Capítulo 3 – Aguasturbias
"¡Zelos!" exclamó, mientras dejaba de tocar su instrumento y se acercaba raudamente a él. Éste se quedó parado en su lugar, con sus brazos abiertos mientras una gran sonrisa se mantenía grabada en su rostro. Estuvo a punto de saltar encima de él pero supuso que con la gruesa armadura que este llevaba se haría daño, más considerando que aún sostenía el violín en sus manos.
"Ah, qué hermosa recepción" rió, mientras alzaba por la cintura a su hermana y daba vueltas con ella. Mientras giraban, su mirada se iba posando en todo lo que tenía a su alrededor, hasta que reparó en su padre, quién se encontraba sentado en uno de los escalones del templo. Se detuvo y soltó a Irelia para dirigirse a él. "Maestro Lito, he vuelto"
"Después de once meses" agregó, sin observar a su hijo. La sonrisa de Zelos se desvaneció y su mirada se tornó torva y fría. Su padre se rascó la barba, concentrado en el punto del horizonte, como si se encontrara ajeno a aquella escena. "Detuviste tu entrenamiento sólo para engrosar las filas de un ejército que practica el Equilibrio en su forma más bruta y primitiva" le dirigió una fugaz mirada, cargada de tal pesadumbre que hasta Irelia se sintió avergonzada. "Cuando con el arte Hiten puedes servir a tu nación de la misma forma, mientras alimentas tu fuerza de voluntad y enriqueces tu espíritu" concluyó, poniéndose de pie y retirándose hacia los Jardines Serenos.
El rostro de Zelos adquirió una extraña mueca mientras veía cómo se retiraba el Maestro Lito. Ella los contempló a ambos y se preguntó cómo, siendo tan parecidos, tenían tantas diferencias. Su padre tenía una gran estatura y una ancha espalda, dándole un aspecto intimidante ante cualquiera que lo observara por primera vez, al igual que Zelos. Ambos tenían el cabello azabache y un porte lleno de nobleza que llamaba la atención. Era increíble en cuánto se parecían y en cuánto estaban en desacuerdo.
"¿Cómo supiste que estábamos en El Placidium?" preguntó la joven, tratando de desviar la atención de su hermano en otra cosa. Se acercó a un estuche de madera de pino color negro y guardó el violín allí.
"Un concierto de desafinaciones me atrajo hasta aquí" respondió, recuperando la radiante sonrisa. Luego soltó una estrepitosa carcajada. "En serio, no podes olvidar que, al estar en una escala de Mi menor, el Re asciende un semitono" explicó. Ante la mueca que afloró en el rostro de su hermana, se excusó: "¡No es mi culpa tener oído absoluto! … En fin, olvídalo, tengo algo para ti"
Empezó a rebuscar en su morral y a arrojar objetos distintos objetos al suelo hasta encontrar lo que buscaba. Era un cristal estrellado transparente que cabía en la palma de su mano. Con delicadeza lo apoyó en la mano de Irelia y dijo: "Es Hielo Eterno, una sustancia misteriosa y única que sólo se encuentra en Fréljord, pero aún ahí es difícil de encontrar. Por más que sea expuesto a temperaturas de extremo calor, no se derrite."
"Es increíble" suspiró. Cerró su mano alrededor del cristal y sus múltiples puntas se clavaron como agujas en su mano. Inmediatamente la abrió y, después de pasar de sus dedos con delicadeza en la superficie del cuarzo de hielo, lo alzó para que fuera alcanzado por los rayos del sol, mostrando así toda la gama de colores que poseía el arco iris. "Es hermoso… aunque yo no arriesgaría tanto en encontrarla" agregó, con voz suave. Ante la mirada interrogativa de su hermano, se explicó: "Me refiero a que, pese a las increíbles bellezas que hay en el exterior, yo no saldría de Jonia" un halo de tristeza invadió a Zelos y se apresuró a añadir: "¡No es que tenga nada de malo! Sólo que no creo ser el tipo de persona que se mete en esas aventuras…"
"Eres igual a nuestro padre" comentó mientras su sonrisa se encogía y ladeaba la cabeza. "Le tienen miedo a todo aquello que nunca conocieron y, en vez de enfrentarlo, se encierran dentro de su mundo incluso cuando esto se vuelva más difícil cada día"
Aquellas palabras aún retumbaban en su mente. Cuando las escuchó, tendría dieciséis o diecisiete años, creyó que tenía razón mas no hizo nada al respecto para contradecir su predicción acerca de su personalidad. Y ahora que salía de su hogar en su búsqueda sentía que había cometido un craso error.
