–¿Por qué no se lo dices? –preguntó Kusanagi–.

Totsuka le miró fingiendo indignación, cuando realmente solo se sentía tan aterrado como si Kusanagi le hubiera propuesto tirarse de un avión sin paracaídas.

No, puede que incluso más...

–¿En serio me estás preguntando por qué no le digo a Mikoto Suoh que he estado enamorado de él desde la primera vez que le vi?

–Bueno, no tienes por qué decirlo con esas palabras exactamente, pero... ¿sí?

Totsuka esperaba que su rostro estuviera reflejando la incredulidad que sentía en esos momentos, aunque sabía que era físicamente imposible.

–Kusanagi-san, tú eres el único que lo sabe, y no es porque yo te lo haya dicho.

–Bueno, es que es demasiado obvio. Al menos, para mí lo es.

–No creo que nadie más se haya dado cuenta, y es mejor que continúe así –dijo Totsuka sonriendo–. Tú mismo estuviste de acuerdo cuando hablamos de esto hace unos años.

Kusanagi suspiró. A veces Totsuka era tan cabezota como Suoh, pero en esto tendría que ceder él. Y tenía que hacerlo cuanto antes, porque la paciencia de Kusanagi tenía un límite y se estaba planteando recurrir a medidas drásticas. Su mejor opción era convencer a Totsuka de que hiciera lo que solo él podía hacer: hablar con Suoh.

–Te dije que respetaba tu decisión –replicó Kusanagi–. Pero porque pensaba que necesitabas tiempo. Que antes o después se lo dirías, o que él se daría cuenta... No sé, pero han pasado los años y nada ha cambiado.

–¿Y por qué debería cambiar? Estamos bien así, ¿no?

Kusanagi pensó que, en realidad, algo sí había cambiado: Totsuka se había vuelto un experto en ocultar sus sentimientos, siempre tras una sonrisa. Curiosamente, Suoh había hecho lo contrario.

Desde el principio, la adoración que Totsuka sentía por Suoh había sido más que palpable. La pasión con la que seguía a Suoh y la despreocupación con la que se entregaba a él habían sido fuente de innumerables preocupaciones para Kusanagi. Por supuesto, Totsuka y él pronto se hicieron grandes amigos, ya que, tratándose de Totsuka, cualquier otra posibilidad no era factible. Incluso Suoh parecía portarse de forma distinta cuando estaba él: prestaba más atención a lo que se decía, participaba en todos los juegos que proponía Totsuka, e incluso se esforzaba (a veces demasiado) para hacerlo lo mejor posible. Kusanagi al principio asumió que todo era debido al carisma natural de Totsuka: incluso él había sentido ganas de protegerlo y hacerle feliz a los diez minutos de conocerlo. Luego supuso que si parecían tan cercanos como para que el mismísimo Suoh tolerara el contacto humano, sería porque los dos pasaban más tiempo juntos después de que él se graduara y empezara a trabajar en el bar de su tío. Pero el tiempo pasó y la sensación perduraba, y pronto Kusanagi empezó a observar a Suoh más atentamente.

–Porque a partir de ahora no seremos solo tres, y cada vez será más difícil –dijo Kusanagi en voz baja–. Tenéis que hablar de esto cuanto antes.

No era la razón más importante, pero Kusanagi no quería decirle a Totsuka nada acerca de las sospechas que albergaba desde hacía tiempo y que creía haber visto confirmadas en los últimos días.

Tan solo habían pasado veinticuatro horas desde que Mikoto Suoh se había convertido en el nuevo Rey Rojo, y Kusanagi apenas había conseguido dormir. Típico. Su amigo Mikoto actuaba como si nada hubiera pasado y seguía durmiendo tan bien como siempre; Totsuka estaba preocupado, pero había decidido no sentirse culpable después de hablarlo con Kusanagi; y era el propio Kusanagi el que se había visto incapaz de conciliar el sueño porque se había dado cuenta de que, pensándolo bien, Suoh sí que se había convertido en Rey Rojo por Totsuka. Para cumplir su sueño y hacer lo posible para animarle, a su manera, cuando Totsuka había perdido la última familia que le quedaba. Suoh había aparecido en el funeral, tarde y con la expresión de alguien que no quería estar ahí porque no sabía qué decir. Kusanagi lo entendía, porque no había nada que pudiera decir para hacerlo más llevadero. Pero conociendo a Totsuka, la mera presencia de Suoh era más que suficiente. Kusanagi les había dejado a solas un momento con alguna excusa que ni él mismo recordaba, y cuando se había querido dar cuenta, estaba acompañando a Suoh y Totsuka para convertirse en los tres fundadores del renacido clan rojo. O dicho de otro modo: una nueva familia para Totsuka, esta vez sellada con lazos de fuego.

