Konichiwa! Vuelvo otra vez y si mucho mas rápido que antes puesto que estoy de vacaciones! Además de que mañana no voy a poder actualizar…. Dia libre de estudios holgazeando jajajajjaja ….Llenando mi mente con muxos libros jojoojjoojojojojoj gracias a todos los que me agregaron en sus favoritos gracias por todo! También por tu review! Midori hanasaki Me encanto! seguire hasta que ya no pueda mas y no te preocupes ya que el principio es medio complicado luego se aclaran algunas cosas poco por poco... bueno solo me queda decir disfruten de este cap tratare de subir esta historia el miércoles que viene asi que hay viene el primer cap hay estaaaaaaaaaaaaaaaa….

Por cierto los personajes no me pertenecen jajajjaja ya me canse de decir esto pero como dijo jace wayland en ciudad de cenizas "si decías cualquier palabra una y otra vez lo bastante rápido, perdía todo su significado." Jajajjja quien no ama a los chicos sarcásticos ne? Heey no me culpen vale la pena soñar ne?

SHAORAN LI TE AMOOOOOOOOOOO


Capítulo I

La primera vez que noté un mareo fue el lunes por la mañana en la cafetería de la escuela. Durante un instante tuve una sensación en el estómago como si estuviera en una montaña rusa bajando a toda velocidad desde el punto más alto. Duró solo dos segundos, pero fue suficiente para que me volcara un plato de puré de patatas con salsa sobre el uniforme. Los cubiertos rebotaron tintineando contra el suelo, aunque conseguí sujetar el plato a tiempo.

—De todas maneras, este mejunje sabe como si lo hubieran recogido del suelo —me dijo mi amiga Tomoyo mientras yo limpiaba como podía la porquería. (Naturalmente, todo el mundo me miraba)—. Si quieres, puedes embadurnarte la blusa con mi ración.

—No, gracias.

Aunque casualmente la blusa del uniforme del Saint Lennox tenía el mismo color que el puré de patatas, la mancha llamaba desagradablemente la atención, de modo que me abroché la chaqueta azul marino para taparla.

—¡Vaya, la pequeña sakura ya está jugando otra vez con la comida! —exclamó Rika Sasaki —. Sobre todo, ni se te ocurra sentarte a mi lado, babosa apestosa.

—No te preocupes, Rik, es lo último que haría.

Por desgracia, mis pequeños accidentes con la comida en la escuela se repetían con bastante frecuencia. Hacía solo una semana, una gelatina de frutas verde me había saltado del molde de aluminio y había aterrizado dos metros más allá, en los espaguetis a la carbonara de un alumno de quinto. La semana anterior se me había volcado el zumo de cerezas y había salpicado a todos mis compañeros de mesa, que parecía que hubieran cogido el sarampión.

Por no hablar de las veces en que había metido la estúpida corbata del uniforme en la salsa, el zumo o la leche.

Aunque anteriormente nunca había sentido vértigos.

Pensé que probablemente eran imaginaciones mías. Lo que ocurría era que desde hacía un tiempo en casa solo se hablaba de mareos, aunque no de los míos, sino de los de mi siempre encantadora y perfecta prima Meiling, que se estaba tomando a cucharadas su puré de patatas sentada junto a Rika.

Toda la familia esperaba a que Meiling empezara a sentir vértigos.

Había días en que lady Ieran, mi abuela, le preguntaba cada diez minutos si notaba algo raro, y mi tía Sheina, la madre de Meiling, aprovechaba los intervalos para repetir exactamente la misma pregunta.

Y cada vez que Mieling negaba con la cabeza, lady Ieran apretaba los labios y la tía Sheina suspiraba. Aunque también podía ser a la inversa

Los demás —mamá, mi hermana loriel, mi hermano Nick, mi tía abuela Alice y yo— poníamos los ojos en blanco. Naturalmente, era excitante tener a alguien en la familia con el gen de los viajes en el tiempo, pero con los años todo ese asunto había ido perdiendo interés, y estábamos hasta la coronilla del teatro que se montaba en torno a Meiling.