Llevaban ya tres días surcando el océano y habían hecho ya siete paradas. Como en aquella incómoda barca apenas entraban ellos tres tenían que detenerse en alguna de las islas del Archipiélago de la Llama Azul para que pudieran atender las necesidades naturales de su cuerpo, además de que Irelia compartía sus víveres con los remeros puesto que ni siquiera les habían entregado una cantimplora con agua dulce.
A pesar de que estos se mostraban reticentes a gastar sus monedas, Irelia no pudo evitar sentir empatía hacia ellos. No sabía que edad tendrían pero estaba segura de que eran más jóvenes que ella. Además, pese a ser una inexperta, notó que no aprovechaban las corrientes de aire y que varias veces se desviaban debido a que no sabían evitar los rápidos. Aún así le agradaban, siempre que tenían un momento de aliento, le hacían varias preguntas acerca de la guerra y de cómo se había inmortalizado acabando con tantos noxianos.
Por más buena voluntad que pusieron los jóvenes remeros tardaron un día y medio más en llegar a Aguasturbias, el punto central del comercio náutico en Valoran. Prácticamente todos los barcos que surcaban el océano iban a parar a esa pequeña isla, atrayendo así a piratas, bandidos y saqueadores.
Atrancaron la barca sobre el Muelle Blanco, así llamado por los isleños debido a la increíble cantidad de excremento de gaviotas que había cubierto la superficie del puerto. Según recordaba Irelia en los pergaminos que había leído, y según había podido comprobar mientras se acercaban al muelle, no existían los cementerios en Aguasturbias y arrojaban los cadáveres al océano, atrayendo a un sinfín de aves y, especialmente, ratas.
Los remeros aseguraron la embarcación y se despidieron de la joven. Pasarían el día en la isla y a la mañana siguiente emprenderían la vuelta hacia Jonia. Intercambiaron saludos y buenos deseos mientras Irelia cargaba sobre su espalda su alforja y se alejaba rumbo a algún hostal donde dejar sus pertenencias para explorar un poco Aguasturbias y encontrar la forma de llegar al continente.
No le costó gran esfuerzo encontrar alguna, al parecer era el negocio más fructífero después de la navegación y la pesca ya que afloraban las tabernas. Buscó una que estuviera alejada, lejos de los piratas alcoholizados que se encontraban vagando por las calles y lejos del muelle. Sabía que sus rasgos, su vestimenta y las grandes hojas metálicas que cargaba en su espalda llamarían la atención y, en un lugar como aquel, era preferible permanecer desconocido.
Entró a una llamada El Pozo del Escorbuto cuya sencilla fachada terminó de convencer a la joven. Había unos pocos marineros que agitaban sus grandes vasos repletos de alcohol mientras lo bebían como si se tratase de agua. Algunos voltearon a contemplar a Irelia, sorprendidos por su vestimenta y por su altura, pero pronto hundían su curiosidad en otro largo trago de cerveza.
"Buen día" saludó la joven al viejo mozo que servía las bebidas. Éste se volvió hacia ella con visible asombro ante aquel saludo tan cortés, poco común en aquella isla. "¿Tiene alguna habitación?" preguntó con rapidez, avergonzada ante esos ojos que se habían clavado en ella.
"Ah, una viajera" exclamó el anciano, acercándose hacia ella. Se apoyó contra la barra y la examinó con más cuidado, colocándose unos anteojos de cristal sucio sobre sus ojos. "Cincuenta serpientes de plata cuesta la noche, incluyendo desayuno y cena" explicó, prestando atención al rostro de la joven mientras trataba de deducir de dónde provenía.
