Disclaimer: Noragami y sus personajes no me pertenecen; sin embargo, la historia es completamente mía. No permito que se publique en otro lugar.
El fanart usado para la portada es de Khierz.
Dedicado a Patricia Gracia por su apoyo en todos mis proyectos, por soportar mis shippeos y por enseñarme el mundo de Noragami. ¡Te quiero!
Agradezco a Ross por haberme orientado en algunas cosas. Eres un sol. :3
Yubiwa (指輪)
Yo solía pensar que sabía quien eras tú, no sabía que dentro de ti yo iba encontrar la luz. No sabía que existía un mundo así, no sabía que podía ser tan feliz. Y la vida pasaba de largo, vacía, sin emoción. No había nada flotando en el aire abrazándome el corazón. Y llegaste tú y el mundo me abrazó. Y llegaste tú y el mundo se paró.
Y llegaste tú y me sorprendió el poder que había en este amor. Y llegaste tú, una bendición. Aún recuerdo el momento en que todo cambió. Y llegaste tú y me sorprendió
el poder que hay en este amor. Y llegaste tú, una bendición. Aún recuerdo cuando llegaste tú.
- Sin Bandera, "Y llegaste tú" – alterado en prosa.
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2
Encuentro
Te di el espacio para que pudieras respirar,
mantuve la distancia para que pudieras ser libre.
Espero que puedas encontrar la pieza que te faltaba
para traerte de vuelta a mí.
¿Por qué no recuerdas? ¿No lo recuerdas?
¿La razón por la que me amaste antes?
Cariño, por favor, recuérdame una vez más.
– Adele, "Don't you remember"
.
Morir no es algo que pueda describirse, no es algo que pueda siquiera sentirse. No era algo que Hiyori siquiera notara. Para ella, la silenciosa muerte sólo significó el despertar en un callejón de Tokio casi al amanecer.
Hiyori se miró, sucia, entre la basura, antes de levantarse lentamente. No entendía qué hacía ahí aunque ciertamente una parte de ella le decía que no era importante. Lo único que sabía era que debía ir al banco… aunque no recordaba a cuál o por qué.
Se sacudió la falda previo a caminar por las ya no transcurridas calles. Miró a su izquierda y a su derecha, tal vez tratando de ver algo que la orientara. Pero sus ojos no lograron identificar nada: sólo eran calles y más calles.
De un momento a otro, Hiyori pasó a leer cada letrero a su alrededor, sin importarle ya que tuviera que ir al banco. Para ella, lo importante era saber dónde estaba.
Tras unos minutos, la mente de Hiyori se vació de cualquier resquicio de recuerdos. Y entonces dejó de llamarse Hiyori para adquirir el burdo nombre de espíritu. Mas ella no lo sintió, simplemente siguió caminando mientras el sol se encargaba de iluminar el andar de la muchacha.
El transcurso fue tranquilo hasta que escuchó una escandalosa voz. Su instinto la obligó a girar el rostro para ver a un par de jóvenes que corrían hacia su dirección. Ella, sin temerles a pesar de no conocerlos, únicamente los esperó. Después de todo, existía la posibilidad de que ellos la conocieran de algún lado.
No obstante, cuando ellos estuvieron lo suficientemente cerca como para hablar, el muchacho de jersey alzó la mano derecha y la apuntó. Ella permaneció quieta, todavía sin temerle.
— Tú, que no tienes a dónde ir y no puedes avanzar, te daré un lugar al que ir. Mi nombre es Yato. Aquí, sin desvanecerte, te aferras a tu verdadero nombre. Yo te haré mi sirviente y te otorgaré un nuevo nombre.
»Tu nombre será mi seguidor, como regalía derivarás del sonido. ¡Tu nombre es Koto; como shinki Geikki! ¡Ven, Geikki!
— ¡Espera, ¿qué?! — gritó el chico a su lado, sorprendido.
Kotone en un segundo lo comprendió como si se tratara de magia: ella estaba muerta y Yato era el dios que se haría cargo de ella. No recordaba haber oído de él, aunque no tuvo tiempo de pensar en ello pues de inmediato sintió como si algo la jalara y la absorbiera. Entonces, se encontró en un aura rodeada de cristales azules. El fondo era blanco y en él podía ver a Yato frente a ella. En la mano derecha portaba un anillo aparentemente de ónix. Medio segundo más tarde, cuando Yato pasó la mano por el anillo, Kotone sintió cosquillas en su cuerpo. Así comprendió que ella era ese anillo.
— ¡Ey! — gritó el otro chico, desde una realidad que Kotone apenas distinguía. — ¡No la manosees, pervertido!
— ¡Cállate! ¡Y tú también ven, Sekki!
