esa mirada absorta y apasionada.
—Basta.
— ¿Basta de qué? Fue usted quien se arrojó sobre mí.
—No es verdad.
—Aja. —Albert no se estaba quejando. Era una sensación muy agradable la del cuerpo de Candy apretado contra el suyo. Muy placentera, sin duda. Estimulante. Movió ligera mente hacia atrás las caderas para evitar que ella se escandalizara al notar cuan estimulado estaba e inclinó la cabeza para saborearle los labios.
—Albert—susurró.
— ¿Mmm?
En ella se mezclaban el olor del caballo, del aire fresco y de algo más, suave y dulce.
— ¡Albert! —Se puso tiesa y se las arregló para poner algo de distancia entre ambos—. Todos están mirándonos.
Sus ojos se veían enormes entre las pestañas rubias rojizas. El color verde había pasado a dorado. «Brillan», pensó él. Había en la mirada brillo y un matiz de pánico. El pánico lo alcanzó también a él. Se enderezó y miró alrededor. La gran cantidad de trabajadores presentes encontraron rápida mente labores de las que ocuparse en algún otro lugar.
—Lo siento. —Sonrió abiertamente. No lo lamentaba en absoluto, mejor dicho, lamentaba que ella se sintiera avergonzada—. Una vez que se casaran tenía la intención de besarle donde y cuando sintiera el impulso—. Pero realmente no debería arrojarse así sobre mí.
— ¡No lo hice! —Candy parecía una gatita indignada—. Me fallaron los brazos, eso ha sido todo. Estoy segura de que usted no se sorprendió más que yo.
Albert se quitó los guantes y acomodó un sedoso mechón de cabello dorado detrás del delicado borde de la oreja de Candy.
—La sorpresa no fue mi principal emoción.
Ella contuvo el aliento y alejó la cabeza de los dedos de él.
—No me mire así.
— ¿Así cómo?
—Como si quisiera tragarme entera o algo por el estilo.
Albert rió y, retrocediendo unos pasos, colocó sobre su brazo la mano de Candy.
— ¿La asusto?
Ella lo pensó.
—No. Estoy segura de que así debería ser, pero no me asusta usted.
—Entonces ¿cómo la hago sentir?
—No lo sé. —Miró su mano sobre el brazo de él—. Me hace sentir rara. A veces cómoda, pero otras veces agitada.
— ¿Agitada?
Candy se mordió el borde del labio inferior.
—Nerviosa, pero no de un modo desagradable. Excitada, quizás, como si estuviera esperando algo, pero no estoy segura qué. —Levantó la vista y vio la amplia sonrisa de Albert—. Lo está haciendo otra vez.
— ¿haciendo qué otra vez?
—Mirándome de esa forma. Es muy inquietante.
— ¿Lo es? —Puso la mano sobre la de Candy—. ¿Sabe cómo me hace sentir usted?
—No. —Lo miró, con ojos muy abiertos, expectante—. ¿Cómo lo hago sentir?
—Excitado, como si estuviera esperando algo. —Se inclinó acercándose a ella con mirada insinuante—. ¡Pero yo sí sé lo que estoy esperando!
Ella parpadeó una vez, luego retiró su mano y repentinamente lo golpeó en el hombro.
— ¡Oiga! ¿No sabe usted que no está permitido golpear aun duque?
—Yo soy norteamericana. Golpearé a cuantos duques me plazca.
—Eso le hará ganarse la simpatía de todas las viejas chismosas de Almack's. —Albert rió, imaginando la cara de Silence Jersey si Candy realmente golpeara a Devonshire, Rutland, o Cumberland—. Tendré que mantenerla estrecha mente vigilada cuando conozca a Prinny17. Nuestro Regente a menudo merece un buen golpe.
—Seguro que sí. ¿Por qué le soportáis?
—Porque será rey y, a diferencia de vosotros los norteamericanos, nosotros los ingleses aún estamos apegados a nuestra monarquía. Tal vez por temor a que, si Prinny se va, todos los nobles nos vayamos con él. No estoy seguro de poder adaptarme a ser un simple señor Andrew.
Candy se detuvo y Albert la imitó. La miró con expresión curiosa.
—Sería usted un maravilloso simple señor Andrew.
Albert la miró fijamente.
—Candy. —Pestañeó y desvió la mirada hacia la casa—. Candy, amor mío, espero de todo corazón que decidas aceptarme.
