Antes de comenzar a leer, quisiera hacer una aclaración:

Este capítulo me costó mucho ya que fue difícil entender la demografía noxiana (y sigo sin entenderla bien) y aún más darle mi punto de vista, así que les advierto que hay muchas descripciones por delante. Entiendo que los párrafos cortos y la fluidez de diálogos hacen la lectura más amena, pero por más que me esforcé no pude evitar poner todas esas descripciones, ya que en el siguiente capítulo explotarán muchas verdades que espero los dejarán boquiabiertos c:

Sin más preámbulos, espero que lo disfruten!


Capítulo 11 –Noxus

Primera Parte: Implosión

Cuando los primeros rayos de sol empezaban a asomarse desde el Mar del Guardián, Irelia contempló cómo varios soldados marchaban en fila saliendo de la muralla, atravesando las casas y bordeando el río. Algunos se separaron para bajar el puente que permitiría el paso mientras los otros permanecían de pie con la mirada fija en el horizonte. Sus armaduras eran opacas, la mayoría de color negro y muy pocas con algún tinte rojizo. Todos llevaban yelmo y, los que estaban más próximos al río, traían consigo pesadas hachas que apoyaban en el suelo; los que quedaban rezagados atrás portaban grandes escopetas de grueso calibre.

Alrededor de la ciudad se extendían varias rutas de comercio de las cuales no tardaron en aparecer caravanas de personas que deseaban entrar a Noxus. Irelia mudó su ropa por un vestido blanco, única prenda que tenía que no indicaba su procedencia jonia, y camufló su arma uniendo las cuatro hojas entre sí para formar un solo filo. Rompió su daga y utilizó su empuñadura para así fingir que lo que portaba consigo era una espada demasiado grande. Igual a como lo había hecho su padre antes.

Descendió de su escondite entre los árboles y se sumó a la primera caravana que encontró accesible. Estaba compuesta por granjeros que llevaban en grandes carretas sus productos cosechados, ancianos que tiraban de las bridas al ganado, mujeres que cargaban montones de telas de distintos colores y texturas, niños que correteaban por todos lados mientras molestaban a los animales y muchas otras personas. Nadie le prestó atención cuando se unió a aquel grupo, sólo algunos pequeños que se sorprendieron por su gran altura y su larga melena oscura que ondeaba por el viento.

A medida que avanzaban y que el sol iba ganando trecho en el cielo, Irelia pudo observar detalles que no había notado durante la noche: el monte que ocupaba el centro de la ciudad presentaba una irregularidad en su relieve que parecía que le concedía el aspecto de una calavera. Debajo de aquel rostro macabro se hallaba el inmenso palacio que había visto de noche y, debajo de este, se hallaban grandes edificaciones. Luego se alzaba la gigantesca muralla, la cual tendría más de cuatro metros de alto, y después cientos de casas. Básicamente, esa era la demografía de Noxus, toda rodeada por aquel lago artificial que cumplía la función de frustrar ataques hacia la ciudad.

La caravana cruzó el puente de madera empujándose los unos a los otros para no quedarse cerca de los bordes, ya que todos temían caerse al agua. Bueno, si se le podía llamar agua a aquel líquido viscoso negro que burbujeaba y emitía un repulsivo hedor. Las personas se agolpaban de forma tal que varios terminaban tropezando y eran pisoteados por los demás mientras trataban de levantarse. Los soldados no intercedían, permanecían en sus puestos atentos ante aquella desesperada concurrencia, tratando de detectar potenciales ladrones con sólo mirarlos.

Una vez que la joven llegó al otro lado se separó de la caravana y contempló la ciudad que se alzaba enfrente suyo: la parte de Noxus que se hallaba fuera de la protección de la muralla era sumamente pobre. Casi todas las edificaciones que se alzaban eran casas, sólo destacaban algún hospital por allí o una escuelita maltrecha en algún costado. Las construcciones estaban hechas de ladrillos pero eran tan antiguas que estaban resquebrajadas y las grietas se ramificaban entre las paredes. Sin embargo, todas habían sido disimuladas, o tratadas de disimular, con una buena mano de pintura; por eso todos los hogares eran muy coloridos pese a que se estuvieran desmoronando poco a poco.