Kotone se sobresaltó cuando a su lado apareció el adolescente que venía con Yato; era otro shinki. Él era un par de katanas.
— No te dejes toquetear por ese imbécil; no eres una esclava de verdad. — le dijo.
— ¡Te dije que te callaras, Yukine! Ahora probemos lo que Geikki puede hacer. — dijo Yato previo a echarse a correr.
Kotone le sonrió a Yukine, mientras éste apenas la miraba con cierto recelo. Delante de ellos se extendía un paisaje completamente claro, parecía como si miraran desde la perspectiva de su maestro aunque ellos no se movieran.
De pronto, entre los edificios, Kotone distinguió una figura de un tono metálico y de forma alargada. Parecía tener al menos dos pares de ojos. Yato se dirigía hacia allá.
— Es un ayakashi; lo golpearé contigo, Kotone. — avisó.
— ¡Sí!
Yato sonrió tras sentir cómo su mano se apoderaba de una fuerza que le parecía muy familiar. Por un momento, sintió en su mente todos esos golpes que Hiyori le dio cuando apenas tenía quince años.
Con esos recuerdos en la cabeza, Yato saltó hacia el ayakashi y soltó una de las espadas de Yukine para atestar en tiempo récord, un puñetazo. No pasaron dos segundos antes de que el ayakashi explotara en medio del poder del dios Yato y su shinki.
Yato escuchó la risa de Yukine, quien seguramente recordaba lo mismo que él. Hiyori podía ya no ser la Hiyori que conocieron, podía ser ahora Kotone; mas su esencia no había desaparecido y ahora lo sabían muy bien. Ni la muerte podría deshacerse del espíritu guerrero de aquella jovencita de la que Yato se enamoró algunos años atrás.
— ¡Eres genial, Hi…! — empezó Yukine, mas Yato se apresuró a irrumpirlo.
— Regresa, Kotone.
Y como cuando ingresó a esa paralela realidad, Kotone fue absorbida. Un momento más tarde, ya se encontraba a un lado de Yato.
— Lo hiciste muy bien, ahora la paga…
— ¿Paga? ¡A mí nunca me has pagado! — replicó Yukine.
— Ve por algo de desayunar. Ten. — continuó Yato mientras le entregaba unos billetes a Kotone. Había ignorado completamente a Yukine, pero no parecía siquiera notarlo.
— Yukine, ¿recuerdas cuando, hace tres años, Padre te mostró tu vida? ¿Recuerdas lo duro que fue hacerte volver antes de que te convirtieras en ayakashi? — preguntó Yato mientras observaba a Kotone mirar un menú fuera de un restaurante de fideos. Yukine asintió. — Fue un verdadero milagro que sobrevivieras a tu pasado; no es algo que todos los shinki puedan hacer. Es por eso que Bishamon usó un tesoro bendito que no era suyo propiamente: arriesgar a sus shinki a que se convirtieran en ayakashi es algo que ella no podría hacer.
— Pero tú sí lo hiciste a pesar de las consecuencias. — lo acusó Yukine.
— Siempre mostraste un poder mayor que el de Nora; yo confío en ti, por eso lo hice. Pero, te repito, no es común que sobrevivan al pasado. — dijo con el semblante tan serio que ensombreció sus ojos. — Y ahora Hiyori no es una humana viva, ahora es una shinki, como tú; ahora ella corre el mismo peligro que tú corriste y no quiero arriesgarme a perderla de nuevo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Yukine dirigió su mirada hacia la muchacha que recibía el cambio de tres desayunos completos para llevar. Esa mujer lucía igual a la que conoció, tenía los mismos ojos enormes y la misma nariz pequeña; tenía la misma voz y los mismos labios; pero era evidente que no se trataba de ella. "Y ahora Hiyori no es una humana viva"… Era cierto, Hiyori ahora estaba muerta. Hiyori ahora no era Hiyori; ahora era Kotone, la shinki de Yato.
— Comprendo. — respondió cabizbajo. — Por lo menos ahora podrá cumplir con su promesa.
— Nos ha olvidado.
— No me refiero a ésa, Yato.
El aludido sintió un cosquilleo en su espalda tras comprender lo que quería decir Yukine.
— Regresa, Yukine. — llamó mientras Kotone se dirigía a él con dos bolsas en las manos. Era tan parecida y sin embargo la situación era tan diferente…
— Espero que les guste lo que pedí. — dijo Kotone, completamente ajena a lo que se acababa de conversar.
Yukine simplemente sonrió, pero Yato, retomando a su usual humor, cogió las bolsas y empezó a comer sin siquiera dar las gracias.