"¿Cincuenta?" hizo cuentas con sus dedos y reprimió una mueca de disgusto. Cambiando las monedas jonias que tenía alcanzaba apenas a doscientas tres serpientes de plata y eso si las cambiaba todas. Tendría que encontrar algún trabajo alternativo para poder mantenerse.
"Si, cincuenta, ¿lo tomas o lo dejas?" insistió el viejo, motivado por la indecisión de la muchacha.
"Si, la tomo" resolvió, chasqueando la lengua.
"Bien" el viejo le extendió una llave y le señaló una escalera de madera. "Es la tercera contando desde la izquierda. Se desayuna a las nueve y se cena también a las nueve. Si llegas tarde, perdés la cena"
Irelia tomó la llave y subió las escaleras, ignorando los ojos del tabernero que siguieron sus pasos cuesta arriba. Entró a su habitación asignada y, sin darle ni un vistazo, arrojó la alforja sobre la pequeña cama de madera, cerró la puerta con llave y salió del hostal. No aguantaría mucho tiempo si todas las personas con las que se cruzaba le miraban de aquella forma, así que buscó alguna tienda donde vendieran ropa y compró varias prendas, quedándose con lo justo para pagar otra noche más en El Pozo del Escorbuto. Su nueva vestimenta se componía de una remera blanca a rayas azules, unos Jeans flojos que le permitían una gran movilidad a sus piernas, un delgado sobretodo bordó que le cubría la hélice metálica que cargaba en su espalda y un simpático pañuelo carmesí que adornaba su larga melena oscura. Había optado por ropa masculina debido a que la femenina era demasiado picante para lo que estaba acostumbrada a usar.
Volvió a la taberna a dejar su anterior vestimenta, conforme al comprobar que nadie volteaba a mirarla. Cuando entró en su habitación se desplomó encima de la cama a la par que soltaba un prolongado suspiro… ¡Estaba en Aguasturbias! ¡Había abandonado Jonia! ¿Acaso era un sueño? Incluso ya se había mimetizado con los habitantes de la isla, sólo necesitaba encontrar un medio de transporte que la llevara al continente para mañana mismo, sino se quedaría sin dinero.
Se puso de pie de vuelta y sintió como, de forma súbita, había perdido fuerzas. Le costaba mantener una postura erguida debido a que sus hombros le pesaban y la gravedad parecía instar a su cuerpo a que se echara en el lecho de vuelta. El viaje ha sido extenuante pensó, pero aún así estaba sorprendida, creí que después de lo ocurrido en El Placidium mi cuerpo era capaz de regenerarse a gran velocidad… ¿no se supone, entonces, que las energías también se regeneran?
Se obligó a salir de la taberna una vez más. A pesar de que apenas era mediodía, habían ingresado más marineros que esperaban que el cantinero llenara sus tarros de espesa cerveza. El olor a alcohol y el fumo de los cigarros se elevaba en una espesa nube que ahogaba a Irelia, quien se apresuró a salir de aquella taberna y se dirigió hacia el Muelle Blanco, precisamente donde reposaban las grandes flotas de veleros. Contó veinticinco navíos, algunos acababan de atrancar, otros estaban siendo cargados para un futuro viaje y otros solamente flotaban sobre las suaves olas meciendo a los marineros que los cuidaban.
Dio un profundo suspiro, aquella era la parte más difícil. Debía, por lo menos, conseguir algún empleo para mantenerse una semana en Aguasturbias. Sabía que con la constante ida y venida y barcos se encontraría con alguno que zarpara hacia el continente y podría viajar como polizón en su interior. Claro que se encontraba en una de las islas donde lo primordial no era ser capaz ni desempeñarte bien, sino ser astuto como para embaucar y evitar que te embauquen.
Pasó una mano por su espalda y tocó una de las hojas metálicas a través de su sobretodo. Le alegró saber que siempre podía contar con su arma y, con aquella firme confianza, se acercó a uno de los veleros.
