[[Este fic participa en "¡Quiero un regalo de cumpleaños!" del foro "El triángulo, dónde tres, están unidos".]]


Todo lo que serás


Disclaimer: los personajes pertenecen a J. K. Rowling y sus respectivos dueños, yo sólo los tomo un rato para compartirles la historia que diseñé, la cual, es un regalo para una gran persona a la que aprecio mucho; la trama tiene influencia en A Christmas Carrol, de Charles Dickens. Espero que el personaje mo me haya salido muy OOC, puse mucho empeño en evitarlo.

Este es un regalo para Black Phoenix92


Cuando despertó, seguía encontrándose de pie, pero ya no estaba en el pueblo ni había nieve a su alrededor: edificios con acabado colonial, muggles caminando por la calle que él pisaba sin darse cuenta de su presencia, a lo lejos el sonido de niños jugando. La figura encapuchada estaba a su lado, erguido e impasible.

Tom intentó sacar la varita, preparándose para que esta vez no lo atacaran desprevenido, pero a pesar que buscó en todos sus bolsillos, no la traía consigo. Recordó pues, las maldiciones que hacbía aprendido en su último viaje al sur de Escocia, de una vieja bruja que era temida por toda la zona, por sus letales hechizos sin varita; la figura supo lo que se disponía a hacer, o lo intuyó, porque le habló por primera vez.

—Eso no te servirá aquí.

Su voz era suave, como la de un hombre joven y con cierto dejo empalagoso. Ryddle no hizo caso de la advertencia, y se dispuso a mumurar la maldición, pero no tuvo mingún efecto; ya la dominaba perfectamente y lo había hecho todo bien, la única respuesta era el hecho de que el hombre tenía la razón.

—Bien ¿y qué sí me servirá? —Preguntó Tom de manera cortante sin bajar la guardia—. ¿Para qué me trajiste aquí?

—No puedes usar ningún tipo de magia, mucho menos aquella que tenga que ver con la oscuridad; esa es la gracia del encantamiento Dickens —dijo la figura respondiendo a la primer pregunta—. Y te traje aquí, para que endereces tu camino, y no eches a perder tu vida, como sé que lo harás si sigues por el rumbo que vas.

—¿Qué? Eso es una estúpidez —cruzó los brazos a la altura del pecho, resignándose a que aquel hombre le terminara de explicar porqué carajos estaba ahí—. ¿Y quién eres tú, a todo esto? ¿Te envió Dumbledore, cierto? Es más ¡quítese la capucha, "director" ya sé que es usted!

—Tu arrogancia te ciega, joven amigo —dijo el encapuchado—. Si no obedeciste a ese anciano, y no aceptaste sus recomendaciones hace cinco minutos ¿por qué lo harías ahora? Cualquier persona que te conozca sabe que no cambias tus convicciones fácilmente. Como podrás ver, ni siquiera soy el director de Hogwarts, nunca me interesó la silla grande.

El encapuchado se quitó la capucha, dejando ver un rostro de tonalidad clara, ojos azules y cabello rubio. No debía ser mucho mayor que él, aunque Tom seguía sin mostrar la más mínima confianza en el sujeto; no obstante, había algo en él que le resultaba ligeramente familiar, pero no sabía identificar qué era.

—Mi nombre es Francis y, como bien has de suponer, no tengo ninguna relación directa con el hombre que mencionas.

—¿Y dónde estamos?

—No sé, dímelo tú —habló Francis levantando las cejas y señalando a su alrededor.

Ryddle miró más allá de donde había estado viendo a los muggles pasar, hasta que reconoció el entorno: un gran edificio cercado, lúgubre y ennegrecido por el paso del tiempo estaba ante él, con un gran cartel a la entrada que decía "Orfanato de Wool".

—¿Para qué me tragiste aquí? —Preguntó perdiendo la paciencia. No sabía qué pasaba a su alrededor, si aquello era un recuerdo o algo parecido; no había forma de desaparecerse o transformarse, y menos aún sin su varita.

—Porque aquí empieza nuestro camino para que aprendas tu nueva lección: tú bien sabes que aunque hayamos salido del colegio seguimos aprendiendo en cada paso. Pues bien, tú te has equivocado, como si fueras un niño pequeño, y ahora necesitas que alguien te corrija.

»Así, vamos a empezar desde que eras un niño, que simplemente se regocijaba en ser diferente y tener un poder con el que podía hacer daño a todo aquel que deseara, pero que en más de una ocasión deseó cambiarlo todo aquello por saber más de dónde vino, y tener una familia como cualquier niño feliz.

