TRES WINCHESTERS Y EL FOSO DEL INFIERNO
Cap. 14: Propietario bastardo
John
Llevaba cuarenta y ocho horas encerrado en la casa de Visyak. Su teléfono había consumido la batería después de unas cuantas llamadas que no pudo responder. Había intentado escapar sin ningún éxito y como consecuencia de ese intento volvía a estar encerrado en la fría bodega, atado a una columna y con los ojos vendados.
- Joder, ¡si vais a matarme podríais terminar de una vez! – gritó forcejeando con las cuerdas - ¡Eh! ¡Acabemos ya!
- ¿De verdad es eso lo que quieres cazador? – la voz de Alvarado sonó amenazadora y cercana
- Lo estás deseando desde que supiste que era un cazador – replicó con arrogancia, aunque tenía la boca seca
- Todos sois iguales, os creéis que sois los buenos y sólo sois asesinos prepotentes – había un curioso sonido sibilante que acompañaba sus palabras, unido a un roce extraño similar a arrastrar algo pesado y viscoso por el suelo
- No me conoces, todos los monstruos sois iguales, asesináis gente por placer – ella arrancó la venda de sus ojos y John los apretó con fuerza
- ¿No querías morir ya?
- No, no quiero morir
- No es lo que has dicho hace un momento – una mano helada y dura como el metal lo cogió de la barbilla levantándole la cabeza – mírame
- No – masculló el cazador mientras pensaba que no volvería a ver a sus hijos
- ¡Basta Esteno! ¡Déjale!
- Sabes lo que es, Ellie, lo que nos haría si pudiera.
- Pero no puede, no puede – la vos persuasiva de la historiadora surtía efecto en su amiga - Puedes abrir los ojos John, no va a matarte
No, pero lo que vio sí que le impresionó, era como una película, una pesadilla delirante. Frente a él una enorme mujer de dos metros de altura y una cola de serpiente que se arrastraba desde su cadera hasta tres metros a su espalda le miraba helándole la sangre en las venas. John sólo podía mirarla, el rostro de Estefanía apenas se parecía al que se asomaba entre centenares de serpientes que se retorcían en todas direcciones y cuyas colas parecían enraizadas en la cabeza. Sus manos eran dos garras que parecían talladas en cobre y también tenía unas membranosas alas transparentes que se plegaban en su espalda.
- ¿Estás bien? – sin embargo la doctora Visyak seguía siendo la doctora Visyak
- ¿Es real? - balbució aterrado
- Es una Gorgona
Poco a poco la imagen se fue disolviendo en humo y concentrándose en el menudo cuerpo de la doctora Alvarado, John sintió que todo a su alrededor daba vueltas y boqueó en busca de aire.
- Ha dicho que lo matáramos Ellie – se justificó la Gorgona en su forma humana cruzándose enfurruñada de brazos.
- No te ha hecho nada, deberíamos dejarle marchar
- ¿y que traiga un ejército de cazadores con él y te haga daño? No, si no quieres que lo mate no lo haré pero tampoco lo voy a soltar para que corretee por ahí con sus amiguitos asesinos.
- Voy a vomitar – advirtió John apenas unos segundos antes de arrojar el poco contenido de su estómago.
- He cambiado de opinión, mejor lo mato – Estefanía cerró los ojos concentrando un brillo sospechoso tras ellos
- ¡No! ¡Espera! ¡tiene familia! ¡Y ha ayudado a las víctimas de tu último objetivo!
La Gorgona salió del sótano molesta y Eleanor desató al cazador pidiéndole que no intentara escapar o no podría impedir que su amiga cumpliera su amenaza.
- Bobby no tardará mucho en imaginar dónde puedo estar – murmuró irreflexivamente John antes de comprender que había usado el nombre auténtico de su amigo
Entonces Kenny se llama Robert – dijo dándole una toalla y una camiseta para que se quitara la ropa manchada – lo siento no tengo pantalones que te puedan servir, pero sí una secadora, en un rato te devolveré tu ropa
- Gracias – murmuró enrollándose la toalla en la cintura – gracias por salvar mi vida
- No es nada, en el fondo le gustas, si no ya estarías muerto.
