Capítulo 4 – Todo empieza con una copa

Las siguientes jornadas transcurrieron con velocidad para Irelia. Gracias a la estricta dieta de cítricos a la cual se sometió, logró recuperar casi toda su fuerza para el día siguiente y al poco tiempo estuvo completamente repuesta. Pese a que Miss Fortune siguió poniéndola a prueba ambas sabían que la joven ya había sido aceptada en la tripulación, por lo que se sentía a gusto cargando objetos de gran peso y contribuyendo con la preparación del navío. Varios oficiales de cubierta pusieron a prueba sus habilidades en el combate y siempre salió victoriosa, sólo utilizando como arma la daga que portaba encima. No quería utilizar las hojas metálicas ya que llamarían demasiado atención y la delatarían, si es que ya no lo había hecho. En un lugar como Aguasturbias había que tomar las máximas precauciones posibles.

Los marineros no tenían técnica a la hora del combate cuerpo a cuerpo e improvisaban con posiciones complejas que terminaban complicándolos a ellos mismos. Así fue ganándose el respeto entre la tripulación con quienes entablaba una animada conversación, explicándoles las bases del combate físico. Procuraba hablar sólo de los fundamentos de la técnica, las artes y las maniobras jonias debían permanecer entre los jonios. Tanta magia y misticismo poseían que nadie sabía qué podían hacer las manos equivocadas con tanto poder.

Sin embargo, la cual parecía ser una mala impresión, se acentuó más cuando Anne le recriminó su inexperiencia con las pistolas. Irelia sólo negaba con la cabeza y le ignoraba, causando la ira de la contramaestre de la flota.

"Las armas de fuego fueron creadas y son manipuladas por cobardes" respondía siempre la joven. "Mientras tenga dos manos y dos piernas, voy a poder defenderme de esos débiles… no les temo al plomo ni al miedoso que las empuña." Sentenciaba, provocando aún más la ira de Anne. Varias veces Miss Fortune estaba presente cuando ella daba su respuesta, mas no se daba por aludida y continuaba sus labores.

Al segundo día de su actividad en la flota, la capitana le anunció que había sido aceptada en la tripulación, ocupando el cargo de oficial de cubierta. La joven se mostró más que satisfecha, no sólo porque abandonaba El Pozo del Escorbuto que estaba consumiendo casi todo su dinero, sino que dejaba de trabajar como mula de carga para ocuparse de la seguridad de los marineros vigilando. Si había algo que la destacaba era proteger a las personas y golpear a los polizontes.

Gracias a su valiosa contribución, y claro que también gracias a las directivas de la contramaestre y la capitana, el barco estuvo listo en sólo cuatro días. Puesto que su trabajo constaba en vigilar el barco, Irelia descansaba en su camarote compartido con otros tres oficiales de cubierta como ella durante el día, y durante la noche patrullaban la flota, alejando a todos los piratas ebrios que se acercaban. Por lo que la joven había podido descubrir en sus conversaciones con los marineros, Miss Fortune era una famosa cazarrecompensas en el archipiélago de las Islas de la Llama Azul, obteniendo así miles de enemigos que buscaban sabotear su barco y acabar con su vida.

La noche del cuarto día, cuando ya habían terminado con todos los preparativos, los marineros llevaron toneles de alcohol para celebrar. Durante el tiempo que dedicaron a los preparativos del barco la capitana había decretado una orden inviolable: NINGÚN marino debía beber hasta concluir con las medidas preliminares antes de zarpar. Aquel que se atrevía a desobedecer sus órdenes no sólo perdía su puesto en la tripulación, sino que recibía como recompensa un balazo en la rodilla (si Miss Fortune se encontraba de humor, sólo era en el pie). Sin embargo, aquel día levantó la prohibición e inició el festejo rompiendo una botella de ron contra la madera de la popa. Esa fue la última imagen que tuvo aquel día de la capitana ya que, al parecer, no se había unido a la celebración con sus tripulantes.

