Hola después de muchos meses jijijiji 3 años más bien, espero me perdonen en verdad, ya no quería actualizar pero creo que no es justo dejar algo a medias, como saben quién me siguió en esta historia, estuve un poco delicada y pues apenas volvieron a darme de alta, espero esta sea la definitiva estoy feliz y agradecida con Dios por permitirme superar cada prueba que la vida me pone y además ¡ya tengo cabello! Eso si que hay que festejarlo, bueno les dejo este capítulo espero les guste

Capítulo 8

Albert oyó cerrarse la puerta tras Candy. Debería haberse levantado cuando ella lo hizo, pero sus modales lo habían abandonado. De verdad no podía moverse. El dolor que le provocaba el rechazo de Candy era paralizante.

Contempló fijamente el fuego. ¿En qué se había equi vocado? Juraría que Candy le había correspondido. Había sen tido sus dulces nalgas contra su calor, había oído sus delicados gemidos de placer. ¿Acaso todo había sido un malentendido? ¿Es que había estado tan absorto en su propia pasión como para malinterpretar las reacciones de la joven?

Cuando ella se había apartado, lo primero que pensó fue que la había asustado, que había ido demasiado rápido. Pero luego le había lanzado a la cara aquel maldito apodo.

Se frotó los ojos con la parte inferior de las palmas. Dios, todavía sentía el deseo palpitando a través del cuerpo, dificultán dole el pensar. Respiró profundamente, estremeciéndose.

¿En qué diablos se había equivocado? En un instante ella había pasado de ardiente y dócil a fría y tensa. Esos hermosos labios hinchados por sus besos se habían torcido en un gesto de disgusto. Había vuelto a sentirse un muchachito torpe.

Echó hacia atrás la cabeza y cerró los ojos. El maldito apodo venía de la época de Cambridge y había salido de Niell, por supuesto. Éste lo había divulgado por la escuela al enterarse de la desastrosa visita al dancing Piper.

Era un mal recuerdo. El día del cumpleaños número dieciséis de Albert, su padre le había hecho una extraña visita.

—¡Dieciséis años! Ya es hora de que aprendas a ser un hombre, hijo.

—Creí que ya estaba aprendiendo, padre. —Albert realmente se había sentido feliz de ver al duque. Extrañaba Andrew; extrañaba a la tía Elroy y a Rossi, quien en aquel entonces no tenía más que cinco años—. ¿Cómo están las co sas en Andrew?

—Seguramente que bien. Si algo anduviese mal ya me lo hubieran hecho saber. Hace un tiempo que no voy por Andrew, sabes. Ahora vengo de Londres. Hay más que hacer allí.

Albert había mirado fijamente a su padre. A los dieci séis años no podía imaginar nada mejor que estar en Andrew.

—Bueno Albert, tengo un gran regalo para ti. —Su pa dre había mirado a cualquier lado menos a la cara del mucha cho—. Ya no eres virgen, ¿verdad? ¿Te has revolcado con al guna de las criadas de Andrew? Esa muchacha de pelo amarillo, Meg, creo. ¿O era Mary? Es bastante complaciente, si mal no recuerdo. ¿Ya la has probado, chaval?

Albert había sentido arder las orejas. Había tragado sa liva, con la boca terriblemente seca.

—¿No, eh? Bueno, por eso vine, Albert. Diablos, para cuando cumplí los dieciséis yo ya me había ido a la cama como con media docena de muchachas. Voy a hacerte un regalo de cumpleaños, chaval. Nos vamos para el Dancing Piper.

Albert había oído a Niell y a los otros muchachos hablar del Dancing Piper. Los nervios le retorcieron las entrañas.

—No creo que pueda ir, padre. Tengo que terminar mi Cicerón.

—Deja esos malditos libros. La vida es algo más que li bros, muchacho. Hace tiempo que tendrías que haber o pren dido eso.

Albert tenía que admitir, mientras le seguía el paso al duque, que lo que le retorcía el estómago en una mezcla de miedo y excitación. Tenía dieciséis años. Miraba a las muje res. Hacía tiempo que soñaba con ellas, pero sus fantasías siempre se desdibujaban en los momentos más interesantes. Quizás ahora podría completar algunos detalles.

Había pasado muchas veces frente al Dancing Piper, desviándose para echar un vistazo a la casa que encerraba se mejantes misterios. El exterior no impresionaba. Parecía una taberna cualquiera o una pequeña posada. Al cartel no le iría nada mal una mano de pintura y una de las ventanas estaba rajada, pero Albert estaba dispuesto a reservarse la opinión.

—El lugar está un tanto venido a menos —masculló su padre. Empujó la puerta principal

Lo primero que impresionó a Albert fue el olor, el he dor rancio de la cerveza y de los cuerpos. El salón común era oscuro, el techo bajo. El humo de las velas y de la chimenea enrarecía el aire. Albert sintió las paredes abalanzarse sobre él y otra vez empezó a retorcérsele el estómago. Respiró pro fundamente. Error. Comenzó a toser. Su padre le golpeó rui dosamente la espalda.

—¡Vuestra alteza, qué sorpresa!

Al bajar los ojos, Albert se halló mirando fijamente los pechos más grandes que había visto en su vida. Se irguió rápi damente. Los pechos en cuestión pertenecían a una mujer por lo demás menuda. Bajo la débil luz su cabello parecía rubio. Aguzando la vista Albert vio alrededor de su boca y ojos las lí neas que había intentado cubrir con pintura. Se sintió cons ternado al verla colgarse del brazo de su padre al tiempo que le apoyaba los generosos pechos contra un costado del cuerpo.

—¿A qué debemos el honor de su presencia?

Albert observaba a su padre, muy pagado de sí mismo ante las atenciones que le prodigaba esta mujer.

