Capítulo 1.3:
Despídete sin llorar
Por alguna extraña razón, Francis no lograba concentrarse en preparar la pasta.
A quién engañaba, no era de extrañarse que últimamente no estuviese atento al trabajo. No podía a pesar de que lo intentaba de verdad.
Observó a su lado a Feliciano, a quién había considerado como un hermano desde toda su vida. Obviamente, no se conocían desde que sabían gatear pero, de lo que sí estaba seguro es que habían heredado ambos habilidades culinarias del abuelo del castaño. Ya que, a pesar de ser vecinos, el señor Roma (como les gustaba llamarle por su país de origen) siempre fue alguien que encantó de las visitas y de estarse en buenas intenciones (o al menos relaciones, las intenciones se podían dejar en segundo plano) con todos a su alrededor.
Con el tiempo y gracias a la insistencia de su madre, había comenzado a tomarle cariño al viejo hombre que proponía cada tanto una cena vecinal (o cómo sea que se le llamase a eso) en su casa, con montones de platillos a base de pasta. Como desde pequeño, Francis había demostrado interés por la cocina, le pedía cada noche, después de cenar, al señor Roma si le podía enseñar la receta. Como a veces terminaban a altas horas de la noche tenían que llamar a la madre (ella entendía, después de todo vivían al lado uno del otro) y después de que diese el Sí requerido, repartían a que el niño se durmiese con los gemelos Pasta; como les llamó en un par de ocasiones.
Y después de eso, no sólo se quedaba para cocinar, sino para discutir también de Arte con el hombre. Últimamente, con su noviazgo con Madeleine ya no dormía en la casa del señor Roma, sin embargo había una que otra vez al mes en el que le acompañaba y llevaba pasta para preparar junto a Madeleine.
Detuvo lo que sea que estuviese preparando (aunque tampoco es como si le interesara demasiado) al recordarla y sentir como si cuchillas se encajasen en su pecho. Sería probablemente porque se había cortado el dedo y poco le había interesado. Haber ido a dormir a la casa del señor Roma acompañado de Feliciano no había sido tan mala idea… hasta que recordó lo tanto que la extraña y todo se había jodido.
—Vee~ Fratello Francis… ¿estás bien? No debes dejar de remover la cuchara o de lo contrario se llenará de nata. —El franco se dio cuenta de que, efectivamente preparaba salsa de tomate y su olfato no le había engañado hace diez minutos cuando cortaba tomates y se cortó el dedo, no se dio cuenta y prefirió continuar en el letargo y echarlo todo al agua… la sangre siempre podía fortificar el sabor. No estaba comprobado por nadie pero por el olor que salía de la cazuela podía adivinarlo.
—Ah, claro que sí, Feli. Es sólo que… —suspiró— ya no estoy realmente seguro de esto. —Sacó la cuchara de la salsa y Feliciano le observó extrañado. Después de dejar de preparar la salsa que ya comenzaba a quemarse a juzgar por el humo que salía del caldo, se recargó en el pretil.
— ¿Lo dices por lo de Maddie? —Inquirió curioso. Después de reflexionarlo asintió con la cabeza. El italiano se puso a su lado y bajó la mirada, probablemente avergonzado— L-Lo lamento tanto, no debí haberlo mencionado.
—No hay problema. —A pesar de eso, el silencio llenando la estancia fue inevitable. De repente, el sonido del teléfono de Francis llenó la estancia y lo mejor que pudo hacer el francés fue contestar.
«F…-c…» Fueron las únicas sílabas que alcanzó a entender desde el otro lado de la línea. Extrañado, arqueó una ceja y observó con incredulidad a su propio teléfono.
— ¿Hola? ¿Quién habla?
Después de un par de veces más de escuchar aquello, escuchó como desde el otro lado se cortaba la línea de comunicación. Feliciano le observó con curiosidad.
— ¿Quién era? —Francis se encogió de hombros.
—Ni idea. —Respondió, volviéndose a deprimir.
—
Madeleine abrazaba sus rodillas. A pesar de que Arthur ya se iba a dormir no se sentía bien.
No encontraba la forma de explicarlo y menos de entenderlo, pero comprendía que había algo malo con aquél hombre, a pesar de que no lo dijese en voz alta.
Observó sus manos, sorprendentemente (y a pesar de todos los daños que sufrió su cuerpo) estaban impecables y cuadradamente cortadas.
