Buenas! Antes de leer es necesario que sepan algo.
Primero, que soy incapaz de poner la línea divisoria que separa mis comentarios del capítulo... así que perdón por mi ignorancia con los formatos y con el inglés.
Segundo, me dijeron que el capítulo resulta algo pesado... lo cual es bastante posible, considerando que no tenía mucho que hacer con lo que ocurría. Pero les aseguro que el capítulo 3 se viene con todo! Así que fuerza, confío en su lectura :c
Muchas gracias por leer!
Capítulo 2 – Adiós al hogar
"¿Qué te ocurre?" preguntó con suavidad. En aquel momento lo último que quería escuchar era aquella voz masculina y aguda que siempre tenía un tono de complicidad y amabilidad para ella. "De la nada has salido corriendo y ahora te encuentro llorando en este claro… hasta nuestro padre se ha preocupado" y agregó con una sutil sonrisa, más para él que para la joven: "¿Cuándo te volviste la impulsiva? Vos siempre fuiste más prudente y obediente frente al entrenamiento y la vida…"
"Por eso nunca podré superarlo" lloriqueó mientras secaba su rostro con la manga de su remera. Ésta era de una tela gruesa, provocando que se raspara la mejilla y se enrojeciera aún más de lo que estaba. "Dominarás el Arte Hiten y yo me quedaré vagando en Jonia, sin un futuro concreto"
"¿Tanto miedo te genera la duda?"
"No es solo duda, es un estancamiento, un infinito vacío que carcome cada fibra de mi cuerpo, tanto que me genera una impotencia…" refregó sus manos con fuerza contra sus brazos, como queriendo quitarse algo que cargaba encima. Luego soltó un sollozo "¿Qué es lo que haré después? ¿Por qué no puedo ser como vos, Zelos?"
"No creas que por dominar el Arte Hiten tu vida dependerá y transcurrirá en base a ello. No todos podemos ser como nuestro padre que creó una nueva disciplina y vagar por Jonia, ayudando y colaborando con todos" le atajó con rapidez, molesto. Le desagradaba que todo el tiempo se estuviera comparando con él y desease no ser ella misma "¿Por qué crees que he entrado al ejército? No creo que pueda dominarlo y, a diferencia de mi, tu muestras una soltura mucho más eficaz en los entrenami-"
"¡No me hables de soltura! ¡Ni de entrenamientos!" lloriqueó una vez más. Se apretujó contra el árbol en el cual estaba apoyada y abrazó sus rodillas con fuerza, meciéndose hacia atrás y hacia adelante.
"Esto ya me tiene harto" rugió su hermano, poniéndose de pie y golpeando al árbol con fuerza "No se qué espera nuestro padre generando esta competencia entre ambos, pero conmigo ya fue suficiente… no tolero verte de esta forma" agregó, con una voz tan apenada que Irelia volteó a verlo. "Me volveré soldado para no tener que cargar con esa presión… y por eso te admiro. Yo me rendí ante el camino más difícil pero vos seguís luchando pese a tus lágrimas, a tu depresión y a todo" apretó sus puños con fuerza "y es por eso que siento rencor hacia el Maestro Lito"
Aún recordaba esas palabras con sorpresa y tristeza. Esa había sido una de las pocas muestras que le había dado Zelos de sus sentimientos, por lo general solía guardárselos para él mismo sin temor a que explotaran dentro suyo y le hicieran daño alguno. Siempre había profesado un gran afecto hacia ella, Irelia siempre lo había sentido, pero no sabía mucho acerca de lo que pensaba o de lo que hacía. Su hermano era tan misterioso como su padre. Ambos tenían la costumbre de marcharse y volver al cabo de varios días como si nada hubiera pasado. Eso la exasperaba de sobremanera pero había aprendido a controlarlo. Había aprendido a controlar muchas cosas.