La propia Meiling acostumbraba a ocultar sus sentimientos tras una misteriosa sonrisa de Mona Lisa. Yo, en su lugar, tampoco hubiera sabido si debía alegrarme o enojarme por la ausencia de vértigos.

Bueno, para ser sinceros, supongo que me habría alegrado. Yo era más bien del género asustadizo. Me gustaba la calma.

—Tarde o temprano llegará —decía lady Ieran todos los días—.Y tenemos que estar preparados para cuando eso ocurra.

De hecho, después de la comida, en la clase de historia del señor Terada, efectivamente ocurrió. Yo me había levantado con hambre de la mesa. Para colmo, había encontrado un pelo castaño oscuro en el postre —compota de grosella con pudin de vainilla— y no había podido decidir si era mío o de alguno de los pinches de cocina. Fuera como fuese, aquello me había hecho perder definitivamente el apetito.

En clase, señor Terada nos devolvió la prueba de historia de la última semana.

—Veo que se han preparado bien para el examen, especialmente Meiling. Un sobresaliente.

Meiling se apartó de la cara uno de sus resplandecientes mechones negros y dijo «Oh…», como si el resultado fuera una sorpresa para ella, cuando siempre las mejores notas en todas las asignaturas.

Pero esa vez Tomoyo y yo también podíamos estar satisfechas. Las dos teníamos un notable alto, a pesar de que nuestra «buena preparación» había consistido en mirar la película sobre la reina Isabel con Cate Blanchett en DVD mientras nos atiborrábamos de papas fritas y helado. Aunque también es verdad que habíamos estado siempre atentas en clase, lo que, por desgracia, no podía decirse que pasara en otras asignaturas.

Ocurría sencillamente que las clases de señor Terada eran tan interesantes que no te quedaba más remedio que escuchar. El propio señor Terada también era muy interesante. La mayoría de las chicas estaban enamoradas secretamente, o no tan secretamente, de él.

Igual que nuestra profesora de geografía, la señora Counter, que se ponía roja como un tomate cuando el señro Terada se cruzaba con ella. En cualquier caso, todo el mundo estaba de acuerdo en que estaba como un tren. Todo el mundo excepto

Tomoyo, que encontraba que parecía una ardilla de dibujos animados.

«Cada vez que me mira con esos ojazos marrones, me entran ganas de darle unas nueces», decía, e incluso llegó al extremo de dejar de llamar ardillas a las ardillas del parque para pasar a llamarlas «señor Terada». No sé por qué aquello era, de algún modo, contagioso, y al final yo también decía siempre cuando una ardilla se acercaba brincando: «Mira a esa señor Terada tan pequeña y gordita, ¿verdad que es una monada?».

Debido a esta comparación con las ardillas, Tomoyo y yo éramos las dos únicas chicas de la clase que no estábamos coladas por el señor Terada. Yo lo intentaba una y otra vez (aunque solo fuera porque todos los chicos de la escuela eran terriblemente infantiles), pero no servía de nada: la comparación con las ardillas se me había metido en la cabeza, ¡y nadie experimenta sentimientos románticos hacia una ardilla!

Rika había hecho correr el rumor de que el señor Terada había trabajado como modelo mientras estudiaba en la universidad.

Como demostración había recortado un anuncio de una revista en el que un hombre que se parecía bastante al señor Terada se enjabonaba con un gel de ducha.

Pero, aparte de Rika, nadie creía que el hombre del gel fuera señor Terada.

El modelo tenía un hoyuelo en la barbilla, y señor Terada no.

Los chicos de la clase, en cambio, no estaban tan entusiasmados con señor Terada. Sobre todo, Hiro Taketo, que no podía soportarlo. Hay que decir que, antes de que señor Terada llegara a la escuela, todas las chicas de nuestra clase habían estado enamoradas deHiro, incluida yo, aunque me cueste reconocerlo.