— ¿No necesitas nada más? Te dejaré sola por un par de horas para dormir. —Madeleine ni siquiera se molestó en voltearse a verlo. Simplemente se quedó observando sus propias piernas. ¿Para qué le avisaba si lo único que ella quería no se lo daría?
—Francis, ¿tal vez? —Inquirió molesta. Arthur suspiró, ateniéndose a que no necesitaba nada más del exterior. Iba a cerrar la puerta cuando escuchó el timbre de la casa y se giró curioso para ver quién era.
—Ya vuelvo. —Avisó a pesar de que poco le interesó aquello a Madeleine. Ella, mientras tanto, observaba la situación como si fuese meramente una prisión en la que se encontraba y, para no meternos en más detalles y al menos relatar un poco sobre las caracterizaciones de cada quien, Arthur era su alcaide.
Cuando el otro estuvo fuera de vista, salió de la habitación. Si bien, no tenía oportunidad de ver a Francis, necesitaba al menos despedirse. Bien.
Salió con apresuramiento de la habitación y se fue de nuevo hacía la sala. Ahí había un medio de comunicación. Cuando se encontró ahí, tomó el teléfono y comenzó a marcar el número de Francis. Timbró dos veces antes de que contestase.
— ¡Francis! Por favor-
«¿Hola? ¿Quién habla?»Su corazón se quebró con aquellas palabras. No contestó después de eso.
— ¡Madeleine! —Sin embargo, sí había alguien que aún podía escucharla. En cierta parte, era reconfortante, pero de otro modo, también era… solitario. Muy frío. Se sentía mal.
El teléfono se resbaló de entre sus manos. De nuevo, las lágrimas salieron de sus ojos mientras se dejaba atrapar por el tapete. Cuando el forense había llegado, Madeleine había colgado el teléfono y se encontraba arrodillada frente a la mesita en la que estaba el teléfono.
—Te lo dije, Madeleine. Soy el único aquí que puede escucharte. —La rubia negó con la cabeza una infinidad de veces. No era cierto, no lo era. Y, a pesar de eso, seguía doliendo igual— y aquella llamada debió bastarte para notarlo. Los muertos no pueden comunicarse por teléfono.
Se arrodilló al lado de Madeleine y acercó una de las manos al rostro de la canadiense para secarle las lágrimas.
—Dime, ¿ahora me crees? —Cerrando los ojos asintió, Arthur sonrió y después de eso le ofreció la mano para irse a la otra habitación— necesito descansar, mañana nos espera un largo trabajo a ambos.
— ¿Y por qué a los dos? —Inquirió ya un poco más repuesta. Arthur, notando que estaba pasando por la etapa fácilmente de negación a aceptación.
—Porque te haremos verte bella en tu funeral. Resplandeciente —sonrió un poco intentando resaltar el hecho de que la emperifollaría de todo a todo. Le cepillaría el cabello tanto que comenzaría a brillarle más de lo usual. Los pocos (y casi inexistentes) moratones que aún residían en su piel los eliminaría con base y otros tantos productos de los que jamás había escuchado llamar (ya que nunca había utilizado maquillaje, y es quizá por eso que Francis alababa su piel a cada rato) para después llegar a la "habitación" de Madeleine.
—No… pensé que te interesarían todas aquellas cosas relacionadas con el maquillaje y eso. —dijo para sí la canadiense— Por tu aura tan… inusual resumí que serías un tipo frío y antisocial.
Arthur rodó los ojos.
—No convivo con muchas personas con vida, sin embargo, he hablado con todos mis… "pacientes", llámalos como quieras. Además, la mayoría de las personas que vienen a mí son mujeres, por lo que tengo que asegurarme de saber mínimo algo de todo eso. —se encogió de hombros y Madeleine soltó un pequeño oh de asombro.
—Además, —agregó— tú tampoco pareces alguien que salga demasiado de su casa. Pareciera como si no hablaras con cualquier persona que te encuentras y que tu círculo social es muy cerrado. —A pesar de que Madeleine se encontraba avergonzada, no lograba sentir aquél sonrojo tan característico que le ocasionaba hablar con cada persona a su alrededor.
—
A la mañana siguiente, Madeleine se despertó con Arthur haciendo algo a otro cuerpo a su lado. Se levantó de la meseta y lo observó coser. Mirando más de cerca, observó que le cosía los ojos.