Irelia se sintió un poco desorientada, pese a que esa era sólo una parte de Noxus, nunca había estado en una ciudad donde hubiera tantas personas. Había que caminar con cuidado para que las ruedas de las carretas no pisaran los pies y para evadir a los cientos de niños que corrían por todos lados. Le llamó la atención que todos los pequeños llevaban ramas consigo, simulando que eran espadas, y desafiándose entre sí. Incluso notó que pese a su temprana edad se erguían en posturas de combate e imitaban el caminar de los grupos de soldados que iban y venían. Conque esa era la forma que tenían de garantizar la seguridad y preservar la dictadura militar.

Mientras meditaba al respecto, observó que una delgada figura se acercaba a los pequeños con exageradas zancadas. Los niños voltearon a verla y soltaron sus rústicas armas para correr hasta ella y comenzar a brincar a su alrededor, mientras estiraban sus brazos y vociferaban por dulces. Esa persona era una mujer joven, de cuerpo delgado y piel muy blanca. Llevaba el cabello azabache corto hasta el cuello y sus ojos dorados resplandecían con el maquillaje que los delineaba con sutileza. Traía puesta una provocativa camisa blanca y unos pantalones cortos negros que dejaban a la vista sus largas piernas, cubiertas con medias altas también negras. Una enorme capa roja y endrina* cubría todo el cuerpo a espaldas de la joven y su cabeza era coronada con una elegante galera. Era sumamente hermosa y su vestimenta sugerente atraía miradas indiscretas mas ella estaba dedicada a los pequeños, haciendo graciosos gestos, dando algunas volteretas y regalándoles algunos dulces que sacaba de su galera para asombro de estos. Por sus muecas y su inquebrantable silencio se suponía con facilidad que se trataba de un mimo.

Irelia recién se percató que estaba estática observándola cuando ésta le dedicó una sonrisa e hizo un gesto con una mano enguantada para indicarle que se acercara. Su cuerpo avanzó hacia ella de forma mecánica, sin analizar que estaba caminando siquiera, y se detuvo a pocos centímetros. Los niños, pese a estar acostumbrados a ver caras extrañas y nuevas por aquella parte de Noxus, se abrazaban a las piernas de la mimo intimidados por la notable altura que tenía la joven. La mujer mantuvo su sonrisa centellante mientras sus manos hacían unos movimientos mágicos para generar expectativa y, posando sus dedos en la oreja de la joniana, sacaba de esta una preciosa rosa de color negro. Los pequeños exclamaron sorprendidos e Irelia se permitió devolverle una sonrisa. Claro, ella provenía del país donde había más interacción con la magia y donde más se había investigado su manipulación y moderada utilización, pero aún así le pareció simpático el gesto. La mujer sostuvo la rosa unos segundos y luego, poniéndose en puntitas de pie, enredó con sutileza el tallo entre los mechones de la joven y se la colocó en el costado derecho de su cabello.

"Allí no podrá lucirse demasiado ya que es del mismo color que mi pelo"

La mujer se llevó un dedo a su ojo izquierdo y lo guiñó en respuesta. Luego retrocedió un par de pasos y continuó su humorística caminata, seguida esta vez por los niños que trataban de imitarle. La joniana la observó marcharse mientras llevaba sus dedos a la flor y acariciaba sus aterciopelados pétalos. Jamás había visto una rosa de aquel color.

Aquella súbita aparición le había puesto de buen humor y se sorprendió a si misma al notar que conservaba la sonrisa grabada en sus labios. La alegría le dio energías y salió a recorrer todo ese sector de la ciudad sin obtener algún resultado satisfactorio. La única autoridad allí eran los soldados que proliferaban casi tanto como los pobladores, pero entre ellos no destacaba ningún sargento u oficial. No había ningún edificio de correo, biblioteca, templo, taberna o alcaldía. Sólo casas.

