Capítulo 1.4:
Besa mis ojos y déjame dormir
«This is what I brought you, this you can keep
This is what I brought, you may forget me
I promise to depart, just promise one thing:
Kiss my eyes and lay me to sleep...»
Madeleine se preguntaba lo que estaría haciendo Francis. Se preguntaba si estaría de luto en todos los lugares (sin poder moverse, perdido en sus pensamientos, con aquella mirada vacía en sus ojos) o si intentaría aceptar su muerte. Dolorosamente, pero aceptándola.
Su espíritu racional (pensamiento se escuchaba ahora raro debido a que estaba muerta) le indicaba que era algo entre ambos. Buscando la forma de superar su muerte, sin saber cómo hacerlo, con cada lugar, emoción, inclusive palabra recordándole a ella.
Qué egoísta. Se indicó en su fuero interno, no es como si ella hubiese sido algo revolucionario en la vida del francés. Sólo llevaron de conocerse alrededor de seis años y la mayor parte de este tiempo salieron. Él, a sus veintitrés años debió haber conocido a más chicas que ella, obviamente, siendo él quién es (y recordándolo en la secundaria) no debió haber sido la única.
—Claro. —Dijo mientras observaba uno de sus muslos. Arthur había estado platicando durante un buen rato con Francis (en un inicio planeaba ir a comprarle otra ropa debido a que la última que la había cubierto durante casi tres días había sido arruinada con el propósito de coserle las heridas), quien insistía en verla en ese mismo instante. Arthur intentaba evitarlo, puesto que recordaba lo alterada que se había puesto y la forma tan maldita en la que se sintió al no haberse movido mientras él le dedicaba aquellas dulces palabras. Le agradecía, en parte al inglés.
—Entiéndalo, estoy trabajando con las heridas que hay en su cuerpo y no puede ser tocado por manos que no sepan de…
—Ni siquiera pienso acercarme demasiado a ella. Sólo necesito verla. —escuchar aquellas palabras venir de Francis seguían doliendo, a pesar de que ya no intentar darle señales de seguir viva, se levantó de la mesa y se acercó a la puerta. Como si fuese una pequeña realizando una travesura (no era pequeña obviamente, pero la travesura si era algo que se encontraba realizando) se asomó un poco y observó a la nuca de Arthur y a su mano en el pecho de su prometido mientras éste intentaba atravesarlo. Por un microsegundo, su mirada se perdió en sus ojos azules y abrió la boca sin razón aparente. Después de ver como sus ojos se abrían de la sorpresa al igual que su boca. Había dejado de forcejear con el inglés y la observaba anonado. Después de quedarse quieto un par de segundos observó al hombre de espesas cejas frente a él. Madeleine se arrepintió y bajó la cabeza y las manos. Corrió a su mesa y se tapó con la sábana que Arthur le había dado, con suerte y no escucharía nada de la plática. Esperaba que así fuese. Por su bien mental, lo pedía—. Exijo verla.
—Ya te he dicho que es imposible, la mera exposición prolongada al oxígeno y a las personas que se mantienen fuera de esta casa durante mucho tiempo podría lograr que el proceso de descomposición fluya con mayor rapidez y provocar que las heridas que le he curado comiencen a pudrirse, cosa que no deseo. Mi trabajo es difícil y no quiero que alguien como usted lo arruine. —Le explicó con el rostro impasible. Aquella serenidad tan típica del inglés molestó de sobremanera a Francis quien intentó empujarle para entrar en la cámara.
—Soy su prometido, tengo derecho de ver su cuerpo.
—Eso no interesa, ni aunque fueses La Reina Victoria te dejaría pasar.
—Eso sería porque aquí no dirige La Maldita Reina.
—Eso sería porque estamos en Alaska, pero no por eso quiere decir que no podemos respetarla. Madeleine lo hacía, después de todo, nació en Canadá. —y a pesar de que aquello lo dijo con el propósito de alejar al francés, sólo logró que el enojo del otro se hiciese más fuerte y hacer que rechinara los dientes.