— ¿Para qué haces eso? —Dijo curiosa. Arthur, quien no se sintió intimidado por su aparición repentina (de lo cual, las personas a su alrededor se quejaban demasiado, a pesar de haber estado cerca de ella mucho tiempo) continuó con su labor.
—Para que no abra los ojos. —Respondió. Madeleine ladeó un poco la cabeza, extrañada. ¿Para qué querría él que ella no abriese los ojos?
— ¿Pero… por qué?
Arthur se encogió de hombros como mera respuesta.
—He de suponer que estando dentro de un ataúd por toda la eternidad suena aburrido. Bueno, pues he decidido coserles los ojos y la boca para que no se tienten con abrir los ojos. Ella, por ejemplo es claustrofóbica. Y encuentra difícil el sobrevivir en un lugar así. También, utilizo un hilo invisible, que hace que no se noten las puntadas.
Madeleine lo reflexionó durante unos minutos.
— ¿Podrías… no coserme los ojos a mí? No quiero cerrar mis ojos aun a pesar de lo tentadora y aburrida que suene la eternidad encerrada en un ataúd. —Arthur dejó su labor y se volteó para observarla. Después de reflexionarlo, asintió ligero con la cabeza.
—Si así lo quieres. Sólo te advierto que eso no te garantiza volver a la vida.
—Lo sé.
Así estuvieron durante unas cuantas horas. Madeleine conversando amistosamente con el forense y el otro respondiendo. Después de un millón de veces de insistirle, descubrió que él era inglés (londinense más específicamente) y él preguntó si era cierto que ella había nacido en Canadá (puesto que eso venía en su expediente pero seguía sin estar seguro) a lo que ella había asentido un par de veces.
—Sí, soy de Quebec. O… era de Quebec.
Después, ambos comenzaron a burlarse un poco del inglés americano. Cosa que le recordaba a su hermano, Alfred. Madeleine se aburría con facilidad por lo que en un par de ocasiones Arthur la descubrió haciéndole gestos a su propio reflejo en la meseta.
Después de unas cuantas horas de maquillas y revestir al cuerpo a su lado se fue de la habitación por una cámara.
—Ahora sonríe, —le dijo al otro cuerpo. A pesar de que Madeleine no lo notó, pareció haber una respuesta de parte del otro cuerpo, debido a que después de eso observó el flash que salió de la cámara. Después de pensarlo un poco, se animó a preguntarle.
— ¿Acaso hay alguna regla que evite que un muerto vea reaccionar a otro muerto? —Arthur le observó con una ceja arqueada y, después de comprender negó con la cabeza.
—No, pero debes recordar que tiene los ojos y la boca cosidos, tampoco es como si pudiese hacer demasiado así. —La rubia asintió con la cabeza después de comprender— bueno, tengo que acompañarla a su funeral, te quedarás un par de horas sola. ¿Estás bien con eso?
Después de pensarlo un poco, volvió a asentir con la cabeza.
—Sí, no hay problema.
—Perfecto. Tienes la casa a tu disposición, lo único que no tienes permitido es salir de ella o llamar a alguien, ¿estás bien con eso?
Madeleine asintió con la cabeza. Después de la desgarradora experiencia vivida en el día anterior sabía que el otro simplemente lo hacía por su bien.
—
Llegó al templo y lo único que faltaba para que dejasen entrar a las personas era el cuerpo. No tardó demasiado en irrumpir con él y dar comienzo con la ceremonia. Después de una hora y media, la transportaron al cementerio, en donde se encontraba la otra mitad de personas que no habían querido asistir a la iglesia por motivos personales pero querían (a pesar de todo) rendirle tributo a la chica extrañada.
Entre todos ellos, estaba un pequeño de cabellos azabache con la mirada desconectada. Arthur lo ubicó al instante, había algo especial en él. Miraba de tal forma al ataúd que… a menos…
Volvió la vista al hombre que dirigía palabras. Era alto, atlético y hablaba con el orgullo pasándoselo por los huevos, ahora lo podía notar por las lágrimas que bajaban de sus ojos y su voz carente de cordura. Sin embargo, hablaba con todo su espíritu, que las palabras taladraban de tal forma a todos los presentes que tampoco podían evitar llorar por ella también, a pesar de que la adoraban y fue especial para ellos no se hubiesen dado cuenta de lo dolorosa que era su muerte sin sus palabras.