Ya había pasado un mes desde su resolución de atravesar toda Runaterra para ir en búsqueda del paradero de Zelos mas su petición de un barco para atravesar el océano fue negada. La capital tenía demasiados asuntos en mente, bien lo sabía Irelia que dedicaba aún más tiempo que ellos para colaborar con los jonios en la recuperación de la economía de la isla, y no iban a abrir el puerto y a entregarle alguna de las valiosas flotas que usaban para exportar sus productos. Sin embargo, como había logrado obtener una posición de poder dentro de la isla, le pidieron cinco semanas de tiempo para encontrar una embarcación que la llevaría a la zona más cercana de Jonia: Aguasturbias. Lo único que sabía Irelia de Aguasturbias era lo que decía en los pergaminos: una isla dentro del archipiélago de las Islas de la Llama Azul, que era una parada de barcos importante y, en consecuencia de esto, allí se alojaban piratas y ladrones. En otras palabras, un inevitable lugar de mala muerte.
La joven se encontraba a las afueras de El Placidium contemplando el lugar donde su vida dio un radical vuelco, permitiéndole cambiar el predecible y cruento destino que le deparaba a Jonia. El escenario de la batalla había sido sembrado con múltiples flores, algunas plantadas por los monjes y otras traídas por la cálida brisa de verano, para conmemorar a los jonios caídos en la lucha por la libertad y la justicia. Los pétalos brillaban con diversos colores dándole un aspecto alegre a la tierra que les sonreía, agradecida por la fuerza de voluntad utilizada para recuperar su fertilidad. Una sonrisa de tristeza afloró en los labios de Irelia. Mientras trataban de evitar la devaluación de su moneda, otra crisis germinaba entre los habitantes de la isla: mientras los monjes, sacerdotes y sabios ancianos retomaron sus antiguas costumbres, los más jóvenes y los pueblos donde sufrieron mayores ultrajes exigían una venganza. Tanto Noxus como Zaun se habían visto debilitados de forma considerable, dándoles una oportunidad para acabarlos por la humillación y el dolor que tuvieron y tenían que pasar los jonios. Y en esta cuestión era donde Irelia dudaba donde poner sus fuerzas. Había luchado por defender a su nación, no para enfrentarse a ella.
¿Qué te ha pasado, amada Jonia, para que el destino se ponga en contra tuya? Pensó, mientras se agachaba y acariciaba algunos pétalos con la punta de sus dedos. El tacto era suave y relajante a pesar de los problemas que pesaban sobre esa tierra tan sufrida. No sólo los enemigos te acechan, sino que tus propios hijos luchan entre sí… por ahora solo han sido palabras pero, oh, ¡cuánto sufrirás cuando la sangre jonia derrame sangre jonia!
Se levantó y se alejó de El Placidium. Sólo tenía una semana para viajar al sur de la isla.
De forma instintiva se escuchó un fuerte relincho en su cercanía y se acercó a Gael, un semental de color marrón y de gran porte que comía alguna que otra flor con la cual se cruzara. Ya había cargado sobre él alforjas que contenían, entre otras cosas, comida, agua, abrigo y mantas. Sobre su espalda cargaba las cuatro hojas metálicas que, cuando reposaban, se fundían desde la base formando una especie de hélice de cuatro puntas que se adhería a su dueña por su conexión mental.
El animal levantó la cabeza y movió las orejas inquieto. Gael se había percatado del drástico cambio que se había llevado a cabo en su dueña y había perdido la confianza en ella. Irelia siempre tenía que acercarse con cuidado y dejar que le oliera la mano para que él comprobara que no le haría daño. Me respeta y accede que lo monte, mas no sabe que soy la misma persona que lo compró hace cuatro años, observó.
Montó sobre el animal y le dio unas palmaditas en el costado ante las cuales empezó a trotar. Cada paso lo hacía con elegancia, como si el peso de la joven y de las alforjas no significaran gran cosa para él. Ella acarició sus crines con afecto, dudando si volvería a verlo.
Así anduvieron siete días, atravesando todo el bosque sur de la isla. Irelia procuraba no cansarlo innecesariamente y solía dejarlo suelto para que pastara con tranquilidad. A su vez, ella aprovechaba para meditar bajo el cobijo de algún roble, tanto durante el día como durante la noche.