Pero entonces yo tenía once años y Hiro aún era una monada, mientras que ahora, con dieciséis, no era más que un estúpido que desde hacía un par de años se encontraba en un estado de cambio de voz permanente.

Por desgracia, los gallos y la voz de bajo no le impedían soltar estupideces sin parar.

Hiro estaba terriblemente indignado por su suspenso en la prueba de historia.

—Esto es discriminatorio, señor Terada. Merecía como mínimo un notable. No hay derecho a que me ponga notas tan bajas solo porque soy un chico.

señor Terada le cogió el examen de la mano y lo hojeó.

—«Isabel I era tan espantosamente fea que no consiguió tener a ningún hombre.

Por eso todo el mundo la llamaba "la virgen fea" —leyó.

Se oyeron unas risitas ahogadas.

—¿Qué pasa? Es verdad — se defendió Hiro—. Con esos ojos de besugo, esos labios apretados y esos pelos de loca…

Habíamos tenido que estudiar a fondo las pinturas de los Tudor que había en la

National Portrait Gallery, y efectivamente en aquellos cuadros Isabel I se parecía más bien poco a Cate Blanchett. Pero, primero, tal vez en aquella época se consideraba que los labios finos y las narices grandes eran el colmo de la elegancia, y segundo, la ropa que llevaba era realmente fantástica. Y, además, aunque Isabel I no tenía marido, había tenido un montón de relaciones, entre otras una con sir… ¿cómo se llamaba? En la película el papel lo interpretaba Clive Owen.

—Isabel se llamaba a sí misma "la reina virgen" —explicó el señor Terada a Hiro—, porque… —Se detuvo en seco—. ¿No te encuentras bien, Meiling? ¿Te duele la cabeza?

Todos miraron a Meiling, que se estaba sujetando la cabeza con las manos.

—No, solo es que… estoy un poco mareada —dijo, y me miró—. Todo me da vueltas.

Cogí aire. Al parecer, había llegado el momento. Nuestra abuela estaría encantada.

Y la tía Sheina aún más.

—Uala, qué bien —me susurró Tomoyoal oído—. ¿Ahora se volverá transparente?

Aunque lady Ieran se había encargado de inculcarnos en la cabeza desde pequeños que en ningún caso, sin excepción, debíamos hablar con nadie de las peculiaridades de nuestra familia, yo había decidido por mi cuenta hacer una excepción con Tomoyo. Al fin y al cabo, era mi mejor amiga, y las mejores amigas no tienen secretos.

Por primera vez desde que la conocía (lo que, bien mirado, era toda mi vida),

Meiling parecía casi incapaz de valerse por sí misma.

Pero yo estaba preparada y sabía lo que había que hacer. La tía Sheina no se había cansado de recordármelo.

—Acompañaré a Meiling a casa —dije al señor Terada y me levanté —. Si le parece bien.

Señor Terada seguía con la mirada fija en Meiling.

—Me parece una buena idea, Sakura —respondió—. Que te mejores, Meiling.

—Gracias —murmuró Meiling, y se dirigió hacia la puerta con paso vacilante —. ¿Vienes, Saku?

Me apresuré a cogerla del brazo. Por primera vez me sentía importante en presencia de Meiling. Era una sensación agradable poder ser útil para variar.

—Sobre todo, llámame y explícamelo todo —tuvo tiempo de susurrarme Tomoyo.

En el pasillo, la zozobra que había experimentado Meiling ya se había volatilizado. De hecho, me dijo que antes de marcharse quería recoger sus cosas de la taquilla.

La sujeté con fuerza de la manga.

—¡Olvídalo, Meiling! Tenemos que ir a casa lo más rápido posible. Lady Ieran ha dicho…

—Ya se me ha pasado —dijo Mieling.

—¿Y qué? De todos modos, puede volver en cualquier momento. —Meiling dejó que la arrastrara en la dirección contraria—. ¿Dónde demonios tengo la tiza? —Sin dejar de caminar, empecé a revolver en el bolsillo de la chaqueta—. Ah, aquí está. Y el móvil. ¿Quieres que llame a casa? ¿Tienes miedo? Oh, qué pregunta más tonta, lo siento. Es que estoy nerviosa.