—He traído a mi hijo para pulirlo un poco, Dolly. Bue no, más que un poco. No tiene maldita la experiencia.

Dolly volvió hacia Albert sus ojillos calculadores.

—¿ Un chaval guapo y robusto como este nunca ha estado con una mujer? —Dolly no se molestó en hablar en voz baja. Albert vio reírse con disimulo a un par de muchachos mayores que conocía.

—Se pasa el tiempo con la nariz metida en los libros. —Su padre meneó la cabeza—. Cuesta creer que sea hijo mío.

Dolly rió.

—Es verdad. Si no fuera tan parecido a lo que era usted a la edad de él... y si su madre no fuese esa mujer fría con la que se casó usted, tendría mis dudas. Bueno, no se preocupe cariño, nos ocuparemos de él. No puedo garantizar que se convertirá en el experto que es su papá, pero al menos cuando termine esta noche sabrá qué se hace en una cama.

—No pido milagros. ¿A quién tienes en mente?

Dolly se rascó la oreja. Albert tenía mucho miedo de notar que algo se movía en su elaborado peinado. Piojos no, por favor. Deseaba desesperadamente regresar a su cuarto y a la compañía de su Cicerón.

—A Fanny. Tiene años de experiencia con cachorritos. Pueden ser muy... eh... frustrantes, sabe. —Dolly echó un vistazo al reloj prendido en el interior de su mínimo canesú—. Debería terminar pronto con su cliente. Roland nunca lleva demasiado tiempo. Ah, ahí vienen.

Albert levantó la vista hacia la pareja que bajaba las escaleras. Al principio sus ojos no se detuvieron en el hombre calvo y barrigón, pero luego volvió a mirarle. De veras temió vomitar ahí mismo delante de todos. El calumniado Roland no era otro que el señor Richardson, su preceptor de griego.

—¡Fanny! —llamó Dolly a los gritos. Albert se encorvó y trató de retroceder hacia un sector más oscuro. Afortunadamente, Richardson parecía estar como una cuba , Fanny, ven aquí.

Tras concederle a Richardson una palmadita en trasero a modo de despedida, Fanny se acercó con andar indolente. Sus ojos se clavaron inmediatamente en el duque. Era, ante todo, una mujer de negocios, concluyó Albert. Sabia quién tenía los bolsillos más profundos. Cuando Dolly le indicó que el cliente asignado era Albert, se encogió de hombros y desvió su atención hacia él. El muchachito sintió su mirada examinándole la cara, los hombros, las caderas y la ingle. Se sentía desnudo. Comenzaron a sudarle las palmas. Sintió un agudo retortijón en el estómago y tragó bilis.

Fanny sonrió. Los ojos de Albert se fijaron en los labios pintarrajeados y los dientes semipodridos.

—Vamos entonces, duquecito. Fanny te enseñará lo que necesitas saber.

Albert lanzó una mirada hacia su padre, seguro de que sus ojos parecían los de un caballo aterrorizado, pero aquél es taba demasiado ocupado en examinar el vestido de Dolly.

—Ve, hijo. Dolly me mantendrá entretenido, ¿no es verdad, cariño?

Dolly cogió la mano de su padre y la apoyó sobre uno de sus pechos.

—Muy entretenido —ronroneó ella.

Fanny agarró del brazo a Albert y comenzó a arrastrar lo escaleras arriba.

—No seas tímido. Fanny tiene eso que necesitas.

Para Albert, quien necesitaba urgentemente algo era Fanny: restregarse a conciencia con agua y jabón. Olía a ajo, cebollas, sudor y Richardson.

Su cuarto era pequeño. La cama ocupaba la mayor parte. Las sábanas aún estaban arrugadas por su trabajo con Richardson. Albert desvió la mirada. Error. Las paredes estaban decoradas con láminas pornográficas.

—Te gustan los dibujos, ¿eh?

Albert volvió a mirar a Fanny. Con gran eficiencia, ella ya se había librado del vestido.

Era la primera mujer que Albert veía desnuda. Probablemente tenía entre treinta y cinco y cuarenta; podría ser su madre. Sus pechos, de tamaño considerable, le caían sobre el amplio vientre. Ella se rascó el tupido triángulo que nacía en el vértice de sus piernas. El sudor empezó a cubrir la cara del muchacho y buscó el orinal. «Por favor, que esté vacío», pen só. Tenía la esperanza de que así fuera. Ése era un olor que to davía no había detectado en el cuarto. Se movió con disimulo hacia la cama. El orinal tenía que estar cerca de ella.

—Ansioso, ¿eh? —Fanny caminó hacia él. Albert em pezó a moverse más rápido. Ella rió—. Vosotros los cachorros sois todos iguales. Rápidos para ir a la cama, rápidos para correrse. Fanny te enseñará a ir más despacio.

Albert creyó ver el orinal bajo la cama. Estaba práctica mente a su alcance. Tragó saliva. Si respiraba por la boca no olería nada. Quizás su estómago se compusiera.

—Te ayudaré con los pantalones.

Fanny se acercó hasta quedar delante de él. Albert pudo entonces observar un gran piojo recorriendo el grasiento me chón que había caído sobre la frente de ella. La mujer le aga rró la entrepierna, mirándolo con lascivia.

—¿Qué tal eso?

Fue demasiado. Los olores a pelo sucio, sudor, sexo y dentadura semipodrida eran lo suficientemente fuertes corno para que Albert los percibiera claramente. Se abalanzó sobre el orinal. Su último pensamiento coherente fue una plegaria de acción de gracias por hallarlo vacío. De ahí en adelante se concentró en vaciar su estómago.