A pesar de que Irelia procuró no beber, el jolgorio y la alegría le contagiaron y accedió a tomar varios tragos de hidromiel. No se atrevió a probar el ron y, mucho menos el whisky, ya que sabía que poseían las propiedades para aturdir la conciencia y la personalidad de uno mismo. Sin embargo, puesto que pocas veces había probado el alcohol, carecía de resistencia ante éste y luego de un par de copas del sabroso hidromiel sintió cómo sus músculos se resentían casi igual que como cuando tenía escorbuto. Además le llamó la atención que por cada tres pasos que daba, sus pies se tropezaban entre ellos, como si hubieran perdido la noción de la derecha y la izquierda.

Aquel estado intensificó su excitación y le quitó la poca timidez que tenía que con los marinos. Se abrazaba a ellos y cantaba viejas canciones de mar de las cuales no sabía la letra, pero igual se sumaba con su entonada voz, entrenada junto con el violín durante las pruebas del Arte Hiten que le había exigido su padre. Varios, pese a su alcoholismo, quedaban extasiados escuchándola cantar a pesar de que las notas no pertenecían a la melodía. Animados por esta nueva compañera, decidieron continuar el festejo en una taberna (Irelia no recordaba el nombre) que era famosa por su whiskey.

La joven supo que aquel era el momento de retirarse y volver al barco mas el jolgorio la había atrapado e, inconscientemente, fue llevada por la multitud hacia la taberna. No sentía a sus pies caminar, ni tropezarse, mientras los marineros le pedían que siguiera cantando o que contara alguna de sus anécdotas durante la cruenta invasión que sufrió Jonia. Le costó mucho trabajo pero por fin encontró una forma de escurrirse cuando, sin saberlo, entonó las primeras notas de una conocida canción pirata que exaltó a los hombres y los llevó a cantarla ellos mismos. Su emoción fue tal al reconocerla que dejaron de prestarle atención a la joniana y esta se escapó justo cuando llegaban a la taberna.

Irelia se escondió detrás de una tienda cerrada mientras esperaba que los marineros entraran al bar. Cuando el último de ellos desapareció tras la puerta, salió de donde se encontraba y miró para todos lados, desorientada. Debía de encontrarse en el centro de la isla, eso explicaba la cantidad de negocios que poblaban aquella calle mas todos permanecían cerrados debido a la avanzada hora de la noche. Aquel no era un buen horario para deambular por Aguasturbias.

La joven dio un par de pasos y se sorprendió al encontrar, justo al final de aquella desolada calle comercial, una pendiente que descendía un par de metros hasta un pantano que nunca había visto. Era lógico, nunca se había tomado el trabajo de explorar la isla ya que no albergaba ningún interés en ello. Pero aún estaba tan exaltada por el hidromiel que decidió caminar entre tropezones hasta aquella hondonada. Apenas llevaba un par de pasos cuesta abajo cuando una extraña melodía llegó a sus oídos: una melodía deliciosa y cautivadora, con una elegancia que era casi irresistible…

Ante aquella misteriosa música parecía que el pantano cobraba vida: las aguas brillaban iluminadas por los pálidos rayos de la luna, los juncos y otras plantas acuáticas parecían menearse ante aquellas seductoras notas, y varias libélulas danzaban incandescentes en la noche.

Irelia siguió caminando aunque sin notarlo, sin tropezarse. Su mente se sentía atraída a tan extraña melodía y la seguía de forma inconsciente, adentrándose aún más en aquella ciénaga. Se detuvo a cinco metros de la criatura que emitía aquel hipnótico cántico: un pez de dimensiones gigantescas vestido con una camisa violácea como si fuera un hombre y una galera que se sostenía en su cabeza a pesar de pequeño tamaño en comparación con esa enorme y calva cabeza. Sus carnosos labios adoptaban la forma de un voluminoso bigote sobre una monstruosa boca llena de afilados dientes. La música surgía cuando la criatura aspiraba y espiraba y el viento del pantano se colaba entre los colmillos de su gran boca.

"Ah, ¡pero qué agradable sorpresa!" exclamó aquella cosa, con una voz profunda y grave que dio por terminada aquella melodía, permitiendo que la joven recuperara su conciencia. "Mucho gusto, señorita, por favor, no se quede ahí parada, no tiene nada que temer… soy Tahm Kench, es un enorme placer conocerla señorita… señorita…" e hizo un gesto con sus gruesas manos en forma de garra, como instando a la muchacha de que hablara.