—Tranquila, no pasa nada. No tengo miedo.

La miré de reojo para comprobar si decía la verdad. Lucía su sonrisita de superioridad de Mona Lisa, y era imposible descubrir qué sentimientos se ocultaban tras ella.

—¿Quieres que llame a casa?

—¿Y de qué serviría? —replicó Meiling.

—Solo pensaba…

—Es mejor que lo de pensar me lo dejes a mí —me espetó Meiling.

Bajamos juntas los escalones de piedra hacia el hueco donde siempre se sentaba

Solomon, que enseguida se levantó al vernos. Pero yo me limité a dedicarle una sonrisa. El problema con Solomon era que, aparte de mí, nadie podía verle ni oírle.

Solomon era un fantasma. Por eso evitaba hablar con él en presencia de otras personas. Solo había hecho una excepción con Tomoyo, que ni por un segundo había dudado de su existencia. Tomoyo creía todo lo que le decía, y esa era una de las razones de que fuera mi mejor amiga.

Tomoyo lamentaba profundamente no poder ver ni oír a Solomon, aunque me alegraba mucho de que fuera así, porque lo primero que Solomon había dicho después de verla había sido: «¡Por todos los santos! ¡Esta pobre muchacha es mas palida que cadáver en el inframundo! ¡Si no empieza a aplicarse enseguida un buen rubor, nunca encontrará marido!».

En cuanto a Tomoyo, lo primero que dijo cuando los presenté fue: «Pregúntale si tiene algún tesoro escondido en algún sitio».

Por desgracia, Solomon no había enterrado ningún tesoro y estaba bastante ofendido por que Tomoyo le creyera capaz de hacer algo semejante.

También se ofendía cuando hacía como que no le veía. De hecho, Solomon se ofendía con bastante facilidad.

—¿Es transparente? —había preguntado Tomoyo en el primer encuentro—. ¿O se ve en blanco y negro?

No, en realidad, Solomon tenía un aspecto totalmente normal. Con excepción de la ropa, claro.

—¿Puedes pasar a través de él?

—No lo sé. No lo he intentado nunca.

—¿Y por qué no lo intentas ahora? —había propuesto Tomoyo.

Pero Solomon no estaba dispuesto a permitir que pasara a través de él.

—¿Qué significa eso de «fantasma»? Un servidor, Solomon August Goldsmith

Pimplebottom, heredero del decimocuarto conde de Hardsdale, no va a permitir que nadie le ofenda, y menos unas niñas —me dijo.

Como muchos fantasmas, sencillamente, no quería reconocer que ya no era una persona. Por más que quisiera, Solomon no podía recordar que hubiera muerto.

Aunque ya hacía cinco años que nos conocíamos —desde mi primer día de clase en la Saint Lennox High School—, parecía que para él solo hubieran pasado unos días desde que jugaba a las cartas con sus amigos en el club y charlaba sobre caballos, falsos lunares y pelucas. (Él llevaba ambas cosas, lunar y peluca, y, aunque actualmente pueda sonar raro, no le quedaban tan mal.) Solomon hacía caso omiso deliberadamente del hecho de que, desde que nos habíamos conocido, había crecido veinte centímetros, había incorporado a mi aspecto un corrector dental y unos pechos prominentes, y me había librado luego del corrector. Igual que hacía caso omiso de que el palacio de su padre en la ciudad hacía tiempo que se había convertido en una escuela privada con agua corriente, luz eléctrica y calefacción central. Lo único de lo que parecía percatarse de vez en cuando era de la longitud de las faldas de nuestro uniforme escolar. Al parecer, la visión de unas pantorrillas y unos tobillos femeninos era extremadamente infrecuente en su época.

—No es muy cortés por parte de una dama no saludar a un caballero de buena posición, señorita Sakura —protestó entonces de nuevo, molesto porque no le había prestado ninguna atención.

—Perdón. Tenemos prisa — dije.