— ¡Candy, Albert dice que hoy vamos a ir a caballo has ta Westbrooke!
Candy dejó a un lado el libro que estaba leyendo y le sonrió a Rossmery. La muchachita prácticamente bailaba alrededor de la biblioteca. Su excitación parecía un pelín exagerada para algo tan trivial como una visita a un vecino.
—No puedo imaginar a Anthony supervisando la bandeja del té —dijo Candy, riendo.
—Bueno, en realidad no lo hará. Es decir, estoy segura de que habrá té y pasteles, puesto que la señora Mandley, su ama de llaves, hornea unos deliciosos, pero la intención es que practiques un poco más de equitación y tengas la oportunidad de ver la finca donde creció tu padre. —Rossmery se dejó caer en una silla junto a la de Candy—. ¿No es una suerte que la señora Croft justo haya terminado mi nuevo traje de montar? Voy mucho más a la moda, ¿no te parece? Parezco mayor y más...sofisticada. —Consiguió imprimir a sus palabras un tono confiado y ansioso al mismo tiempo.
—Oh, sin duda. Estoy segura de que, eh... Albert estará muy impresionado.
Rossy le sacó la lengua y Candy rió.
— ¡Sin embargo no creo que su actual comportamiento, señorita, impresionara a lady Sara si ésta estuviera Montada en mi silla! Creo que ella señalaría que las damas no conducen con semejante entusiasmo. Toman asiento con un pelín más de gracia de la que usted acaba de mostrar y con toda seguridad no sacan la lengua.
—Pero ella no está sentada en tu silla y tú sabes que cuando quiero sé comportarme. —Rossy se puso de pie con elegancia e hizo una reverencia—. Señorita White, confío en que no tendrá usted inconveniente en acompañarnos esta tarde a una pequeña excursión hasta la finca de Lord Westbrooke.
Candy asintió graciosamente
-No, lady Rossmery, no tengo inconveniente alguno, es decir, si vuestra alteza en verdad ha dado su aprobación al plan.
Rossy soltó sus faldas y saltando a la pata coja fue has ta la puerta de la biblioteca.
—Por supuesto que lo ha aprobado. Fue idea suya, después de que el Mayor Cromwell trajo la noticia de que el mal vado primo Niell está lo suficientemente lejos, en Londres.
Un poco más tarde partieron rumbo a Westbrooke. El Mayor Cromwell y Rossy cabalgaban delante en tanto que Albert acompañaba a Candy un poco más atrás. Aunque su destreza en la equitación había mejorado mucho desde aquella vez que él la había levantado en brazos para sentarla sobre el lomo de Pimpollo, la joven sólo se sentía capaz de ir al paso.
—Lamento que tenga que cabalgar tan lentamente por mí—dijo ella—. Debe tener ganas de alcanzar a los demás.
—No, no es así —respondió Albert con una amplia sonrisa—. Ya cabalgué al galope esta mañana temprano y en realidad prefiero acompañarla a usted antes que a mi herma na. Ster cuidará de que Rossy no se lastime. Él solía hacer se cargo de nuestros reclutas más jóvenes en la Península.
Candy miró en dirección a Rossy y Ster. Apenas se veían a la distancia.
—¿Qué hará el Mayor Cromwell ahora que la guerra ha terminado?
—No lo sé —dijo Albert frunciendo el ceño—. No creo que él lo sepa tampoco.
— ¿No tiene una propiedad para dirigir?
—No. Es el segundo hijo, el de reserva. Después de regresar de Cambridge anduvo de juerga por Londres durante años, bebiendo, apostando, de pu... —Albert tosió— de pura juerga, haciendo cualquier cosa. Cuando me alisté en el ejército se unió a mí de puro aburrimiento, creo, pero fue lo mejor que pudo haber hecho. Le dio un propósito en la vida. Fue un excelente oficial.
Candy se mordió con fuerza el labio inferior. El Mayor Cromwell era simpático.
¿Y su hermano?
— ¿Knightsdale? ¿Qué tiene que ver él?
—Quizás necesita un administrador para su propiedad.
Albert rió.
—Knightsdale ya tiene un excelente administrador, Candy. No se preocupe por Ster. Él no necesita, ni quiere, ninguna ayuda, sobre todo de su hermano.
— ¿Por qué no quiere la ayuda de su hermano?
Él se encogió de hombros.
