Capítulo 1.5:
Primero el pastel, después funeral.
Madeleine se encontraba preguntándose lo que sería de su existencia después del funeral a sólo horas de éste. Según recordaba que le había dicho Arthur, después de eso venía la muerte definitiva.
"A pesar de lo que muchas creencias dictan, la conciencia es lo último en dormir."
Estaba segura que había escuchado aquella frase además del inglés. De su madre, probablemente. Cuando tuviera seis años y le preguntara cómo le hacía su padre para no escucharla si estaba a su lado, haciendo tanto barullo para llamar su atención y ni de esa manera lograba captarla. ¿Será porque su conciencia se durmió pronto? Le había preguntado a su madre.
La respuesta volvió a azotar a su cabeza.
— ¿Has conocido algún muerto que te pida un cigarro? —Se le ocurrió preguntarle a Arthur. El anglosajón la observó con una ceja arqueada.
—En tu expediente no dice nada acerca de que fumaras. —indicó con la ceja aún más alzada. Madeleine se encogió de hombros.
—Siempre es bueno intentar una primera vez. Sobre todo por lo incómoda que me pone el que me veas todo el tiempo desnuda. —Arthur suspiró ¿cuántas veces tuvo que pasar por esa situación con ella?
— ¿Y eso es malo porque…? —incitó a continuar. Madeleine se volteó y se cubrió los senos. Tampoco es como si tuviese algún sentido después de que Arthur ya los hubiese visto tantas veces.
—Porque es un cuerpo del sexo opuesto, está mal quedársele viendo.
— ¿Es necesario que te sigas cubriendo con esa excusa? Te lo dije ya varias veces. No tengo esa clase de fetiches, podré ver la vida en un cuerpo muerto y podré verlo moverse; pero sigue siendo algo llamado necrofilia, y yo no me muevo por esos rumbos. Así que olvídate que te haré algo.
Si Madeleine hubiese podido avergonzarse, estaría más que roja. La buena noticia, es que la sangre ya no circulaba por su cuerpo.
—Además, tu cuerpo le pertenece a otro hombre, y yo como caballero respeto eso. —Madeleine se giró para verle. En su rostro, se mostraba nostalgia, lo cual le extrañaba en demasía. Se olvidó de cubrirse y se giró completamente, volvió a recordar que era mujer y prefirió abrazar sus rodillas.
— ¿Alguna de tus pacientes fue alguien importante para ti? —La pregunta había abandonado sus labios antes de que pudiese detenerla. Arthur volvió a observarla, ahora, su rostro se había vuelto serio.
—Lo fueron. Mi hermana, y también hubo otra chica. Hace casi tres años. Recuerdo que comencé con la carrera de forense al haber perdido una apuesta con un compañero de primaria cuando éramos idiotas ambos, Francis —Madeleine abrió los ojos con sorpresa, Arthur asintió— sí, el Francis que ambos conocemos. Probablemente él me olvidó pero yo no olvido un rostro. Lo tomé pues, como una broma. Después de que terminara recibí la noticia de que mi hermana había muerto y fue entonces cuando comencé a trabajar. No quería dejar de hablar con mi hermana, así que pedí permiso para trabajar con su cuerpo. Ella se sorprendió de que pudiese hablar con ella, de hecho, actuó de la misma forma que tú, insistiendo en que no estaba muerta —Madeleine se sorprendió un poco por la respuesta.
— ¿Por lo que sabrías cómo reaccionaría yo en cada situación, si soy como tu hermana fue? —inquirió la canadiense con el ceño fruncido de intriga. Arthur, después de pensarlo un poco asintió con la cabeza.
—Hasta ahora has sido la única en cuestionar todo aquello y, en realidad, a la única a la que le he respondido. Ella me había preguntado un par de cosas pero no supe respondérselas. No encontraba las palabras, pude llevar toda mi vida viendo a los muertos pero no sabiendo que eso eran: muertos. —se recargó en la pared que estaba detrás de la meseta y guardó sus manos en sus bolsillos—. Después de que comencé la secundaria, había entendido cuando eran muertos o cuando eran vivos.
— ¿Así puedes saber si yo estoy o no estoy viva? ¿Cómo me identificaste?
Arthur hundió uno de sus dedos a la altura de la tercera costilla izquierda de Madeleine. La canadiense resistió el impulso de golpearle por pervertido (si localizamos la zona en la que le tocó) cuando habló.
—Por esto. Tu corazón no late. Pero no es de extrañar. Tus uñas están muy rígidas y sé que no volverán a crecer, al igual que tu cabello y tus heridas no cicatrizaban. Sé notar entre la piel de una persona viva y la de una muerta: gajes del oficio. Pero lo más importante, es que cuando abren los ojos no veo nada en ellos. Quiero decir, ¿has visto a los ojos de las personas brillar? ¿Algo así que parece la reflexión de la luz a través de ellos?