—Déjala a ella y lo que creía fuera de esto.
—Pero si es por ella que comenzó la pelea. ¿O me dirás que solamente venías a comprobar si su cuerpo se había descompuesto todavía? ¿Venías a admirar su cuerpo solamente?
— ¡Claro que no! Quería comprobar que no le hubieses quitado su anillo o que hubiese desaparecido de su mano. —Arthur abrió los ojos para suspirar y dejar de oponer resistencia.
—Tienes tres minutos para verla. No más, estaré contando. —advirtió al tiempo que destrababa la enorme puesta metálica. Francis sintió el frío calarle de tan sólo pararse frente a la puerta, pero poco le importó cuando observó el cuerpo cubierto por la sábana color azul. Se acercó rápidamente y destapó el cuerpo desnudo de Madeleine. No perdiendo tiempo, buscó la mano izquierda y observó en ella el pequeño anillo que le había comprado. Suspiró de alivio y volvió a taparla.
—Tuve una pesadilla en la que te lo quitabas, —fue lo que le dijo al cuerpo segundos antes de girarse para salir de ahí. Si continuaba viendo su cuerpo estaba seguro de que volvería a derrumbarse. Kiku no había tenido razón, observó el mismo tono pálido y rugoso que tenía su piel, casi azulado. Y también observó muchísimas líneas rojas en su cuerpo que, parecían, heridas remendadas. Recordó una prenda a la que se le abren agujeros y se les remenda. En la salida, se encontró con Arthur observándole cauteloso. Después de que salió, el inglés cerró la puerta y observó como el francés le observaba de la misma manera asesina.
—Ahora, si me disculpa; tengo un par de asuntos que resolver fuera por lo que le pido de la manera más atenta que deje el edificio. Debo recordarle que el acceso a mis pacientes como prefiero llamarles, es para personas limitadas y ocasiones limitadas. Si me disculpa, debo ir a buscarle un vestido para su funeral.
—Si quieres, puede utilizar uno que ya tenía, reduciría tu necesidad de buscarlo. —se ofreció el franco. Arthur negó con la cabeza.
—Hay dos eventos que tienen que ser grandes para las mujeres: Su boda, y su funeral. Y, obviamente, por lo importantes que son para ella, en ninguna de las ocasiones el hombre puede ver el vestido. Por alguna extraña razón, las creencias populares indican que trae mala suerte. —decía al tiempo que era acompañado hacía la salida por el de ojos azules.
—Como si pudiese haber peor suerte que la muerte de la dama.
—Una masacre al momento de que una vela caiga en uno de los floreros y haga que todas las personas dentro del lugar estallen en llamas, ¿quizá? Sólo lo menciono como un caso hipotético. —se encoge de hombros y le abre la puerta a Bonnefoy quien sale por esta y le observa con una ceja alzada.
—Menuda imaginación para casos hipotéticos. Puedo notar que tanto trabajar con los muertos te ha hecho perder toda clase de esperanza en este cruel mundo.
—Después de conocer todo tipo de muertes no es como que me pueda esperar las cosas más brillantes en la tierra. —admitió. Le echó llave a la puerta y se encaminó a su auto.
—Pero no por esa razón tienes que ir en busca de las más opacas. No todo en el mundo se divide en luz y oscuridad. —Arthur se le quedó mirando un par de segundos, con el brazo derecho recargado en la puerta de su automóvil y con la ceja alzada. Francis se sorprendió que pudiese mover enormes cantidades de masa en pelo.
—Ya veo a lo que se refería —murmuró para sí, no lo suficientemente alto como para que el galo le escuchase por lo que no se preocupó por eso, continuó hablando—. Tu lema es equilibrio por sobre todas las cosas. Nada es completamente malo así como no todo es completa negro y oscuro. Todos tienen un medio según tú.
— ¿Quién te ha di…?