—Si puedo serles útil en algo, naturalmente me tienen a su disposición —replicó él colocándose bien los puños de encaje.

—No, muchas gracias. Solo tenemos que llegar a casa cuanto antes. —¡No sé en qué podía sernos útil Solomon, si ni siquiera era capaz de abrir una puerta!—. Meiling no se encuentra bien.

—Oh, no sabe cómo lo lamento —dijo Solomon, que tenía debilidad por Meiling, a la que, en contraposición con la «pálida sin modales», como acostumbraba a llamar a Tomoyo, encontraba «extraordinariamente encantadora y gentil». También ese día soltó algunos cumplidos galantes—: Transmítale, por favor, mis mejores deseos, y dígale que está tan encantadora como siempre. Un poco pálida, pero hechizadora como un elfo.

—Se lo comunicaré.

—Deja de hablar con tu amigo imaginario —dijo Meiling—. Si sigues así, acabarás en un manicomio.

Muy bien, pues no se lo comunicaría. Ya era bastante presuntuosa sin necesidad de eso.

—Solomon no es imaginario, es invisible. ¡Hay una gran diferencia entre las dos cosas!

—Si tú lo dices… —replicó Meiling.

Ella y la tía Sheina opinaban que solo me inventaba a Solomon y a los otros fantasmas para darme importancia. Me arrepentía de haberles hablado en su día de ello, pero de pequeña me había resultado sencillamente imposible no decir nada de las gárgolas que adquirían vida y hacían cabriolas por las fachadas y me dirigían muecas.

Las gárgolas eran divertidas, pero también había otras sombrías figuras espectrales de aspecto siniestro que me daban miedo. Tuvieron que pasar unos años para que comprendiera que los fantasmas no podían hacerme nada. Lo único que realmente pueden hacer los fantasmas es dar miedo.

Naturalmente, no estoy hablando de Solomon. Él era del todo inofensivo.

—Tomoyo piensa que tal vez fuese mejor que Solomon muriera joven. Dice que, teniendo que cargar con ese nombre de Pimplebottom, nunca hubiera encontrado una mujer para casarse —expliqué, no sin antes asegurarme de que Solomon ya no nos pudiera oír—. Quiero decir que ¿quién va a querer llamarse voluntariamente «Culogranujiento»?

Meiling puso los ojos en blanco.

—De todas maneras, no tiene mal aspecto —proseguí—. Y, además, según él, está podrido de dinero. Aunque esta costumbre que tiene de ponerse continuamente un pañuelo de encaje perfumado bajo la nariz no resulta muy varonil.

—Qué lástima que nadie aparte de ti pueda admirarlo—señaló Meiling.

La verdad es que yo opinaba lo mismo.

—Y qué estúpido por tu parte que hables de tus rarezas fuera del círculo familiar —añadió.

Era una más de las típicas indirectas de Meiling. El comentario estaba destina herirme, y efectivamente lo consiguió.

—¡Yo no soy rara!

—¡Claro que lo eres!

—¿Y lo dice la que tiene el gen?

—Yo no lo voy soltando por ahí —repuso Meiling—. En cambio, tú eres como la tía abuela alice la Locuela, que habla de sus visiones hasta con el lechero.

—Eres cruel.

—Y tú, una ingenua.

Discutiendo, atravesamos el vestíbulo, pasamos ante la diminuta cabina de cristal del conserje y salimos al patio de la escuela. Hacía viento y parecía que iba a empezar a llover en cualquier momento.

Me arrepentí de no haber cogido nuestras cosas de las taquillas. Un abrigo no hubiera estado de más con este tiempo.

—Siento haberte comparado con la tía abuela Alice —se excusó Meiling un poco cortada—. Supongo que estoy un poco nerviosa.

Aquellas palabras me dejaron perpleja. Meiling no se excusaba nunca.

—Es comprensible —dije rápidamente.

Quería que se diera cuenta de que apreciaba sus disculpas. Naturalmente, no podía hablar de auténtica comprensión, porque yo, en su lugar, habría estado temblando de miedo y supongo que también nerviosa, como cuando vas al dentista.