Se irguió en la silla, sacudiendo la cabeza para disipar el recuerdo. En la distancia que ponían tantos años transcurrí dos, la escena era casi graciosa. Fanny se había enfadado muchísimo al ver a un hombre vomitando en su cuarto, aparentemente como resultado de sus encantos. Salió como uno tromba a buscar a Dolly para quejarse. Ésta estaba entreteniendo al duque y ni ella ni su padre se habían sentido complacidos por la interrupción. El duque había entrado airada-mente en la habitación de Fanny, metiéndose la camisa en los pantalones. Asiendo a Albert del cuello le había arrastrado es caleras abajo, llevándole fuera, a la bendición del aire fresco.

Se puso de pie para servirse un poco de brandy esa noche había sido un desastre. Wickam y Laudéis, los muchachos que le habían visto, habían divulgado la historia. Para la mañana siguiente (si no antes) Niell se había informado acerca de to dos los detalles, bautizándole públicamente como «Monje».

Observó caer el brandy dentro de la copa.

Pero aquello no explicaba por qué se había convertido verdaderamente en un monje. ¿Por qué le había hecho honor al estúpido sobrenombre inventado por Niell? En realidad no lo sabía. Claro que pensaba lo suficiente en el sexo. Pero Dolly y Fanny le habían hecho guardar una horrible impre sión de los burdeles y no le gustaba demasiado la idea de ser virse de la esposa de otro hombre. Muchas doncellas y criadas se habían ofrecido para calentarle la cama, pero tomarlas tam bién le parecía mal. Era un duque, un noble. ¿Cómo podía usar para su satisfacción personal a estas muchachas con tan poca libertad? Su deber era proteger a su gente, no aprove charse de ella. ¿Y sólo por no vivir en tierras de Andrew una muchacha era acaso menos digna de ser protegida?

Francamente, hasta el día en que había visto en su cama a Candy, jamás había experimentado la verdadera tenta ción de estar con una mujer.

Pero a Candy… a ella la deseaba como alguien famélico a la comida.

Observó el brandy en su copa y se sirvió un poco más. Bebió un sorbo y lo retuvo sobre la lengua. Nada podía qui tarle el frío que le había provocado el rechazo de Candy.

El casarse con Candy se había convertido en algo más que un arreglo racional. De algún modo, el muchachito soñador que había sido antes de la visita al Dancing Piper había vuelto a la vida. Aquel imbécil que había creído en el amor y la bondad, en la honestidad y la lealtad, estaba ahora acechando su cuerpo. Su corazón, que hasta ese momento había hecho bastante bien el trabajo de mantenerle vivo, anhelaba una intangible ilusión. Anhelaba a Candy. Ansiaba ganarse su amor.

Sus dedos se crisparon alrededor del pie de la copa de brandy. Pensó en arrojarla al fuego, en como el cristal se haría añicos y el brandy avivaría las llamas. Pero él aún sentiría este anhelo infernal.

Cuidadosamente dejó la copa sobre el escritorio y su bió las escaleras hacia su habitación.

—Él la desea.

Philip Gadner colocó el dedo entre las páginas de La Peregrinación de Childe Harold, de Byron, para marcar dónde acababa de interrumpir su lectura. Se reclinó en la silla de cuero y levantó la vista hacia Niell.

—¿Por qué lo dices? ¿Le viste babeando dentro de su escote?

—A punto estuvo de hacerlo. —Niell alargó la mano para coger la licorera llena de brandy. De no haber esta do en la maldita pista de baile, Albert se habría metido bajo sus faldas. Apuró el vaso de brandy. Pista de baile ¡ja! Lo que el viejo Albert hubiera querido era estar en una pista de carre ras para poder montar a su ramera americana.

—¿Albert? —Philip frunció el ceño. No podía imagi narse a Albert perdiendo el control—. ¿Qué fue exactamente lo que hizo?

—¡Bailó con esa ramera!

Niell lanzó la copa hacia la chimenea, haciéndola es tallar contra la piedra.

—¿Cuántas veces? —Si Albert se había comportado de modo tan indecoroso como para acaparar a esta muchacha, entonces quizás Niell tenía razón y la situación sí que era seria

—Una vez. —Niell se encogió de hombros—. Quizás haya vuelto a bailar con ella. No me quedé a verlo.

—¡Una vez! —Philip sintió una oleada de enojo—.¡Por lo que más quieras, Niell! ¿Sólo bailó con ella una vez?

—Una vez fue suficiente, maldición —Niell se dejó caer en una silla frente a la de Philip—. Conozco a Albert, Phi lip. Sabes que le conozco. Le he observado y estudiado duran te toda mi maldita vida. Le vi la cara cuando bailaba con ella. Y te digo que la desea.

—El deseo no necesariamente significa matrimonio. —Philip pensaba a toda velocidad. Necesitaba idear un plan antes de que Niell hiciera alguna estupidez—. ¿Por qué no esperar a ver si pierde el interés ?

—No lo perderá. —Niell tamborileaba sobre el bra zo de la silla—. No con el tiempo. La quiere en su cama y la tendrá allí si no hago algo pronto.

—Pero quizás ella no lo desee. Es norteamericana y las norteamericanas detestan los títulos, ¿no? Tal vez ella no quie ra casarse con un duque.

Niell alargó la mano otra vez para coger la licorera, pero su pulso ahora era más firme. Esta vez sirvió dos vasos y le ofreció uno a Philip.

—Bailé con ella. Dice que Albert no le interesa, pero no la creo. —Niell bebió un gran trago de brandy—. Algo la detiene, pero no es la falta de interés. También la observé cuando bailaba con Albert. Ella también lo desea. Juraría que es así. —Observó con atención el efecto del resplandor del fuego en su copa de brandy y sonrió—. Sin embargo, puede que yo haya sembrado la semilla del descontento. Le dije que Albert era un libertino.