La revelación le había venido a Kusanagi horas más tarde, después de despedirse de Totsuka y estando ya en su casa. De hecho, había ocurrido justo cuando intentaba conciliar el sueño y, después de eso, dormir había sido imposible. Había repasado tantos recuerdos de miradas y conversaciones, había visualizado tantas formas en las que podía ayudar a sus amigos... Finalmente, había llegado a dos conclusiones: que en algún momento Suoh se había convertido en el que seguía a Totsuka y no al revés, y que él mismo tendría que hacer algo si quería que la relación de sus amigos llegara a buen puerto. La primera le había hecho darse una palmada en la frente por no haberse dado cuenta antes: cómo Suoh decía sí a todo lo que Totsuka proponía sin pensárselo dos veces, cómo se esforzaba cuando Totsuka estaba presente para probar su valor como haría un animal salvaje durante el cortejo, cómo siempre había protegido a Totsuka y no descansaba hasta vengarse cuando no había podido estar presente para defenderlo... Siempre había creído que Suoh se sentía responsable porque Totsuka no estaba hecho para luchar. Pero ahora se daba cuenta de que esos eran sus propios pensamientos, y no los de Suoh. Egoísmo era lo que había movido a Suoh en todas esas situaciones. Egoísmo, y algo más... Pero de nuevo, nunca podría confirmarlo si no se metía por medio y convencía a alguno de los dos de dar el primer paso.

El día no se había dado muy bien: Suoh había desaparecido en cuanto empezaron a llegar los primeros interesados en conocer al nuevo Rey Rojo, y su conversación con Totsuka no parecía llegar a ninguna parte.

–No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra. Si temes que esto pueda afectar al futuro clan de algún modo...

–No, no es eso –interrumpió Kusanagi–. No quiero que tenga que enterarse por otra persona. Debería oírlo de tus propios labios.

–Eso no va pasar.

¿De verdad había pensado que podría convencer a Totsuka por las buenas? Kusanagi nunca había pensado en sí mismo como alguien inocente, pero empezaba a replantearse la situación.

–Entonces... supongo que no te importará que sea yo quien hable con él, ¿no?

–¿Qué quieres decir? –la sonrisa congelada en la cara de Totsuka habría sido cómica, de no ser por su mirada aterrorizada–.

–Bueno, no quería decirte nada por si eran imaginaciones mías –suspiró Kusanagi–. Pero me he dado cuenta de que se comporta de un modo especial cuando se trata de ti...

–¡Eso no quiere decir nada! –interrumpió Totsuka haciendo aspavientos–. También se comporta de un modo distinto contigo.

–Porque soy su mejor amigo –replicó Kusanagi–.

La sonrisa de Totsuka se volvió más amplia y Kusanagi se dio cuenta de su error.

–Espera, no estoy diciendo que tú no lo seas. Lo que quiero decir es que creo que él te ve como algo más –cuando Totsuka abrió la boca para quejarse pero no pudo emitir sonido alguno, Kusanagi se animó a continuar hablando–. Creo que tú eres la persona más importante para él, y que se merece saber que el sentimiento es mutuo.

Totsuka se quejó un par de veces, pero se dio por vencido cuando quedó claro que Kusanagi no cambiaría de opinión.

–Aunque eso fuera cierto, no sería comparable a lo que siento yo –admitió Totsuka en voz baja–.

–¿Quién dice que no? ¿Lo has decidido tú sin preguntarle a él? –Kusanagi se acercó con una expresión tan seria como la que había mostrado unas horas antes, cuando King y él le habían contado que los tres juntos dirigirían el nuevo clan rojo–. Y aunque no fuera igual... No todo el mundo siente las cosas del mismo modo... o lo demuestran del mismo modo. Pero eso no quiere decir que sus sentimientos sean inferiores a los de los demás, ¿verdad que sí?

Totsuka apartó la mirada. Sabía que Kusanagi era muy perspicaz, y ya había dejado de sorprenderse cuando este demostraba lo mucho que sabía de él y lo bien que lo conocía. Totsuka no creía ser como un libro abierto, y nunca nadie excepto Kusanagi había aprendido a discernir sus distintos tipos de sonrisa, así que Totsuka tenía la teoría de que haber pasado tanto tiempo con Suoh había convertido a Kusanagi en un experto de la comunicación no verbal. Gracias a esto, también era muy bueno animando y manipulando a gente, pero Totsuka no era una presa fácil. Y en este caso, considerando que lo que deseaba no era lo que quería oír, Totsuka no cedería tan fácilmente.

–Mira, Totsuka –concluyó Kusanagi mientras se disponía a abrir el bar–. Los dos sois mis amigos y no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo perdéis el tiempo. Me gustaría que hicieras algo al respecto, pero sé que es injusto y que no puedo obligarte. Por eso me ofrezco a hablar con él si así lo prefieres.

–Te encanta meterte por medio, ¿eh?

–No siempre –repuso Kusanagi con una sonrisa, aliviado al ver que Totsuka no estaba enfadado con él–.

–¿Me das un tiempo? –preguntó Totsuka, ladeando la cabeza–. ¿Hasta el fin de semana? Te prometo que al menos vendré a hablar contigo.

Kusanagi se dio cuenta de que con todo lo que había pasado desde que el padre de Totsuka enfermó, todavía no le había dicho que iba a volar a Inglaterra ese fin de semana y que no volvería hasta el viernes siguiente. Y eso si todo iba bien con los distribuidores...

–De acuerdo. Después de tres años, no creo que importen unos días más –concedió Kusanagi–. Te estaré esperando, y si no apareces, yo hablaré con él.