—Además, me gusta la tía Alice —añadí.

Lo cual era cierto. Tal vez la tía abuela Alice fuera un poco charlatana y tendiera a repetir las cosas infinidad de veces, pero era preferible al cargante secretismo de los otros. Además, la tía Alice y siempre era muy generosa repartiendo caramelos de limón entre nosotros.

Naturalmente, a Meiling le traían sin cuidado los caramelos.

Cruzamos la calle y seguimos caminando a buen paso por la acera.

—No me mires de reojo — me advirtió Meiling—. Cuando desaparezca, ya te darás cuenta. Entonces podrás dibujar tu tonto círculo de tiza y correr a casa. Pero por hoy no pasará nada.

—Eso no puedes saberlo. ¿No te intriga saber dónde aterrizarás? Quiero decir, cuándo aterrizarás.

—Claro —repuso Meiling.

—Espero que no sea en medio del gran incendio de 1664.

—El gran incendio de Londres ocurrió en 1666 —me corrigió Meiling—. No cuesta tanto de recordar. Además, en esa época, en esta parte de la ciudad no se había construido gran cosa; ergo, tampoco se quemó nada.

¿He dicho ya que Miling también era conocida como «la aguafiestas» y «la sabelotodo»?

Pero no me rendí. Tal vez fuera un poco feo por mi parte, pero quería borrar aquella estúpida sonrisa de su cara aunque solo fuera por unos segundos.

—Estos uniformes deben de arder como la yesca —insistí.

—Cuando llegue el momento, sabré lo que tengo que hacer —replicó Charlotte escuetamente sin abandonar su sonrisa.

No podía por menos que admirarla por su serenidad. A mí, la idea de aterrizar de repente en el pasado solo me inspiraba terror.

Fuera en la época que fuese, siempre pasaban cosas terribles.

Continuamente había guerras, viruela y plagas de peste, y una palabra equivocada podía hacer que te quemaran por bruja. Además, solo había letrinas, y todo el mundo tenía pulgas, y por la mañana lanzaban el contenido de los orinales por la ventana sin fijarse en si pasaba alguien por debajo.

Meiling se había preparado durante toda su vida para arreglárselas en el pasado. No había tenido tiempo para jugar, hacer amigas, ir de compras o al cine o salir con chicos. En lugar de eso, había recibido clases de baile, esgrima y equitación, de lenguas y de historia.

Además, desde el año anterior salía cada miércoles por la tarde con lady Ieran y la tía Sheina y no volvía hasta que se hacía de noche.

Lo llamaban «clase de misterios», pero nadie quería decirnos de qué clase de misterios se trataba, y Meiling, menos que nadie.

Probablemente, la primera frase que mi prima había aprendido a pronunciar de corrido había sido: «Es un secreto». Y la siguiente: «Eso no es cosa suya».

Tomoyo decía siempre que nuestra familia debía de tener más secretos que los Servicios Secretos y el MI6 juntos. Y es muy posible que tuviera razón.

Normalmente, para volver de la escuela, cogíamos el autobús —el número 8 paraba en Berkeley Square, que no quedaba muy lejos de casa—, pero ese día recorrimos las cuatro paradas a pie, tal como había ordenado la tía Sheina. Durante todo el camino llevé la tiza en la mano, pero Meiling permaneció a mi lado.

Mientras subíamos los escalones de la puerta de entrada, casi me sentí decepcionada. Mi participación en la historia acababa ahí; a partir de este momento, mi abuela se haría cargo del asunto.

Tiré a Meiling de la manga.

—¡Mira! El hombre de negro está ahí otra vez.

—Bueno, ¿y qué?

Meiling ni siquiera se molestó en mirar. El hombre estaba parado enfrente, ante la entrada del número 18. Como siempre, llevaba una gabardina negra y un sombrero calado hasta las orejas. Yo le había tomado por un fantasma, hasta que supe que mis hermanos y Tomoyo también podían verlo.