—Eso no interesa. Lo importante reside en que me estás estorbando para salir. —indicó al tiempo que señalaba la posición de Francis, que, en efecto molestaba la salida del auto. Después de abrir los ojos con sorpresa, dio un paso al lado y esperó a que el inglés volviese a hablar—. Mira, pasé por tu edad.
—No lo dudo. —mencionó preguntándose la edad del rubio.
—Y no ha pasado demasiado tiempo desde aquello, te informo. —apuntó antes de que el otro comenzara a llamarle 'viejo'—. Por lo que te recomiendo que te busques a otra chica, que salgas con alguien. No dejes que su muerte sea la sombra detrás de ti. Cuando pequeño pasé por una situación similar. Mi padre había muerto y tuve muchísimos problemas con mi madre por eso. Dicen que los niños son más propensos a ver fantasmas, por lo que él me visitó varias veces y se lo contaba a mi madre. Ella me pegaba por mentirle.
Y quizá también se debía a tu propio dolor que imaginabas eso, no se necesita ser psicólogo para adivinarlo, quiso decir Francis, callándose por la anécdota del otro.
—Mi punto es, no aferrarte a tus muertos. Mejor aférrate de las personas vivas a tu alrededor. El amor viene y va, y la vida también lo hace. No veo porque no puedas superar una cosa por la otra.
Francis no pensó que con semejantes cejas fuese tan sabio. En un principio, había pensado para sí en molestarle un poco por ellas, pero después del pleito que tuvieron para que le dejase pasar y luego esos consejos que le daba, se dio cuenta de que el hombre no era malo… del todo.
—Gracias. Lo tomaré en cuenta. —y a pesar de todos los pensamientos que habían cruzado su mente, seguía desconfiando del mayor.
Un sentimiento desagradable, debo admitir. Pensó nuevamente para sí.
—
Cuando Arthur volvió de comprar el vestido, Madeleine intentaba cubrir su cuerpo. Arthur arqueaba una ceja contrariado.
— ¿Qué haces?
—No es buena idea que veas mi cuerpo, sigo sintiéndome avergonzada. —Arthur pareció comprender y suspiró.
—Veo que te alteraste nuevamente con la visita de él. —indicó— Es por eso que no le quería permitir el paso.
—Abrí un ojo mientras él estuvo aquí, ni siquiera lo notó. —a pesar de que no quería, se sentía decepcionada de que aquello no hubiese ocurrido. Arthur observó nuevamente la enorme bolsa que sostenía entre sus manos y volvió a observar a Madeleine.
—Te lo he dicho, hay cosas que ellos no pueden ver. A pesar de que te notó a través del cristal —Madeleine bajó la cabeza avergonzada. Sin haber hecho nada para evitarlo, el inglés había sonado rudo y como si estuviese enojado con ella, después de saber que ella sufría al pensar en eso, suavizó su tono de voz— después de ver tu cuerpo sin vida se aferró a la idea de que no la había en ti, por lo que su inconsciente le obligó a cegar sus ojos a cualquier otra acción tuya.
—Entonces, ¿así de malo es que me vea? —Arthur asintió con la cabeza. Había notado aquella chispa de esperanza brillar en sus ojos, no había podido evitar quedarse a mirarla, cuando se había dado cuenta de lo que había hecho, fue demasiado tarde para reparar su error.
—Así es. ¿Qué opinas? —Madeleine levantó la vista a lo que sea que estuviese levantando el otro. Se encontró con un vestido negro con encaje en las mangas y por encima del área de los senos, el resto, estaba hecho de una tela parecida a la seda. Probablemente y lo fuera. El diseño del encaje llegaba hasta el cuello y las mangas eran de ¾, el pliegue de la falta le llegaba hasta por debajo de las rodillas y parecía haber sido hecho por los dioses.
—Parecer haber sido hecho por Elizaveta. —dijo para sí la canadiense a lo que Arthur asintió con la cabeza—. ¿Ella lo diseñó?
