TRES WINCHESTERS Y EL FOSO DEL INFIERNO
Cap. 4: El Foso del Infierno
John
Eran las diez de la noche, llevaba llamando al móvil de Dean desde las ocho y media y casi le grita al contestador "¡Dónde demonios estás chico!". Marcó por décima vez y esta vez sí lo cogió
- ¿Te has tirado dos horas en el baño? – gruñó al aparato
- ¿Papá? – era la voz de Sam y el cabreo desapareció automáticamente
- Si, ¿dónde está tu hermano? – preguntó con un nudo en el estómago
- No lo sé, acabo de llegar de hacer un trabajo y…
- ¿Tan tarde?
- Son las diez, los padres de un compañero de clase se empeñaron en que me quedase a cenar – Sam sacudió la cabeza – Dean habrá salido.
- Cuando llegue dile que me llame y dile que estoy enfadado
- Papá, estaría aburrido y…
- Tú díselo, ¿vale? – cortó el intento del muchacho de justificar a su hermano – y dile que volveré a llamar más tarde si no me llama.
A saber lo que estaría haciendo. Metiéndose en algún lío, seguro, debería haberlo traído con él. Suspiró cansado, este caso los tenía totalmente fuera de juego y lo último que necesitaba era que su hijo mayor decidiera tener uno de sus ataques de rebeldía.
Bobby entró en la habitación y se dejó caer en la otra cama con un resoplido. Entonces el nuevo cadáver era también de "Piedra". El chatarrero se quitó la americana y se puso una gorra que acababan de darles en una gasolinera con una botella de aceite de motor.
- Te vas a quedar calvo con tu manía de ponerte gorras incluso bajo techo – le advirtió
- Ayudan a enfocarse y pensar – dijo su amigo – no entiendo qué se me escapa
- Qué se nos escapa – corrigió John – ¿el tipo también era de piedra?
- Básicamente
- Debe ser algo de magia, brujas, demonios…
- No había rastro de azufre, quizás sí que sean brujas, pero no sé de ninguna tan poderosa que pueda petrificar a alguien de esa forma – Los ojos grises del chatarrero se clavaron en su amigo - ¿cómo está tu chico?
- Ya lo conoces – murmuró molesto
- Eso es que el cabroncete está bien – se rió meneando la cabeza y John tuvo que reír también, Bobby tenía razón – deja ya de preocuparte tanto, un día te darás cuenta de que no es el bala perdida que finge ser.
- Si crees que no sé lo que vale te equivocas amigo, conozco a mi hijo – musitó serio otra vez – decías que lo más razonable es pensar que se trate de una especie de superbruja ¿no? ¿Una bruja que sólo ataca a hombres entre los veinticinco y cuarenta años, blancos, y que no los mata a todos?
- Tienen algo más en común, todos se han visto envueltos en casos de abuso o violaciones y ninguno ha sido condenado – el más bajo le enseñó los documentos que había sustraído ilegalmente de la comisaría – tenemos entre manos a una superbruja justiciera.
Sam
Dean tarareaba despreocupadamente mientras se volvía a poner la chaqueta para irse. Le miró de reojo, en la última semana apenas le había visto un par de horas y aunque sonreía y parecía contento había algo en su palidez y en el brillo de sus ojos que no le gustaba.
- ¿Tienes que ir todos los días a quién sabe dónde con quién sabe quién? – preguntó dolido
- Creí que estabas contento porque no estoy encima de ti – sonrió ladinamente su hermano haciendo que pensara que lo de mala cara eran sólo impresiones suyas
- Pues sí, pero ¿estás bien?
- Estoy perfecto – replicó el mayor moviendo el brazo herido para que viera que no le dolía - ¿ves?
- Pero…
- ¿Pasa algo Sam? ¿Es el instituto? ¿Necesitas que vaya a hablar con algún profesor? ¿Alguien te da problemas? – ahora le miraba como siempre, con toda su atención y se sintió un poco idiota por haberse preocupado
- No, el colegio está bien, además estoy saliendo con un grupo de chicas
- Siempre supe que eras más Samantha que otra cosa – se burló su hermano y Sam se lamentó internamente por haberse preocupado, estaba claro que no había ningún problema
- A ver cuando has salido tú con tres chicas guapas a la vez – replicó mordaz – imbécil
- Cada vez que no tengo que cambiarte el pañal, capullo
Dean cogió sus llaves y su móvil y le dijo que no le esperara despierto. Sam tenía que repasar filosofía para el control del día siguiente, sin embargo la mesa apenas podía sujetar sus apuntes sin doblarse y dos de las sillas se habían partido ya.