-¿Albert?

Niell lanzó una risotada.

—Sabes que ésa es la explicación que circula entre la sociedad a propósito del apodo de Albert.

—Sí. Entonces ya te has ocupado del problema.

—No. —Niell sacudió la cabeza—. No, no lo creo. No de un modo definitivo. Las mujeres son muy volubles. Montan como llevadas por el viento y el viento del deseo de Ja mes va a llevar a esta americana a la cama de él. No, sigo pensando que lo mejor sería matar a la muchacha. Philip se inclinó hacia delante.

—Niell, te aseguro que si matas a la señorita White, las autoridades no van a mirar para otro lado como hi cieron en el caso de la ramera del Green Man. Esto es Londres y la muchacha es la prima del conde de Brown, además
de ser amiga del duque de Andrew, y de lady Elroy y de lady Sara.

—Puedo manejar la situación.

—No, no puedes. Tiene que haber otra manera.

—Puedo matar a Albert en vez de a ella,

—No. Eso ya lo hemos intentado. —Philip tragó un

gran sorbo de brandy. Había pasado meses discutiendo con Niell acerca de las tentativas de asesinar al duque. El hombre

parecía incapaz de comprender el simple hecho de que si Albert moría en circunstancias extrañas, las autoridades naturalmente verían a Niell como el principal sospechoso. ¿Qué otra perso na se beneficiaría con la prematura muerte de Albert?

Cada vez que Niell había contratado un nuevo cóm plice para intentar la hazaña, Philip había sufrido pesadillas. No quería ver a Niell balanceándose en el extremo de una cuerda, ni tampoco subir con él al patíbulo.

—Debe haber otra manera de lidiar con este problema. De repente, Niell sonrió abiertamente. —Yo podría violar a la chica. Hacer que pareciera como si ella lo hubiera querido. Albert nunca tomaría algo que yo tomé primero.

Philip se irguió en su silla, olvidándose del brandy. Ro gaba que Niell tuviera el buen sentido de no matar a Candy White. Una violación, sin embargo, era otro cantar. Tomaría sólo unos minutos llevar a cabo esa tarea en un jardín oscuro. —No, Niell, no lo hagas. Albert te mataría. —¿Albert? ¿Mi primito Albert?

—Tu primito Albert, héroe de guerra, condecorado por el gobierno por la cantidad de franchutes que envió a encon trarse con el Creador.

—Te preocupas demasiado, Philip.

—Y tú no te preocupas lo suficiente. —La mente de Philip funcionaba a mil—. Si ése es el plan, necesitamos ha llar a alguien que lo haga por ti.

—Estoy harto de contratar a idiotas incompetentes.

—Sí, pero he oído que Dunlap está en la ciudad.

—¿ El tratante de blancas de Nueva York?

—El mismo. Es competente y despiadado. Y tú lo tie nes en tu poder.

—Es verdad. —Niell hizo girar el brandy en su boca—. Aun así, sería muy placentero follarse a una mujer que le gusta a Albert.

Philip se inclinó hacia él y le apoyó una mano sobre el antebrazo. No pudo evitar que una nota de pánico se filtrara en su voz.

—Por favor, Niell. Dunlap hará el trabajo y tú no correrás ningún riesgo.

Philip temía la indiferencia de Niell. Le dolería, pero en los últimos años le había herido tantas veces... ¿ qué importaba una más?

En cambio, la mano de Niell se posó sobre la suya.

—¿Realmente estás preocupado por mí? —Había en su voz una nota de vulnerabilidad que Philip no había oído en mucho tiempo. Giró su mano para coger la de Niell.

—Así es.

Niell mantuvo la cabeza gacha, con la vista fija en las manos de ambos entrelazadas.

—¿Después de todo lo que te he hecho?

Philip le apretó la mano.

—Sí—dijo—. Te amo.

Niell lo miró, el rostro tenso, los ojos sombríos.

—Demuéstralo, Philip. Por favor.

Era la invitación que durante meses, incluso años, Philip había estado esperando oír.

—Por supuesto.

—Niell Andrew está aquí para verte.

—¡Mierda! — Dunlap se recostó en el sillón desviando la atención de sus libros de contabilidad y echando hacia atrás el cabello castaño que le caía sobre los ojos—. ¿Qué diablos quiere?

—Maldita sea si lo sé. —Belle LaRue, la madame del establecimiento y amante ocasional de Dunlap, frunció el ceño—. No es cliente nuestro, eso puedo asegurártelo. Vino una vez y golpeó terriblemente a Gilly. Tuvimos que llamar al médico.

—No me sorprende. —El Rutting Stallior2, por estar a la orilla del Támesis, era uno de los burdeles más violentos, pero Niell podía ser más cruel que cualquier marinero o estibador. Dunlap suspiró y se puso de pie—. Será mejor que le reciba. Cuanto antes averigüe lo que quiere, antes nos li braremos de él. ¿Dónde lo metiste?

—En el salón rojo. Me imaginé que no querías que na die lo viera.

—Exactamente, amor. —Dunlap rodeó la amplia cintura de Belle y la besó. Le gustaban las mujeres robustas, con caderas amplias y carnosas, vientres y muslos hermosos y blandos, y pechos entre los que un hombre pudiera perderse. Sus mucha chos le gustaban jóvenes y delgados. El contraste era la sal de la vida, pensó mientras abría la puerta del salón rojo.

Y Niell era la podredumbre. En su línea de trabajo, Dunlap había tratado con algunos personajes nefastos, pero éste era uno de los peores. Se tomó un momento para observarle.

