Capítulo 10 – Objetivo a la vista
Irelia permaneció en la biblioteca con Nasus, en parte porque se sentía atraída por la gran cantidad de libros y pergaminos que allí había y en parte porque se sabía vigilada. Luego de las amenazadoras palabras de Azir había decidido no dar motivo alguno de sospecha y dejar que la vigilasen con toda la tranquilidad que quisieran.
Para su suerte el hombre-chacal era muy agradable y no había mostrado la misma desconfianza que el emperador, por lo cual pudo relacionarse bien. Le indicó donde se encontraban ciertos libros jonios, los cuales procuraba volver a guardar en el lugar preciso donde estaban, trató de ayudarle con algunos dialectos antiguos y hasta le comentó algunas cuestiones sobre las antiguas técnicas de combate de Jonia. El curador era un personaje de increíble erudición y siempre dispuesto a escuchar antes que comentar, lo cual permitía que Irelia se abriera aún más a él.
Permanecieron conversando hasta casi la mañana ya que ninguno de los dos tenía la necesidad de dormir ni de ingerir alimento alguno. Se encontraban sentados uno enfrente del otro, con aquella mesa donde había reposado la joven de por medio, abarrotada de pergaminos que habían leído juntos. Se encontraban en silencio, un silencio de comodidad en el cual ambos repasaban en su mente algún tema que les hubiera faltado para exponerlo y mantener otros agradables minutos conversando.
Fue Nasus quien quebró el silencio y, con su voz profunda y tranquila, le espetó:
"Irelia, si mal no recuerdo, en tu relato habías comentado que la razón por la cual saliste de Jonia fue para obtener noticias de tu hermano"
"Así es" afirmó la aludida, reprimiendo la melancolía que le generaba aquel tema. "Sé que hay demasiadas probabilidades de que haya muerto en el camino, ya que sólo habían dos puertos en los cuales podía aparcar: Noxus o Ciudad Bandle. Era imposible que terminara en Noxus, así que decidí ir por Ciudad Bandle, atravesar la selva de Kumungu y el desierto de Shurima. Estoy segura que él utilizaría ese recorrido."
"Sin embargo" repuso Nasus, pronunciando las palabras con suma lentitud como meditándolas mientras las iba diciendo, "si yo estuviera en una misión diplomática de la cual depende el futuro de un país, tomaría el camino más corto."
"Entrar a Noxus en época de guerra debía de ser muy complicado y más aún siendo jonio…"
"Complicado pero no imposible." Le cortó el curador, haciendo que Irelia reflexionara. Luego preguntó: "¿tu hermano era mozo de talento?"
"Ah, y no sabes cuanto" suspiró la joven, recostándose sobre la silla donde estaba sentada. "Era de esas personas que poseía un increíble magnetismo que atraía a todos, un aura de simpatía que siempre te hacía sentir cómodo con él. Aún así era un sargento astuto y sabía aprovechar tanto las buenas oportunidades como las malas. Era de esa clase de personas que sólo se ven una vez en la vida"
"Precisamente. Entrar a una ciudad de la índole de Noxus es complicado pero no imposible para una mente sagaz. Quizás tu hermano decidió cortar camino por ahí… ¿acaso Jonia no tiene otro puerto en el este?"
"Me temo que los noxianos fueron más listos y lo sitiaron con rapidez. Sabían que esa era nuestra única salvación… claro, eso y una psicótica levantada de su presunta muerte que aniquiló a todos" bufó.
Nasus apoyó su mentón sobre su mano derecha y quedó meditando durante varios segundos. Aquella historia, de alguna manera, le resultaba familiar. Remota pero familiar.
"¿Sabes? Mi hermano también era sargento" soltó de la nada, irguiéndose en su silla, estirándose cuán alto era. "Era un gran soldado, dueño de un magnetismo similar al que has nombrado, lo cual permitió que se afianzara mejor entre sus subordinados y escalara de posiciones con facilidad." Explicó. Irelia asintió con la cabeza, sin dudas la descripción de esa persona encajaba bien junto con la de Zelos. Él continuó: "Ah, no te das una idea de lo que era Shurima cuando rebosaba de esplendor, pero aún en medio de toda esa gloria el resplandecía por sí solo. No te das una idea de cuánto lo extraño."
