Disclaimer: Noragami y sus personajes no me pertenecen; sin embargo, la historia es completamente mía. No permito que se publique en otro lugar.

El fanart usado para la portada es de Khierz.

Dedicado a Patricia Gracia por su apoyo en todos mis proyectos, por soportar mis shippeos y por enseñarme el mundo de Noragami. ¡Te quiero!

Agradezco a Ross por haberme orientado en algunas cosas. Eres un sol. :3


Yubiwa (指輪)

Yo solía pensar que sabía quien eras tú, no sabía que dentro de ti yo iba encontrar la luz. No sabía que existía un mundo así, no sabía que podía ser tan feliz. Y la vida pasaba de largo, vacía, sin emoción. No había nada flotando en el aire abrazándome el corazón. Y llegaste tú y el mundo me abrazó. Y llegaste tú y el mundo se paró.

Y llegaste tú y me sorprendió el poder que había en este amor. Y llegaste tú, una bendición. Aún recuerdo el momento en que todo cambió. Y llegaste tú y me sorprendió

el poder que hay en este amor. Y llegaste tú, una bendición. Aún recuerdo cuando llegaste tú.

- Sin Bandera, "Y llegaste tú" – alterado en prosa.

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3

Reconocimiento

Con cuidado pondremos nuestro destino.

Viniste y tomaste este corazón, y lo pusiste en libertad.

Cada palabra que escribes y cantas es tan cálida para mí, tan cálida para mí.

Estoy desgarrada porque no pueda estar cerca de ti.

No tengo miedo, nunca más tendré miedo.

"Por siempre" es mucho tiempo, mucho tiempo,

pero no me importaría pasarlo a tu lado.

- He is we, "I woldn't mind"

.

Yato gimió de dolor una vez más. El último combate contra dos decenas de ayakashi lo habían dejado bastante mallugado y Yukine no era un gran enfermero, mas temía que los dotes médicos de Kotone pudieran reaccionar en ella de forma peligrosa. Y Yato no estaba listo para recibir alguna puñalada por parte de Kotone.

— ¿Estás seguro de que no puedo hacer nada, Yukine-kun? — preguntó Kotone, preocupada.

— Ve por más agua oxigenada. — ordenó Yato. Con honestidad, sólo lo había dicho para sacarla de su vista pues le ponía nervioso que lo mirara de esa forma.

— ¡Ya vuelvo! — aseguró previo a echarse a correr al interior de los pequeños cuartos del templo.

Yukine se concentró en poner agua bendita en las heridas de Yato y en acomodar las vendas en su torso.

— Fuiste un idiota al enfrentarlos de esa manera. — lo regañó.

— Cierra la boca. Soy un dios de la fortuna, puedo con esto. — contestó Yato. — Y por cierto, no era necesario que omitieras a Kotone en esto. El ponerla a hacer primeros auxilios no despertará su memoria; sólo lo hará algo muy específico.

— Da igual. Soy tu shinki guía y soy un tesoro bendito, puedo hacer esto. — le retó. Yato sonrió adolorido.

Por supuesto, ninguno recordó qué era lo que guardaban en uno de los cuartos, en el más pequeño. Y tampoco recordaron que como el agua oxigenada no servía en ese templo, no tenían; lo que ocasionaría que Kotone buscara en todo el templo, porque ella no lo sabía.

Por supuesto, ninguno imaginó lo que sucedería a continuación.

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Kotone llegó, desesperada, a una habitación que carecía de ventanas y cuya única luz provenía de un foco mediano sobre el techo. En el cuarto de apenas dos por uno, había un baúl de madera y una silla de terciopelo, muy parecida a la que de vez en cuando Yato usaba para regodearse de ser un dios reconocido.

— Tal vez aquí esté el agua oxigenada. — se dijo.

Y a paso seguro, Kotone entró a la habitación y se dirigió de inmediato al baúl. El seguro estaba bastante apretado, lo que indicaba que no había sido abierto desde hacía muchos años. Pero no le importó; la salud de Yato era primordial para ella.

Aprovechando su fuerza bruta, Kotone empujó la tapa del baúl hacia arriba. Tardó unos segundos en conseguir que se abriera.

Sus ojos de inmediato examinaron lo que tenían enfrente. Y aunque no sabía de dónde, algo le decía que conocía cada objeto. Tomó una diadema con orejas que parecían de un oso amarillo y las observó detenidamente. Algo en su corazón palpitó con fuerza.

Ignoró la mala sensación que comenzaba a embargarla y continuó alimentando su curiosidad.