—¡Eso no es cierto! —replicó Tom—. Yo nunca deseé algo así...

—¿En serio?

Francis no se esperó a saber la respuesta, dando un movimiento de su varita, los transportó a los dos.

Ya no estaban en la calle llena de personas, sino en una habitación pequeña, con una cama desvencijada y mal tendida, aue estaba al lado de un armario abierto, donde un niño de poco más de diez años guardaba una armónica, enojándose y haciendo que varios muebles temblaran.

Tom se quedó de piedra, al verse a sí mismo muchos años atrás, cuando era un niño que desquitaba su furioa robando las cosas de quienes lo trataban mal. Claro, después de haber cobrado su peopia venganza, y sembrado el miedo en cada una de sus inocentes mentes.

—¿Por qué hacías eso? —Preguntó Francis mirando al Tom niño, que se había sentado en la cama, con lágrimas en los ojos resistiéndose a salir.

—Ellos hacían cosas malas: se apartaban a mi paso, me ignoraban o me acusaban de hacer cosas que yo no había hecho, desde mucho antes que supiera controlar mis poderes —respondió Tom, decidiendo que no había motivo alguno para mentir, aunque escogiendo cuidadosamente la información que decía—. Por eso los usé contra ellos: ya no más el niño sumiso y bueno, esos idiotas debían pagar por todo lo que habían hecho.

—Y... ¿De verdad se apartaban de ti porque te odiaran, incluso antes de que aprendieras a usar tus poderes?

—Por supuesto ¿qué otra razón...?

—Falso. Tenían envidia de ti.

—¿Qué? —Tom estaba sorprendido: nunca se había detenido a pensar en aquello—. No puede ser posible, ellos no...

—Tú también fuiste un niño, Tom, y cuanto menos durante un tiempo creciste con la idea de que la magia no existe que no hay ninguna fuerza sobrenatural o mundos más allá de lo que puedes ver. Todo niño muggle desea ser diferente, lograr hacer magia: no tienen ni idea de la manera en que la verdadera magia sucede, pero ellos sueñan con agitar una varita y que el mundo funcione a su alrededor.

—Es una estúpidez.

—Puede serlo. Pero son los sueños que rigen la joven mente de un niño muggle —añadió el rubio—. Sígueme, todavía hay más que ver en este tiempo.

Salieron por la puerta de madera, dejando atrás al Tom que hacía que temblaran las cosas a su alrededor, mientras contenía su ira. El Tom adulto se detuvo un segundo más a contemplar su pequeño yo, pensando en lo mucho que había cambiado desde que lucía así. Siguió al chico unos pisos más abajo que la suya en aquel orfanato, hasta que se detuvo frente a otra habitación, y le indicó que abriera la puerta.

Dentro había dos niños, los reconoció de inmediato: Dennis Bishop y Amy Benson. Ambos siempre habían permanecido juntos durante su estadía en el orfanato, parecían muy amigos; más de una vez anheló tener una amistado como la que tenían ellos dos, una persona que no te juzque en quien puedas confiar. "Aunque ¿quién necesita un amigo que te estorbe y te envidie, si tienes el poder de causar el miedo para disfrutarlo?" pensó Tom con crueldad.

—¿Nunca escuchaste las conversaciones que había detrás de ti?

—Claro que sí: susurraban que estaba demente, que era un...

—Esas conversaciones no. —Reprendió Francis— Conversaciones como éstas:

Tom se detuvo a escuchar la conversación entre los niños, preguntándose qué debía escuchar que no había escuchado antes

—¿...Cómo lo hizo? Era maravilloso: las hojas caídas giraba a su alrededor, parecía que el viendo bailaba con él.

—Sí, Amy, pero no olvides que es malo, no sabemos por qué.

—Pero lo que hace es bello ¿no crees que se podría usar también para el bien?

—Lo único que sé es que desde que entramos a aquella cueva en las vacaciones, tengo miedo de acercarme a ese chico. Aunque no puedo negar que siempre ha habido un aire... Mágico alrededor de él.

Tom se sorprendió: nunca pensó que Amy considerara hermoso lo que hacía. En el fondo, le remordió un poco haberla tratado tan mal.

—¿Lo ves? No todos te odiaban, aunque cada vez fuiste haciendo que más niños te tuvieran miedo, porque no deseaste otro camino, otra perspectiva.

—Bien, ya ví, no todos en el Orfanato de Wool eran tan malos ¿podemos acabar con esta estúpidez ya?

—No, nos falta un poco más.

A su alrededor, todo comenzó otra vez a sumirse en las sombras, mientras el orfanato y los niños desaparecían en un remolino de oscuridad.