—Me imagino que ningún hombre quiere depender de su hermano, pero Knightsdale y Ster no se llevan bien. No es por resentimiento, de verdad, simplemente no tienen nada en común. Creo que Ster no debe haber dormido en su casa ni una sola noche desde que se fue a Eton18. Cuando viene por aquí se queda con Anthony o conmigo.
— ¿De verdad? —A Candy esto le pareció triste. Si ella tuviera la suerte de tener hermanos trataría de tenerlos cerca - ¿Entonces por qué no forma su propia familia ahora que puede echar raíces? ¿No quiere casarse?
— ¡No por lo pronto! Sólo tiene treinta, Candy. Aún le queda mucho tiempo antes de tener que casarse.
Candy frunció el ceño mirando hacia delante entre las orejas de Pimpollo.
—Usted es más joven que él, ¿no es verdad?
—Ay, pero yo tengo la carga de pasar mi título a la próxima generación. Una carga con la que espero ferviente mente que usted me ayude. —La miró de un modo insinuante. Ella dio un golpecito con las riendas a Pimpollo para animarle a moverse más rápido. El animal se detuvo en seco y se volvió para dirigirle una mirada de reproche.
Albert rió y acercó a Pitágoras para poder rozar con la pierna la falda de Candy.
—Si quiere huir de mí, cariño, ha elegido el corcel equivocado. —Se inclinó apoyando su mano enguantada sobre la de ella que sostenía las riendas—. Realmente espero que no esté planeando huir. —Empezó a acercarse cada vez más, con los ojos fijos en los labios de la joven.
— ¡Albert! —La voz de Rossy se oyó sorprendente mente cerca.
Albert se irguió rápidamente. Su hermana cabalgaba hacia ellos, con aspecto perplejo. A su lado, el Mayor Cromwell luchaba estoicamente por no romper a reír
— ¿Qué es lo que estás haciendo con Candy? —pregun tó Rossy.
Un interesante matiz de rojo cubrió el rostro de Albert. Candy se inclinó hacia delante para palmear el cuello de Pimpollo.
—Creo que tu hermano está dándole a la señorita White algunos consejos extra sobre equitación —dijo el Mayor Cromwell con expresión seria, aunque los ojos le bailaban con picardía.
— ¡Oh! —Rossy miró a Albert y luego a Candy—. Bueno, daos prisa, por favor. A vuestro paso nunca llegaremos a Westbrooke.
—Está aquí al otro lado de la colina, Rossy. Tú y Ster podéis adelantaros. La señorita White aún no está completamente acostumbrada a cabalgar.
Candy no iba a arriesgarse a quedarse nuevamente a solas con Albert, no cuando estaba segura de que el Mayor Cromwell sabía exactamente lo que aquél planeaba hacer ni bien ellos dos hubieran subido la colina.
—Estoy segura de que puedo arreglármelas para ir más rápido. —Tocó el flanco de Pimpollo con la fusta. Esto vez el caballo lanzó un largo e impetuoso bufido y, complaciente, comenzó a moverse un poco más rápido.
Westbrooke era una enorme casa de piedra gris que parecía haber tenido alguna vez pretensiones de castillo (sus inmensas puertas de madera se hallaban entre dos torres al menadas), pero se había desviado de ese objetivo a lo largo de los años. Ahora era un fárrago de torres, torretas, chimeneas y miradores.
— ¿No os perdéis allí dentro? —preguntó Candy boquiabierta ante la desconcertante fachada mientras Anthony los saludaba en el ancho camino de piedra por el que se llegaba hasta la puerta de la casa. El rió.
—No es tan complicado como parece —dijo, volviéndose para hacer un espectáculo del gesto de besar a Rossy en la mano. Candy notó el delicado matiz rosa que tiñó las mejillas de la joven cuando los labios de Anthony le rozaron la piel—. Entra y podrás verlo por ti misma.
Anthony los condujo por la gran escalinata abierta.
—Ésta es la parte original de la casa, construida en 1610. Sucesivos condes agregaron lo que les pareció, sin preocuparse demasiado por conjuntar el nuevo estilo con el antiguo. Ah, llegamos.
Candy se encontró frente a un largo pasillo donde col gaban pesados retratos enmarcados en dorado de los White que habían pasado por allí durante dos siglos.