Una chamarra para jóvenes apareció en su vista. Pronto también lo hicieron varios llaveros y algunas tazas. Todas parecían provenir del mismo sitio colorido. La misma criatura amarilla aparecía en todos los productos. La sensación de temor, dolor y angustia creció al mismo tiempo que la inseguridad en Kotone.

Y el fundamento de aquellas sensaciones llegó. Al fondo del baúl, Kotone divisó una fotografía. Con cuidado, la sacó. Y todo cambió.

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— ¡Maldita sea! — gritó Yato antes de incorporarse y tocar su nuca.

— ¿Ahora qué hice mal? — espetó Yukine.

— H-Hiyori… ¿Dónde está Kotone? — balbuceó incorporándose.

Yukine lo entendió de inmediato. Palideció al mismo tiempo que su maestro.

— No pudo haber ido a ese cuarto, ¿cierto? No pudo haber abierto ese baúl, está sellado. — argumentó Yukine. Era impensable esa situación porque entonces ella debería haber visto…

— ¡Su verdadero nombre! — gritaron los dos tras recordar qué foto podía lanzar todo al vacío.

Aquella broma de Yato, aquella declaración escondida en un juego, podía ser la causante de que todo llegara a su fin. De que nada valiera la pena. De que volvieran a perder a Hiyori. De que fuera la vencida.

Sin importar el dolor en su cuerpo – ahora también causado por la shinki – Yato corrió detrás de Yukine. Tenían que evitar a toda costa que Kotone viera esa fotografía. La vida de la humana que Yukine consideraba casi una madre y que Yato veía como algo mucho más especial, dependía de esa fotografía.

— ¡Kotone! — exclamó Yukine en el umbral del cuarto.

La aludida estaba hincada frente al baúl y sostenía una fotografía en sus manos. Tanto dios como shinki guía pudieron ver de cuál se trataba: la foto que los tres se tomaron con Kapipa.

— Aquí me veo más joven. — musitó Kotone sin quitar la vista de la imagen. — Tal vez de dieciséis años… Y ustedes no parecen desconocerme. ¿Qué significa esto? — preguntó casi sin esperar que le respondieran. — Ustedes me conocían cuando yo estaba viva… Y no me lo dijeron. — farfulló.

Yato sintió cómo la apuñalada de su shinki aumentaba. Ahora podía sentir el ardor en todo el cuello y en la mitad del hombro derecho. Kotone no recordaba nada, pero sí entendía que ellos le habían mentido todo ese tiempo. Que ellos sabían quién había sido ella cuando vivía. Y que no hicieron nada, aparentemente, por evitar su muerte.

— Kotone, ¿qué haces aquí? — preguntó Yato tratando de recobrar la compostura mientras Yukine se acercaba sigilosamente a Kotone.

La aludida rió. Ellos de verdad estaban burlándose de ella.

— Vine a buscar tu agua oxigenada, "Yato-san". — respondió sarcástica. — Vine a buscarla y en cambio me encontré con esto, ¿sabes? — dijo alzando ligeramente la fotografía. — Y sólo puedo pensar en que ¡tú me traicionaste! ¡Me mentiste al igual que Yukine! — acusó mirando con fiereza al adolescente que se encontraba a su lado, preparado para saltar sobre el baúl con el fin de evitar que viera algo más. — ¡Díganme que no es así!

— Eso no es así. — accedió Yukine apretando un puño.

— Es así, Kotone. Yo te mentí. — contradijo Yato. — Te lo explicaremos si sales ahora de esta habitación.

— ¡Vas a mentirme de nuevo! ¡Dímelo ahora! ¡Aquí hay más cosas, hay más fotografías! — retó tomando otra fotografía que Yukine trató de arrebatarle. Y al verse en una posición en la que una antigua fanática de las luchas lo podría derrotar sin problema alguno, saltó sobre el baúl y creó una barrera entre Kotone y el baúl.

Sin embargo, ante el impulso del salto, una fotografía más voló frente al rostro de la muchacha y por unos segundos, pudo leer la perdida petición de matrimonio en la montaña rusa.

Y entonces lo recordó todo. La escena de su muerte, aquel asalto en el banco, vino a su memoria como si se hubiera tratado de un suceso muy reciente.

Se vio en medio de toda esa gente y se vio protegida por un muchacho de jersey que blandía una espada. Así, se vio pasando por todas esas memorias que tuvo antes de que su cabeza golpeara contra un escalón.

Una a una, las conversaciones y escenas que marcaron a su corazón, se reprodujeron automáticamente en reversa.

— ¡Quiero pasar mi vida contigo, Yato!