Niell estaba de pie junto a la ventana, espiando ha cia fuera a través de los pesados cortinajes rojos. La débil luz matinal no suavizaba los afilados ángulos de su nariz y sus pómulos, ni prestaba calidez a sus fríos ojos Castaños. Siempre le había rodeado un aura de locura que ahora Dunlap percibía más agudizada que la última vez que había tenido la desagra dable oportunidad de verle.

—Niell —dijo cautelosamente—, ¿qué le trae tan temprano por el Rutting Stallionl Nuestras muchachas no estarán listas para entretenerle hasta dentro de algunas horas.

Niell dejó caer la cortina.

—No estoy aquí por ellas, Dunlap. Vine a verte a ti. Tengo un trabajito que requiere tus habilidades especiales.

-¿Aja?

La habitación estaba demasiado oscura. Dunlap quería ver cada uno de los movimientos del otro. Caminó hasta la ventana que tenía cerca y abrió las cortinas de par en par. Las posibilidades de que alguien de ese barrio estuviera en pie tan temprano eran mínimas y la mayor parte de ellos sabía que no había nada interesante para ver espiando hacia el interior a través de las ventanas de esta habitación.

—Hay una muchacha a quien necesito que seduzcas tan públicamente como sea posible.

—¿Una muchacha? ¿Y por qué no lo haces tú mismo? Yo diría que eres bastante capaz.

—¿ Capaz ? Oh, sí. Más que capaz. Pero hay... —Niell hizo una pausa y sonrió ligeramente— ciertas complicaciones.

—¿Complicaciones? —Dunlap sintió un nudo en la boca del estómago, aunque se mantuvo impasible. Tenía años de experiencia en el trato con escoria. Un hombre que no su piera disimular sus cartas jamás hubiese sido capaz de cons truir un pequeño imperio de comercio carnal—. ¿Qué clase de complicaciones?

—Nada de lo que tú tengas que preocuparte.

Ésa era la peor clase.

—¿Cómo se llama la chica?

—Candy White. Es norteamericana, como tú.

—¿Y? ¿Exactamente por qué es necesario seducirla?

Niell examinaba las uñas de su mano derecha.

—Mi primo Albert tiene un leve interés en ella. Quiero sacarla de en medio antes de que se convierto en un problema.

—¿Tu primo Albert, el duque de Andrew?

«Mierda», pensó Dunlap. Esto empezaba a ponerse feo. Andrew no sólo tenía un físico imponente, sino que era muy poderoso tanto a nivel económico como político. Tenía muchos amigos, incluso algunos contactos en la zona más sórdida de Londres. Dunlap no quería ganarse la enemistad del duque de Andrew. No había vivido hasta la madura edad de treinta y cinco enfrentándose a hombres poderosos. Andrew haría averiguaciones sobre él si esa muchacha de veras le inte resaba. Dunlap mantenía sus negocios tan ocultos como le era posible, pero tampoco era un maldito mago.

Bueno, esperaba que realmente el duque no estuviera demasiado interesado en esta chica, porque no podía negarse de plano a hacer lo que le pedía Niell. Éste sabía demasia do sobre aquel desgraciado error en París con el hijo del Con de de Lugington.

—¿Cómo se supone que conoceré a esa americana?

—Ven esta noche al baile de Easthaven.

Dunlap lanzó un bufido.

—El conde de Easthaven es cliente habitual de uno de mis burdeles, es verdad, pero puedo asegurarte que no estoy en su lista de invitados.

Niell se encogió de hombros.

—Tampoco pensé que lo estuvieras. Te conseguiré una invitación y conseguiré que seas presentado a la señoritaWhite. Sólo asegúrate de no faltar.

-—Y si consigo lo que me pides y la reputación de la se ñorita White queda totalmente arruinada, ¿crees real mente que a Andrew le matará su corazón partido?

Niell esbozó una sonrisa, estirando los labios y en señando los dientes en un gesto escalofriante.

—La muerte nos llega a todos.

—A veces con ayuda —dijo Dunlap, con la esperanzo de que Niell no esperara que él hiciera ese trabajo también.

La sonrisa del otro se hizo aún más amplia.
—A veces con ayuda —concordó.

—Tendría que presentarle a la señorita White, se ñor Dunlap. Ella también es de las colonias.

—Me encantaría. —Dunlap esbozó una sonrisa mi rando a su compañera de baile, lady Eliza Leigan. Ni bien había atravesado el umbral de Easthaven, Niell le ha bía presentado a esta arpía de bolsillo. Ella le había mirado con atención. Estaba acostumbrado a ser estudiado por las muje res, pero generalmente lo hacían por propio interés. No era el caso de lady Eliza. Sus ojos eran tan fríos como los de Niell. Apostaría las ganancias de toda una noche a que también ella quería separar del duque a la señorita White.

Era una broma colosal que él estuviese bailando un vals entre lo más selecto de la sociedad. La mayoría de los hombres del salón habían visitado al menos uno de sus burdeles. Algunos eran entusiastas clientes. Aun así, ninguno de ellos conocía su identidad. Sin embargo, él si los conocía. Ele gía cuidadosamente a sus patronas. Eran astutas mujeres de negocios y excelentes espías. El conocimiento era poder y Dunlap adoraba el poder, aún más que el dinero y sin duda más que el sexo.

La música se detuvo y lady Eliza le arrastró fuera de la pista de baile. Acababa de localizar a su presa. Ya se aba tía sobre una muchacha rubia, alta y delgada, semiculta por un bosquecillo de tiestos de palmeras. Dunlap suspiró. Ya había sospechado que no iba a disfrutar de la tarea. Bueno, no sería la primera vez que se llevaba a la cama a una mujer que no le resultaba atractiva. Durante algunos años, mientras amasaba su fortuna, había ganado dinero extra brindando sus servicios a viudas ricas aburridas de la vida. Se había follado de todo, desde jóvenes señoras recién casadas a arrugadas matriarcas. También lograría llevar a cabo este trabajo. En medio de un pequeño grupo de palmeras, Candy esperaba que el joven Belham le trajera un vaso de limonada.