—Así es. Se lo pedí como un favor especial a lo que ella accedió. Al parecer, te había tomado las medidas hace un par de días y como habían tenido un contratiempo —Madeleine desvió la vista recordando el contratiempo que les había evitado diseñar el vestido—. Me dijo que había planeado éste diseño para tu vestido de boda, y actualmente la única diferencia, como puedes apreciar, es el color que hay en él.
Madeleine asintió al volver a observarle.
— ¿Cuántos días dijiste que faltaban? —Preguntó. Arthur lo pensó un par de minutos antes de responderle.
—Tres. Al parecer, tardé más tiempo del previsto (dos días) en arreglarte por lo que perdí un día. Aun así, se suponía que dejaba dos días para que cada una descansase. El día número cinco, hoy, se supone que les coso los ojos pero según recuerdo, me pediste no hacerlo.
Madeleine asintió.
—Gracias por recordarlo. ¿Puedo verlo más de cerca? —Preguntó extendiendo las manos a lo que el inglés asintió alcanzándole el tejido. Justo como lo había imaginado, era suave, y después de averiguar con un par de pases con sus dedos se aseguró que sí, era seda. Así estuvo durante un par de minutos, cerró los ojos disfrutando del contacto que su piel hacía al contacto con la tela.
—Gracias… —susurró—. No creí… nunca me imaginé que la muerte fuera un proceso tan lento… ¿sabes? Siempre imaginé que todos los seres simplemente abandonábamos la vida. No pensé en un intrincado proceso antes de abandonar verdaderamente la vida.
—Es mucho más complicado de comprender al inicio. —asintió el otro— A pesar de que hay muchísimas personas con la capacidad de ver muertos, la mayoría de ellas no tienen el conocimiento suficiente como para darse cuenta de que no todas las personas pueden hacerlo, por lo que terminan por juzgarles de locos y eventualmente sí se vuelven así.
La canadiense se quedó pensando durante unos minutos eso. ¿Qué hubiese pasado con ella al encontrarse con alguien como los que Arthur mencionaba? ¿Qué hubiese sido de ella de haber sido uno de ellos? ¿Se hubiese vuelto loca? ¿Se hubiese casado con Francis y su vida seguiría igual?
La imagen de sí misma observando a Francis en la playa caminar sin notar a un niño que lloraba (y que ella misma si veía) la atacó. Visualizó nuevamente el paisaje, el pequeño llorando, ella se acercaba a él. Francis la había observado extraño, le preguntaba qué le ocurría a lo que ella negaba que creía haber visto algo en la arena. Le pidió que regresara al hotel sin ella, la Luna de Miel podía comenzar hasta la noche. Francis le sonreía pícaramente y asentía con la cabeza para darle un beso en los labios y caminar al hotel. Ella, mientras tanto, se quedaba cuidado del niño, quién tal parecía, había perdido su madre. Le consolaba y jugaba un poco con él hasta que el atardecer era sucedido por el crepúsculo. Que era cuando el niño le sonreía, agradecía y se iba caminando por la arena… desapareciendo.
No pudo evitar que lágrimas saliesen de sus ojos al recordar que aquél sólo podía pensarse como un caso hipotético. Nunca sucedería porque ella estaba muerta, ella no era quién tenía los poderes en esa habitación, se debía recordar. Y menos era la que podía ver muertos (bueno, no al menos en esos momentos) tampoco.
—Entonces, ¿cuándo comienzas a maquillarme?
—Pasado mañana. Probablemente. No creo necesario maquillarte un día antes cuando puedo hacerlo un par de horas. Me toma el tiempo justo, te tomo la fotografía y nos vamos. Tampoco es como si tarde tanto en hacerlo.
— ¿Para qué es eso de la foto? Tomando el tema.
Arthur se encogió de hombros.
—El maquillar a alguien es una clase de arte. Bien, considerando que ustedes, mis pacientes no serán vistas de nuevo me gusta tomarles fotografía para recordar mi trabajo. Es gratificante y te sube la autoestima al saber que haces algo bien.
—Ya veo… —murmuró sin exactamente sentirlo.
