TRES WINCHESTERS Y EL FOSO DEL INFIERNO

Cap. 18: Los héroes de Jack

John

Detuvo el impala frente a la cabaña de Caleb y entró con la bolsa de armas al hombro sin saludar. Tuvo cuidado en no romper la protección de sal y al franquear el pentáculo dibujado en el techo Bobby dejó de prestarle atención y volvió a los documentos que tenía desparramados por la mesa.

Jim terminó de ponerse la pistolera y abrochar el cinturón canana, se colocó el alzacuello y metió la escopeta recortada en la bolsa junto al agua bendita, un rosario y su viejo tomo de exorcismos.

- Sam salía con una chica del pueblo, empezaremos por ahí – dijo Bobby levantando la visera de su eterna gorra

- ¿No habéis hablado con ella aún? – preguntó John

- No, John, no podemos arriesgarnos a hablar con ella – respondió el chatarrero – entra ahí y refréscate, una ducha, cinco minutos, te pondré al corriente desde la puerta

- Estoy bien

- Hijo, si no haces caso a Singer no vienes – replicó el sacerdote en lugar de su amigo – treinta horas de coche son demasiadas, deberías dormir y como no lo vas a hacer te vas a dar una ducha ahora mismo

John calculó en un par de segundos el tiempo en ducharse y lo que tardaría discutiendo, asintió hoscamente y entró al baño. Como Bobby prometió le puso al corriente de lo que sabían. Por lo visto ese demonio o esa demonio llevaba años en Fairmont, actuando en las sombras, de momento había conseguido relacionarla con dos supuestos suicidios, uno hacía casi trece años de una jovencita y otro, hacía menos de una semana, de un traficante de marihuana.

- Alguien exhumó e incineró al traficante, John, y creo que pudo ser Dean – John terminó de secarse y vistiéndose con la misma ropa volvió a salir – en comisaria dijeron que le detuvieron por error y porque se había hecho amigo del muerto. Me creyeron cuando les dije que era un testigo protegido del FBI que había huido antes de declarar. El sheriff se ha volcado en su búsqueda, dice que le cae bien.

- Vamos a la casa de la chica ¿no?

- John, tenemos que ser prudentes, si esa cosa ha cogido a los chicos, si ha poseído a alguno… - Bobby le dio una botella con agua bendita – un poco de agua no hace daño, ¿capisce?

- Por supuesto.

La casa de los Minner estaba a oscuras y en silencio, como si no hubiera nadie dentro. Con la linterna en una mano y la escopeta de cartuchos de sal en la otra los tres hombres forzaron la entrada trasera.

Enseguida notaron el olor a azufre. Se dividieron, Jim a la planta superior, Bobby se quedó en la primera y John bajó al sótano. No tardó en encontrar los cuatro cuerpos atados en el suelo, dos mujeres y los otros dos eran sus hijos. No había nadie más, el olor a azufre no era más intenso allí que en otro lugar de la vivienda.

Se arrodilló junto a los cuerpos y aunque creía que todos respiraban se aseguró. Sam abrió los ojos y le quitó la mordaza.

- Papá, Dean…

- Ten, bebe un poco de agua – casi lo atraganta con el agua bendita, pero el chico estaba bien

- ¡Papá, ayuda a Dean primero! – gruñó el chico mientras le desataba

- Comprueba cómo están ellas Sam, ahora me encargo de tu hermano – dijo poniendo en sus manos la botella de agua bendita

Sam obedeció sin protestar más, John volvió boca arriba a su hijo mayor que se encogió de dolor aún inconsciente. Intentó incorporarlo y notó la humedad a través de la tela de la camiseta.

- Ten cuidado papá – balbució Sam apremiante – el demonio le cogió…

- ¿Lo has visto? ¿al demonio? – John se levantó sosteniendo a su hijo mayor, Dean gimió en sus brazos

- Era el señor Minner, me atrapó cuando intentaba sacar a Dean de aquí, papá, venía por mí – La mujer y su hija se abrazaban temblando de miedo, Sam había comprobado ya que no estaban poseídas después de hacerlas beber agua bendita – vamos Rachel, señora Minner, ya están a salvo

Entregó la recortada a su hijo menor y cargó con Dean para subir las escaleras. Bobby le abrió la puerta, había encendido la luz y las entradas del saloncito estaban protegidas con sal, así como el resto de puertas y ventanas de la casa.