"Irelia" respondió ésta, saliendo del estupor con un exabrupto. Parpadeó varias veces, empezaba a dudar si realmente se había excedido con el hidromiel.

"Señorita Irelia" concluyó el pez, con una sonrisa. Clavó sus ojos y la examinó durante unos minutos, con unos ojos en los cuales no se distinguía pupila o cristalino, sólo una profundidad ocre que intimidaba. "Esos rasgos me hacen recordar… me hacen recordar al cauce cercano a los Jardines… Jardines Serenos, ¿verdad? Los que pertenecen a la isla de Jonia. Un lugar delicioso debo admitir, suelo ir con frecuencia por esos parajes, transmiten mucha paz…"

"¿Cómo sabe aquello?" preguntó la joven, sorprendida por cómo la había reconocido con tanta facilidad… además de la mención de los Jardines Serenos, ubicados dentro de El Placidium. Por más que sabía que dentro de Jonia había criaturas desconocidas y extrañas, nunca había oído de semejante criatura que rondaba por la isla. Era extraño que nadie le hubiera detectado.

"Ah, jovencita, usted sabe mejor que yo cuán magnífica es aquella isla. Y cuán extraña también, albergan en ella especies desconocidas tanto de fauna como de flora" explicó, haciendo un gesto con su mano, como dibujando el curso de un río. "¡Y sus aguas! Son tan puras y cristalinas que puedo ver hasta cinco kilómetros, no como las de este lugar… aunque admito que cuando uno tiene hambre, más considerando mi insaciable apetito, me he alimentado de algún que otro cadáver…"

"¡¿Qué?!" exclamó Irelia, más sorprendida de lo que ya estaba. Dio un gran brinco hacia atrás y se colocó en posición defensiva mientras hacía contacto mental con su arma. Quedó desconcertada al descubrir que las hojas metálicas ya estaban vibrando y, se acentuó de forma tal, que sintió cómo su espalda temblaba.

"Por favor, no se asuste" pidió Tahm Kench, dando un suspiro de impaciencia. "¿Acaso no ha oído hablar del Rey del Río, jovencita?"

"Nunca escuché nada de ese Rey"

"Ah, me temo que los jonios no le dan mucha importancia a mi existencia" comentó, pasando una de sus manos por el gigantesco y carnoso bigote gris. "Pues bien, lo tiene aquí presente, yo soy el Rey del Río… vago por todos los ríos que existen en Valoran, buscando con qué aplacar mi eterno apetito." Explicó, dando unas palmaditas a su voluminoso estómago. Pero se apresuró a aclarar: "Sin embargo, no debe temerme, nunca le haría daño a una joven… como usted".

"¿Por qué hace esa aclaración?" preguntó Irelia, relajándose sólo un poco. Aquel comentario había despertado su curiosidad.

"Señorita, usted tiene de humana lo que yo tengo de pez" y una enorme y tenebrosa sonrisa surgió de sus viscosos labios. "Bah, eso es lo que yo siento, no soy tan sensitivo como mis camaradas…"

La joven tragó saliva. ¿Cómo sabía esa cosa de dónde provenía? ¿Y cómo había notado sólo con verla su… diferencia con el resto de las personas? No entendía, no entendía nada. ¿Quién era aquel misterioso personaje, el Rey del Río?

"¿Quién eres?" preguntó, con un hilo de voz debido a la conmoción.

"Básicamente, una entidad o deidad, llámalo como quieras" repuso, dando un suspiro al comprobar que tendría que volver a explicarse. "Como carezco de cuerpo físico, utilizo éste para rondar por cada rincón de Runaterra"

"¿Y por qué decidiste vagar por Runaterra?"

"Ah, me alegra que por fin hayas llegado a esa pregunta" comentó, con satisfacción. Sus ojos color ocre habían intensificado su brillo y pasaba su lengua por sus filosos dientes, complacido. "Hago lo mismo que hacen mis camaradas: averiguo qué es lo que hubiera pasado cambiando alguna que otra cosilla."