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Bishamon, Tenji, Ebisu y Kofuku se quedaron en silencio luego de que Yato les contara, en la mansión de Bishamon, lo que había sucedido. Kofuku había llorado por la muerte de Hiyori y Bishamon fue la encargada de separar a Yato del cuerpo inmóvil de la muchacha. Tenji y Ebisu habían dado su pésame y ambos – Ebisu en mayor cantidad – aportaron grandes sumas de dinero para que el entierro fuera como se lo merecía. Todos habían tomado esa situación como una despedida inminente.
Todos, excepto Yato, quien confiaba en encontrar el alma de Hiyori pues él estaba seguro de que ella lo había reconocido en el último instante y de que ella no llamó al dios, sino a su amigo de antaño. Yato estaba convencido de que Hiyori no quiso morir y de que su alma lo sabía.
Era por todo eso que cuando Yato relató que Hiyori ahora era Kotone y que era su shinki, nadie supo qué decir o cómo comportarse; aunque a la mayoría, esa idea no le resultaba agradable.
— Tenías que haberla dejado ir, Yato. Te metiste en un problema en el que no podemos ayudarte. — dijo Bishamon luego de un minuto. Tenji asintió lentamente, dándole la razón.
— Hay algo que pueden hacer y eso es no decirle nada sobre su pasado. — respondió Yato.
— Hiyori-chan estuvo muy ligada a nosotros; sabes lo riesgoso que fue de tu parte volver a arrastrarla a este mundo. — alegó Tenji.
— Pero tampoco pudo dejar que fuera alimento de ayakashi. — contraatacó Ebisu, con los brazos cruzados. — Fue irresponsable, pero todos hubiéramos hecho lo mismo por alguien a quien queremos.
— Pero… Hiyorin… Yato, ella… ¿Te recuerda? — preguntó Kofuku.
— Es obvio que no. — contestó Bishamon. Yato no respondió. — ¿No es así?
— Ella me reconoció antes de morir. Por eso lo hice. — explicó Yato sin responder concretamente la duda. Bishamon tenía razón, mas Yato no quería soltarlo de esa forma. — Los convoqué sólo para pedirles que no le digan nada a Kotone, por favor. Mientras nadie le mencione nada, ella no sospechará.
— Tienes mi palabra. — dijo Ebisu.
— También la mía. — añadió Kofuku tratando de sonreír.
— No quiero volver a verte en mi mansión como alma en pena; yo también lo prometo, idiota. — farfulló Bishamon sin mirar a Yato. — Pero no lo vayas a arruinar.
Yato sonrió.
— Aunque no estoy de acuerdo con que lo hayas hecho, por el bien de Kotone y tuyo, no diré nada. — prometió Tenji.
— Entonces también comprenderán que la misma petición se dirige a sus shinki. — finalizó Yato ya más confiado.
Y tras una confirmación general, Yato salió de la oficina de la diosa guerrera.
Sus shinki esperaban en el templo que años atrás le habían alzado. Yukine dijo que entrenaría a Kotone para que pudiera alzar una barrera. Kotone, que veía muy joven a Yukine, decía que le costaba trabajo llamarlo "senpai", a lo que Yukine respondió que no era necesario. Yato comprendió de inmediato que para Yukine debía ser muy extraño que la chica que antes lo cuidaba como si de una madre se tratara, ahora lo llamara "senpai".
Mientras Yato avanzaba entre las calles de Japón, admitió lo evidente: quería que Hiyori volviera, la necesitaba de regreso. Estaba seguro de que no aguantaría estar con una chica idéntica a ella, pero que no recordara absolutamente nada, que no lo recordara a él. Menos cuando Yato recordaba aquella última mirada y aquel último grito, en los que aseguraba, Hiyori por fin los había reconocido.
Pero de ese momento sólo podía rescatar que fue el último y que tenía que ser el último si es que no deseaba volver a perderla; esta vez, para siempre.
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Yukine apenas pudo ahogar el grito de emoción cuando Kotone hizo una muy débil frontera. Aunque él fue muy bueno y hábil desde el principio, sabía que regularmente muy pocos shinki hacían una frontera en sus primeros días. Incluso Kazuma le confesó que él tardó años en conseguir algo.
Sin embargo, también era consciente de que no debía mostrar un cariño inmediato o que pudiera sonar familiar; era por el bien de Kotone. Pero era muy difícil, cada día más, ocultar que la conocía y que la quería como quien quiere a una hermana mayor. Aunque Yato le repitiera lo importante que era mantener todo en secreto, para Yukine era molesto mirar a Hiyori y llamar a Hiyori de otra forma. ¡Qué sencillo sería si todo fuera como antes!
— ¡Lo hice! — gritó Kotone. Yukine apenas dejó ver una pequeña sonrisa de orgullo. — ¿Lo viste, Yukine-kun?
— Con eso no detendrás a nadie, Kotone. — respondió el jovencito dándole la espalda.