Supo entonces que debía dirigirse al otro sector de Noxus que había contemplado desde afuera: el interior de las murallas. Pese a que el exterior era un sector bastante pobre, notó que era muy amplio ya que le tomó bastante tiempo recorrerlo hasta llegar al comienzo del inmenso paredón. Atravesó la única puerta que había, la cual se encontraba custodiada por numerosos soldados que clavaron su mirada sobre ella, y se sorprendió al contemplar el grosor que tenía aquella construcción. El muro era tan ancho que formaba un extenso túnel donde tenía que cruzar todo aquel que deseaba pasar al interior de la ciudad. Cada cinco centímetros había un guerrero con el arma descansando en sus brazos y la mirada atenta a cualquiera que pasara enfrente suyo. De todos modos no había muchas personas que llegaran a aquella parte y, las que lo hacían, debían pasar por una inspección que realizaba un general noxiano que destacaba del resto de los subordinados por su yelmo que, en la parte superior de su cabeza, adoptaba la forma de picos. Un espeso bigote marrón se asomaba debajo de su nariz y sus ojos del color de la miel se clavaban con intensidad sobre aquello donde se dirigían. En aquel momento se encontraba con un hombre de pobre aspecto enfrente suyo, inspeccionando el documento que le había entregado.

"Quítenme a este falsificador de enfrente" rugió de pronto, con una voz aguda que contrastaba con su físico pero que de todos modos sonó como un trueno.

Inmediatamente dos soldados de la formación se acercaron y, tomando cada uno del hombro al pobre sujeto que se debatía para soltarse, lo llevaron hasta la puerta y lo arrojaron al sector externo. El general estrujó su identificación entre sus manos y la arrojó a un cesto llenó de papeles. Luego se concentró en Irelia y la estudió unos segundos. A la joven no le sorprendió, sabía que la diferencia en las facciones delataría que no era noxiana, mas esperaba que no reconocieran su procedencia jonia.

"Nombre, documento y motivo de su visita." Exigió sin un saludo previo.

"Priscilla Blair" respondió la aludida, extendiéndole la libreta que le había entregado Miss Fortune de forma desinteresada al llegar al puerto de Ciudad Bandle. "Vengo de visita, busco ciertas telas para confiscar y comerciar en Noxus" explicó, satisfecha consigo misma de la buena excusa que se había inventado el día anterior.

El general levantó el rostro y contempló con más detenimiento a la joven. Tomó su identificación y se alejó unos pasos hacia el final del túnel donde caían los rayos del sol para leer mejor. Su semblante permanecía serio pero la joven creyó ver cómo sus cejas se levantaban una milésima y luego daba vuelta las hojas. Terminó de leer y clavó la mirada sobre Irelia, como asociando la información que figuraba allí con la persona que tenía en frente; pero luego sus ojos se desviaron unos segundos a un costado de ella, y releyó de nuevo. Cerró el pasaporte y se acercó de vuelta.

"¿Priscilla Blair?" inquirió el hombre, sin quitarle la vista de encima.

"Si" respondió la joven, sospechando si la habría reconocido. Sus ojos tenían tal intensidad que temía ser descubierta.

"Bien, pase" repuso, devolviéndole su libreta y haciendo una señal a unos soldados que se encontraban más allá custodiando la entrada. Estos bajaron las hachas que empuñaban y dejaron un espacio para que avanzara.

Tomó su identificación y caminó hacia el final de aquel túnel. Se convencía a sí misma de que no se había intimidado por la presencia de tantos soldados y la mirada penetrante de aquel general, pero su arma vibraba en su espalda, quizás expresando los nervios que ella misma no se permitía ya que cuando entró al interior de la muralla y se alejó de la puerta, ésta se detuvo.