Hacía calor en el salón de baile atestado de invitados del conde de Easthaven. También en esta ocasión había bailado todas las piezas, pero eso, lejos de alegrarle, la hacía sentir sudorosa y malhumorada.

Desde aquel episodio en el estudio la noche de la presentación en sociedad de Rossi, apenas le había dirigido la palabra a Albert. «Con justa razón», se recordaba a cada rato, pero eso no evitaba que sintiera un inequívoco vacío interno. Lo vio a unos pocos metros y se ocultó aún más entre las palmeras. Tal vez al señor Belham le costaría encontrarla, pero prefería arriesgarse a eso antes que a un desaire de Albert.

—¿Crees que Andrew le propondrá matrimonio a la americana?

Candy se quedó inmóvil, luego volvió la cabeza lenta mente. Una hoja de palmera le rozó la mejilla. Su reclusión entre la vegetación la había llevado a unos treinta centímetros de un grupo de petimetres de la alta sociedad. Si trataba de alejarse ahora, podían percatarse de su presencia. Preferiría evitar una situación tan embarazosa.

—Eso dicen las apuestas en White's. —El hombre rió por lo bajo—. Me cuesta entender por qué el Monje querría llevar a la cama a esa yegua flaca.

Los otros rieron.

—Sin duda no tiene mucha carne para acolchar la cabalgata.

—Deben gustarle así. La muchacha Leigan tampoco tiene demasiada carne en los huesos.

—¡Vamos, Nigel! La americana tiene que ser más cálida que la Reina de Mármol.

—Pues he oído que sus bolsillos no lo son, pues están llenos de agujeros. No tiene donde caerse muerta.

—Andrew ya tiene suficiente efectivo, no necesito una esposa para ayudarle a llenar sus arcas. Yo están desbordantes.

—Es verdad. —El que había hablado primero bajo la voz-. Quizás ella tiene otros encantos menos evidentes. Suponed que haya aprendido algunos juegos de alcoba de los in dios Piel Roja. Son salvajes, sabéis. Todavía son mitad anima les, dicen algunos.

Por un momento se hizo un completo silencio. Candy temía que el calor de sus mejillas prendiera fuego a su escon dite de palmeras.

—¿Creéis que va a compartirla? Una vez que le haya dado un heredero, por supuesto —susurró uno de ellos.

—No lo sé. Yo me apuntaría. Especialmente después de que el Monje le haya enseñado todos los trucos que a él le gustan. El tipo debe haber probado prácticamente de todo.

—He oído que estuvo con tres rameras a la vez. Y no eran unas perras flacas.

—¿Con tres? ¿Y cómo entraron en una sola cama?

—Ellas eran la cama del duque.

—Ah, el duro catre del Monje.

—No era el catre lo que estaba duro.

—Señorita White. —Candy dio un salto. Se volvió rápidamente para encontrarse con lady Eliza Leigan mirándola a través de las hojas de palmeras.

-Hola Señora Eliza.

Salió de entre la vegetación. Aún tenía la cabeza en la conversación que casualmente acababa de oír. No había alcan zado a entender todo lo que habían dicho los hombres, pero sí lo suficiente.

Lady Eliza crispó los labios en la mueca que usualmente pasaba por su sonrisa.

—Por fortuna la encontré, aquí escondida entre el follaje, señorita White. Permítame presentarle al señor Will Dunlap. Es compatriota suyo.

-Oh.

Candy miró al hombre alto que estaba de pie junto a Lady Eliza. Era el más guapo que había visto en su vida. De grueso cabello castaño, ojos color marrón oscuro y facciones esculpidas con arte. Su rostro hubiese sido perfecto de no ser por una pequeña cicatriz junto a la comisura derecha de sus labios y una levísima protuberancia en la nariz que por lo demás tenía la forma recta de las narices clásicas.

—¿Cómo está, señor Dunlap?

Cogiendo la mano de Candy, él se llevó a los labios los dedos de la joven.

—Ahora muy bien. Me complace sobremanera cono cer a una compatriota. ¿Me concedería esta pieza, señorita White?

Candy se sintió extrañamente agitada. Había algo en ese hombre, una especie de rapacidad.

—Bueno, estoy esperando al señor Belham.

—Aquí tiene su limonada, señorita White.

Belham había regresado. Aun en sus mejores días no era el más guapo de los petimetres londinenses, pero la comparación con Dunlap le hacía verse realmente grotesco. Parecía que le habían traído al mundo tironeando de su nariz y que la frente y la barbilla habían quedado rezagadas. Aún no habían logrado alcanzarla. Candy sospechaba que estaba ron dándola con la esperanza de conocer a Albert.

—Señor Belham —dijo lady Eliza—, qué gusto verle. Yo me quedaré con esa limonada, si no le importa. La señorita White estaba a punto de ir a bailar con el señor Dunlap.

Los ojos del señor Belham se agrandaron y su pequeña barbilla se agitó inofensivamente debajo de la prominente nariz. La orquesta tocó los primeros compases de un vals.

—Adelante, señorita White. El señor Belham y yo tendremos una cálida charla, ¿verdad, señor?

Aparentemente la idea de cualquier cosa cálida que tuviera que ver con lady Eliza Leigan dejó mudo al pobre Belham. Sin embargo, se las arregló para asentir con la cabeza.

Candy miró hacia atrás, dubitativa, mientras el señor Dunlap la conducía hasta la pisto de baile.