"¿Cómo se llamaba tu hermano?"
"Renekton"
La joven quedó pensativa unos momentos, ya había escuchado ese nombre. ¡Claro! Sivir había lo había nombrado junto con otro… el cual no recordaba bien, pero sí recordaba que había sido pronunciado junto con la palabra "ascendido".
"¿Cómo murió?"
"Ojalá hubiera muerto" bufó Nasus. Y se dispuso a explicar: "hace miles de años, cuando todavía éramos simples humanos, un terrible mal amenazaba Shurima. Su destrucción era inminente, pero aún así mi hermano luchaba y se esforzaba en encontrarle una solución. Recurrió a mi para pedirme que buscara en los antiguos pergaminos algún milagro, algún túnel secreto, algún refugio seguro… y lo logré." Suspiró, sin dejo alguno de orgullo. "Encontré la leyenda del Disco Solar que concedía increíbles poderes y, puesto que no teníamos otra alternativa, decidimos ponerla en práctica… así fue como ambos ascendimos."
Se tomó una pausa mientras tragaba saliva y meditaba. Irelia esperó con paciencia a que volviera al mundo real mas no daba señal alguna de querer volver, estaba demasiado ensimismado en sus pensamientos.
"¿Y qué ocurrió con Shurima?"
"Logramos salvarla mas… mas Renekton enloqueció por completo. La furia lo dominó y aún lo domina ya que se encuentra por alguna parte de Shurima, pensando la forma más sencilla de asesinarme, aunque su mente se halla vuelto tan obtusa y banal."
La aparición repentina de Sivir a la biblioteca hizo que ambos detuvieran su conversación. No porque Nasus quisiera ocultarle algo, sino que hablar de aquel tema le generaba tal incomodidad que la primera oportunidad de abandonarlo le pareció perfecta.
"Irelia, mis hombres ya están preparados para partir." Anunció.
"Perfecto" repuso la aludida, poniéndose de pie y tanteando sus ropas. Tenía la bolsa con su dinero y su alforja pero le estaba faltando algo primordial: "Disculpen pero, ¿dónde dejaron mi arma?"
"Ah, cierto, me olvidaba de aquel detalle." Murmuró Nasus, mientras se acercaba a un mueble y sacaba la hélice de Irelia, la cual había permanecido unida en un bloque.
La joven soltó una exclamación de sorpresa al ver que ésta había perdido aquel color rojo sangre que había adquirido durante las batallas jonias y había recuperado su neutral color metálico. Antes de que dijera nada, el curador se apresuró a explicarse:
"Debo admitir que tu arma me llama mucho la atención, Irelia, por lo cual me tomé la libertad de experimentar con ella a ver qué ocurría… entenderás que, después de haberle enseñado a Sivir una táctica infalible como ese escudo protector, al enterarme que alguien había podido destruirlo con facilidad, tuve curiosidad por ver cuál era aquella poderosa arma. No le he hecho nada malo, sólo ejercí un poco de mis poderes espirituales en ella y tomó ese color."
"Ah, Nasus, no sabes cuán agradecida estoy contigo" le sonrió, tomándolos a los dos por sorpresa. En cuanto la hélice sintió la proximidad de la joven, se quebró en sus cuatro hojas que danzaron alrededor de ella, como dándole la bienvenida. Luego se adhirieron a su espalda como siempre. "De acuerdo, Sivir, marchemos"
La marcha por el desierto fue un verdadero hastío para Irelia. Ahora que ya no debía preocuparse por su alimentación ni por su descanso sufría una gran impaciencia cuando todo el séquito de Sivir se detenía para armar sus toldos y descansar. Llevaba consigo diez hombres que, a su vez, montaban diez camellos que también debían reposar. Ella se esforzaba por imitar el lento caminar de los animales, pero siempre terminaba exasperada.
