Capítulo 9 – Shurima
Tercera Parte: Arena
Cuando el dolor desapareció por completo alzó su rostro hacia el cielo de forma involuntaria, encontrándose con los rayos de sol que resplandecían con fuerza. Pocas nubes flotaban en el cielo pero su aspecto blanco y esponjoso generaban simpatía ante cualquiera que las observara. Para su sorpresa, notó que no podía sentir ninguna extremidad de su cuerpo ni moverse siquiera, sólo podía ver todo a su alrededor y sentir esa espada que latía con tanta intensidad en alguna parte de su cuerpo muerto. Claro que aún no terminaban las sorpresas.
Quedó anonadada al comprobar que no se encontraba en el suelo, sino flotando junto a las nubes en el cielo. Bah, en realidad no podía asegurar que fuera ella la que estuviera flotando ya que no podía sentir ni percibir ninguna otra cosa ajena a lo que le comunicaran sus ojos. Así fue que bajó su cabeza y contempló un sangriento escenario.
Debajo de ella se encontraba El Placidium en plena guerra. Ejércitos noxianos que avanzaban por el oeste trataban de conquistar el último lugar jonio que quedaba, mientras sus ciudadanos sacrificaban lo poco que les quedaba para tratar de salvarlo o, por lo menos, morir por su patria. Recordaba muy bien esa escena, jamás podría olvidarla, mas el contemplarla desde un punto de vista distinto hizo revivir aquella misma ira que, desde aquel día, latía como un mismo órgano junto a su corazón.
Pese a la altura donde se encontraba sus ojos pudieron vislumbrar a una persona en particular. Era una joven que combatía con fervor, que se esforzaba por empuñar una espada demasiado grande para ella y que sacaba valor donde otros sólo encontraban desesperanza. Era admirable mas era predecible que cualquier noxiano con sólo un poco de habilidad encontraría más de un flanco débil para atacarle con semejante arma inútil que portaba. Así fue desarmada y derribada por la espada del desconocido adversario que hundió sobre su pecho y trazó un corte diagonal hasta que fue detenida por el hueso derecho de su cadera.
Cayó al suelo al instante, bañada en su propia sangre oscura y caliente que salía a borbotones y se escapa de sus manos con asombrosa rapidez. Los mismos ojos de esa joven se alzaron al cielo, contemplaron el mismo sol que minutos antes había contemplado ella misma y luego se clavaron en los suyos. Así fue como Irelia observó desde el cielo cómo Irelia moría por el amor a su patria, luchando frente a la crueldad y la injusticia vivida durante casi quince años.
¿Acaso estoy viendo… estoy viendo lo mismo que vio él en aquel entonces? Se preguntó a sí misma, segura de la respuesta.
Los sentimientos de la moribunda en aquel momento ascendieron hasta donde ella misma se encontraba, haciendo que volviera a experimentar la ira, el deseo de venganza y justicia que había vivido en las mismas circunstancias.
Se podía notar que la Irelia que yacía en el campo de batalla ya cerraba sus párpados para siempre cuando la espada dentada, arma que sostenía la Irelia que se encontraba en el cielo observándolo todo, se alzó sobre su cabeza y despidió una onda expansiva de tal magnitud que el cuerpo de la joven vibró con súbita violencia, pasando por todos los seres vivos que se encontraban allí mismo. Pero nadie parecía haberse percatado de este detalle.
Volvió los ojos a la tierra y notó que la mirada de la joven se había transformado por completo: de la palidez de la muerte había pasado a la abrupta vida, traída de golpe por la rabia que consumía su ser en aquel momento. Se puso de pie y tomó la gran espada de su padre, la cual se quebró en las cuatro hojas metálicas que comenzaron a danzar a su alrededor y a asesinar a cualquiera que se cruzara en su camino.
Ese implacable odio parecía volver a manar sobre sus venas ya que la Irelia del cielo, por unos segundos, deseó bajar para unirse a su pasado yo en la repartición de justicia. Mas la visión concluyó en ese mismo instante, volviendo a encontrarse en Shurima con la espada aún palpitante entre sus manos. Ahora tenía plena conciencia de su cuerpo aunque no podía arrancarse el arma de encima.