Desde hacía meses, el hombre permanecía allí, observando nuestra casa las veinticuatro horas del día. Aunque, bien mirado, también podía tratarse de varios hombres exactamente con el mismo aspecto que se iban turnando.

Discutimos sobre si era un ladrón que preparaba un golpe, un detective privado o un mago malvado. Mi hermana Loriel estaba convencida de que se trataba de esto último. Tenía nueve años y le encantaban las historias de magos malvados y hadas buenas. Mi hermano Shinji tenía doce años y opinaba que las historias de magos y hadas eran estúpidas; por eso estaba a favor del ladrón espía.

Y Tomoyo y yo éramos partidarias del detective privado.

Pero cada vez que cruzábamos al otro lado de la calle para observarlo mejor, el hombre desaparecía dentro de la casa o subía a un Bentley negro que tenía aparcado junto al bordillo y se iba.

—Es un coche encantado —afirmaba Loriel—. Cuando nadie mira, se transforma en un cuervo, y el mago se convierte en un hombrecillo minúsculo que cruza el cielo montado a lomos de él.

Por si acaso, Shinji había anotado el número de matrícula del Bentley.

—Aunque seguro que después del robo lo pintará de nuevo y colocará otra matrícula —me informó.

Los adultos hacían como si no les pareciera nada sospechoso en el hecho de ser observados día y noche por un hombre con sombrero vestido de negro.

Y Meiling igual.

—¡Qué demonios les ha hecho ese pobre hombre! Sencillamente se fuma un cigarrillo ahí fuera, eso es todo.

—¡Sí, claro!

Me resultaba más fácil creer en la versión del cuervo encantado.

Justo en ese momento empezó a llover. Por suerte, ya estábamos en casa.

—¿Al menos sigues mareada? —le pregunté mientras esperábamos que nos abrieran la puerta, porque nosotras no teníamos llave.

—No me agobies —dijo Meiling—. Pasará cuando tenga que pasar.

Mister Bernhard nos abrió la puerta. Toomoyo opinaba que mister Bernhard era nuestro mayordomo, y la prueba definitiva de que éramos casi tan ricos como la reina o Madonna. Yo, por mi parte, no sabía exactamente quién o qué era en realidad mister Bernhard. Para mamá era «el factótum de la abuela», y la propia abuela lo describía como «un viejo amigo de la familia». Para mis hermanos y para mí era sencillamente «el siniestro sirviente de lady Ieran».

Al vernos, enarcó las cejas.

—Hola, mister Bernhard — le saludé—. Qué tiempo tan horrible, ¿no?

—Realmente horrible, sí. — Con su nariz ganchuda y sus ojos marrones ocultos tras unas gafas redondas de montura dorada, mister Bernhard siempre me recordaba a una lechuza, o, mejor dicho, a un búho—. En un día así es imprescindible ponerse el abrigo al salir de casa.

—Hummm… sí, supongo que sí —repuse.

—¿Dónde está lady Ieran? —preguntó Meiling.

Meiling nunca era especialmente cortés con mister Bernhard.

Tal vez porque, al contrario que a mis hermanos y a mí, tampoco de niña le había inspirado respeto. Sin embargo, aquel hombre tenía una cualidad que realmente impresionaba, y era la de moverse tan silenciosamente como un gato y aparecer de pronto a tu espalda como si hubiera surgido de la nada. Daba la sensación de que no se le escapaba ningún detalle. Fuera la hora que fuese, mister Bernhard siempre estaba presente.

Mister Bernhard ya estaba en la casa antes de que yo naciera, y mamá decía que ya estaba allí cuando ella era todavía una niña, de modo que debía de ser casi tan viejo como lady Ieran, aunque no lo parecía.

Vivía en un apartamento en el segundo piso, al que se llegaba por un pasillo independiente y una escalera desde el primero. Nosotros teníamos terminantemente prohibido pisar siquiera el pasillo.

Mi hermano afirmaba que mister Bernhard había instalado allí puertas trampa y cosas parecidas para mantener a distancia a los visitantes no deseados. Pero no podía demostrarlo. Ninguno de nosotros se había atrevido nunca a entrar en ese pasillo.