"¡Aléjate, perra!" gritó el marinero con el cual había hablado. Ante la sólo mención de la palabra emplear éste comenzó a vociferar mientras su aliento acre a alcohol causaba arqueadas a Irelia. "La única vez que se subió una mujer a un barco desató mil y un demonios, no creas que nuestro capitán emplearía a una zorra como tú." Exclamó, agitando los brazos, llamando la atención a un compañero suyo que cabeceaba, adormecido por el efecto del licor.
"¡Si, vete, zorra!" agregó este, poniendo énfasis al despertarse de forma abrupta.
Irelia retrocedió unos pasos, fulminando con su mirada a aquellos hombres. Durante todo el día había recibido reacciones de aquella índole en cuanto preguntaba por algún trabajo en algún barco. Literalmente todos los marineros le habían insultado de aquella forma, en varias ocasiones debió retirarse porque le apuntaban con sus escopetas o porque insinuaban que al trabajo al cual ella se refería consistía en satisfacer sus deseos sexuales. Tuvo que hacer gran uso de su paciencia ya que ardía en deseos de golpear a todos esos hombres alcoholizados que se burlaban de ella. ¿Había combatido durante quince años de su vida para que idiotas que no estaban en sus cabales le insultaran mientras el sol, los insectos y las ratas se los devoraban?
Pese a que ya se había resignado a aquel trato, sintió unos desbocados deseos de golpear a aquellos dos que se encontraban en frente de ella. Se veían más patéticos que los demás, sólo uno estaba armado y era una espada corta que no parecía tener filo. Sin embargo enfrío la adrenalina que había nacido en su pecho, sabía que una mujer que golpeaba a dos viejos llamaría la atención… aunque sea sólo un poco. Aún así, no quería recurrir a sus extrañas nuevas habilidades que había adquirido durante la batalla de El Placidium.
Se dio media vuelta dispuesta a marcharse cuando el primer marinero se acercó hacia ella con la intención de retenerla por el hombro para continuar vituperándola, mas éste no vio con qué rapidez la joven giraba sobre sus talones y le asestaba un fuerte puñetazo en la nariz, rompiendo sus huesos con un crujido seco. La sangre comenzó a salir a borbotones por su fosa nasal y, debido a la increíble fuerza del impacto, el hombre retrocedió varios pasos y cayó al suelo lloriqueando y maldiciendo. El otro hombre saltó como impulsado por un resorte y, desenvainando su espada, se lanzó contra Irelia. Ésta sólo tuvo que retroceder un paso, apoyar el peso de su cuerpo sobre su pierna izquierda y descargar una fuerte patada con la derecha que impactó en el rostro del marinero, lanzándolo también al suelo por la fuerza del impacto. El empeine de la muchacha había dado de lleno contra la zona lateral del cráneo y sólo por unos centímetros no golpeó su sien.
Retrocedió unos pasos masajeándose los nudillos, la fuerza que había empleado era tal que se había quebrado alguna que otra falange mas pronto sintió un cosquilleo en su mano y advirtió cómo los huesos se reacomodaban y volvían a su lugar correspondiente. Por un momento sintió una sensación de poder tal que le recordó a las batallas que había librado en Jonia después del cambio trascendental que sufrió. Miró a los hombres que se retorcían de dolor en el suelo y un aire de arrogancia y superioridad le invadió, aunque fue sólo por unos segundos. Cuando el flujo de adrenalina se detuvo no pudo contemplar a esos marineros sin que la melancolía y la culpa le carcomieran los miembros… además de aquella extraña debilidad en sus músculos que se había acentuado al utilizar su fuerza para golpearlos.
Se dobló y apoyó sus brazos sobre sus rodillas a la par que sentía una gruesa carcajada que provenía a sus espaldas. Se volteó con lentitud conservando su posición mientras clavaba su mirada en un marinero, por el gran sombrero y la espesa barba pelirroja que llevaba era probable que se tratara de un capitán, que le apuntaba con un arma similar a una escopeta. Iba acompañado de otros cinco hombres de espaldas anchas, algunos empuñando espadas y otros armas de fuego. Irelia odiaba estas últimas, le parecían un método cobarde y patético de combate, por lo que no pudo reprimir un ligero gruñido de molestia. El capitán no pareció notarlo, pero los hombres a sus espaldas tenían el ceño fruncido, atentos a cualquier movimiento que ella realizara.