Madeleine asintió.
—En tus ojos no existe tal cosa. Son como el fondo de una pecera de color morado. Son normales, pero no tienen la chispa de vida que se supone, alimenta el alma y el espíritu. ¿Comprendes?
Madeleine volvió a asentir. Arthur le sonrió agradecido.
—Bueno, como mi vida es aburrida y estamos cortos de tiempo debemos comenzar a maquillarte y vestirte. Déjame ir por tu vestido. Vuelvo en un minuto, ¿vale? —Madeleine dio su aprobación y Arthur abrió la puerta. La rubia se quedó observando el lugar por el que el anglosajón había desaparecido durante un par de minutos hasta que volvió con él y además de eso un par de zapatos, que iban a juego con el vestido y unos cuantos accesorios que él había comprado de su propio ingreso (hasta donde tenía asegurado). Abrió los ojos al ver que no solamente había traído el vestido, sino todo aquello además.
—N-No había necesidad d-de que… —murmuró, quedando derrotada al ver que de su boca no saldrían más que balbuceos. Arthur negó con la cabeza al ver la reacción de ella, hizo un gesto con la mano para que parase y sonrió.
—Ya te lo he dicho, Madeleine. He trabajado con mujeres por mucho tiempo, no hay tanta diferencias entre trabajar en una estética y trabajar aquí, sobretodo porque mi percepción frente a los cuerpos con los que trabajo es casi la misma. Sólo necesito agregarle un poco de seriedad, hacer muchos reportes de los daños al cuerpo y es todo.
Madeleine sonrió, agradecida por la ayuda que el otro le estaba prestando.
—
Alfred observaba a Francis terminar el pastel.
— ¿Primero se lo entregarás a tu hermana y luego iremos con Maddie? —quiso saber. Francis asintió con la cabeza.
—La casa de Michelle está a un par de cuadras, tú bajarás a entregárselo y yo te esperaré.
— ¿Y qué te hace creer que te obedeceré? Yo soy muy diferente de ella, apenas y hablamos y estoy seguro que ni siquiera estaríamos preguntándonos de la existencia del otro de no ser porque…
Francis dejó de glasear el pastel— Lo sé. —le interrumpió— No hay necesidad de que me lo repitas por querer hacerlo. Habré aceptado los hechos pero si no los nombro es porque escucharlos sigue siendo doloroso.
Alfred rodó los ojos.
—Y también sé, que me arrepentiré de esto. Pero necesito que lo hagas, ¿por favor?
Había sido un error al alimentar el ego del americano. Eso lo descubrió cuando observó la enorme sonrisa sardónica que adornaba los labios de Alfred cuando supo que le estaba rogando. Maldijo el día en el que Jones comenzó a ser así.
—Si lo pones de ese modo… probablemente lo haga… —posicionó una mano en su barbilla, como si estuviera pensándoselo seriamente. Como si de verdad estuviera pensándolo.
—Ni yo ni Madeleine tenemos tu tiempo, por si no te enteras. —informó lo que obligó a Jones a asentir con un chasquido de lengua. Terminó de preparar el pastel y con ambos brazos lo llevó al auto.
—
—Ahora, recuéstate. —ordenó al tiempo que abría el ataúd. Madeleine, le obedeció. Se recostó en el mullido mueble de madera y pasó de la misma manera la otra pierna. Cuando estuvo recostada, Arthur posicionó sus manos en su pecho y le pidió que se alzara un poco y de esa manera poder poner la trenza adecuadamente a como la había peinado, que debía yacer en su hombro izquierdo, de lo contrario estaría chueca. El inglés le daba los toques finales a su mejor obra (aunque no lo admitiría, se había esforzado mejor en ella que en el resto de sus pacientes) que no notaba la seriedad y la indecisión en el rostro de la quebecúa.
—Estoy algo nerviosa —admitió cuando el otro se alejó de ella. Regresó un par de segundos después con el anillo que le regaló Francis cuando se comprometieron (se lo había quitado, era necesario que lo hiciese si quería que Arthur la arreglase de todo a todo) y lo puso en el dedo anular.
—No debes estarlo, no hay nada por lo que te puedas poner nerviosa.
—Va a haber muchas personas, nunca en mi vida he sido buena frente a un gran público. ¿Y si no actúo bien? ¿Y si de verdad no parece que estoy muerta?
Era cómico, pensó Arthur luego de pensar un par de minutos. La forma en la que ella utiliza la metáfora. Actuación, no es lo mismo. Nadie la notará, nadie la vería si mueve una pestaña.