"¿Lo que hubiera pasado intercediendo en la vida de las personas?"

"Exacto" exclamó, dando una fuerte palmada con sus gruesas manos. "No tiene idea, jovencita, cómo puede cambiar el destino de varias naciones sólo por conceder un humilde deseo a un granjero"

"Entonces, eso es lo que haces, le concedes deseos a las personas y luego observas cómo inciden en su vida y en su alrededor… ¿así que en eso dedican su tiempo las deidades?" preguntó, con un tono de ironía en su voz.

"Más o menos" sonrió Tahm Kench. Se tomó una pequeña pausa inhalando aire con fuerza por su boca. "Claro que cada uno tiene su forma… especial de hacerlo. Por ejemplo, uno de mis apreciables compañeros tiene la particular costumbre de interceder en causas perdidas que pueden cambiar de forma radical el curso de la historia. Seguro que ha leído los orígenes de Valoran… habrá leído también que, al principio, el mundo estaba dividido en dos facciones: El Protectorado y los Señores hechiceros." Hizo otra pausa para tragar saliva, como quién se dispone a contar un largo cuento. "Pues bien, estás facciones estaban en constante guerra y, con el correr de los años, los Señores Hechiceros iban ganando más poder. En la batalla final, El Protectorado luchó convencido de su inminente derrota… sin embargo una figura se irguió en el firmamento y se unió a la batalla contra los Señores Hechiceros. Su sed de sangre era tal que acababa con todo aquel que se atrevía a cruzarse en el camino de su espada. Él le dio aliento al Protectorado para que ganaran la batalla y, luego, el control de todo Valoran." Concluyó.

A pesar de que Irelia ya conocía la historia que el Rey del Río le había narrado, una gran conmoción la fue invadiendo con cada palabra que éste había pronunciado, al punto tal que su pecho subía y bajaba debido a su agitación. Su frente estaba bañada en sudor y sus músculos se habían tensado de forma tal que le dolían.

La misma criatura que intercedió en la batalla de El Protectorado y los Señores Hechiceros era la misma que había aparecido durante el combate de El Placidium. La misma que le había concedido el poder para salvar a Jonia a cambio de que ella perdiera su humanidad.

"¿Quién es esa criatura?" preguntó, dando una fuerte bocanada de aire. Los impulsos nervios le saltaban de un lado para otro del cuerpo, tensándola aún más. Hasta el efecto del hidromiel se le había pasado.

"Supongo que el mismo que le convirtió en lo que usted es ahora" sonrió Tahm Kench. Sacó un palmo su larga lengua rosada y comenzó a moverla en el aire hasta emitir un gruñido de satisfacción. "Con todo respeto, señorita, pero el aroma a sangre humana se encuentra impregnado en usted. Tanto en el arma que carga sobre su espalda, la cual tiene un aroma tan penetrante que pareciera estar hecha de plasma sanguíneo, como cada parte de su cuerpo" explicó. Ante la mueca de horror de la joven, concluyó: "Exactamente igual que él"

"¿Quién es esa criatura?" exclamó Irelia, aumentando mucho más el tono de su voz. Aquello… aquello que había dicho no podía ser posible. Sabía que su arma se había teñido de rojo por la sangre que había derramado pero, ¿y ella? ¿Tan brutal y contundente fue su presencia durante la expulsión de los invasores que aún conservaba ese maldito hedor?

"Se trata de Aatrox, el dios de la guerra" contestó con simpleza y conservando su elegancia. Luego pasó una mano por su grueso bigote de carne. "Veo que usted es otra de sus creaciones… hace un par de siglos vino a visitarme y me comentó como había intercedido en un combate en la fría tundra de Fréljord. Un mero combate entre tribus en el cual vio el enorme potencial de un bárbaro y, mediante la ira que consumía su ser, lo llevó hasta la inmortalidad. Ah, añoro sus visitas, sus anécdotas son deliciosas y tiene un gusto exquisito por el arte."