Sam
Dean tampoco estaba en casa cuando volvió del instituto, El chico tiró sus libros sobre la cama y apretó ambos puños lleno de miedo y rabia. Creía que después del entierro de cazador que habían dado al amigo de su hermano las cosas iban a cambiar. Sin embargo no habían hecho más que empeorar y para colmo su padre tenía el teléfono fuera de cobertura.
Sam dio una patada a la pared furioso. Tomó una decisión, no iba a ir al baile de graduación, fingiría si era necesario, le diría a Rachel que estaba enfermo o que no podía dejar a Dean solo. No necesitaba baile y no necesitaba que nadie fuera al colegio la mañana de la entrega de diplomas, hacía mucho que sabía que esas cosas no estaban hechas para él. En cuanto su hermano volviera lo convencería para irse de allí.
Se sentó en la cama de Dean y se llevó las manos a la cara, al cabello. "Mierda Dean, necesito que vuelvas a casa, saber que estás bien, venga tío". Como una respuesta a su silenciosa plegaria escuchó el roce inseguro de la llave en la cerradura.
- ¿Dónde estabas? – le preguntó
- Por ahí – su hermano se tambaleó hasta el viejo sofá y se dejó caer como un peso muerto.
- Esto tiene que acabar ya, Dean – intentó ser autoritario pero su enfado no era más que la manifestación de lo asustado que estaba.
- ¿Quieres que me quede aquí encerrado todo el día?
- No, quiero que reacciones de una puta vez Dean, habla conmigo, yo puedo…
- ¿Tú puedes qué? – Sam recibió la brusca respuesta de su hermano como una bofetada, y fue a peor como la ironía en las palabras de su hermano - ¿Escuchar? Desde luego, puedes escuchar, y decir "todo va a ir bien" y "papá sabrá que hacer" y eso va a resucitar a Don y a borrar de mi mente todo lo que ha ido mal en nuestras vidas.
- No hacía falta que…
- No – cortó Dean dando por zanjada la conversación – no hacía falta.
- Yo… no he conseguido hablar con papá – balbució Sam intentándolo por última vez – le dejé un mensaje, varios, pero tiene el teléfono apagado.
En lugar de conseguir que se interesara, Dean se hacía el dormido. Se fue a su cama y cogió el móvil, le mandó un mensaje a Rachel. Preparó un poco de sopa a su hermano y se marchó a reunirse con su novia. Si seguía un minuto más viendo como el mayor se hundía más y más en lo que estuviera metido acabaría rompiendo algo o peor.
Rachel le besó en cuanto se acercó haciéndole sentir mucho mejor, era fantástica. Ni siquiera tuvo que contarle qué le ocurría, ella lo supo con sólo mirarle la cara, nadie fuera de su familia le había comprendido nunca de esa manera, puede que ni su propia familia.
- No estás preparado para ir al baile Sam, si quieres no vamos – le dijo antes de que él mismo reuniera el valor para elaborar ninguna excusa
- Pero ya está todo preparado, la limousine, los trajes alquilados…
- Esas cosas son para divertirse, no para torturarse, y eso es lo que sería para ti
- Pero estaré contigo – murmuró el chico
- No quieres ir, no te sientes bien
- No, pero…
- Entonces no hay más que hablar.
Le dio la mano y pasearon hacia Gomsrud Park. En la orilla del lago esperaban sus amigos sentados en corro y ultimando todo para la fiesta.
- Ven, vamos a decírselo – tiró Rachel de él
- No, iré, iremos – Sam le sonrió indeciso
- No iremos, no estás bien y…
- Es importante, para ellos, para ti y en otras circunstancias estaría emocionado con la idea Rachel – la cogió por los hombros adorando la arruga de preocupación y el brillo de su mirada – iremos y me lo pasaré genial ¿de acuerdo?
- Nos lo pasaremos genial – sonrió ella feliz.
Dean
En cuanto Sam salió por la puerta se levantó y le siguió sin que notara su presencia. Estaba agotado pero no iba a perderle de vista ni un segundo. Sam no notó su presencia pero Rachel sí. La sonrisa hiriente de la muchacha le hizo comprender que le había visto, quizás debería volver a la cabaña, ¿qué podía hacer? No podría impedir cualquier cosa que Rachel se propusiera.