—Esa es otra razón del por qué les coso los ojos. Mi hermana estuvo muy nerviosa en su funeral, justamente como tú. Te lo dije, eres como ella. —Exactamente con ella, se recordó dolido. Madeleine le observó con los nervios a flor de piel.
— ¿A ella le cosiste los ojos?
—Me sentí muy inhumano, a pesar de que mi maestro me había indicado que lo hiciese. —se encogió de hombros. Madeleine tomaría eso como su negativa.
— ¿Entonces que le dijiste para que se le quitaran los nervios? —preguntó como último recurso.
Arthur sonrió. Acercó sus labios a la oreja de Madeleine.
—Le dije que imaginara que conversaba con ellos. Como si fuese una prueba. ¿Te has sentido alguna vez nerviosa de las pruebas? —Madeleine asintió—. Bueno, es normal. Todo el mundo lo hace. Así que sólo concéntrate en responder adecuadamente, en tu mente, por supuesto. No respires y no te alteres si alguien se te acerca demasiado. ¿Te sientes mejor?
—Sí, gracias. —asintió. Arthur la observó nuevamente con ojo crítico, aquello asustó a Madeleine— ¿Qué tiene mi rostro?
—Necesita algo más que no noté. —dijo al tiempo que buscaba algo en su bolsa (en la que tenía todo el maquillaje para sus pacientes)— Se suponía que debes parecer muerta y es por eso que no lo apliqué pero Francis tenía razón cuando lo mencionó. Tus labios no son lo mismo de color negro, a pesar de que el color combina con la ropa, tus labios son sagrados; no debí profanarlos. —cuando por fin sacó lo que necesitaba se acercó a la canadiense y le indicó que se sentase. Acercó el papel blanco y desmaquilló los labios. Dejó el papel utilizado en la mesa en la que antes estuvo el instrumental médico y ahora se encontraban varios productos de belleza. Comenzó a delinear el labio superior con un color rojo profundo muy parecido al que solían tener los labios de la canadiense al natural. Después de eso aplicó un poco de gloss y lo recorrió con un dedo.
—Creo que es suficiente, llegaremos tarde. —observó la quebecúa señalando el reloj que había en la pared. Arthur se volteó, lo observó un par de segundos y negó la cabeza.
—Falta una hora y media. Sólo necesito tomarte una fotografía. ¿Me dejarías? —Madeleine no tuvo que pensar demasiado antes de que su cabeza asintiese sin dejarla escoger— Serán un par de minutos y nos vamos. —aseguró. Regresó con la cámara en menos de un minuto— Ahora Madeleine, por favor sonríe.
Sin poder evitarlo, sus labios se curvaron muy tímidamente, y a pesar de que el propósito de Arthur al decirlo no fue que ella reaccionara (de hecho, decía esas palabras por mero instinto, como cuando nadas hasta la superficie a pesar de querer suicidarte a mitad del agua) pensó al final que la hacía verse muy mona. Gracias a mucho trabajo y mínimo unas cuatro horas, logró que Madeleine pareciese continuar viva. Su cabello recogido en una trenza y sus labios de rojo eran lo más parecido a lo que había en ella a diario. El maquillaje base que había conseguido para ella era muy parecido al tono de piel que tuvo alguna vez y con ayuda de un poco de aíre fresco lograría que se normalizara un poco la temperatura de su cuerpo, que estuvo en una semi congelación con el propósito de que no se descompusiera. Dejó la cámara en la misma mesita y se acercó a la cabecera del ataúd, en donde estaba la cabeza de Madeleine, aún nerviosa.
— ¿Lista?
—… Eso creo. Sí.
—
Francis tamborileaba con sus dedos el volante. Se suponía que su hermana y Alfred solamente habían hablado un par de ocasiones, cuando él y Madeleine se reunían para cenar con la familia, eso era todo. Tampoco es como si hubiesen hablado la gran cosa como para pasársela conversando durante, lo que hasta ahora iban, quince minutos y veinte segundos. Oh sí, lo llevaba contando con ayuda de su reloj de mano.
— ¿Qué les estará tomando tanto tiempo? —se preguntó para sí. Volvió a tamborilear el volante y ahora le agregó eso al pisotón que le daba cada cinco segundos al suelo. Después de contar diecisiete (pisotones obviamente) notó que de la casa salían Alfred y su hermana Michelle. Después de ver un par de veces y parpadear quién-sabrá-cuántas-veces observó que su hermana llevaba un vestido de color negro.
Se horrorizó de inmediato.
— ¡Oh, no! Tú no vendrás. —aseguró.
— ¿Y desde cuándo tienes poder para prohibírmelo? ¿Debo acaso recordarte que también era mi amiga? Además, no quiero a nadie en el día de hoy. Será mi cumpleaños pero quiero olvidar mi vida por un momento.