En una ocasión en que trotaban entre los árboles sacó una pequeña daga de sus alforjas y clavó su filo entre las falanges de su mano izquierda. Reprimió un alarido de dolor, sabía que si era demasiado escandalosa Gael se pondría nervioso y se encabritaría. Retiró la daga y observó el corte que se había hecho. La sangre salía a borbotones y un intenso palpitar le tapaba los oídos mas, en unos pocos segundos, contempló cómo la carne volvía a fundirse y su mano volvía a la normalidad, como si nunca se la hubiera cortado. Sin embargo la sangre se había esparcido por todo su brazo, señal clara de que lo que había ocurrido había sido un hecho verídico.
Llegó al improvisado puerto tal como lo había planeado: al anochecer del séptimo día. Se había detenido en alguna de las poblaciones, repartiendo la comida que había cargado en sus alforjas, convencida de que en la embarcación le habían preparado aunque sea algunos platos para subsistir los días que tuvieran que aguantar en el océano.
Era una noche fantástica. La luna se encontraba en su punto más alto, redonda como una gigantesca fruta plateada que iluminaba cada recoveco del bosque. Ante la proximidad del mar la brisa adquiría mayor poder, tornándose un cálido viento que soplaba entre los troncos huecos y producía una extraña música que parecía encantar a las criaturas que vivían en él. Luciérnagas volaban al ras del agua y revoloteaban alrededor de los juncos que se agitaban hacia atrás y hacia adelante en un baile que fascinaba a pesar de lo repetitivo que era. Irelia soltó un suspiro tan hondo y triste que Gael torció el cuello para observarla con uno de sus ojos. ¿Podría despedirse de su hogar así nomás, después de todo lo que había luchado para recuperarlo? Cambiaba la comodidad y la paz, merecida paz, por la búsqueda de respuestas que ni siquiera sabía si existían. Nunca había salido de la isla y la sensación de que estaba a punto de dar aquel paso le causaba un fuerte escalofrío en la espalda.
Desmontó del caballo y, al comprobar que no había ninguna embarcación en las proximidades del puerto, se sentó en el pastizal y comenzó a admirar el paisaje de su amada isla. La belleza natural armonizaba, por alguna extraña razón, con los restos del antiguo puerto: el único rastro que quedaba de éste era una tarima pequeña cuyos maderos estaban mal colocados y amenazaban con desplomarse en las profundidades. Los invasores habían acabado con todo aquello que habían construido más aún considerando que los propios barcos de los noxianos atrancaban allí con frecuencia.
Gael se removió, bufando hacia el bosque y cambiando constantemente el peso de sus patas, señal de que se encontraba nervioso. Irelia comprendió que alguien extraño se acercaba y se puso de pie, empuñando la daga que permanecía en su bolsillo. Para su sorpresa quien salió de detrás de los árboles era su querida amiga Karma que, al comprobar que el semental se había inquietado con su presencia, se aproximó a él para calmarlo. Irelia se sorprendió al ver con qué naturalidad él la reconocía y permitía que le acariciara.
"Me alegra no haber llegado tarde" sonrió, mostrando una hilera de dientes como perlas que brillaban en contraste con su piel morena. Llevaba puesto un hermoso vestido rosa pálido que ajustaba su cintura y caía con muchas capas de tela del mismo color que bailoteaba con el viento. Emulaba a una delicada rosa que se mecía ante el arrullo de la brisa marina.
"A mi me alegra que hayas venido" admitió, aún sorprendida por la belleza de su compañera. Los ojos jade permanecían atentos al animal mientras este relinchaba de gusto por la presencia de Karma. Irelia soltó un profundo suspiro, guardó la daga y masculló: "Al principio creía que tu atractivo residía en tus prácticas pacifistas y en la fuerza de voluntad que utilizas para ayudar a cualquier criatura… pero tienes un gran encanto, aún cuando tuviste que atravesar varios kilómetros te ves espléndida".
