Capítulo 11 – Noxus
Tercera Parte: Explosión
La noche iba aproximándose cuando las nubes se alzaron y cubrieron al sol justo cuando se retiraba, iniciando una copiosa llovizna que calaba hasta los huesos. No era muy intensa para considerarla lluvia, pero mojaba lo suficiente para que, junto con las corrientes de viento, entumecieran los miembros de cuanta persona se encontrara en la intemperie. Por eso todos salieron corriendo a buscar refugio en sus hogares o donde fuera, a excepción de Irelia quien seguía con grandes zancadas los pasos de la teniente Du Couteau. Ambas tiritaban de frío, mas continuaban su marcha con paso decidido.
Atravesaron la muralla y salieron del interior de la ciudad para situarse en el exterior. La joven había olvidado el estado precario en el cual vivían las personas de allí, pero le resultó aún más doloroso al contemplar cómo trataban de refugiarse en aquellas chozas mal construidas y varios, resignados, caminaban cómo podían en aquel suelo de tierra que comenzaba a embarrarse.
Continuaron avanzando hasta que, en un punto, la teniente se desvió hacia la izquierda y avanzó con grandes zancadas. Irelia contempló que allí había un desnivel en el relieve del suelo, generando una especie de túnel que conducía hacía las entrañas de la tierra; un accidente natural.
A medida que caminaban el terreno descendía y las conducía a una parte de Noxus que había pasado desapercibida por la joniana. En las paredes que se formaban a los costados había colgadas varias antorchas y un fuerte vaho caliente y pestilente las recibió, envolviéndolas. Varias personas que no lograban refugiarse en el exterior iban en la misma dirección, sintiéndose confortadas por el calor que emanaba.
Luego de descender y descender durante más de una hora llegaron a un terreno extenso donde el suelo se nivelaba y un curioso paisaje se extendía ante Irelia. Había creído que Noxus, pese a ser una potencia, era una ciudad muy pequeña ya que no abarcaba mucho espacio… en la superficie, le faltaba aclarar, ya que miles de edificios se extendían más allá del horizonte. Ahí comprendió: la razón por la cual hacía tanto frío en el interior era porque se encontraban en un punto elevado del monte donde fue erigida la ciudad. En cambio, allí se encontraba la verdadera metrópoli, con cientos de gigantescas fábricas que expulsaban sus repugnantes y calientes vapores que se filtraban a la superficie como podían. Por eso hacía tanto calor.
"Increíble" repuso, admirada. "Esconden la verdadera ciudad bajo la fachada del exterior."
"No escondemos nada, cualquiera puede entrar aquí y es de público conocimiento El Subterráneo" replicó la pelirroja, deteniendo su marcha y contemplando junto con ella. "El Exterior es sólo para los civiles, El Subterráneo le pertenece al verdadero corazón de Noxus: el ejército."
"¿Aquí se encuentra Emilia? Parece mucho más extenso que la superficie…"
"Lo es. De hecho, aquí se encuentra quien seguro sabe dónde está Emilia" respondió la teniente, retomando la caminata. Y agregó: "Jamás permanece mucho tiempo en el mismo lugar."
Continuaron la marcha, ingresando al interior de El Subterráneo. El repugnante olor se concentraba aún más, pero luego de un rato la joven pudo acostumbrarse sin necesidad de fruncir su nariz. Ningún tipo de hierba crecía y no se contemplaba ningún animal. Por todos lados se alzaban gigantescas fábricas metálicas de color negro que emanaban aquellos humos pestilentes y, a su alrededor, cientos de tabernas y posadas donde proliferaban las personas. Bah, en realidad, aquellos eran soldados ya que todos estaban armados con pesadas hachas, filosas espadas y otros elementos de combate. Ninguno llevaba puesta toda la armadura, pero aún así se entablaban varios combates callejeros, donde se destripaban los unos a los otros bajo la poderosa influencia del alcohol. O simplemente se encontraban tirados en el suelo, luego de haber bebido cantidades desorbitantes, incapacitados para mover un ápice su cuerpo. Aquel lugar era un espectáculo vulgar y decadente.
"¿Cómo pueden… cómo pueden tolerar todo esto?" murmuró, sin percatarse de que lo había dicho en voz alta.
"Es la única forma que tenemos para tolerar todo lo otro" repuso la teniente, deteniéndose en seco y clavándole una mirada profunda. "Por más que entrenemos para ser sanguinarios, ningún ser humano está preparado para tolerar todo lo que sufre, ve y hace un soldado noxiano. Swain es un líder demasiado astuto: nos entrega esta parte de la metrópoli para consumir aún más nuestro cuerpo y espíritu mientras tratamos de ahogar todas nuestras penas y sufrimientos en un vaso de repugnante aguardiente." Explicó, con un ardor que aumentaba con cada palabra que pronunciaba. Luego desvió su mirada hacia un punto en el suelo y murmuró: "Los pocos soldados que regresaron de la invasión a Jonia dedican la mayor cantidad de horas de su vida aquí. Algunos murieron por el exceso de alcohol en sus venas, otros en las peleas absurdas que entablan, y otros en cosas que ni quiero imaginar. Es… un final terrible que nos llegará a todos por igual." Concluyó, volteándose y reanudando la marcha.