— No te preocupes por mí, Hiyori. Soy un dios de la fortuna. ¡Así que resolveré esto pacíficamente!

— ¿Quieres ir a ver la de Yato-chan?

— ¿Los dioses también tienen placas?

— ¡Síp! ¡Por aquí! [...] Yato-chan está.. Awww, está solo... ¡Tadá!

— Hiyori... Hiyori, lo siento. Quiero hacer lo que deseas, pero... Éste es un deseo que no puedo cumplir. Si mueres, habrían muchas personas a las que nunca volverías a ver. P-por eso... Aún no debes morir, no hasta que llegues a ser una anciana, Hiyori.

»Está bien, estás bien porque ahora tienes tiempo para corregir las cosas. Tienes a muchas personas que se preocupan por ti. Así que ve a casa.

— ¿Te sientes mal por él? ¿O es que acaso estás enamorada de él?

— Hiyori, será mejor que me digas la verdad ahora mismo. ¿Realmente...?

— Hiciste lo mismo con Bishamon-san... También la besaste, ¡¿o no?!

— ¡¿Qué?! ¡¿Qué demo...?! ¡¿Yo?! ¡¿A esa loca ninfómana?! ¡Hiyori, hazme el favor de no inventar porquerías sólo porque besaste a otro sujeto!

— Lo he vuelto a arruinar. Supongo que soy el único de los dos que está estúpidamente emocionado por esto. Sólo es eso. Me sentí tan relajado al estar contigo que terminé haciendo lo que no quería... Eso estuvo mal de mi parte.

»Vamos a casa, ¿está bien? Ahora que lo pienso, desde el principio no parecías estar disfrutando. Lo siento.

— Espera... Para ser honesta, yo también quería venir aquí contigo. Lamento haber actuado todo el día como una mocosa egoísta. Pero yo... Um.. Quiero... quedarme contigo un poco más de tiempo.

— Lo que dijiste antes contradice a lo que acabas de decir. ¿Sabes, Hiyori? Siempre me dices cosas como ésas y en verdad me hacen feliz, pero... ¿Qué tanta verdad tienen tus palabras? ¿Hasta qué punto se supone que crea en ellas?

— ¡No cortes nuestros lazos! ¡Yato, yo quiero pasar más tiempo contigo!

— Yukine-kun es asombroso.

— Sí que lo es.

— Encontraste a uno, a alguien único.

—¡Yip!

— ¡No los olvidaré! ¡Lo prometo!

— Oh, sí. Y también tenías un pedido para Hiyori-chan, ¿no es así?

— ¡Ya dije que eso no es tan importante!

— Hiyori-chan, ya que pronto serás una estudiante de preparatoria, él dijo que le gustaría conservar tus libros de textos y tareas. Dijo que quiere aprender las mismas cosas que todos los demás.

— Sólo si vas a tirarlos de todos modos, entonces... ¡¿Qué les pasa a ustedes dos?!

— ¡Estoy tan aliviada! ¡Ambos están a salvo!

— ¡Lo siento, Hiyori!

— ¡Tú también vendrás con nosotros!

— Es un chico... Parece que todavía está en su adolescencia. Ése es un periodo algo molesto.

— ¿Yato-san?

— ¡Lo tomaré!

»Tú, que no tienes a dónde ir y no puedes avanzar, te daré un lugar al que ir. Mi nombre es Yato. Aquí, sin desvanecerte te aferras a tu verdadero nombre. Yo te haré mi sirviente y te otorgaré un nuevo nombre.

»Tu nombre será mi seguidor, como regalía derivarás del sonido. ¡Tu nombre es Yuki; como shinki, Sekki! ¡Ven, Sekki!

— ¡Pervertido! ¡Bájame! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Llamaré a la policía!

— Esta mocosa...

»¿Acaso no fui yo quien te salvó de tu situación humano/espíritu? ¿Qué pasa con tu actitud? ¡Soy un dios!

— ¿Qué es esa rana gigante? ¿Quién eres tú?

— Tú te has convertido en un espíritu.

— Cielos, ¿qué estás haciendo? ¡Es muy peligroso correr así!

— Espera, tú... ¿Puedes verme?

Entonces supo por qué quiso aferrarse a la vida. Entonces entendió por qué se había transformado en un alma que rondaba Tokio. Y entonces entendió por qué Yato la había convertido en shinki.

Cuando regresó a la realidad, se encontró entre los brazos de Yato y Yukine. Ambos la miraban con preocupación y con el cariño que cada uno le otorgaba. Ahí estaban ellos dos, de nuevo dispuestos a dar todo por salvarla.