Una carcajada similar al tintineo de una campana escapó de los labios de la morena "He llegado aquí hace dos días y me he quedado rondando por Navori, ayudando a quien necesite de una mano" contestó, mirandola por primera vez. "Temía llegar tarde cuando zarparas así que, como esta zona necesita bastante colaboración, decidí incapacitar dos noxianos de un hechizo" explicó mientras guiñaba un ojo por su ocurrencia. Una sonrisa escapó de los labios de su amiga; Karma ni siquiera pensaba en algún dicho que se relacionara con la muerte porque creía que iba en contra de las leyes naturales que profesaba su templo. A pesar de aquello había sido un aporte valioso durante la batalla, protegiendo e intimidando a sus enemigos con sus poderes.
Permanecieron en silencio durante un rato, atentas a los sonidos que producía el bosque. De lejos llegaba el eco del croar de las ranas que se apareaban en un pantano cercano y el ulular de las lechuzas y los búhos que buscaban alguna presa. Cada tanto sus intensos ojos amarillos se dejaban ver entre los tupidos árboles que los protegían, como fantasmas tras unas extrañas rejas que los mantenían a salvo de los depredadores. Irelia se sentó en cuclillas prestando atención a todos estos detalles a pesar de que su mirada se encontraba perdida en algún punto del océano esperando que la embarcación llegara. Karma, en cambio, se abrazó al cuello de Gael y pasaba sus dedos entre las crines amarronadas del animal quien bufaba de placer, complacido.
"¿Sabes? Hoy intenté volver a cortarme" contó mientras observaba a la luna. A su alrededor se apelmazaban miles y miles de estrellas, como un luminoso pastor rodeado de sus pequeñas y centellantes ovejas. Luego observó a su amiga y se sorprendió al ver como los ojos jade se clavaban en los suyos, atenta a cualquier comentario que hiciera. Le exhibió una débil sonrisa y continuó: "En pocos segundos se regeneró aunque, como en las otras ocasiones, sentí el terrible dolor como consecuencia. Pero resulta increíble observar como cada hilo carnoso de mis músculos se volvía a entretejer y componían de vuelta mi mano" se detuvo observando la zona de la cual hablaba y otro suspiro volvió a colarse entre sus labios. "Gael sigue sin reconocerme y tiene conmigo el mismo respeto que le tendría a alguien a quien temería pero que no se atreve a enfrentar… ¿Qué me ha pasado, Karma?"
Los labios morenos de la aludida se abrieron para soltar algunas palabras cuando un fuerte ruido a ramas rotas provino del bosque, provocando que ambas se voltearan. No habían llegado a reaccionar cuando apareció ante ellas Soraka, una de los guardianes de El Placidium y anterior diosa de las estrellas. Ésta boqueó tratando de recuperar el aire mientras se sentaba en el suelo y sobaba sus adoloridas piernas cuya forma era similar a las patas y las pezuñas de las cabras. El color violáceo de su piel parecía fundirse con los colores fríos de aquella noche mas el cuerno que nacía en su frente destellaba con una sutil luminiscencia. El báculo lo dejó en el suelo mientras sacudía el largo vestido blanco y holgado que llevaba.
"¡Ah, he llegado justo a tiempo!" exclamó una vez que recuperó su aire. "Me alegra que por fin la burocracia tenga una razón útil por la cual existir" agregó, sonriendo. Luego se puso de pie, tomó su báculo y saludó a las dos mujeres presentes.
"No te esperaba" comentó Irelia, sonriente por ver que otra persona se recordaba de su partida. Sin embargo no pudo evitar un sentimiento penoso en su voz al comprobar que nadie de la Guardia Joniana había llegado. Ladeó la cabeza cuando, muy a lo lejos, escuchó un suave sonido que provenía del mar. Aguzó el oído y, a medida que el sonido se aproximaba, su mente lo iba reconociendo hasta que exclamó: "Ya han llegado".
Tardaron varios minutos en identificar la embarcación que se aproximaba al precario muelle. El ruido que les había llamado la atención era el que producían los remeros al impulsar el navío por las olas y que se detuvo a un palmo de la tarima de madera, sin atreverse a tocarla por temor a que se derrumbase. Una mueca de disgusto apareció en el rostro de las tres mujeres cuando descubrieron que la embarcación no era otra cosa que una pequeña barca de madera casi putrefacta cuya estabilidad era similar a la de la tarima que habían improvisado los noxianos. Era tan estrecha que, de ancho, sólo cabían los dos hombres que remaban y que observaban a Irelia, esperando que subiera.