Sin embargo les siguió en la distancia, esa parte de la ciudad no la conocía. Su área de exploración estaba más al norte, polígono industrial, centro comercial, zonas de bares y ocio. Esta parte era más turística. Entre los árboles contempló cómo se reunían con sus amigos como si fueran una pareja de chavales normal y corriente.
Dean deseaba que su hermano tuviera su fiesta, su entrega de diplomas, que al menos él tuviera eso y no una recogida de documentación en la secretaría del colegio, cuatro o cinco meses después, mientras acudían a una cacería. Si no fuera por esa bruja. Escuchó la sirena del coche de sheriff y no pensó que pudiera ser por él.
- Aléjate del tronco chico, y pon las manos dónde pueda verlas – Dean obedeció sorprendido - ¿Espiando a tu próxima víctima? Corbin espósale
- ¿Qué? ¿De qué habla? – el ayudante lo empujó sin miramiento contra el árbol utilizando la porra para "ayudarle" - ¡Eh! ¡Más cuidado con la mercancía!
- Se te ha acabado el asaltar jovencitas amigo – el tal Corbin le esposó y lo arrastró hasta el coche
- ¿De qué hablan? ¡Yo no he hecho nada! – la detención iba en serio y empezó a ponerse nervioso - he venido con mi hermano, está en la orilla, con sus amigos…
- Y te escondías detrás de un árbol, si, una razón convincente chico – el viejo sheriff parecía particularmente furioso con él.
- Le juro que no tengo ni idea de por qué me está deteniendo
- Ciérrale el pico Corbin
El ayudante se sentó en la parte trasera, a su lado, dándole un fuerte golpe con la porra en el estómago. Dean se dobló de dolor hacia delante sin comprender nada y Corbin lo cogió del pelo echándole hacia atrás y poniéndole el cinturón de seguridad.
En la oficina del sheriff el trato no fue mejor, le tomaron las huellas, le ficharon y descubrieron que tenía antecedentes por allanamiento y desorden público.
- Tengo derecho a hacer una llamada – recordó a los alguaciles cuando terminaron de "interrogarle" para meterle en una celda.
- Habértelo pensado antes de asaltar a la hija del sheriff
- Yo no he asaltado a nadie – le empujaron tras los barrotes sin quitarle las esposas, Dean intentó por última vez - al menos díganle al padre Murphy de Blue Earth, que estoy aquí
Se marcharon sin hacerle caso, en la celda de enfrente, había tres hombres. Uno de ellos se acercó a las rejas y le amenazó haciendo el signo de cortarle el cuello. Dean se sentó en la tabla que colgaba de la pared a modo de banco. Esta celda era individual, le habían puesto aparte de los demás detenidos y, por cómo le miraban alguno de ellos, había sido mejor así.
- Fue una idiotez que tocaras a la hija del sheriff chaval – uno de ellos, un hombre de color con espaldas de armario ropero se apoyó en la reja y le miró divertido – tú no eres de Fairmont
- Yo no he tocado a nadie
- Espera, te conozco, ibas con Don Parrish ¿verdad? – Dean también reconoció al hombre, lo había visto alguna noche cerca de un club – siento lo de tu amigo
El que le había amenazado al entrar y los demás ocupantes de la celda dejaron de prestarle atención, salvo el matón de club.
- Entonces no eres tú tampoco.
- ¿No soy yo quién? – murmuró cansado
- Quien ataca a las chicas que salen solas – respondió
- Guay, como no saben quién es cogen al primero forastero que encuentran y le echan la culpa, muy profesional – dijo con ironía – adoro este pueblo
- ¡Corbin, suelta al chico, él no es el que buscamos!
Para sorpresa de Dean, el ayudante y el sheriff (sólo que ahora su placa sólo era de alguacil) abrieron ambas celdas y le soltaron a él y a los otros ocupantes.
- Puedes irte chico
- ¿ya está?
- Nos dieron un soplo, teníamos que comprobarlo – el tipo grandullón que había hablado con él se puso la placa de sheriff en el bolsillo de la camisa – siento la contundencia, pero al comprobar que tenías antecedentes debíamos verificar la denuncia…
- Pues gracias, supongo – murmuró el chico, tenía una ligera idea de quién le había denunciado.
- No salgas de la ciudad, muchacho, quizás necesite hacerte unas preguntas
_ Continuará