El interior de la ciudad era muy diferente. Las casas se alzaban con majestuosidad, construidas con ladrillos y piedras, carecían de colores aunque ese aspecto rústico le daba una sensación agreste y hogareña que resultaba confortante. Los senderos de la ciudad eran empedrados y, a su alrededor, crecía la hierba y flores de los yuyos silvestres.

Irelia caminó, sorprendida ante la marcada diferencia, y notó cómo se alzaban varias tiendas en serie donde se encontraban acumuladas la mayor cantidad de personas. Un cartel pintado con letras elegantes anunciaba: Mercado. Al recorrer ese sector llegó hasta ella el delicioso aroma de pastel de moras proveniente de una pastelería que exhibía sus productos. Ese olor era tan relajante que, pese a no tener necesidad alguna de comer, ingresó para degustar una porción.

El carácter rústico de las edificaciones, la ausencia de tumultos y griteríos en las personas, los deliciosos aromas en el aire y el sol que calentaba los hombros de la joven le relajaron y, pese a que en aquel área la presencia de oficiales se acentuaba aún más, se permitió exhalar un profundo suspiro que alivió sus tensiones. No olvidaba la razón por la cual estaba allí, pero le confortaba saber que Noxus tenía un lado humano que no había podido ver por las circunstancias. Ahora sí podía comprender mejor a Riven. ¿Ella se había criado en el exterior o en el interior de la ciudad?

Claro, ¡RIven! Una de las noches que habían acampado en la selva de Kumungu ella le había comentado que, ante cualquier problema que tuviese, tenía que buscar a Emilia. Bueno, por ahora no era necesario, podría investigar por ella misma y al obtener un resultado no satisfactorio podría recurrir a ella.

De pronto salieron todos los pobladores de las tiendas, las cuales cerraron. Todas las personas que estaban en las casas salieron con sus familias hacia el oeste de la ciudad, también quiénes vagaban por las calles y los que se encontraban en el interior de otros edificios. Hasta los mismos soldados se movilizaron hacia un mismo punto, conformando una voluminosa masa que terminó arrastrando a la joven.

"Espero que esta vez le den su merecido a ese imbécil" rugió un hombre entre el constante griterío de la multitud.

"¡Es demasiado fuerte! Ha peleado contra diez hombres a la vez y ha salido invicto." Respondió otro desde una punta diferente.

"¿El Alto Mando aún no ha averiguado de donde proviene? ¡Su país debe de estar repleto de guerreros de esa índole!" exclamó un tercero, motivado por la conversación generada de una punta a la otra.

"No se ha confirmado, pero quienes que lo vieron de cerca creen que es un jonio" contestó el primero.

Irelia paró sus orejas alarmada. ¿De qué guerrero jonio estaban hablando? ¿A dónde estaban yendo? Para su suerte, no tuvo que esperar para que sus dilemas sean resueltos.

Un gigantesco coliseo se alzaba en el lado oeste del interior de la ciudad y hacia allí se dirigía toda la masa de personas. Su construcción hacía gala del opulento estilo arquitectónico noxiano, conservando un carácter majestuoso que contrastaba con el rústico de los hogares.

Aquel enorme edifico constaba de varias entradas donde se fue dividiendo el gentío. Los soldados se separaron de la masa para custodiar estas y vigilar quiénes eran los que ingresaban al establecimiento. La joven ingresó movida por la curiosidad.

En el centro del coliseo había una gran parcela de arena, de donde salieron cerca de treinta guerreros que alzaron sus armas hacia el público. Las personas se habían sentado en unos asientos de piedra construidos a altura elevada de aquel campo, permitiendo que pudieran ver con claridad todo lo que ocurría.

Una trompeta sonó con estruendo y los combatientes de la arena entraron en una ardua pelea. El público rugía, blasfemaba y gritaba con un fervor enfermizo mientras los guerreros se descuartizaban a sí mismos. La mayoría de ellos se lanzaba contra un hombre que se hallaba parado en una esquina y que repelía a cualquiera que se acercara hasta él con una lanza enristrada bajo el brazo.