La joven se tambaleó y se sentó en cuclillas, tratando de asimilar toda esa nueva información. Aatrox, Aatrox. Así se llamaba aquella criatura que tenía afición en cambiar el curso de la historia y que había creado a alguien semejante a ella. Alguien que llevaba muchos años de vida y que se hallaba en Fréljord.

"Ahora joven, ya que tiene en claro cuáles son sus objetivos, dígame cuál es el deseo que le cumpliré" preguntó Tahm Kench, caminando un paso hacia adelante.

Irelia, a pesar de estar mareada por el vértigo de aquellas revelaciones, pudo darse cuenta que toda aquella conversación había sido una mera introducción para llegar a aquella parte. Miles de sentimientos se agolpaban en su pecho y, cuando abrió la boca, no pudo emitir sonido alguno. Sin embargo, para su sorpresa, sus cuatro hojas metálicas se deslizaron por la parte baja del sobretodo bordó y se lanzaron hacia el Rey del Rio. El enorme sapo dio un gran salto hacia atrás con una increíble agilidad, esquivando los cuatro golpes de aquella letal arma. Las hojas se volvieron a alzar mas no siguieron atacándolo sino que rodearon a la joven, danzando alrededor de ella, como protegiéndola de cualquier ataque.

Tahm Kench emitió un gruñido gutural que vibró en todo su enorme cuerpo, haciendo temblar todo el pantano. Irelia tardó en reaccionar, nunca le había dado la orden a su arma de que lo atacara… quizás, de forma inconsciente, sabía que aquella criatura era peligrosa. ¿Debía confiar ahora en sus palabras? Fuera lo que fuera, debía salir de allí.

"Agradezco mucho su atención y su ayuda" murmuró, volteándose y volviendo a subir la inclinada pendiente. Luego de un par de pasos volvió a mirar al Rey del Río y se despidió: "Sin embargo, no requiero sus servicios. Pero fue un placer para mi conocer a tan enigmática figura de la antigua historia de Valoran. Espero que nos volvamos a ver, claro, sin que realice ninguna proposición que decante en alguna desgracia."

Volvió a darle la espalda y salió del pantano. No esperaba que Tahm Kench se despidiera a su vez, seguramente estaba más que furioso al ver cómo había intentado atacarle y cómo se marchaba sin reparar en sus saludos. Pero mucho no le importó, debía ponerle orden a toda la información y a todos los sentimientos contradictorios que le inundaban, amenazándola con ahogarla en un mar de inestabilidad emocional que podía acabar con una eterna depresión y su regreso a Jonia.

Subió con pesar la pendiente, procurando ocultar las hojas metálicas de vuelta bajo el sobretodo. Los músculos le reprocharon su cansancio resintiéndose a cada paso que daba, aún así continuó su caminar de forma inexorable. Para su sorpresa, la noche ya había transcurrido y del cielo se asomaban los cálidos rayos del sol que saludaban el nuevo día. Debía volver al muelle, aquel día el barco zarparía a la caza de criminales y bandidos… y al continente, donde Miss Fortune había prometido que la llevaría a cambio de sus servicios.

Recordó las palabras de Tahm Kench y deseó darse un baño como lo hacía en Jonia, en un río y rodeada de los pétalos de las flores cercanas. Alzó su brazo enfrente de ella y lo olisqueó, sin detectar el olor a sangre que aquel sapo había recalcado que conservaba su cuerpo… sin embargo, debía ser cierto, ¿de qué otra manera pudo detectar que escondía su arma bajo su sobretodo?

Todo esto… es muy extraño, demasiado; pensó, mientras ubicaba su barco a la distancia y se acercaba hacia él. Aatrox, Aatrox. Si es que realmente existes, ¿En qué monstruo me has convertido para saciar tu maldita diversión?


Bueno, acá concluye el capítulo! Espero que les haya gustado, siento que hay algo que le faltaba como para llegar a su punto cúlmine... quizás consta de mucha simpleza y no me agrada del todo :c pero bueno! Confío en que a ustedes les agradará más...

Lo terminé muy sobre la hora, así que si hay algún error, sepan disculparme :c Creen que el fic es algo pesado? Por favor, comenténmelo! :c