Kotone, molesta, se colocó detrás de él.
— Eso ya lo sé, aunque lo hice bien. Tienes que decirlo.
— Yo soy el tesoro bendito y yo decido cuándo diré… ¡Egh! ¡Suéltame! — exigió cuando Kotone le hizo una llave con ambos brazos. — ¡Suéltame!
— ¡Dilo! — ordenó ella sin aflojar el agarre.
— ¡No hasta que lo hagas bien! ¡Agh!
En definitiva, Yukine extrañaba esa época cuando Yato era el que sufría las llaves de Hiyori y no él.
Una risa estruendosa irrumpió en los berreos de Kotone y en los quejidos de Yukine. Yato admitía que una parte de él siempre deseó ver a Hiyori maltratando a Yukine. Era cruel su petición, pero no podía evitar pensar en ella. Así que por lo menos agradecía que la nueva Hiyori hubiera cumplido su deseo.
— ¡Cállate y dile que me suelte! — gritó Yukine aún entre los brazos de Kotone.
— No puedo hacerlo al mismo tiempo y, aunque pudiera, prefiero ver cómo sufres un poco. Te lo mereces por todas las veces en las que literalmente me has apuñalado.
— ¿Un dios puede ser apuñalado? ¿Y no le pasa nada? — preguntó Kotone. Enseguida, apareció una sonrisa malévola en el rostro de Yukine. Por fin habría diversión.
— Por supuesto que le sucede algo. — dijo Yukine aún con la sonrisa en los labios. — Si me sueltas, puedo enseñarte a apuñalar a Yato. — sugirió. La idea de Kotone apuñalando a Yato con su botella de monedas lucía muy apetecible en la mente de Yukine.
— ¡¿Qué?! ¡No! ¡Kotone, aprieta más fuerte a ese irrespetuoso! ¡Debes respetar y proteger a tu maestro, no apuñalarlo!
— Recuerda que no tiene una casa donde puedas quedarte y que sólo tiene este frío templo. No te alimenta y no te paga, Kotone. Merece eso y lo sabes.
— Nunca estás contento, Yukine. Primero te quejabas de que no tenía templo y de que usaba tu dinero para mantenernos. Tú sólo buscas pretextos para quejarte.
— ¡¿Cómo puedes ser tan cínico?! — gritó sin darse cuenta de que Kotone lo había soltado. Yato apenas pudo gritar cuando Yukine le arrojó una botella llena de monedas. — ¡Ten un poco de vergüenza, bueno para nada!
Yato estuvo a punto de responderle, cuando escuchó un sonido que parecía haber olvidado: la risa de Hiyori en voz de Kotone. Tal y como sucedía antes: ella disfrutaba de la relación entre Yukine y Yato.
Yukine pronto imitó a su maestro y se dejó llevar por esos recuerdos en los que Hiyori llevaba una graciosa cola rosada. Cuando ella los recordaba.
— No quiero apuñalarlo, Yukine-kun. — dijo Kotone luego de unos segundos. — Aunque no tenga una casa, no me importa; no cambiaría esto por nada. — aseguró con una sonrisa dulce. — Quiero estar con Yato-san y con Yukine-kun por siempre.
Esas últimas palabras impactaron de tal modo a Yato y a Yukine que tuvieron que tragar saliva para ignorar la similitud entre esa frase y una dicha algunos años atrás.
Dolía, dolía mucho. Dolía porque ellos habían provocado la distancia, porque ellos habían cortado el lazo. Dolía y dolía mucho porque a pesar de que Kotone era igual a Hiyori, había mucho que extrañaban de Hiyori.
Así, mientras Kotone se daba la vuelta para seguir entrenando, Yato la observaba. La observaba como lo había hecho desde que la conoció. La observaba del mismo modo que lo hacía cuando Yukine lo llamaba "acosador". La observaba con el mismo cariño y con el mismo deseo de protegerla.
Y aunque sabía lo riesgoso que era, no pudo evitar el deseo de que ella lo recordara al menos un poco, que lo mirara una vez como antes lo hacía. Deseaba que lo quisiera, que lo amara, como una vez lo hizo.
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¡Hola, de nuevo!:
Sí, lo sé. El que Hiyori se convierta en shinki de Yato es algo raro y todo - aunque ya tratado en el fandom - pero no ha dejado de hacerme ruido esa posibilidad. Hablé con Romi sobre los problemas de los shinki y todo eso y esa conversación me llevó a ver que no podía ser tan malo. Ya verán por qué les digo esto.
Ojalá les haya dolido este capítulo tanto como me dolió escribirlo y, Pato, no te angusties, tu regalo tendrá un buen final.
¡Nos vemos en el último capítulo!
Andreea Maca.