Sin decir nada le ayudó a poner a Dean en el diván de lectura, era el mejor sitio para hacer las primeras curas a su hijo. Sam no parecía tan enfadado como había dicho Jim y eso le quitaba un peso de encima porque iba a dejarle con él mientras se aseguraban de que el demonio no estaba al acecho.

Parpadeó quedando bloqueado al ver la carnicería que era el torso superior del pecoso. Acarició la cabeza de su muchacho, el cabello corto estaba empapado en sudor. Jim le apartó y comenzó a limpiar la sangre, con cuidado. Dean gimió otra vez y murmuró "No, no". Sam apretó los dientes, se arrodilló al otro lado del diván y empezó a curar a su vez.

- John, el doctor Minner está en su clínica – Bobby le sacó de su estupor

- Vamos

Salió de la casa con una última mirada a su hijo, a sus hijos. Ese demonio iba a pagar el daño que les había hecho.

Sam

Lo último que recordaba antes de que su padre le despertara, era Dean intentando avisarle de que tenía alguien detrás. Su hermano, herido, destrozado, tratando de cuidar de él. ¿Ese monstruo había seguido lastimando a Dean después? El padre Murphy desinfectó y cubrió el último corte del pecho y le dieron la vuelta. Su hermano seguía sin despertar.

- Pobre muchacho - exclamó la señora Minner sin dejar de abrazar a su hija – él sólo quería salvarnos

- Usted siguió con su vida como si nada, mi hermano entró aquí a ayudarles y no hizo nada mientras su marido le hacía esto – la enfrentó furioso - ¿qué clase de persona es usted?

- De la que irá al infierno – respondió, la mujer abrazando a su hija que no había dicho nada en todo ese tiempo – de las que descubren muy tarde que no están salvando a sus hijos destruyendo a los hijos de otros.

- Sam – pidió el sacerdote – necesito tu ayuda aquí, está despertando y necesito que lo sujetes.

La mujer le sonrió y dejó a Rachel en un sillón acercándose a su hermano. Sam iba a echarla pero ella sólo tomó una mano de Dean y le susurró cariñosamente que no se moviera y que todo iría bien. Ya no era necesario que lo sujetara, Dean estaba despierto y se mantuvo quieto y callado mientras el padre Murphy cosía las heridas más profundas.

- Hemos salido – murmuró su puñetero hermano con una sonrisa ¡con una sonrisa!

- Casi te mata – gruñó Sam fingiendo enfado para disimular el miedo pasado

- Estoy vivo – replicó como si no tuviera importancia – esa cosa se parecía al señor Minner…

- Era un demonio, Dean, el señor Minner está poseído, papá y tío Bobby han ido por él

- ¡Un demonio! ¡Tenemos que ayudarles! – el sacerdote le ayudó a sentarse y vio a Rachel, Sam comprendió muchas cosas al ver cómo en menos de un segundo la mirada de su hermano pasaba del odio más profundo a la compasión - ¿Ellas están bien?

Era la primera vez que pensaba en Rachel desde que entró en la casa a buscar a Dean. Miró a la chica que había llenado de ilusión esas últimas semanas haciéndole sentir como un chico normal. Había sido poseída, no sabía desde cuándo, esperaba que no desde el principio.

Dean le empujó hacia ella y se acercó, se arrodilló frente al sillón y cogió sus manos. Tenía la mirada perdida y no hablaba, estaba en shock.

- Fue nuestra culpa – dijo la señora Minner – a Rachel le diagnosticaron la enfermedad de Batten con seis años, se moría. No sabíamos qué hacer, entonces el especialista ofreció a mi marido un trato absurdo, su alma para curar a Rachel y aceptó. Curó milagrosamente y todo parecía ir bien hasta que ocurrió aquel incendio en casa de uno de los amigos de Ruth y Don. Caleb Blacker…

Sam se sorprendió al escuchar el nombre de uno de los pocos cazadores que conocían aparte del padre Jim y de Bobby, miró a su hermano que sí parecía comprender la relación del dueño de la cabaña en la que habían pasado todo ese tiempo y el demonio que le había atacado.