"¡Menuda golpiza, muchacha!" exclamó luego de tanto reír, sin embargo no dejó de apuntarla con atención. "Esos idiotas se lo merecen, así sabrán que ser centinela implica algo más que dormir y beber… ¡Súbanlos al barco!" algunos hombres se alejaron de su lado y pasaron por al lado de la joven con sumo cuidado, pero ésta ni se inmutó, permanecía con la mirada fija en el hombre y en su escopeta. "Esos movimientos son completamente ajenos en Aguasturbias, ¿de dónde vienes? Me sentiría mal al dispararle a una muchacha bonita que encima pelea de esa forma y no saber de dónde viene"
Irelia se irguió y tragó aire, tratando de distribuir bien el peso de su cuerpo sobre sus debilitadas piernas. Había llamado suficiente la atención como para continuar golpeando a todos los idiotas con los que se cruzaba y sus miembros seguían debilitándose, no parecían darle tregua. Largó el aire que había guardado y pensó excusarse evadiendo su pregunta:
"No iba a permitir que me tocaran, ya suficiente aguanté con su asqueroso hedor" repuso, chasqueado la lengua. "No era mi intención, yo sólo busco algún barco donde se me pueda emplear… fregar la cubierta, preparar la comida para la tripulación, ayudar en la seguridad del barco" explicó, esperando a que el hombre entendiera que su trabajo constaba en los servicios normales que ofrecía un marinero.
"Después de verte combatir de esa forma diría que no es mala idea que te unas a mi tripulación para mantener a raya a esos imbéciles" comentó, pero luego ladeó la cabeza "sin embargo, niña, concuerdo que las mujeres y el mar no se mezclan." Achicó un poco los ojos y miró por unos segundos a Irelia y luego agregó: "deduzco que no tienes experiencia en el océano, pero la desesperación conduce a los hombres a límites insospechados" y emitió una gruesa carcajada "no es que me preocupe lo que tú o los demás hacen con tu cuerpo, pero una mujer vuelve aún más idiotas a los idiotas."
La joven suspiró y desvió su mirada hacia el gran barco del capitán. Ya habían levantado a los dos centinelas ebrios y estaban preparando todo para zarpar. Se sorprendió por haber encontrado a aquel hombre, aquella conversación había sido la más amable que había tenido en todo ese día, pero supo que no daría el brazo a torcer y estaba demasiado cansada como para insistir. Sólo deseaba que aquel día terminara.
"Ah, pero no te preocupes, el viejo William Kidd nunca ha dejado a una mujer insatisfecha y nunca lo hará" anunció, con voz portentosa mientras caminaba varios pasos hacia su flota. Se detuvo hasta quedar al lado de la joven y susurró: "Subiendo la pendiente del Muelle Blanco te encontrarás con un barco que se está equipando para zarpar, claro que hoy no será ese día, hace poco que ha sido construido. Sin embargo su capitán es una mujer y creo que las del mismo sexo se entienden" Irelia le miró por el rabillo del ojo, sin saber si aquello era una afirmación o mero sarcasmo.
No se volteó para ver cómo el capitán Kidd subía a su barco, sino que se quedó pensando unos minutos. Escuchó como este dirigía a la tripulación a gritos y la flota se alejaba con lentitud del puerto, dejando como eco las voces de los marineros.
Se dirigió hacia donde le había indicado en el capitán. No es que confiara en sus palabras pero, ¿qué podía perder?
Irelia subió la pendiente, surgida como consecuencia de la construcción del puerto, y se encontró con el barco que había nombrado William Kidd: se trataba de un gigantesco velero de tres mástiles cuya proa, en forma de lanza, permitía cortar las olas y cuya popa era lo suficientemente grande como para albergar muchos camarotes y un vasto depósito de víveres. O eso era lo que ella suponía. Ninguno de los barcos que había visto tenía tamaña proporción.