— Ustedes… Cortaron los lazos que tenía con ambos. — comenzó, sintiendo una escasa cantidad de oxígeno en sus pulmones. — No me permitieron morir la primera vez, aunque pude haberme convertido en tu shinki desde ese día. — dijo dirigiéndose únicamente a Yato.

— Las cosas no eran tan sencillas, Kotone. — respondió Yato.

En ese momento, la muchacha se dejó caer de rodillas al suelo, a sabiendas de que sus dos compañeros se hincarían con ella.

— Pude haber estado con ustedes desde antes… Pero… — Una lágrima resbaló sobre sus mejillas. — Pero entonces no hubiera podido recordar todo esto. — reconoció.

Yukine, extrañado, miró a Yato. En silencio, espero a que él le explicara qué era lo que estaba ocurriendo. Pero Yato estaba sumergido en una situación de lo más anormal: el ardor en su cuerpo había desaparecido; Kotone ya no corría peligro. Pero, ¿por qué no?

El llanto de Kotone los regresó al presente. La muchacha se cubría el rostro con ambas manos y sollozaba rítmicamente.

— Y-Yato… — balbuceó. — Yato, perdóname. Debí lastimarte con eso; lo siento mucho. — se disculpó sin parar de llorar. — No hicieron otra cosa sino protegerme y yo los lastimé, les grité. Sólo les he causado preocupaciones a pesar de que ustedes siempre me han protegido. Incluso ahora con el baúl y las fotografías. ¡Lo siento! — chilló desesperada.

— Hiyori… — murmuró Yukine, aún sin comprender del todo qué era lo que ocurría con ella. En realidad, no había experimentado señas de cambio.

— ¡Yo quise estar más tiempo con ustedes! ¡Quería cumplir mi promesa de quedarme contigo toda mi vida, Yato! ¡No quería morir sin antes haber tenido una vida a tu lado! Sobre todo luego de haber recordado todo. — explicó Hiyori cada vez más llorosa. — ¡Quería volver a vivir lo que viví con ustedes! ¡Volver a prestarle mis cuadernos a Yukine-kun y volver a abrazar a Kofuku-san! ¡Quise ir a ver el florecimiento del árbol de cerezos! ¡No quería morir! ¡No quise separarme de ustedes!

Así fue como el entendimiento llegó a ambos. Ésos eran los motivos por los cuales Hiyori había permanecido en el mundo, ésa era su desesperación ante su muerte. Y no se había convertido en ayakashi porque su único coraje era no haber vivido lo suficiente como para compartir su tiempo con seres que prácticamente eran del otro mundo. No había un rencor hacia alguien que no la hubiera salvado, sino a ella misma por haberlos olvidado y por no haber hecho nada más con las personas que quería. Y ahora, en el estado en el que se encontraba, ella podía cumplir todo lo anhelado en vida. Ahora tenía una oportunidad que no desecharía.

— Todo estará bien. — dijo Yato mientras la atraía hacia su torso vendado. Ella recargó la mejilla en su omóplato y siguió llorando. — Ya estás aquí, Hiyori; por fin estás otra vez con nosotros.

— Pero no tengo los cuadernos para Yukine. Ni siquiera recuerdo qué vi en la universidad. — sollozó. Yukine sonrió con ternura: esa chica aún lo quería como a un hijo.

— No me gusta la medicina, no te preocupes. — la disculpó Yukine. — Estoy bien así.

— Eso dices porque Hiyori es una profesora exigente. — se burló Yato. Hiyori rió un poco.

— No soy un vago como tú, cabeza hueca. Me gusta aprender, pero no me gusta la medicina; eso es todo. — espetó.

— ¿Entonces qué te interesa? — inquirió Hiyori luego de sorberse la nariz, ligeramente menos llorosa.

— ¿Eh? — respondió Yukine sonrojándose. — Ah, bueno… Pues dado que estoy muy pegado a este idiota y a los otros dioses y como viviré mucho tiempo… Yo había pensado que… — Se aclaró la garganta. — Estudiar historia no estaría nada mal. — admitió con la mirada en el piso.

— Excelente. Tengo un Kazuma en el equipo. — farfulló Yato entre dientes. — Par de nerds pervertidos.

— ¡¿Qué dijiste, imbécil?! — le gritó Yukine tomando una taza del baúl para arrojársela, mas Yato la pudo esquivar. — ¡No todos somos unos vagos como tú! ¡A algunos nos gusta estudiar! ¡Y tú eres el pervertido que manoseó a Hiyori!