- Ruth empezó a decir que su hermana no era su hermana, que era un monstruo y no la creímos. Al principio ni Don la creía, pero después… Tuvimos que encerrar a Ruth, no sabíamos que hacer para protegerla y proteger a Rachel y mi pobre hija se quitó la vida – Sam apretó la mano de la chica, que permanecía mirando al frente, casi sin parpadear, como si su mente estuviera muy lejos – durante un tiempo creímos que todo había acabado. Nos daba pena Don, había sido un buen chico y perder a mi hija le convirtió en una sombra de sí mismo, pero por otro lado estábamos contentos porque Rachel estaba viva y bien y nuestras vidas eran sencillas y agradables. Hasta que se cumplió el plazo y el demonio vino por el alma de mi marido, no sé qué ocurrió pero no se lo llevó. Y Rachel volvió a cambiar. De puertas afuera seguía siendo la chica adorable y de puertas adentro era el monstruo que hizo que mi Ruth…

La mujer sollozó sin poder evitarlo y Dean se levantó y le ofreció la caja de pañuelos que había sobre la mesita. Ella cogió un par de ellos y después acarició la cara del muchacho sorprendida.

- Cuando vosotros, chicos, llegasteis al pueblo, se fijó en ti Sam – continuó con su explicación

- ¿Por qué? – preguntó el menor

- ¿Quién sabe por qué los demonios hacen lo que hacen? – El padre Murphy había sacado una vieja camisa de Bobby de la bolsa de las armas y ayudó a Dean a ponérsela.

- No nos dijo por qué, sólo dijo que eras especial. Mientras estaba contigo todo era perfecto, nos trataba bien, estaba contenta, hasta que descubrió que tu hermano conocía a Don y decidió que era un estorbo en sus planes – la mujer se sentó en el diván, junto a Dean y la bolsa de las armas – lo siento muchacho, no debí dejar que mi marido te escribiese esa nota, sólo empeoró las cosas, se todo lo que te ha hecho.

- Ya ha pasado – Sam miró a su hermano sorprendido, siempre lo había admirado pero era en momentos como ese cuando se daba cuenta de lo noble que era – ahora todo irá bien señora Minner.

Sólo había que esperar a que su padre y Bobby volvieran, Sam se acercó a la ventana y miró al exterior. Había estado en el objetivo de un demonio todo ese tiempo, sin saberlo, y su hermano le había protegido una vez más, como había hecho desde que eran pequeños, como hacía cada vez que tenían un trabajo, a costa de sí mismo. Debía acabar con eso, Dean no debía volver a ponerle por encima de su propia vida.

- ¿Entonces ya no estás cabreado porque me ligué a tu novia? – le empujó su hermano con el hombro

- ¿Por qué no me lo dijiste?

- Había más gente en peligro – Dean, suspiró – siento por lo que te he hecho pasar

Sam miró a su hermano sin poder creer lo que estaba escuchando, no sabía que decir, y no tuvo tiempo de aclararse.

- ¡Señora Minner, suelte eso por Dios! – gritó el padre Jim

- Lo siento tanto – la mujer se puso la pistola que había sacado de la bolsa de las armas en la sien.

Dean

Sam se giró al grito del padre Murphy, como un acto reflejo le impidió acercarse a la mujer que se apuntaba la cabeza con una pistola. Tenía miedo de que el demonio hubiera vuelto, Dean no estaba muy convencido de que la sal desparramada por todos lados parara a esas criaturas como si fueran fantasmas.

- Señora, por favor, míreme – le pidió – por favor, ha terminado, no le haga eso a su hija, no se lo haga usted

- Debo pagar – las lágrimas de vergüenza y arrepentimiento le impactaron, no era un demonio, sólo una persona, alguien que había visto cosas que nadie debía ver – todas esas muertes, todo ese dolor.