Arthur desvió la vista, patético. Se volvió a centrar en el niño. Él le devolvía la mirada. Primero, con confusión, luego, reconociéndole el rostro para, finalmente abrir los ojos con sorpresa y hacerle señas a (quien supuso era) su madre para que le dejase bajar de su regazo. Aquello desubicó un poco al inglés, debido a que no podría reconocer al niño en ninguna ocasión. Y eso que su memoria fotográfica era increíble.
Cuando finalmente el pequeño llegó a sus pies se agachó un poco para escuchar las palabras que seguramente el niño quería decirle.
— ¿Qué hacía ayer con la novia del Señor Francis? —Primero tuvo que pensar en quién era el Señor Francis para que después recordase.
—No creo que sea apropiado decírselo a un niño de tu edad. —intentó evadir la cuestión. ¿Cómo decirle a un niño que preparas un cuerpo para su funeral?
— ¿Por qué le quitó aquél cuchillo que tenía? —Arthur abrió los ojos sorprendidos, después, cuando comprendió todo suspiró— ¡Respóndame por favor!
—Tranquilo, no hables tan rápido. A veces, agobiar a una persona con tantas preguntas puede hacerle perder la cabeza al no saber cuál de ellas responder. —el pequeño, sintiéndose regañado asintió levemente. Después de que Arthur pensase su respuesta acotó— Mira, estaba quitándole el cuchillo a Madeleine porque estaba confundida. Eso es todo.
— ¿Y por qué el Señor Francis no me cree? —Arthur pensó en cómo responderle aquello.
—Porque él no entiende lo que tú puedes ver —aseguró—. Tú y yo, somos personas destinadas a ver cosas que las otras personas no pueden. Al menos, eso puedo asegurar si me viste ayer intentar tranquilizar a Madeleine.
—Oh… —murmuró el pequeño sorprendido. Arthur asintió con la cabeza.
— ¿Cuál es tu nombre, pequeño? Huh, supongo que no puedo decirte "pequeño" para siempre.
—Kiku.
—Muy bien Kiku, prométeme que no volverás a comentarle al Señor Francis nada sobre su novia, ¿de acuerdo? Está pasando por una situación muy difícil y no es necesario que se lo recuerdes. Tampoco le menciones sobre nada de lo que veas, le será difícil comprenderlo. No lo entenderá del todo. Ni del nada, ¿está bien, Kiku? —El pequeño asintió. Después, escuchó el deber (su madre) llamarle y realizó una reverencia al adulto antes de regresarse con la mujer.
Aquella conversación se había tornado extraña, al menos, para el entendimiento de las personas comunes.
—
Madeleine se había quedado leyendo un rato en la meseta de su "habitación". Había encontrado la pequeña biblioteca de Arthur de su interés literario y tanto se había quedado embelesada con las aventuras que se vivían en el libro que no se había dado cuenta del tiempo que había pasado alrededor de ella.
— ¿Todo bien? —Inquirió Arthur al verla tan emocionada cambiando de página.
—Eso creo. ¿Hubo algún inconveniente?
—No, todo estuvo tranquilo. —Aseguró al tiempo que se preparaba para comenzar a trabajar con Madeleine ya que no tenía a nadie más en la lista— Si te es posible, deja ya de leer. Como te lo dije ayer, tenemos mucho trabajo.
Madeleine asintió y dejó el volumen en la mesita en la que se encontraba el instrumental médico. La rubia cerró un par de minutos los ojos hasta que vio que Arthur tomaba las tijeras y las acercaba al vestido.
—Espera, ¿por qué lo cortarás? No tengo nada debajo de él.
— ¿Crees que no me he dado cuenta? Se supone que lo corto para checar bien tus heridas y coserlas para que no se noten a la hora de prepararte. En parte, en ese ejercicio se van dos días y los demás son para comenzar a arreglar el cuerpo.
—Pero… —si hubiese podido, se habría sonrojado.
—Si crees que tengo esa clase de fetiches te aviso que no. A pesar de poder hablar con los muertos, mis gustos no son de ese tipo. Además, como médico forense estoy acostumbrado a ver cuerpos desnudos y, te lo dije un par de veces, especialmente mujeres.