—Sospecho que lady Eliza, como muchos de sus amigos, no se da cuenta de que Boston y Baltimore no son la misma cosa. ¿De dónde es usted en realidad, señorita White?

Candy rió.

—De Filadelfia. ¿ Y usted ?

—De Nueva York, pero he estado en Filadelfia.

—Ay, usted ha viajado más que yo. Nunca había salido de mi ciudad hasta que abordé el barco a Liverpool.

El señor Dunlap era un hábil bailarín y un conversador entretenido. Candy disfrutó el vals y su compañía. No se había dado cuenta de cuánto extrañaba los tonos familiares del acento americano. Era un alivio discutir de política con alguien que, como ella, no creyera en la monarquía o en la primogenitura. Sin embargo, había algo en el señor Dunlap que la inquietaba. Era agradable, educado e ingenioso, pero la joven no podía librarse de la sensación de que su comportamiento era sólo un número ensayado a la perfección, de que su atractivo rostro y sus maneras refinadas eran una fachada tras la cual acechaba algo muy diferente.

Rió, ahuyentando semejantes fantasías. Si se trataba de una fachada, pues era una muy impactante. Otras mujeres estaban observándolo y dirigiéndole a Candy desagradables miradas. Bien podía disfrutar de esa envidia hasta que la música cesara.

Albert también los miraba fijamente. Lo vio mientras el señor Dunlap la hacía girar con una gracia magistral. ¿Estaría celoso? Bien. Él se había dedicado a ignorarla con tal regularidad que había llegado a preguntarse si acaso se habría vuelto invisible. Estaba cansada de ser la pequeña americana que tenían allí por caridad.

Cuando la música cesó, Albert apareció a su lado.

—Hola, Candy. ¿Me presentaría a su compañero?

No tenía demasiadas opciones.

—Albert, le presento al señor Will Dunlap, de Nueva York. Señor Dunlap, su alteza el Duque de Andrew..

Albert saludó con un seco movimiento de cabeza.
—Dunlap. Si nos permite, creo que yo tenía reservada
esta pieza.

Candy no lo creía en absoluto, pero no iba a discutir con
Albert, cuya mano enguantada ya había aprisionado la suya.
La joven sonrió con vivacidad.

—Gracias por el placer de este baile, señor Dunlap. Espero que volvamos a vernos.

«Demonios». Dunlap observaba a Andrew bailando con Candy White. No habría hecho falta ser presentados; ya conocía de vista al Duque. Andrew nunca había visitado uno de sus establecimientos, pero un hombre de negocios hábil siempre sabía reconocer quién tenía los bolsillos más profundos.

Y también sabía reconocer los despeñaderos más profundos y ahora estaba tambaleándose al borde de uno. Se había dado cuenta de que Niell mentía al decir que Andrew tenía un «leve» interés en la muchacha White. ¡Leve! El interés abultaba los pantalones del Duque. Hacía mucho tiempo que Dunlap se habría convertido en un cadáver pudriéndose en un callejón de Nueva York si no hubiera aprendido a darse cuenta cuando un hombre reclamaba la posesión de una mujer. Realmente separar a la señorita White del Duque iba a ser una empresa muy peligrosa.

Albert aspiró el dulce perfume de Candy y su cuerpo se endureció aún más. Sus dedos enguantados sólo tocaban la mano también enguantada de ella y la parte baja de su espalda, pero recordaba el calor suave y embriagador de aquel cuerpo sobre su regazo y la delicada curva de los senos debajo de su mano. Recordaba la sensación de posar sus labios sobre esa garganta, la encendida sedosidad de ese cabello rozándole la cara.

Necesitaba saborearla. Ella le había tratado con frialdad desde la presentación en sociedad de Rossi. Se había sentido en el infierno. Y después ver a ese tal Dunlap poniéndole las manos encima... Dios, no podía pensar en el tipo sin sentir una irrefrenable necesidad de reestructurar su linda cara.

Antes de tomar conscientemente la decisión de salir del salón ya había llevado fuera a Candy y le había hecho bajar los escalones que conducían a un sector del jardín menos iluminado.

Ella no opuso resistencia. Buena señal.

Bailaron un vals, describiendo lentos círculos al ritmo de los débiles compases que flotaban hasta ellos desde los ventanales abiertos. El denso follaje lograba atenuar el estrépito de la ciudad y servirles de refugio contra el hollín y el hedor urbanos. Albert casi podía imaginar que estaban en Andrew.

Candy se estremeció y él la instó a acercarse más a la tibieza de su cuerpo. ¿Tibieza? En ese momento su cuerpo estaba mucho más que tibio, y la temperatura sin duda iba en ascenso. Al apoyarle los labios sobre la sien, sus piernas se enredaron en las faldas de ella.

—Te echo de menos, cielo.

Sintió su propia voz ligeramente enronquecida.

—¿Mmm?

Miró a Candy. Ella tenía los ojos cerrados y los labios curvados en una leve sonrisa.

¿Debería hablarle sobre aquel maldito apodo? No entendía por qué a ella le molestaba. ¿Por qué le importaría que él jamás se hubiese acostado con una mujer? Por el modo en que había reaccionado al encontrarle en la cama con ella en el Green Man, no tenía una especial predilección por los calaveras. Por cierto que nunca antes le habían llamado libertino ni había sido golpeado con una almohada por una mujer desnuda. Sonrió abiertamente. Pues aquélla era una experiencia que no se opondría a repetir, con un desenlace más satisfactorio. Sí Candy deseaba que él tuviera algo de experiencia, estaba más que dispuesto a ganar experiencia con ella. Tal vez podía empezar ahora mismo.

Tenía mejores cosas que hacer con su boca que hablar.