—
Alfred tocó la puerta al ver que la casa no tenía timbre. Maldijo internamente a su hermana al ver el poco estilo que buscaba para su casa.
Le abrió la puerta un confundido Francis.
— ¡Al! Qué… sorpresa verte aquí. —dijo arqueando una ceja— ¿A qué le debo el milagro?
—Bien sabes a qué le debes el milagro, así que no gastes vocabulario. —rodó los ojos al tiempo que se auto invitaba a la estancia. Según tenía entendido, hace poco más de tres años Madeleine la había comprado para vivir sola (aunque Francis vivía más ahí que en su propio departamento, ya que ese lugar era muchísimo más cómodo) y eventualmente formar una familia en ella. Por lo que Alfred podía notar debido a lo cálida que se encontraba la casa, supuso que Francis se encargó de ella durante aquellos cinco días de ausencia de Madeleine.
— ¿Te ofrezco algo de beber? —preguntó Francis a lo que Alfred negó con la cabeza. Caminó arrastrando la maleta que traía consigo y comenzó a subir las escaleras— ¿Qué haces?
—Me quedaré aquí el fin de semana y el funeral. ¿No es obvio? —hizo ademán para hacerlo más notorio. Francis rodó los ojos y caminó a la cocina. Poco tenía para argumentar puesto que era el hermano de su (ex)prometida, y no le podía prohibir el paso por el simple hecho de que no quería ver su rostro de idiota cerca. De la misma forma, dentro de dos días era el funeral, tampoco es como si lo tuviese que aguantar tanto tiempo.
—La habitación de invitados es la que está al fondo. —indicó desde la cocina. Estaba preparando masa para hacer el pastel (él mismo se había ofrecido a realizarlo para el cumpleaños de su hermana y por todo eso de su anterior embrollo con la boda próxima a realizarse y después de eso el fenecimiento de su prometida estuvo con todo tipo de pensamientos y cosas por realizar que se había olvidado de ese favor) que tenía que tener listo para el día siguiente.
—Oye, ¿qué son todas estas cosas? —arqueó una ceja y dejó la masa para arquear una ceja y después comenzar a subir las escaleras. Se encontró con que el mayor de los gemelos había entrado en la habitación de Madeleine, comenzó a sudar frío. Suspiró temiéndose lo peor.
— ¿De qué hablas? —fingió inocencia, obviamente, después de recordar que el otro no se la creería, optó por la demencia. Fingir la segunda era mucho más sencillo de creer, sobre todo después de ver como el americano sostenía un par de esposas.
—Esto. ¿Para qué sirve? Según recuerdo, tú nunca fuiste policía —para tu información, en la imaginación de Madeleine lo fui, sólo que mucho más sexy y sí recibía otro tipo de agos, quiso decir, pero se abstuvo por el bien de su fachada dementica.
—Es… de un amigo. —Tenía a Gilbert como coartada. Perfecto, él también era el tipo de persona que tenía esa clase de cosas.
— ¿Y qué hace en la habitación de Maddie? —cuando se creía salvado, venía el hermano con esa pregunta. Maldecía la inteligencia (la mayor parte del tiempo siendo opacada por su idiotez) que poseía el americano y se mordió una mejilla por dentro.
—No sé. Ya sabes que todas las personas que conozco se meten en las habitaciones de los demás como si fuesen Juan por su casa —advirtió esperando que Alfred captase la indirecta… no lo hizo.
—Hmmm… ¿de verdad? ¿Y quién es Juan? —ahora que lo recordaba, aquella expresión la escuchó de Toni.
—Un español. No lo conoces.
— ¿Y qué hace ese Juan?
—Entrometerse en la vida de los demás. —seguía sin captar la indirecta. Cielos, para ser el hermano de Maddie y (se arrepentiría de pensar eso) jodidamente inteligente, era muy denso de entendimiento. Resumió, que la inteligencia no deriva del sentido común. O de captar indirectas, seguía sin comprenderlo bien.
—Ohhh… ¿y dónde escuchaste hablar de él? —de la nada sacó una hamburguesa y comenzó a quitarle el envoltorio.