— ¿Cortaste de nuevo con Gilbert? —preguntó mientras posicionaba una palma en su frente. Alfred, quien no entendía ni Gilbert dentro de la oración del franco viró su mirada curiosa de Michelle a Francis y de su peor ene-… er, Francis a Michelle consecutivamente. La morena se cruzó de brazos.
—Lo haces sonar muy repetitivo.
— ¿Acaso no lo es? —dejó la pregunta como respondida cuando su menor le lanzó cuchillas con la mirada—. Sigo sin comprender por qué nuestros padres te dejaron emanciparte a los quince años. Digo, ellos te compraron la casa por si no te gustaban los cuartos de la universidad y después te apoyaron cuando te cambiaste de carrera a los cinco semestres. ¿Era necesario hacerlo todo por él?
— ¡Cállate! Además, —dijo desviando la mirada— no estoy peleada con él. —se sonrojó repentinamente y se mordió un labio.
— ¿Qué? ¿Dejaste de ser virgen? ¡El Espíritu Santo bajó y te quitó aquella fachada para lograrlo! ¡Te felicito! ¡Eres la primera persona que conozco que se ha esperado hasta la mayoría de edad para dejar de ser virgen! —al recibir un golpe de parte de su menor supo que se había vuelto a enojar. Sonrió aunque dejó las risas para después.
—Mi vida íntima nunca debió ser de tu incumbencia. —aseguró protegiéndose los senos, como si su hermano fuese capaz de detectar la edad a la que una persona perdió la virginidad… aunque, ahora que lo pensaba, era muy probable.
— ¿Entonces cuál es el problema que quiere que salgas de tu vida por un rato? —Michelle se volvió a proteger del detector invisible de algo-más-de-lo-normal de Francis. No sería virginidad, sin embargo, era algo que estaba dentro del conocimiento de Alfred. O al menos, eso supuso al ver la mirada preocupada que le dirigía a su hermana.
—Ninguno. Sólo lo dije para que me dejaras en paz.
—Escúpelo Alfred. Ya te vi observándola en tres ocasiones en menos de un minuto, si es algo que te ha dicho a ti no tiene razón para ocultármelo. —el americano se vio en el apuro de responderle. Eso, o serle fiel a la promesa que le había hecho a Michelle.
— ¿De qué hablas? —fingió inocencia. Eso no servía con Francis, quien sabía cuándo alguien le mentía y cuándo no. Al menos, lo hacía con Alfred, quien todavía observaba indeciso a la morena que no se decidía.
—Sobre la plática que me esconden. En la que se tardaron más de veinte minutos y por la cual vamos tarde al compromiso con Madeleine. —Funeral. Era curioso la forma en la que él evitaba nombrarlo como tal. Tanto Michelle como Alfred evitaron comentarlo cuando ambos lo notaron.
—Hace rato me chequé.
—Hmmm… —incitó para que continuase.
—Y llevo ya varios días retrasada con mi periodo. —a pesar de que ese tipo de conversaciones no se dicen con tanta naturalidad, aquello tomó por sorpresa a Francis. Veamos, si le hablaba sobre su periodo retrasado, sólo podía decir una cosa…
— ¿Cuántas semanas? —no perdió nada por preguntar. Aunque se ganó una mirada incrédula de parte de Alfred y la respuesta de Michelle.
—Tres.
— ¿Y el problema con que yo lo sepa es…?
—Se lo dirás a Gilbert.
Francis suspiró. ¿En verdad iba al funeral de Madeleine para evitar pensar en cómo se lo diría a…? Tenía que estar tomándole el pelo. Quería decir, ¿qué tanto le temía Michelle a que Gilbert lo supiese? ¿Él se enojaría?
— ¿Y cuál es el problema con eso? —de alguna sorprendente y mágica manera, seguía conduciendo y prestando atención a la conversación sin sorprenderse o enfrascarse en alguno de los dos.
—No sé cómo decírselo.
—Lo lamento, soy denso de entendimiento. —no supo si había sido sarcasmo, humor negro y la peor de las sinceridades. De cualquier manera, ninguno de ellos le cabía bien a la situación.
— ¡No sé cómo reaccionará! —por fin soltó Michelle.
Francis suspiró, en esta ocasión, para responderle sin exasperarse.
—Mira Michelle, si Madeleine hablaba de nosotros como el Bad Touch Trio en ocasiones con varias de las personas que conocemos, no es por nada. Créeme que no será mucho peso para él si se lo dices.
— ¿Así lo crees? —preguntó insegura. Alfred, mientras tanto, se alegraba de haberse salido bien parado de aquél conflicto. Francis estacionó el auto y después de eso le sonrió a su hermana con una sonrisa que Alfred jamás le había visto: Del tipo picaresca.
—Obviamente. Llevo conociéndolo durante mucho tiempo.