Se acercó a aquella flota y se sorprendió con la cantidad de marineros que subían y bajaban, traían y llevaban, recorrían todo el muelle y toda la extensión del barco. Supuso que los apremiaba el tiempo a la hora de zarpar por lo que decidió dejar a aquellos hombres en su trabajo y buscar alguna autoridad ante la cual dirigirse.
No tardó mucho tiempo en localizar a una mujer que gritaba directivas a los marineros. Ninguno volteaba a mirarla, de hecho parecían estar ajenos a sus palabras, pero cumplían sus órdenes con exactitud y prontitud. Aquella mujer tenía el cabello negro corto hasta la altura del cuello, una nariz alargada y unos labios gruesos que estaban tajados, probablemente por la constante exposición a la fuerte y salada brisa marina. Tenía una espalda ancha y musculosa al igual que sus brazos que sobresalían de una remera negra. Sostenía entre sus manos un plano y, en base a los datos que estaban escritos en este, iba dirigiendo a los hombres.
La mujer levantó la vista y la vio. Sus ojos la registraron de arriba abajo y luego volvió a su labor. Irelia se aproximó hasta ella y, alzando la voz, le preguntó:
"¿Éste barco se dirige al continente?"
"Mmseh"
"¿Puedo unirme a la tripulación?"
"Ya tenemos suficientes marinos" repuso la mujer, sin mirarla. "¡Levanten esa caja! ¡Vamos, muévanse, no tenemos todo el día!" gritó a un par de hombres que se habían detenido para recuperar aliento.
"Soy útil en muchas cosas" insistió la joven. "Además no busco dinero, puedo trabajar por el tiempo que lleve llegar al continente"
"¿Sabes siquiera la razón por la que salimos al mar?" replicó la morocha, dirigiéndole una rápida mirada.
"Creo que eso es lo que menos importa, las necesidades de un barco son siempre las mismas, pese a las razones por las cuales sale a la mar"
La mujer soltó un suspiro y apoyó una de sus manos sobre la empuñadura de espalda que le colgaba del cinto a su costado. Irelia notó aquel detalle y no le sorprendió la intensa mirada que le clavaba aquella, advirtiéndole de forma silenciosa a que si no se retiraba, le atacaría. La joven le sostuvo la mirada con indiferencia, si era necesario pelear contra ella para obtener un lugar en aquel barco, lo haría.
Sin embargo, algo detuvo su confrontación de miradas. La mujer volteó al escuchar el ruido de unos tacones sobre la madera que se aproximaban donde se encontraban ambas dos. Irelia alzó el rostro y contempló a la que supuso que sería la capitana del barco: un gran sombrero azulado con plumas doradas coronaba su cabeza de la cual salía una melena pelirroja y ondulada que resaltaba con los rayos del sol. Llevaba una camisa blanca con volados que resaltaba su curvilínea figura, unos jeans azules de los cuales destacaban dos pistolas colgadas de su cinto a cada lado de su cintura, que se movían con cada elegante paso que realizaba aquella mujer. Era increíblemente hermosa.
"Anne, ¿qué diablos ocurre aquí?" preguntó con una voz más grave de lo que sugería su cuerpo. Irelia tardó un momento en recordar que aquella bella mujer también era una pirata y que, probablemente, tendría los mismos modos que cualquier otro. "¿No te dije que dirigieras a todos estos imbéciles?"
"Eso hacía cuando una molestia me interrumpió" respondió la aludida, clavando su mirada en la joven mientras presionaba su mano alrededor de la empuñadora de su espada. "Ya la estaba despachando"
"¿Qué diablos quieres?" preguntó la capitana, dirigiéndose a Irelia.
"Sólo vine porque supe que este barco partirá hacia el continente… y necesito llegar hasta el continente. Si ustedes me llevaran, les pagaría con mis servicios, no me importa de que consten" explicó, tratando de calmar un poco los ánimos. Sabía que aquella era la verdadera persona a la cual debía convencer, así que procuró tranquilizarse.