— ¡Claro que no! ¡Tú estuviste a punto de hacerlo, niñato lleno de hormonas adolescentes!

Mientras ellos dos se sumían en una discusión patética, Hiyori miró la fotografía que aún estaba en sus manos, ya repleta de lágrimas. Se sonrojó un poco tras reconocerla: esa noche estuvo llena de confesiones.

— Y-Yato… — murmuró al tiempo que se separaba de él para limpiarse los rastros de lágrimas. El dios de inmediato la miró, atendiendo a su llamado. — Aún pienso que sí cuenta.

— Sí cuenta, ¿qué? — preguntó él.

— No me importa que hayas puesto la mano o no, tú besaste a Bishamon-san. — respondió con una ligera sonrisa. Yato tardó unos segundos en recordar esa noche de celos. Sonrió por lo bajo.

— Yo no vi ninguna mano entre mi padre y tú, ¿sabes?

— ¿Besaste al padre de Yato? — cuestionó Yukine asombrado.

— ¡No!

— ¡Sí que lo hizo! ¡Aún tengo la prueba!

— ¡Yo no lo besé, él me besó! ¡Y luego de eso lo evité en el colegio, así que no cuenta! — se defendió Hiyori.

— ¡Que sí cuenta! — dijo Yato.

— ¡Que no!

— ¡Que sí!

— Ya bésense. — dijo Yukine, harto de la pelea sin sentido.

Y como si de una orden monárquica se tratara, Yato jaló el cuello de la blusa de Hiyori y estampó un beso sobre sus labios. Yukine gritó, sorprendido por la valentía de Yato.

— ¡No hablaba en serio! ¡No lo hagan frente a mí! — los regañó Yukine cuando Hiyori por fin se acopló a Yato. — Agh, son imposibles.

Pero ninguno lo escuchaba. Cuando un deseo permanece encerrado durante mucho tiempo, el expulsarlo es mucho más satisfactorio que podría haber sido el liberarlo antes. Así, cuando Yato y Hiyori por fin se encontraron de esa forma, sus sentidos cobraron vida sobre su razón.

Tras separarse, se miraron unos segundos y luego rieron. Yukine, que seguía algo incómodo por no saber si retirarse o no, permanecía sentado mirando desinteresadamente los recuerdos del parque de diversiones.

— Lo siento, Yukine-kun. — dijo Hiyori verdaderamente apenada.

— Me da igual. — mintió. — Es sólo que él es como dos mil años mayor que tú y eso me parece un poco pedófilo.

— ¿Eh? ¡No me veo viejo y ella ya es mayor de edad, cretino! — alegó Yato.

— Lo bueno es que no tendrás que gastar mucho para su boda, porque nos dejarías sin comer durante un mes. — siguió Yukine, ignorando a su maestro.

— ¿A qué te refieres? — preguntó Hiyori.

— Bueno, tú eres un anillo y casualmente te acomodas en el dedo anular de Yato… No van a gastar en sortijas.

Hiyori se ruborizó por completo tras recordar ese detalle. Parecía como si el mismo destino le hubiera recordado que lo amaba. Como si se hubiera encargado de que ella cumpliera su promesa y su deseo.

Yato, sorprendiendo a Hiyori, tomó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Hiyori volteó a verlo; él la miraba con decisión.

— Es cierto, Yubiwa [1], ahora estás destinada a estar siempre conmigo. — sentenció.

Ella respondió con una sonrisa.

— Eso es algo que yo ya había decidido desde antes de ser tu shinki, dios de la fortuna. — aclaró previo a besarlo una vez más.

Esta vez, Yukine sonrió. Por fin, luego de años de confusión, peleas y pérdidas, tenía una familia de nuevo.


[1] En español: "anillo".

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¡Hola!:

Es obvio que este fanfic lo hice por un motivo muy especial: para que se den cuenta de que Sin Bandera no sólo tiene canciones cortavenas... No, ya, lo hice por una fan muy especial de Noragami. Ella, aunque escribe muy bien, prefiere mantenerse a raya de todo esto y no hacer fanfics de Noragami. Aunque puede parecer que lo oculta, ama mucho este manga/anime y ya merecía al menos un detalle del mismo. Además, es una excelente amiga y una gran confidente.

Paty sabe que es mi primera lectora y que confío mucho en ella. Aunque fue difícil crear este fanfic, lo hice con mucho cariño y esperando que no haya errado mucho. Honestamente, la opinión que más me interesa es la tuya, Paty.

Disfruta tu día y sigue siendo tan fuerte como un tronco. Te quiero.

Abrazos.

Andreea Maca.