- Señora Minner – Sam escapó a su escudo y se puso frente a la mujer – no lo haga, hacerlo sólo va a causar mucho más dolor, créame.

- ¿Qué sentido tiene todo? perdí mi familia hace mucho tiempo y he dejado que otras madres sufrieran lo mismo que yo – Dean tragó saliva temiendo el fatal desenlace - ¿qué hubiera sentido vuestra madre de saber todo el daño que os estaban haciendo?

- Por favor padre – susurró el pecoso al sacerdote dispuesto a abalanzarse sobre ella, su hermano había conseguido evitar que él mismo se matara, podría convencerla a ella, estaba seguro – deje a Sam

El chico larguirucho y desgarbado dio un paso más hacia la suicida. Dean se sintió orgulloso del valor de Sam y lo siguió, esperaba que la hiciera vacilar lo suficiente como para poder quitarle el arma con seguridad.

- Señora Minner, todo esto podría haber sido incluso peor sin usted – dijo el muchacho suavemente – usted no podía hacer otra cosa, es cierto que su hija murió, y es terrible, también es terrible que Don se suicidara…

- No se suicidaron, ninguno, ahora lo sé – la mano temblaba cuando levantó el percutor – "Eso" los mató, a ambos

- No lo haga, ahora no es ese monstruo quien está sentado en ese sillón, es su hija, y la va a necesitar más que nunca – Sam dio un paso más y Dean se preocupó acercándose a su vez, en el estado de la mujer podía disparar en cualquier momento – Señora Minner, por favor, no haga esta tragedia aún mayor, déjenos ir de aquí con la paz de que ustedes están a salvo, que todo esto no ha sido una monstruosa tragedia de principio a fin. Por favor, usted, Rachel, su esposo, no son más que víctimas, cometieron errores, sí, pero ahora pueden empezar de nuevo, pueden hacer las cosas bien.

La mujer cerró los ojos un segundo relajándose y Dean levantó la muñeca armada apuntando el arma hacia el techo antes de arrebatársela. Ella rompió a llorar y Sam la abrazó consolándola. Aliviado, Dean quitó el cargador de la pistola y se la dio al sacerdote para que la guardara.

Le dolía todo, se dejó caer sentado en una silla. La chica, Rachel, le estaba mirando a él, era la primera acción consciente que realizaba desde que despertó. La saludó con la mano y la jovencita abrió los ojos como si estuviera viendo algo impactante.

- Sí que soy guapo, pongo esa misma cara cuando me miro al espejo – bromeó intentando hacerla reaccionar

Hizo más que reaccionar, se puso a gritar, Sam, el padre Jim y su madre intentaron hablar con ella, tranquilizarla, pero no paraba. Dean quería ayudar también, pero ella aún gritaba más si se acercaba. Sus gritos eran como martillazos en el cerebro, y estaba cansado, muy cansado.

- Por favor, por favor Rachel, para – suplicó llevándose las manos a la cabeza – basta, por favor

Creyó que no lo había escuchado. Sí lo hizo, dejó de gritar, aunque seguía mirándole con esa expresión de horror y Dean lo comprendió, ella había estado ahí todo el tiempo, lo que había hecho el demonio dentro de ella, todo, lo había sentido, "lo había hecho ella" sin poder impedir que su cuerpo actuara al margen de su voluntad. Hacer todo ese daño sin querer hacerlo, matar, ¿cómo podría alguien recobrarse de algo así?

- Gracias Rachel – intentó sonreírle, ella seguía mirándole, intensamente, entre los brazos de su madre que la mecía. Sam las dejó y se sentó a su lado. Cerró los ojos y trató de relajarse – Sammy, estoy hecho mierda

- Ya se ve

- Joder, me duele todo

- La lengua no – se burló el menor

- No tienes corazón chaval – se rió intentando olvidar el dolor – estoy orgulloso de ti Sammy.

- ¿Por no tener corazón?

- Has salvado la vida de esa mujer, quizás también la de su hija, esto aún puede terminar bien gracias a ti.

- No lo he hecho solo.

_ Continuará