"Muéstrame tus manos" ordenó la capitana. La joven, sin entender bien de qué constaba aquella prueba, se las mostró. "No tienes manos de marinero" concluyó, dándole un vistazo "de hecho, no tienes ningún callo, ninguna marca… pareciera que nunca hubieras hecho nada en tu vida."
Irelia apretó sus puños con fuerza tratando de contener aquella afirmación que había lanzado esa mujer sobre su persona. Debía contenerse, cualquier resbalón podía significar la pérdida de su única esperanza de abandonar Aguasturbias. Inspiró aire y procuró relajarse.
"Te equivocas, he participado de la guerra jónica para repeler a los invasores noxiano-zaunitas" explicó sin ocultar su orgullo. "Quince años de guerra hemos sufrido y los he afrontado combatiendo del lado de mi patria."
"Sin embargo, no tenés ninguna cicatriz que atestigüe tus palabras."
"No es necesaria ninguna cicatriz" repuso, mirándola con fijeza. Ahora maldecía el hecho de que su cuerpo tuviera la capacidad de regenerarse. Estuvieron unos segundos manteniéndose las miradas, hasta que comentó: "Dime algo que a tus hombres les cueste hacer y me encargaré yo misma de hacerlo."
No supo si fue su determinación o la diversión que le causó aquella proposición a la capitana que le hizo aceptar. La mujer buscó con la mirada y se puso a observar a sus hombres hasta que encontró el reto perfecto para frustrar y quitarse a la joven de encima.
"¿Ves esa caja? Contiene arena" explicó. "Es muy necesaria, puesto que si llega a ocurrir un incendio la utilizamos para apagarlo… suelo necesitar cinco hombres para cargarla al barco, pero puesto que te ofreces, muéstrame como tú sola la levantas."
Irelia tragó saliva, dudando ahora de su capacidad. Es cierto que gozaba de una fuerza prodigiosa pero sus músculos seguían sumidos en un extraño cansancio que los resentía de forma tal que éstos no respondían con normalidad. Además el haber golpeado a esos dos ebrios antes había contribuido al desgaste físico que sufrían sus miembros… pero no podía echarse atrás en ese momento. No sin antes intentarlo.
Se acercó a la gran caja que se encontraba a un costado del muelle, la cual calculó que tendría poco más de dos metros de altura, y pensó la forma más práctica de levantarla. Supuso que al cargarla sobre su espalda evitaría utilizar en exceso sus brazos, aunque corría el riesgo de que sus piernas no le reaccionaran. Sin embargo, no quería reflexionar mucho tiempo o sabría que las posibilidades de que fallara en su cometido serían lo suficientemente fuertes como para mellar su autoestima.
Exhaló un profundo suspiro y se propuso a actuar. Empujó la caja contra uno de los mástiles del muelle para inclinarla y una mueca de disgusto afloró en su rostro: pesaba más de lo que se había imaginado. Mantuvo la inclinación del arca y se dio la vuelta para levantarla con sus brazos usando todas sus fuerzas. Al principio dudó de su capacidad pero se permitió sonreírse al lograr cargar la caja sobre su espalda con éxito… mas pronto esa sonrisa se borró de su rostro al notar cómo sus piernas se resentían y amenazaban con desplomarse ante semejante peso.
Los hombres habían dejado de trabajar y observaban atentos a la joven, sorprendidos de semejante vigor. Incluso Anne se había permitido desconcentrarse de su labor para contemplar cómo Irelia cargada con esas toneladas de arena. Sólo la capitana se mantenía impasible, observando con suma atención puesto que todavía faltaba la parte más difícil: subir la caja al barco.