—Éste es el primer conde. —Anthony señaló una pintura en tamaño natural de un hombre de largos rizos de color rubio rojizo que llevaba un amplio cuello de encaje blanco y bruñida armadura. Candy se tapó la boca con la mano, sin lograr apagar del todo una risita.
—Muy real —dijo Albert—. Córtele esos rizos que ondean al viento y tiene a Anthony listo para el combate. Revolvimos una y mil veces los áticos, ¿no es verdad, Anthony? Pero jamás encontramos esa armadura.
—Llegamos a la conclusión de que no existió—dijo Anthony, avanzando a lo largo de la fila de retratos. Cumplidamente le presentó a Candy a cada uno de sus ancestros. Volvió a detenerse frente a un gran óleo que colgaba al final del pasillo.
—Éste lo pintó Sir Joshua Reynolds el año antes de que tu padre partiera para Norteamérica. Mi padre solía decir que les había resultado terriblemente difícil lograr que George cooperara.
A Candy le resultó fácil creerlo. El hombre y la mujer mayor, los abuelos, y el otro joven, el padre de Anthony, estaban juntos formando un grupo. Parecían relajados y felices. Su padre estaba de pie a un costado, tieso y sin sonreír. Esperaba verlo sacar su reloj de bolsillo en cualquier momento y urgir al artista a que se diera prisa. Era obvio que creía tener mejores lugares donde estar.
—Creo que Sir Joshua capturó admirablemente el espíritu de mi padre.
Anthony rió y se volvió hacia la última pintura.
—Mi madre era gran admiradora de Sir Thomas Lawrence y su estilo más romántico, así que mi padre le en cargó que pintara nuestro retrato de familia. Confieso que comprendí perfectamente lo que sintió tío George.
— ¿Qué quieres decir, Anthony? —Rossy parecía casi in dignada—. En esa pintura pareces un muchachito muy dulce.
—Pues siento desilusionarte, Rossy, pero no lo era. Mi padre me sobornó con un pony si le daba el gusto a mi madre y me sentaba quietecito. Fue una verdadera tortura, pero es taba loco por tener ese pony.
—Veo que aún queda sitio en la pared, Anthony —dijo el Mayor Cromwell con una amplia sonrisa—. ¿Estás planeando colgar pronto tu propio retrato de familia?
Candy notó un repentino y vivo interés en el rostro de Rossy.
Anthony alzó las manos como si quisiera defenderse del mal.
—Me has confundido con nuestro amigo el duque aquí presente, Ster. Albert puede estar anhelando el casamiento, pero yo deseo seguir siendo un hombre libre por muchos años más.
Candy abrió la boca para explicar una vez más que Albert y ella no iban a casarse, pero se detuvo al ver la sombra que se apoderó de la mirada de Rossy.
Albert se apoyó sobre la barandilla de la terraza de Andrews y contempló el jardín bañado por la luz de la luna. La puerta a sus espaldas daba a la calidez y luminosidad de la biblioteca. Respiró profundamente, saboreando el olor de la tierra y la vegetación. El viento de principios de primavera jugaba con su cabello mientras él observaba las nubes nocturnas deslizarse por el cielo.
Adoraba Andrews. Lo llevaba en la sangre y en el corazón. Pero al día siguiente partían para Londres, con todo su ruido y suciedad. Lo más selecto de la sociedad estaría allí, con sus miradas agudas y sus lenguas aún más afiladas. Niell estaría allí. Sintió que la nuca se le ponía tensa e hizo girar la cabeza para relajarse.
No podían quedarse en el campo, sin importar cuánto le gustara a él. Rossy necesitaba su temporada. Igual que Candy. Debía tener la oportunidad de asistir a las fiestas, de bailar, e incluso de ser cortejada por otros hombres antes de que el la trajera de regreso a casa para hacerla su duquesa. Antes de que él la llevara a su cama para engendrar sus hijos.
Dios, apenas podía esperar. La tendría desnuda debajo de él otra vez, igual que en el Green Man, pero esta vez ella no le alejaría de un empujón. Esta vez él terminaría lo que apenas había alcanzado a empezar en la posada.
Lanzó una última mirada a la luna y al jardín. La silenciosa serenidad del paisaje iba a tener que durarle. En Londres hasta los jardines eran ruidosos y con demasiada frecuencia la niebla ocultaba la luna.
Se estiró y luego regresó a la biblioteca, cerrando tras de sí la puerta que daba al jardín y encaminándose hacia las escaleras que lo llevaban a su cama solitaria.