"Así que fuiste vos quién me convirtió en esto" masculló, agitada. Toda la ira permanecía impotente dentro de su cuerpo, empujando a sus miembros a correr kilómetros, destrozar enemigos y gritar hasta que las cuerdas vocales sangren.
"Todo un diamante en bruto" volvió a hablar esa voz grave de ultratumba. Ya no le quedaba duda alguna: esas palabras provenían de la espada que sostenía en sus manos la cual, mediante constantes vibraciones, se comunicaba.
"Creí haber visto otra cosa cuando había alzado la vista al cielo… una figura dorada como el sol que flotaba mediante grandes alas…"
"Aquel es el cuerpo que utilizo para interactuar con los humanos" explicó. "Al igual que varias deidades, somos entidades que encarnamos en cuerpos u objetos para interactuar con los seres vivos."
"Igual que Tahm Kench" murmuró para sí misma, mientras hacía un gran esfuerzo para contener todo el cúmulo de rabia que albergaba en su interior y mantener una conversación coherente con una espada que estaba viva. "Debo saberlo… ¿por qué me hiciste esto? ¿Y qué me hiciste?"
"Cumplí tu deseo: te hice lo suficientemente fuerte para que consagraras la victoria para tu pueblo, es decir, te condecoré con el honor de pertenecer a mi raza." Exclamó el arma. Su voz no revelaba ningún tipo de emoción, sino que permanecía neutral a cualquier sentimiento. "Te di la oportunidad de forjar la historia y forjar tu espada, pronto serás igual que yo."
"¿Me volveré igual a… a una espada?"
"Todas las debilidades de la carne han sido reemplazadas por la fortaleza y el poder de tu magnífica arma. Te alimentas del odio que vive en tu corazón, satisfaciéndote sólo cuando derramas el néctar de la vida humana. Pronto te volverás una esencia, una entidad que vive en tu herramienta de combate ya que tu cuerpo terminará obsoleto ante tanto poder que obtendrás. Con una forma casi perfecta te tomarán los humanos para sus deseos pero, al igual que yo estoy haciendo ahora contigo, los poseerás tú a ellos y cumplirás tu voluntad. Así los darkin volveremos a renacer en todo su esplendor." Concluyó, con un halo de majestad.
"Me volveré un arma" susurró Irelia, sin digerir del todo aquella noticia. "Me volveré mi arma que manipulará a cualquier persona que ose tomarme".
Tragó saliva mientras asimilaba toda aquella información que entraba a borbotones en su cerebro. ¿Se volvería un darkin? Jamás había leído ni escuchado nada referente a esa raza, pero la sola idea de convertirse en un monstruo similar a aquel que la controlaba le transmitió un escalofrío que intensificó la ira que permanecía adherida a sus huesos. El miedo sólo atraía más ira. Todo atraía a la ira.
Ahora entendía que él era la razón por la cual su ira se descontrolaba, transformándola en un inhumano deseo de sangre y venganza que consumía a todos aquellos que tuvieran la mala suerte de estar cerca de ella. Justificada o no, aquella rabia era lo que la separaba de todas las personas, la que le concedía esas habilidades sobrenaturales y regeneraba eternamente todas sus heridas.
La ira era el alimento que le concedía la inmortalidad y el poder casi ilimitados.
La espada en sus manos vibró una vez más, complacida por ese último pensamiento que parecía ser el más acertado que había tenido la joven en aquel encuentro. Manipuló sus movimientos para que volviera a clavar el arma en la arena pero todavía no permitió que soltara la empuñadura.
"Puede llevarte meses, años o siglos convertirte en una darkin por completo… pero tarde o temprano lo serás." Concluyó la espada, retrotrayendo todas sus energías del cuerpo de Irelia, eliminando su poderosa influencia de su mente y permitiendo que recuperara su autonomía.
Pese a que sintió un gran alivio al recuperar el propio control de su ser pudo comprobar que, una vez que la presencia de Aatrox se hubo separado de ella por completo, había perdido todas sus energías. Como si hubiera consumido todas las fuerzas que poseía su cuerpo.