Después de sentirse regañada, Madeleine asintió con algo de recelo. Sintió los dedos enguantados de Arthur pasar por su piel, áspera ahora, cubierta de heridas que ella misma no había notado y que conforme las encontraba el otro, las iba eliminando por medio de la aguja e hilo. A pesar de que no le dolía, sentía algo retorcerse dentro de ella al verlo unirsu piel de forma tan casual e indolora que ni parecía suya. Era, hasta cierto punto, asqueroso.
—Veamos, hasta ahora te he encontrado quince oberturas y un tatuaje. —decía en voz alta conforme lo anotaba en una pequeña libreta que, Madeleine supuso, era su bitácora.
—No era necesario que apuntases aquello último.
—De hecho. Todo lo que vea y que no venía con la complexión original del cuerpo, lo tengo que anotar. Y aquél fue un pequeño y muy atrevido gesto. Supongo que tu novio debió haber reaccionado por él —Madeleine se avergonzaba sin azorarse, y Arthur lo decía con tal naturalidad. El mundo parecía acabarse. Aunque, al final, el hombre era doctor y la primera ya no tenía sangre con que rellenar sus mejillas, por lo que debería rectificarse (aunque tampoco es como si conociese de toda la vida al inglés): Su mundo se acababa… también en el sentido de que estaba preparándose para la muerte.
Ella no se sentía lo suficientemente preparada pero, ¿quién estaba preparado para afrontar la muerte?
—
Francis seguía pensando. Aún después de que sólo hubiese pasado un día desde que había visitado a Madeleine, sentía que algo iba mal.
Probablemente ese sentimiento agrio había comenzado con Kiku insistiéndole que había visto a su prometida en la sala.
Observó nuevamente su celular. Desde que había recibido la llamada no había dejado de pensar en un posible remitente. Ninguna de las personas que conociera (y tampoco las que desconociera) le venían a la cabeza cuando pensaba en quién le llamaría. Un sentimiento de sobrecogimiento le había llenado el pecho después de escuchar el pitido que indicaba que del otro lado hablaron, era lo único que podía asegurarse.
Observó a Feli que dormía en la cama gemela a su lado. Su rostro estaba tan sereno que no se podía imaginar al otro teniendo pesadillas nunca en su vida. Y se preguntó si él mismo tenía pesadillas en ocasiones.
Antes, cuando apenas había comenzado a salir con Madeleine, las tenía muy seguido. Soñaba, que ella se iba muy lejos de él, acompañada de Carlos y dejándolo abandonado en el suelo. Después de un tiempo, habían desaparecido dejándole complacientes noches abrazándola por la cintura y acercándola a su cuerpo.
Salió de su cama y abrió la puerta que daba al balcón. Ahí, se permitió respirar el asombroso y tranquilizante aíre fresco. Y continuó divagando con lo que recordaba del día anterior.
En definitiva, Madeleine estaba muerta, ¿para qué se engañaba? No había sentido nada de vida en su fría piel al tocarla, ni siquiera era el color pálido que ella usualmente tenía. Era pálido sin tener ni pizca de vida, aquél pálido que sólo posee un cuerpo que ha estado demasiado tiempo expuesto al frío o muerto. O el segundo era la única opción que encontró para describir lo que había visto. Claro, no había nada que guardase aquél cuerpo.
A pesar de todo, seguía sin creerse del todo que estuviese muerta. Sospechaba por las palabras de Kiku. Él pequeño aseguraba haberla visto. Incluso le apuntó la prueba que le hacía creer eso. ¿Para qué dudar de las palabras del pequeño?
Oh rayos, necesitaba un cigarrillo. Hace un par de años había dejado el hábito porque descubrió que no le gustaba que sus manos oliesen mal a la hora de tocarla, por lo que, resumiendo su consumo a parches de nicotina y, eventualmente abrevando su consumo, había encontrado la forma de controlar sus ansias de la dulce toxina en cada ocasión en la que sus dedos requiriesen de ella. Después de encontrarlo un poco asqueroso del todo, se permitió consumir uno último como signo de despedida.
Y, a pesar de que era una comparación muy vaga, quería comparar a su adicción a Madeleine con su consumo de cigarrillos. No podía decir que hubiese parado de verla y extrañarla de a poco, sin embargo, se permitió tomar un último beso del néctar de sus labios antes de despedirse para siempre de ella.
Tecleaba a la nada con sus dedos. Despacio, rápido, despacio, rápido, el ritmo cambiaba antes de que lo dictase completo.
Necesitaba volver a ver a Madeleine antes de su funeral… había algo extraño en todo aquello…