"Arriesgas tu vida enfrentando miles de soldados, pierdes a un hermano y hasta tu propia humanidad y así te recompensan, con una barca podrida que dudo que resista los tres días de viaje que hay de distancia entre el sur de Jonia y Aguasturbias" rió con gran estrépito, reprimiendo la profunda decepción que le invadía. Las dos mujeres que la acompañaban se compadecieron de ella pero no pudieron entender la razón de aquellas carcajadas tan exageradas.
Se acercó a Gael y le quitó las alforjas que cargaba en el lomo. Empezó a quitar varias cosas de cada una y las depositó en una en común. Dudaba que aquella precaria embarcación soportara su peso incluido con el de los dos remeros, así que decidió quitar la mayor cantidad de peso posible. Después de todo, menos equipaje le resultaría más cómodo.
"Cuida de Gael, por favor" pidió, mirando a Karma mientras terminaba de enrollar una sotana en la alforja que decidió llevar.
"Irelia, es imperioso que sepas que, si logras descubrir algo de ti misma, siempre estoy atenta al correo y estaré esperando alguna carta tuya… dado el caso de que nada ocurra, mándame una carta de todas formas" exclamó de pronto, tomando a la muñeca de su amiga y apretándola con suavidad, obligando a que esta la mirase. "Entiendo las inseguridades por las que debes de estar pasando y siempre sabrás que tienes un lugar en Jonia donde muchas personas te estarán aguardando con los brazos abiertos… pero no vuelvas hasta saber qué ocurrió contigo" se tomó una pausa, como si dudara de lo que estaba a punto de decir, mas no pudo evitar soltarlo: "Todos creemos que Zelos murió, incluso tu misma lo sabes, pero no sabes qué pasó contigo, así que enfócate en ese camino antes de buscar respuestas para lo irremediable".
La joven alejó su brazo con delicadeza, separándose así de Karma. Se cargó la alforja a la espalda y luego clavó su mirada en ella: "Prometo escribirte" susurró, con un hilo de voz. Observó a Soraka e hizo una inclinación con la cabeza. "Fue una muy grata sorpresa encontrarte acá, también te escribiré" y le sonrió, con debilidad. Nunca le agradaron las despedidas y, menos aún, despedidas con tanta carga emocional como era aquella.
La guardiana de El Placidium se aproximó a Irelia y apoyó una de sus purpúreas manos sobre la frente de esta mientras murmuraba: "Cuida tu arma, heredera de las artes del legendario Maestro Lito, porque las estrellas me comunican que un extraño y poderoso lazo te une a ella" informó, mientras clavaba sus ojos en ella. "Sé justa y espera siempre lo peor de las personas, así sufrirás hermosas decepciones al encontrar ética y humanidad en alguna de ellas. No seas vengativa, has conseguido la libertad que esta tierra anhelaba, no vuelvas a envolverla en sangre, desconfianza y dolor." Luego bajó su mano pero siguió sosteniéndole la mirada. No tenía mucho que decirle a una mujer como la que tenía en frente, sabía que su padre la había instruido con sabiduría y con gran disciplina, otorgándole así los medios que la convirtieron en quien es. Así que se concedió murmurar una opinión: "Zelos era un hombre de muchos recursos, ya había viajado varias veces por las ciudades del continente… no aseguro que esté vivo, pero tampoco doy por sentenciada su muerte. Confío en que me quitarás las dudas al respecto" y guiñó un ojo.
Irelia se sonrió y contempló a ambas un momento. Realmente las extrañaría.
Se volteó y, tambaleándose en aquella tarima, se sentó en la embarcación. La madera podrida crujió bajo sus pies mas, cuando se hubo sentado delante de los dos remeros, pareció estabilizarse y comenzó su lenta marcha hacia Aguasturbias.