Sus rodillas cayeron sobre la arena, tratando de sostenerse del suelo ya que veía como todo a su alrededor empezaba a dar vueltas. Sus oídos emitieron agudos chillidos que la aturdían aún más y sus músculos se mostraban reticentes a responderle. Su propio cerebro parecía negarle sus normales facultades ya que sólo giraba en su cabeza la ira, esa misma ira gestada al contemplar aquella visión. Sólo podía pensar en la furia que la consumía pese a que su cuerpo humano luchaba en vano para no desmayarse.
Quiso volver a aferrarse de la espada mas ésta la rechazó, negándose a volver a estrechar contacto con ella. Aún sobre la arena sus rodillas flaquearon y todo su torso cayó con pesadez hacia atrás, sin las suficientes energías para volver a levantarse. Sus ojos empezaban a distorsionar todas las imágenes que recibían justo cuando le pareció que una figura descendía desde las nubes planeando con unas alas gigantescas y aterrizaba a su lado. Quería saber de qué se trataba mas su cuerpo no resistió más y cayó en la inconsciencia.
No supo cuánto tiempo estuvo desmayada ni cuándo recupero su conciencia ya que, cuando despertó, lo hizo con tal exabrupto que le llevó tiempo que su cerebro lograra coordinar y ordenar sus ideas. Lo que sí sabía bien era la razón por la cual se había despertado: unas manos se habían deslizado por su cuerpo, tanteando sus ropas sin decoro y alertándola. Sus reflejos habían actuado con tanta rapidez que aquella persona no tuvo tiempo de reaccionar y encontró una de sus manos atrapada por el fuerte agarre de Irelia.
Pese a que la noche se cernía sobre Shurima, pudo distinguir que se trataba de una mujer de cabellos negros y ondulados, piel bronceada y dientes que centellaban con la luz de la luna. Ésta empezó a forcejear con la joniana tratando de liberarse mas la joven no se lo permitió ya que aún sus pensamientos no se habían despejado del todo.
Pero una vez que lo hizo, notó que aquella mujer sostenía en su otra mano la bolsa con las serpientes de plata que le había entregado Miss Fortune. Comprendió entonces que trataba de robarle aunque esta vez fue ella misma quien reaccionó tarde ya que la mujer apoyó su cuerpo sobre su pierna izquierda para alzar la derecha con fuerza y golpear la quijada de Irelia, permitiendo así que ésta la liberase y saliera corriendo.
La joniana se incorporó de golpe mientras tanteaba su mandíbula, la cual parecía haber sido fracturada, mas poco le importó. Sabía que era cuestión de segundos que se regenerase además… además aquella maldita se había atrevido a hurtarle sus monedas. Pero lo pagaría muy caro.
La ira que había sentido antes de desmayarse se hizo presente en su ser, como si ésta nunca la hubiera abandonado y hubiera permanecido adormecida igual que ella. La visión de la batalla de El Placidium también volvió a ella y así todo su rencor y furor. Ah, no. Esa mujer no se saldría con la suya.
Salió corriendo detrás de ella, sorprendida al comprobar todo el trecho que esa ladrona había ganado en sólo unos segundos. Debía tratarse de una gran atleta ya que desplazarse a tanta velocidad sobre arena era sumamente difícil para cualquier persona. Claro que Irelia no cuenta dentro del término persona debido a que atravesó el espacio que las separaba hecha una furia, con una velocidad inhumana y rugiendo como si se tratase de un animal.
La mujer sintió su proximidad y, mientras se volteaba para encararse con ella, extendió su arma frente a ella y la lanzó hacia la joniana. Ésta herramienta se trataba de una especie de hélice color bronce que salió despedida con tal fuerza que, por más que la joven trató de esquivarla, sus delgadas y resistentes hojas le atravesaron el costado derecho del torso, cortando las venas y provocando que la sangre saliera despedida a borbotones.
Aquella arma viró en un ángulo y volvió hacia su dueña quien contempló, horrorizada, cómo Irelia seguía corriendo sin prestarle la mínima atención a aquella mortal herida que estaba tiñendo todo su cuerpo de color rojo. En un par de zancadas llegó hasta ella y, alzando su puño con fuerza, le asestó tal golpe en la mejilla que la mujer salió despedida varios metros hacia atrás. Se esforzó en incorporarse y clavó su mirada en la joniana justo cuando veía cómo el cuerpo de su oponente se regeneraba: sus propias tripas parecían reinsertarse en su lugar correspondiente y su piel volvía a cubrirla. De no ser por la ropa de ella que estaba tinta en sangre, se hubiera convencido de que en realidad no le había infligido daño alguno.