Candy se sentía feliz. Estaba exactamente donde quería estar: entre los brazos de Albert. En ese jardín en penumbras, lejos de los ojos fisgones de la «flor y nata», podía imaginar que estaban en Filadelfia y que Albert era un buen norteame ricano en el que podía confiar.

El aire estaba ligeramente frío. Se estremeció y la mano ancha de Albert sobre su cintura la atrajo hacia él. No opuso resistencia. Ese cuerpo grande y firme era para ella como un refugio. Se sentía segura. Valorada.

No era más que una ilusión. Él era un libertino. Lo ha bía admitido, reconociendo aquel estúpido apodo sin dar nin guna excusa. Estaba claro que Nigel y los otros jóvenes peti metres a quienes había oído junto a las palmeras no tenían duda alguna acerca de las proezas amatorias de Albert.

Sintió sobre la piel los labios de él y oyó su voz profun da y ronca. Aspiró su perfume.

Si tan sólo él fuera americano y estuvieran en Filadel fia... La llevaría a caminar los domingos por la tarde. Pasearí an por Chestnut Street o quizás junto al río. Él sería cortés y se comportaría decorosamente. Seguramente no la llevaría bailando al jardín de alguien en penumbras para besarle los párpados de ese modo tan inquietante. No le rozaría la mandíbula, ni lamería ese punto detrás de su oreja, ni chuparía ligeramente la piel de esa zona. Y seguramente sus manos se quedarían donde debían estar, no estarían vagando hacia sus nalgas, ni tentadoramente cerca de sus pechos.

El cuerpo de ella no sentiría este anhelo tan contrario al decoro si Albert fuera un correcto caballero americano.

La envolvió entre sus brazos y al sentir su dureza se

estremeció desde los pechos hasta las rodillas. Se vio obligada a rodearle el cuello con sus brazos para no caer al suelo como una masa inerte.

Candy gimió y la lengua de él atravesó la barrera de sus labios como aquella noche en el estudio, pero esta vez no fue una sensación de estupefacción lo que le recorrió el cuerpo. Fue otra cosa, algo ardiente y ávido. Su cabeza había caído contra el hombro de Albert y había abierto más la boca dejan do que la lengua sedosa y áspera de él se adentrara más, hasta donde él deseara. Hasta donde ella deseaba.

Él le liberó la boca y la joven jadeó contra su corbata.

De repente, la idea de pasear con un norteamericano correcto y cortés ya no le parecía tan atractiva.

Albert trató de despejar la mente de la lujuria que le había invadido. Al parecer Candy no iba a detenerle, así que lo mejor sería que él tomar la iniciativa. La deseaba. ¡Dios, cuánto la deseaba!, pero no aquí en el jardín de Easthaven, donde cualquier imbécil de la «flor y nata» podía tropezarse con ellos.

—Será mejor que regreses dentro, cielo. Sola.

—¿Qué? —Candy lo miró parpadeando, sin duda aún estaba en ese lugar maravilloso y ardiente al que habían llega do juntos. Por lo menos él esperaba que ambos hubieran llegado al mismo lugar.

—Regresa dentro, Candy. —Enderezándose, la apartó de sí, examinándola lo mejor que podía bajo esa débil luz. Afortunadamente sus exploraciones no habían llegado a des-arreglaré el peinado ni el vestido. Estaba presentable, apenas. Yo me quedaré aquí fuera un rato.

—¿Porqué?

Porque, aunque el atuendo de ella resistiera un examen minucioso, los pantalones de él proclamarían al mundo exactamente lo que habían estado haciendo en el deliciosamente oscuro jardín de Easthaven..

—Porque si entráramos juntos, cielo, la gente podría

preguntarse qué hemos estado haciendo.

—Oh. —Albert estaba seguro de que si la luz hubiera sido suficiente habría visto manchas color rojo furioso en las mejillas de Candy.

-Deslízate Dentro de la puerta lateral, caramelo. Te Vara directamente al baño de las mujeres.

—Sí, está bien.

La observó apresurarse hacia la puerta que él le había indicado y luego se recostó contra un tronco que tenía cerca. Dios, le invadían las ansias. No sólo las partes más obvias de su anatomía palpitaban de frustración. Su mente, su corazón, quizás incluso su alma, deseaban a Candy. A juzgar por lo que había sucedido hoy, ella lo deseaba también. ¿Pero Candy iría a permitirse admitir su deseo? ¿Se casaría con él? No lo sabía.

—Candy, hemos estado buscándote.

La joven se detuvo apenas cruzó la puerta que daba al jardín. Lady Elroy y lady Sara se quedaron de pie en el corredor que la separaba del tocador de damas.

—¿Dónde habéis estado? —Lady Elroy frunció el ceño—. Hace un largo rato vimos a Albert llevarte bailando hacia la puerta. No puedo imaginarme en qué estaba pensan do ese muchacho.

—Yo sí. —Los ojos de lady Sara se habían fijado en el cuello de Candy—. Hora de llamar a John el cochero, ¿no te parece, Elroy ?

—¿Por qué? ¡Oh! —Lady Elroy también examinó el cuello de Candy—. Oh, válgame Dios, sí. Busquemos inmediatamente los abrigos.

Candy echó un vistazo a un espejo mientras se apresuraba a seguir a las damas. Una pequeña marca roja resplandecía sin disimulo sobre la blancura de su cuello, en el punto donde hacía unos instantes habían estado los labios de Albert.

¿Que tal? Mi Albert precioso es ¡VIRGEN! Quien lo hubiera pensado y esa Candy haciéndose historias en esa cabezota suya

Que creen que va hacer Niell?

Y Albert seducirá a Candy?

Espero les guste este cap nos vemos en el siguiente

QUE DIOS L S BENDIGA A USTEDES Y A LOS SUYOS