Dio dos pasos con el arca a cuestas y se detuvo, sabía que si daba otro se desplomaría al suelo. La fuerza que estaba utilizando era tal que sentía cómo se marcaban las venas de su cuerpo, cómo ardían sus mejillas por la presión y cómo sudaban sus axilas y su frente. Debía pensar alguna estratagema para subir esa caja, ¡todo el mundo le estaba mirando! Era su única posibilidad, debía abandonar Aguasturbias… debía encontrar a Zelos. Zelos… el arte Hiten. ¡Claro! ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Hizo contacto mental con las hojas metálicas que estaban ocultas sobre su espalda. Puesto que su cuerpo estaba débil, su cerebro compensaría ese impulso que andaba necesitando. Su arma le respondió con una leve vibración de la cual nadie se percató debido al sobretodo bordó que la cubría. Las hojas comenzaron a hacer presión sobre la caja, levantándola apenas unos centímetros para atenuar su peso de forma considerable y permitir una mejor movilidad a sus piernas. Fue así como recomenzó su marcha hacia el barco y se aproximó a la popa, de la cual sobresalía una escalera tallada en la madera. Todos observaron boquiabiertos cómo ella sola cargaba con semejante peso, sin sospechar siquiera la gran ventaja que había utilizado la joven a su favor.
Subió la escala simulando gran esfuerzo por la carga de la caja y, una vez que estuvo en la cubierta del barco, la apoyó causando un fuerte estruendo para que todos supieran que había cumplido con su objetivo. Apenas lo hubo logrado le permitió a sus piernas desfallecer y cayó apoyada al arca, masajeándose sus gemelos y cortando el contacto mental con sus armas. Una amplia sonrisa de satisfacción afloró en su rosto.
En el muelle se alzaban voces de confusión y sorpresa, pero no prestó atención a lo que éstas decían. El estado de sus músculos le empezó a preocupar muy seriamente, si seguía perdiendo fuerzas apenas podría caminar. Escuchó cómo varias personas subían por la escalera y frente a ella se colocó la capitana, seguida por Anne y un par de hombres que la contemplaban. Nadie habló, sólo se intercambiaron miradas por unos segundos.
"Alguien que le de algunas naranjas" ordenó la capitana, sin quitarle la vista de encima a la joven que permanecía sentada en el suelo.
"¿Naranjas?"
"¿No te duelen los músculos? Eso es escorbuto, mujer" explicó la pelirroja, señalando los músculos que la joven se estaba masajeando. "Tienes suerte de no haber sufrido ninguna hemorragia todavía, pero si piensas formar parte de mi tripulación no permitiré que levantes pesos inferiores a aquella caja, ¿entendiste?"
"Entonces…"
"Entonces lo pensaré" continuó con rapidez, adivinando sus pensamientos. "Calculo que tendré preparado el barco para dentro de cinco días. Durante ese tiempo debes ser capaz de impresionarme como para que acepte que te unas a mi tripulación y te confiera un camarote." Aclaró, mirando hacia todos lados con impaciencia. "¿Dónde diablos está la naranja que pedí?" un hombre corrió hasta ella con rapidez y le entregó la fruta. "¿Cuál es tu nombre?"
"Irelia" contestó. Luego deseó morderse la lengua, hubiera sido más inteligente inventar cualquier otro nombre, después de todo así se estilaba en Aguasturbias.
"Yo soy la capitana Miss Fortune" anunció con orgullo, lanzándole la naranja. "Y ahora, lárgate de mi vista. Mañana a primera hora quiero verte aquí y más vale que comas suficientes naranjas como para sufrir un ataque intestinal, porque tus músculos tendrán que mover el peso equivalente a este barco" concluyó, soltando una carcajada ante la mueca de disgusto que vio en la joven. ¿Estaba bromeando, verdad? ¿Verdad?
Buenas! Llegaste a leer todo? FELICITACIONES! Porque creo que me fui un poquito al carajo escribiendo... (perdón si lo consideran mala palabra :c) pero bueno, tenía muchas cosas que explicar, no?
Buena noticia: APRENDI A PONER LA LINEA DIVISORIA! AGUANTE PERÓN! (?)
Agradezco mucho por leer y por sus reviews, digamos que ando en esos momentos en que una necesita halagos y que digan lo gorda linda que es... Así que gracias! Espero que lo hayan disfrutado!