—Mister Bernhard necesita tener privacidad —decía a menudo lady Ieran.

—Claro, claro… —replicaba mamá—. Supongo que, viviendo aquí, la necesitamos todos.

Pero lo decía tan bajo que lady Ieran no podía oírla.

—Su abuela está en la sala de música —informó mister Bernhard a Meiling.

—Gracias.

Meiling nos dejó plantados en la entrada y corrió escaleras arriba.

La sala de música estaba en el primer piso, y nadie sabía por qué se llamaba así, porque ni siquiera había un piano.

La sala era la habitación preferida de lady Ieran y de la tía abuela Alice, y el aire olía a perfume de violetas y al humo de los cigarrillos de lady Ieran. Como se ventilaba muy de vez en cuando, si te quedabas un rato, al final tenías la sensación de que se te nublaba la vista.

Antes de que mister Bernhard cerrara la puerta, tuve tiempo de echar un vistazo al otro lado de la calle. El hombre del sombrero seguía allí. ¿Eran imaginaciones mías o acababa de levantar la mano como si estuviera haciendo señas a alguien? ¿A mister Bernhard, quizá, o era a mí a quien saludaba?

La puerta se cerró y no pensé más en ello porque de repente volvió a aparecer la sensación de montaña rusa en el estómago. Todo se difuminó ante mis ojos. Se me doblaron las rodillas y tuve que apoyarme en la pared para no caerme.

Un instante después había pasado.

Mi corazón latía desbocado. Algo me ocurría. Teniendo en cuenta que no estaba en ninguna montaña rusa, no era normal que hubiera tenido vértigo dos veces en dos horas, a no ser que…

¡Bah! Seguramente estaba creciendo demasiado rápido. O tenía… hummm… ¿un tumor cerebral? O tal vez era solo hambre.

Sí, debía de ser eso. Desde el desayuno no había comido nada, porque la comida de la escuela había aterrizado en mi blusa. Respiré aliviada.

Entonces me di cuenta de que mister Bernhard me observaba con sus ojos de lechuza.

—¡Cuidado! —dijo con un considerable retraso.

Sentí que me sonrojaba.

—Bueno, me voy… a hacer los deberes —murmuré.

Mister Bernhard asintió con cara de indiferencia; pero, mientras subía las escaleras, pude sentir su mirada clavada en mi espalda.

De los Anales de los Vigilantes

10 de octubre de 1994

De vuelta de Durham, donde he visitado a la hija menor

de lord Amamia, Sonomi Kinomoto,

que de forma inesperada dio a luz anteayer a su hija.

Todos nos alegramos del nacimiento de

Sakura Haruhi Risa Kinomoto

2.460 g, 52 cm.

La madre y la niña se encuentran bien.

Nuestras más sinceras felicitaciones al gran maestre

por el nacimiento de su quinto nieto.

Informe: Jasper Witlock. Círculo Interior


Wolaaaa cualquier cosa que no entiendan me dicen y yo les resuelvo sus dudas okisss y en cuanto al cap no le tengan cólera ni rabia a Meiling aunque lueeeeeeeeeeeego dara ganas de matarla jajajajajajajja pos espérense jajajajjajajaja ya que amoooo a Meiling la adoro jajjajaja es buena chica asi que mejor no doy detalles de lo k pasara lueeeeeeeeeeego jajajjjajajaja kieren un adelanto del próximo cap? Bueno como no tengo nada mas que comentar les pongo

"En el momento en el que iba a rodear el cuarto, sentí un tirón en las piernas que me cogió totalmente desprevenida. Mi estómago se encogió como si estuviera en una montaña rusa y la calle se difuminó ante mis ojos para transformarse en un río gris"

Nos vemos pronto

Aunque lamento un poco desilusionarlas pero al apuesto y arrogante de shao no aparecerá hasta después del tercer cap gomen neee pero asi es la historia matta ne

tsukisxs