Irelia se paró de un brinco en el lugar donde estaba sentada y salió corriendo de allí. Nadie le prestó la mínima atención, incluso los soldados estaban demasiado concentrados en la sangrienta pelea como para importarles que alguien decidió irse.

Se alejó corriendo de aquel lugar. Corrió y corrió entre los edificios de Noxus, despertando el interés de las pocas personas que no habían ido al coliseo. Sus manos apretaban con fuerza su boca como si temiera vomitar en cualquier momento. Estaba segura que no se daría el caso, pero le había causado tal repulsión aquella imagen que tenía un denso nudo en la garganta que avanzaba hasta su lengua generando esa sensación.

Esa escena le había traído a la memoria la visión de la pelea de El Placidium que le había mostrado Aatrox: ella sola peleando contra cientos de soldados, destripando y desmembrando cuerpos sin satisfacerse nunca. La ira y el deseo de sangre que habían germinado en ella durante aquella batalla decisiva eran iguales a los sentimientos que expresaban esos despiadados noxianos ante aquel siniestro espectáculo.

Cuando por fin logró calmarse un poco se detuvo y se escabulló en un callejón hecho por las paredes de piedra de las casas. Se sentó en un rincón y sintió cómo su corazón palpitaba con intensidad, al igual que su arma en su espalda. Notó que el sol casi se había ocultado en el oeste, trayendo la oscuridad que sentó bien al ánimo de la joven. Los soldados que rondaban por la ciudad se acercaron a las grandes antorchas que estaban clavadas en los costados del sendero empedrado y las fueron encendiendo. Pero por suerte, su luz apenas llegaba al escondite donde ella se hallaba.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, quieta como una estatua mientras meditaba para lograr relajarse por completo. Llevó una mano al costado derecho de su cabeza y tanteó con los dedos la delicada textura de la rosa negra que le había entregado la mujer mimo, sonriendo sin darse cuenta. El abrigo de la noche le resultaba confortante y hacía memoria de las enseñanzas de su padre y de Karma, pidiendo a su mente y organismo encontrar tranquilidad. Pese al grado de abstracción en el cual se encontraba, su instinto reaccionó cuando sintió unos pasos que se aproximaban hasta ella. Se levantó con rapidez y clavó su mirada hacia la única entrada del callejón.

No había nadie. Sólo se podía observar la tenue lumbre de las antorchas y se oían el murmullo lejano de algunas voces, pero nada más. Permaneció atenta unos segundos y, cuando se convenció que sólo había sido una falsa alarma, relajó su postura. Sin embargo, sus ojos lograron captar cómo un relámpago de luz se dirigía con rapidez hacia ella y se hundía en su estómago, causándole una fuerte punzada de dolor. Se dobló en dos y tanteó con los dedos la empuñadura de aquella navaja, arrancándosela de un tirón.

Alzó la vista para contemplar a su agresor mas no vio a nadie. En cambio, sintió un ruido a sus espaldas y cuando trató de voltearse sintió otra fuerte punzada a la altura de su pulmón izquierdo. Un aullido de dolor escapó de sus labios mientras hacía un esfuerzo para voltearse y contemplar cara a cara a aquel enemigo. No pudo ver mucho ya que usaba una larga capa azulada que cubría la mayor parte de su rostro y caía hasta el suelo, pero por la mano que presionaba la navaja contra su cuerpo supo que se trataba de un hombre. Irelia presionó su puño con fuerza y se volteó para asestarlo en el pecho de aquel sujeto mas éste saltó hacia atrás para esquivarlo.

