Bethlem Royal Hospital
Capítulo 3. Llamada de auxilio
Sherlock comenzó a forcejear con los enfermeros, que llamaron a los refuerzos. Para estar en tan mal estado, la lucha no se veía desigual desde fuera.
John adelantó un paso para intervenir y un enfermero cayó a sus pies. No era posible esa fuerza si no se estaba drogado o eras un maestro en la lucha y Sherlock no era un superhéroe del boxeo. Tenía que haber tomado algo escondido en algún lugar. Pero dónde.
John dio otro paso sorteando al enfermero magullado. No tenía ni el ánimo ni el alma para hacer de médico. Se encontraba tan cerca de Sherlock que si alargaba la mano podría tocar la punta de sus dedos. Sólo que se debatía entre el suelo y su orgullo rodeado por los auxiliares de refuerzo.
Los pacientes empezaron a cerrar el círculo. Aun así, John dio un tercer paso, y pagó por ello. Sus reflejos estaban aturdidos por la pesadez y el desamparo. Una simple mano alzada bastó para tumbarle de golpe, haciendo sonar su columna vertebral como trizas de cereal.
La escena se paró para mirarle. Tendido en el suelo, ni siquiera las lágrimas hacían acto de presencia. La esencia que un día fue se apagaba poco a poco y, de seguir así, para siempre.
Sherlock hizo ademán de acercarse a él. Sin embargo, las fuerzas le fallaron y cayó de rodillas a sus pies. La policía entró en la sala y tanto enfermeros como auxiliares quitaron rápidamente el coro de pacientes que se había formado. Las manos de Sherlock fueron atadas a la espalda con unas bridas. Él gritaba John, John mientras se lo llevaban a su habitación. Pero John no podía escucharle. El dolor lo había dejado inconsciente.
Una camilla llegó para llevárselo a urgencias. El alboroto era tal que todos fueron enviados a sus dormitorios. Sherlock podía ver cómo John se alejaba por la pesada puerta y siguió gritando John, John. Nadie le hacía caso. En aquel lugar no era más que un paciente más, un número que de vez en cuando desempolvaban para estimar un diagnóstico.
Volvía a estar solo. No sabía por cuánto tiempo. Echaba de menos a John, sólo eso. Nada de su vida anterior, ni a Mycroft ni sus casos, sólo el olor a suéter recién planchado.
Por el pasillo de urgencias, John recuperaba la conciencia. Fragmentos de lo que había pasado en la sala recorrían su mente a toda velocidad. Alguien parecido a Sherlock se había arrodillado ante él, pero eso no era posible, pensaba, porque Sherlock Holmes no se arrodillaba ante nadie.
Imaginó que serían alucinaciones por algún medicamento, pues la espalda le dolía quince en una escala del uno al diez. Veía luces sobre su cabeza y sentía la velocidad bajo su cuerpo. Todo parecía indicar que le llevaban a quirófano y, realmente, le daba igual si lo llevaban a operar o a Oxford Circus. No tenía fuerzas para oponer resistencia. No deseaba nada. Así que cerró los ojos y los recuerdos del ejército volvieron.
Sherlock permanecía tumbado en la cama, sedado, de nuevo. Había conseguido lo que quería, librarse de la comida. Los daños colaterales, sin embargo, habían sido demasiado grandes y su mente dormida se lo retransmitía como un cuento de terror.
John, John.