— ¿De verdad quieres saber la respuesta? —la proposición de su cerebro de tomar las esposas que en un par de ocasiones utilizó con Madeleine para un propósito no sonaban mal cuando pensaba en esposar a su hermano en la habitación contigua para que dejase de joder.
—Ahora que lo dices… no me interesa la vida de ése Juan. —se encogió de hombros. Vamos Francis, no tomes las esposas. No al menos recordando a Madeleine, no al menos recordándola. Puedes esposarlo fuera, en tu departamento, iniciar un fuego y fingirlo un accidente. En su cabeza sonaba genial, pero se le olvidaba la coartada. No sería de nada aquél fabuloso plan sin ella.
— ¿Entonces para qué preguntas? —sinceramente, no le importaba, sólo quería que el americano se largase de la habitación y dejase de hurgar en los juguetes sexua- los tiliches.
—Son las cosas de mi hermana. Si ella las tiene y no sé para qué funcionan, debo preguntarle a alguien para no sentirme imbécil.
Oh, qué buena definición me has dado, mon am- Alfred. Amigo es Antonio.
—Lo que sea. Fuera de aquí, no es donde dormirás, no tienes por qué estar aquí. —justificó su respuesta. Alfred hizo un puchero, se terminó la hamburguesa y rodó los ojos para caminar al lado de Francis al tiempo que le sacaba la lengua— Infantil.
—Mínimo disfruto de la vida. —replicó al tiempo que husmeaba algo en su maleta. Cuando lo encontró se apresuró en sacarlo de la maleta y Francis se encontró con una enorme masa de color blanco—. Cuando Madeleine se mudó de la casa, no se lo había llevado. Desde hace años que se le olvida cada vez que viene a visitar y como pedí permiso en el trabajo para venir tan lejos, imaginé que sería buena idea…
—Kumajirou. —Francis observó anonado al peluche. Alfred asintió, bueno, él no puede ser tan malo después de todo—. ¿Dices que nunca lo tomó?
—Según sus palabras, algo así. Siempre se le olvidaba y eso que no se olvidó de venir ni una sola navidad.
Francis las recordaba obviamente. A pesar de que nunca había visto al oso de Felpa, siempre había escuchado su nombre y sus características físicas por labios de la canadiense.
—Bueno, ¿lo tomarás o no? —Francis agarró al enorme oso y sintió entre sus manos la suave y peluda contextura del oso— Alégrate mínimo. Al menos, tienes algo de ella que nunca tuviste. Y que probablemente nunca tendrías si ella siguiese vida. Lo más probable es que lo hubiese dejado, abandonado y empolvándose.
Francis volvió a observar al oso. Era lindo, lindísimo. Para qué mentir. Era suave y felpudo y… y… era tan… de Madeleine. No tenía palabras para describirlo. Se sentía como ella. Lo atrajo a su pecho y cerró los ojos. Lo apretó más fuerte. Lágrimas salieron de sus ojos. Ya casi pasaba una semana desde que Madeleine… ¿tan poco tiempo había pasado? ¿Casi 140 horas? El tiempo pasaba horriblemente lento cuando se le daba su jodida gana.
—Francis… —susurró Alfred observándole preocupado. El galo le devolvió la vista al tiempo—. Me iré a dormir, según recuerdo, tenías un trabajo de… pasteles ahí abajo. ¿No?
Pero qué bruto. Debería bajar a revisarlo.
Se secó las mejillas y asintió al tiempo que le lanzaba una mirada preocupada a la cocina. Bajó aún con el oso en brazos y se acercó a su ¡Hola entretenimiento hasta las cuatro de la madrugada!
«This is what I brought you this you can keep
This is what I brought, you may forget me
I promise you my love, just promise to sing:
Kiss my eyes and lay me to sleep!
—
This is what I thought, I'd thought you'd need me
This is what I thought so think me naïve
I promise you a heart, you'd promise to keep:
Kis my eyes and lay me to sleep»