"¿Qué demonios eres?" preguntó la ladrona, incorporándose con rapidez. No era humana, ya lo había comprobado a la perfección, así que decidió lanzarle la bolsa de monedas para quitársela de encima. "Ahí tienes, ahora déjame"
"Ni creas que sólo eso servirá para calmarme" le advirtió Irelia, mientras contenía su rabia para articular esas palabras. "No volverás a cometer semejante atrevimiento"
Apenas terminó de pronunciar aquella amenaza, la hélice de su espalda comenzó a bailar a su alrededor y atacó directamente a aquella mujer. Ésta, con un rápido movimiento, concentró sus energías y creó un campo a su alrededor que le protegió de aquel ataque, mas su poder era tal que al bloquearlo lo destruyó y fue lanzada lejos por una onda expansiva. La joniana, en cambio, permanecía en su mismo lugar, acercándose con lentitud a aquella mujer segura de acabarla con el siguiente golpe.
La ladrona se incorporó como pudo y alzó los ojos contra la joven. Pese a que el miedo recorría cada fibra de su ser, le devolvió una mirada desafiante que sorprendió a la misma Irelia. Aún así, la ira no mermaba y se detuvo a unos centímetros donde se encontraba su víctima y estuvo a punto de matarla, pero algo se lo prohibió.
La arena que se encontraba justo debajo de sus pies se alzó en un montículo y adquirió la forma de un soldado que poseía las mismas dimensiones que la joniana, armado con una lanza de arena que utilizó para atravesar el estómago de su oponente. La joven retrocedió pero las hojas metálicas se lanzaron contra aquella extraña criatura, deshaciéndola. Sin embargo, la arena volvió a acumularse y dos soldados se alzaron para suplantar al caído, empuñando sus lanzas contra la agresora. Irelia no cabía en su sorpresa cuando otra criatura, la cual no estaba compuesta de arena, saltó con agilidad y, con un báculo, la golpeó con tal fuerza que salió despedida hacia atrás.
Inmediatamente se puso de pie, llevando una mano a su vientre herido y a su costado derecho que había sido también impactado. Buscó con desesperación quién se había atrevido a infringirle tal daño y se encontró con un ser de más de dos metros de altura, cuyo cuerpo parecía el de un humano mas su cabeza estaba cubierta por un casco dorado en forma de águila. ¿Acaso esa criatura tenía rostro de ave? No lo sabía, pero tampoco se puso a meditarlo, simplemente se lanzó contra él para acabarlo.
Sin embargo, ese ser gigantesco evadía con sorprendente agilidad cada movimiento de las hojas metálicas y, cada vez que alzaba su báculo, más soldados de arena se alzaban para atacarla. Pronto se vio rodeada por guerreros que, por más que deshacía a golpes, volvían a regenerarse y atravesaban su cuerpo. Irelia trataba de abrirse paso para acabar con aquella ladrona mas esa inmensa ave se lo prohibía, protegiéndola con su cuerpo. Las lanzas perforaban cada parte de su ser, hasta que una ingresó por su ojo izquierdo y cortó de forma transversal su cerebro. Aquel ataque provocó que cayera rendida al suelo, mientras su sangre regaba la arena. Pese a eso, soldados no se detuvieron y la joniana debió sufrir aún más mientras perdía lentamente su consciencia. Y luego, la inundó el silencio.
Bien! Acá vuelvo después de 20 días que llevo sin publicar nada... lamento mucho haber desaparecido y aún más este capítulo ya que estoy segura que no es muy claro y, por lo menos yo, siento que carece de muchas cosas. Ocurre que me puse a pensar que el fic avanza demasiado lento y debería ponerle un poco más de "adrenalina" para que no pierda el hilo, ya que todos queremos que Irelia llegue a Noxus cuanto antes...
Además me encuentro enamorada de un anime de mi infancia, Inuyasha, por lo tanto espero que me comprendan y me sigan apoyando como hasta entonces. Recuerden: dejen su review para criticarme o alabar mi belleza, siempre será bien recibido y perdón por el retraso!