Las camas estaban fatal, apenas servían para echar una cabezada. De repente corrió hacia la nevera, estaba vacía. Sacudió la cabeza, esto no era propio de su hermano, a estas alturas en cualquier parte del país tendrían colchones en condiciones, comida, un sitio aceptablemente limpio y decente. ¿Le estaría dando una lección?
Quizás fuera eso, quizás Dean había pensado que con las veces que se había quejado de su control y de su manera de hacer las cosas le estaba demostrando lo que pasaba si no hacía nada. Sonrió, le demostraría que no era un inútil y que era capaz de cuidarse solo.
Fue a la tienda, a la ferretería, limpió, arregló las sillas y la mesa con escuadras, cinta americana y mucha cola de carpintería. Encontró unas mantas viejas y las usó para amortiguar el ruido de los somieres dejando los colchones por el lado menos roto. Se pasó toda la tarde atareado y sólo se acordó de estudiar cuando el hambre hizo rugir sus tripas cerca de las nueve de la noche.
Cenó y se puso a estudiar esperando a su hermano. En algún momento se quedó dormido.
Dean
Su nuevo amigo palmeó su hombro herido sin saber que le estaba fastidiando la partida de billar. Le devolvió una mirada peligrosa y golpeó la última bola hasta la tronera más cercana, ya sólo quedaba la negra. Sacudió la cabeza, esa última cerveza le había atontado un poco y no veía bien.
El motero contra el que jugaba hizo un gesto a uno de sus compañeros y Dean se dio cuenta de que le habían echado algo a su bebida. Si fallaba esa última bola estaría demasiado aturdido para ganar la partida y perdería casi quinientos dólares. Don le animaba desde el otro lado de la mesa de billar, dejó de dudar y actuó como si en lugar del taco tuviera un rifle entre las manos, cómo decía su padre "Apunta desde las tripas y dispara sin vacilar", la negra se coló limpiamente en su agujero, habían ganado.
- Eres bueno chaval – el motero le dio su dinero – deberías irte a casa a dormir la mona
- Tendré que hacer caso a mis mayores – replicó sorprendido de que no intentasen robarle aprovechando lo mal que se estaba sintiendo por momentos.
Los tres hombres, barbudos, con los brazos llenos de tatuajes, del tipo que no te gustaría cruzarte en una calle ni siquiera a plena luz del día, se echaron a reír y se sentaron junto a la máquina de dardos a tomarse unas copas.
Dean estaba muy desorientado, Don le ayudó a salir del bar y se sentaron en un parque cercano a esperar que el aire lo despejara un poco.
- ¿Cuánto les hemos sacado? – pregunto el tipo desgarbado más cercano a la treintena que a los veinticinco.
- Cuéntalo, mil, creo… - la farola de enfrente daba vueltas en círculo y cerró los ojos – creo que me han echado algo en la cerveza.
- Eso se quita con un petardo tío.
- No, no estoy de humor
- Cómo quieras, pero yo si me lo fumo.
El olor a marihuana no le estaba despejando en absoluto, pero el mareo había desaparecido y ahora era divertido ver cómo la bombilla giraba dentro de la farola como un faro.
- Pásamelo – gruñó
No estaba mal, estaba tranquilo como no lo había estado en mucho tiempo. Entró en una especie de duerme vela dónde el dolor era algo lejano y cada luz, cada estrella del cielo se reía del mundo.
- ¿Has pensado alguna vez que sería genial no tener nada que te retuviera? – preguntó
- La ropa tío – contestó Don con voz estropajosa - ¿por qué las personas inventarían la ropa? Si venimos de áfrica y allí hace calor, ¿qué necesidad hay de ropa?
- La gente
- Si tío
- El deber
- Ya te digo
- Me quedaría aquí sentado toda la noche, sólo por no hacer nada tío
- ¿Otro peta?
- ¿Por qué no?
Despertaron cuando el sol les dio de lleno en los ojos, aún sentados en el banco. Su cabeza daba vueltas y el hombro le dolía como un infierno, todo le dolía. Don no tenía mejor aspecto. Se levantó, dividió el fajo en dos y le dio la mitad.
- ¿Quieres un petardo para casa? – le ofreció
- Vale
- Sam ya se había ido a clase. Se desnudó, se duchó, se fumó el porro en el baño y se acostó.
_ Continuará