La joven llevó su mano a la espalda y se arrancó esa otra navaja. Aquel ataque al pulmón le había dejado sin aire durante unos segundos, pero a medida que éste se regeneraba sentía como le volvía a correr por las vías respiratorias. Luego clavó su mirada en aquel hombre que se encontraba arrodillado en un rincón, como una fiera que esperaba el momento indicado para arremeter contra ella. Por la agilidad y destreza de sus movimientos supo que no se encontraba con un sujeto cualquiera, sino con un experto mercenario. Su cuerpo tembló de rabia, pero se obligó a sí misma a controlarse. No volvería a dejar que la ira la consumiera.

En ese momento el hombre dio un brincó hacia Irelia, quién retrocedió un paso dispuesta a cargar contra él. Pero, para su sorpresa, se desvaneció en el aire antes de que chocaran y reapareció a sus espaldas, enterrando con fuerza una navaja en su cuello a la altura de la yugular. La joven no pudo emitir sonido alguno ya que el dolor era tan intenso que por más que gesticulara con los labios no pudo soltar ni un ronroneo. Sin embargo pudo ignorar la agonía unos segundos para asestarle una patada en el estómago que tomó desprevenido al sujeto, alejándolo un par de metros por la intensidad.

Gracias a aquel espacio que logró ganar se permitió retroceder mientras se quitaba el puñal del cuello. Su cabeza daba vueltas y veía manchas de colores que obstaculizaban su visión, junto a un molesto pitido que emitían sus oídos que lograban confundirla aún más. La sangre salía a borbotones, manchando su pulcro vestido blanco y sus manos. Aunque, por suerte, no había perdido la noción de dónde estaba y cuál era su situación, permitiendo a su instinto luchar por restablecerse lo antes posible. Así fue que sintió cómo aquel hombre volvía a arremeter y ella, cómo mecanismo de defensa, retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared y empuñó la larga espada, la cual se quebró en las cuatro hojas metálicas que se unieron en un mismo punto, creando un escudo impenetrable que repelió todas las navajas que el mercenario le lanzaba.

Mientras tomaba grandes bocanadas de aire para recuperarse sintió que aquel hombre daba algunos pasos hacia atrás y, con un hilillo de voz, murmuraba una palabra. Una sonrisa ensangrentada afloró en los labios de Irelia al estar casi segura que había escuchado que la insultaba. Maldita.

"Felicitaciones, jamás supe de nadie que sea capaz de portar tantas navajas" rió con una carcajada exagerada y que fue interrumpida por un espasmo de dolor. Luego agregó: "En serio, ¿de dónde las sacas?"

El sujeto se lanzó de vuelta hacia ella, dispuesto a arremeter contra aquel escudo hasta encontrar algún flanco débil para atacarla. Mas esos valiosos segundos que le otorgó la protección de su arma y aquel comentario fueron suficientes para que su organismo se recuperara casi por completo; por lo tanto se puso en pie y las hojas metálicas se separaron y apuntaron amenazantes contra el cuerpo del mercenario. Sin embargo, para sorpresa de Irelia, éste reculó su ataque: mientras permanecía en el aire lanzó, en forma de anillo, muchas navajas. La joven retrotrajo las hojas para volver a formar el escudo que la protegió de las cuchillas, repeliéndolas a todas.

Cuando sintió que el ataque había terminado deshizo el escudo y alzó la mirada en búsqueda del mercenario mas éste había desaparecido. Salió del callejón hasta el sendero empedrado iluminado por las antorchas y vio cómo su silueta protegida por aquella capa se escondía detrás de la esquina de una casa, observando cómo una familia caminaba cerca de donde ellos se encontraban mas terminaban tomando otro recorrido. La joven quiso lanzarse sobre él pero éste sólo le dirigió una sonrisa mientras hacía un gesto y todas las cuchillas que le había lanzado volvían hasta el, rasguñando el cuerpo de Irelia. Rugió de dolor e ira pero cuando quiso abalanzarse para matarlo, éste se había esfumado.


*Endrino: Color negro azulado. (Bonito sinónimo, ¿verdad?)