Por suerte los vientos áridos que nacían del Monte Targon y que bajaban hacia toda Shurima no eran tan intensos a esa altura, ya que obtenían velocidad a medida que viajaban en dirección sur por el desierto. Eso explicaba el por qué cuando estaba en Sai con Riven se había levantado una repentina ventisca que había concluido en una gran tormenta de arena. Por lo menos a esa altura del recorrido el calor no era tan intenso ni las noches eran tan frías. La proximidad con las montañas había permitido nivelar un poco la brecha de amplitud térmica.
Les costó toda una dolorosa semana llegar hasta su destino. Tres días antes ya se había podido vislumbrar el Monte Targon, lo cual hizo que la impaciencia de Irelia aumentara, mas continuó tragándose su impotencia. Cuando las arenas empezaban a perderse y la aparición de numerosas rocas les indicaba el inicio de la ladera, Sivir detuvo a su séquito y anunció:
"Hasta aquí llegamos, Irelia. Ahora que estás en los Pisos Tumultuosos tienes que seguir hacia el noreste desde este punto." Le explicó, señalándole el camino. Y agregó: "Este territorio pertenece a la tribu Rakkor, unos guerreros brutos y arcaicos que retan a cualquier persona que pase por aquí para pelear. Te diría que tengas cuidado, pero sé que es inútil. Calculo que mientras no se te ocurra escalar el Monte Targon estarás de maravilla."
"Muchas gracias, Sivir, te lo agradezco" le sonrió la joven, alegre de que por fin se encontrara libre. Echó un vistazo hacia el invisible camino que tenía que recorrer entre las rocas y murmuró: "¿Te debo algo por esto?"
"Olvídalo" repuso ésta, tomando las riendas de su montura y obligándola a dar la vuelta para marcharse. "No te ofendas, pero después del susto que me has dado no quiero nada de ti."
"Tranquila, puedo vivir con eso" rió la joniana. "Adiós, Sivir"
"Adiós"
De aquella forma tan seca se despidieron. De hecho, fue mucho más amable de lo que la joven se había imaginado ya que había atentado contra su vida y ahora la había acompañado hasta allí. No tenía nada que reprocharles.
Empezó a trepar por la ladera de los cerros que se alzaban ante ella. Primero con mucho cuidado y luego con una ansiedad pasmosa que había quedado reprimida durante aquellos siete infernales días. Saltaba con la agilidad de un carnero y, como el viento árido secaba las rocas, no corría riesgo alguno de resbalarse. Le tomó sólo un día trepar hasta las montañas hasta encontrarse en los Pisos Tumultuosos propiamente dicho. Su nombre estaba bien puesto ya que el recorrido era tan irregular que nunca sus dos pies estaban en la misma altura. Sin embargo la libertad de brincar por todos lados le produjo tal felicidad que poco le importaba y se limitaba a disfrutar aquella habilidad que había desarrollado su transformación a darkin.
Llevaba tres días recorriendo aquel rocoso relieve cuando un hombre se plantó frente a ella y, armado sólo con una lanza y un escudo, exclamó:
"Mujer de tierras desconocidas, retrocede o enfréntate a la ira del poderoso Vulcanus"
"Caballero, tiene que haber un error, yo sólo estoy circulando por aquí de forma pacífica con la mera intención de llegar a Noxus." Repuso con una relajada cortesía, procurando dulcificar al guerrero. "Dispense, pero no siento deseo alguno de entablar combate con usted"
"Pelearé con toda criatura que se planté delante de mí, quiera o no" Anunció golpeando la base de su lanza contra el suelo. Acto seguido la enristro apuntándola contra el pecho de la joven y corrió a ella.
Irelia, al no tener el más mínimo interés en pelear con aquel hombre, y mucho menos herirlo, decidió tomarlo como un juego y recordó las viejas enseñanzas de su padre. Tácticas sencillas pero vitales que había aprendido para combatir utilizando la propia fuerza de su oponente. En los Pisos Tumultuosos se acumulaban muchas corrientes, lo cual provocaba que el viento variara constantemente de dirección con una increíble fuerza. En aquel preciso instante el viento soplaba en forma contraria a la carga del guerrero, lo cual aminoraba su carrera y obstaculizaba su visión. La joven no tuvo problema alguno en atrapar la lanza entre sus brazos y asestar un fuerte rodillazo en el escudo de aquel hombre, lanzándolo varios metros hacia atrás.
El guerrero sólo lastimó su espalda al impactar contra las rocas ya que el escudo había recibido todo el daño. La joven suspiró aliviada y, confiando en que eso hubiera sido más que suficiente para deshacerse de él, le ayudó a levantarse y le devolvió su lanza.
"Noble Vulcanus, sería un grandísimo honor para mi entablar combate nuevamente con usted, pero el tiempo me apremia y temo que tendremos que dejarlo para otra ocasión" sonrió, dejándolo atrás con una mueca de sorpresa grabada en su rostro.
Continuó su recorrido corriendo y saltando; al no sentir fatiga alguna, jamás se cansaba de estar haciéndolo. Sólo se detuvo una vez cuando divisó un río y decidió asearse… ah, y cuando otros guerreros quisieron retarla, siguiendo el mismo destino que el primero.
Lástima, se dijo para sí misma. Si tuvieran un poco de técnica los rakkorianos serían buenos guerreros ya que voluntad no les falta… pero sí algo de seso.
Sólo le llevó dos días más terminar de recorrer el trecho que le faltaba cuando observó cómo las rocas presentaban musgo y el pasto se filtraba entre las hendiduras. Los yuyos crecían por todos lados y las flores que se asomaban saludaban a la joven con sus hermosos colores. ¡Hacía tanto tiempo que no veía un paisaje verde! Ella que había crecido en el bello y místico bosque jonio había olvidado la frescura de los árboles, la maravilla de los insectos y las aves, y el olor a vida. Había pasado demasiado tiempo en el desierto de Shurima.
Era de noche cuando llegó al final de aquel pequeño valle y contempló la imponente ciudad de Noxus: se trataba de un gran monte en el cual, pese a la distancia a la que se encontraba, se podía vislumbrar un enorme palacio que brillaba con los rayos de la luna. Debajo del monte había grandes edificaciones que estaban protegidas por una gigantesca muralla que, pese a las altas horas, estaba rodeada por soldados que la recorrían. Alrededor de aquella muralla se alzaban pequeñas casas desprotegidas ante la intemperie pero que se encontraban rodeadas por un extenso río que evitaba cualquier tentativa de ataques sorpresivos. Todo Noxus se hallaba bordeado por aquel río y un gran puente elevadizo, el cual se encontraba retraído, era la única entrada factible a la ciudad.
Por primera vez después de muchos días de andar corriendo y viajando, Irelia se sentó entre las plantas y los arbustos y se quedó contemplando la vista en completo silencio. Debía pensar con cuidado cómo debía actuar una vez que se encontrara dentro de la muralla, ya que estaba segura que allí era donde debía empezar a buscar.
Se recostó contra el tronco de un árbol y permaneció quieta, con la imponente Noxus frente a ella.
Ya sé que merezco que me prendan fuego el rancho, pero quiero que sepan que esta vez tengo una excusa completamente válida.
Verán, el pendrive donde guardo el archivo de word también es mi mp3, y como perdió las facultades de reproducir música, se lo entregué durante un tiempo a mi hermano para que lo arreglase... después de varias cirugías, determinó que el paciente estaba más que muerto, pero que seguía sirviendo de pendrive. Cuando lo conecté cuál fue mi sorpresa al notar que la computadora no lo leía! Así que lloré un ratito en posición fetal porque ya estaba escrito este capítulo y gran parte del próximo. Sin embargo, como se lo había pasado por face a un amigo, pude rescatarlo y aquí está! Aunque el capítulo 11 tengo que escribirlo de nuevo :c
Entre otras noticias, ¡Soy plata 5! :D Sé que no es la gran cosa y no es importante, pero cuando jugas tus primeras 10 ranked en tu vida y terminas plata, no podes evitar estar feliz c: así que es lo que me consuela después de perder un mp3 y pendrive al mismo tiempo ;c
Gracias por leer y perdón por ser taaaaaan colgada y torpe! :c