Irelia la contempló algunos segundos más, analizando sus palabras. Le recordaban a las mismas que había pronunciado Riven en Shurima, aunque la teniente había sido mucho más específica. Sin embargo, ambas hablaban de la decepción que se llevaban todos los noxianos con el ejército… la diferencia era que Riven optó por escapar de aquel oscuro futuro y aquella mujer había optado por quedarse. ¿Por qué? Si sabía en qué clase de infierno estaba metida, ¿por qué permanecía allí y no escapaba?
Caminaron un rato hasta que la pelirroja entró en una taberna. Ésta estaba hecha de madera de baja calidad y crujía con el contacto, aún así el establecimiento era de proporciones considerables y estaba casi repleto. La joven siguió sus pasos y también ingresó.
La barra se encontraba al costado, atendida por una mujer anciana y otra muy joven que se ganaba los silbidos de los soldados. En un rincón, iluminados precariamente, había un par de músicos que tocaban tonadas alegres sin sentido alguno del ritmo. Las mesas eran redondas, algunas estaban volcadas, pero aún así todos conversaban y bailaban con alegría. El suelo estaba tapizado de cristales de botellas rotas y los soldados bebían de forma compulsiva, abrazándose algunos e insultándose otros.
La teniente se aproximó a la barra y murmuró un par de palabras a la mujer anciana ante la cual le extendió un vaso y lo llenó con un líquido espeso y marrón. Luego intercambiaron algunas más con completa discreción y luego le hizo una seña a Irelia para que se aproximara.
"¿Ves a ese sujeto?" le señaló con sutileza, indicándole a un hombre de hombros anchos que, vestido con una armadura pesada y armado con una gigantesca hacha, bebía sólo. "Es un gran general. El segundo general de Noxus, mejor dicho. Él es una de las pocas personas que está al tanto del paradero errante de Emilia y no está muy consciente que digamos, lleva aquí un tiempo. Acércate a preguntarle, no creo que te niegue la información."
La joniana le agradeció la aclaración con una leve inclinación de cabeza y se acercó con lentitud hasta donde se hallaba sentado aquel hombre. Analizó sus movimientos para comprobar cómo reaccionaba ante la proximidad de un extraño, pero notó que sólo había movido su mano hasta la empuñadura de su gigantesca hacha. Su rostro permanecía igual de neutral, sin indicar ningún sentimiento ni incomodidad. Se sentó a su lado y pidió un vaso de brandy. Cuando se lo trajeron, bebió un pequeño sorbo, controlando las expresiones de su cuerpo al sentir el espantoso sabor de aquella bebida.
"He estado en Aguasturbias y aún allí es mucho mejor el brandy" exclamó, dirigiéndole una mirada al general, pidiendo su atención.
El sujeto reaccionó, volteando su rostro para contemplarla. Ella pudo verlo mejor: era atractivo, de mandíbula fuerte y cuadrada, barba rasurada y pelo negro intenso, salvo por un mechón blanco que sobresalía de los demás. Cerró un poco sus ojos y luego los volvió a abrir y bebió de un trago todo el contenido de su vaso. Sin necesidad de pedirlo, se acercó la joven tabernera y le lleno de vuelta la copa.
"Calculo que preferirías el brandy de Jonia, ¿verdad?" repuso, con una voz gruesa que se quebraba por momentos debido la presencia del alcohol en su organismo.
"Es bueno, pero hay mejores tragos." Replicó, ignorando su comentario. Era de suponer que estaría al tanto de quién era pero le sorprendía que le hubiera reconocido con tanta rapidez. "Ahí tenemos el sake, hecho de arroz… es increíble, aunque me temo que luego de que quemaron las cosechas y acabaron con los cultivos acuáticos del arroz, se tardará en volver a producirlo."
"¿Arroz? Los jonios inventan cualquier cosa, ¿eh?"
"Solemos arreglárnosla con lo que la naturaleza quiso darnos, sin presionar y obteniendo sus beneficios sin alterarla." Explicó, bebiendo otro trago mientras clavaba su mirada a un punto vacío en la barra. "Si, inventamos lo que sea, así logramos sobrevivir quince años de invasión y triunfar pese a que acabaron con nuestras provisiones, asesinaron a cuantas personas se cruzaron y destruyeron todo lo que podían destruir."
"Órdenes son órdenes" murmuró el general, pensando en voz alta. Estando en sus cabales probablemente hubiera retado a la joven a un combate o se esforzaría en ser más sarcástico. Pero se hallaba demasiado hundido en la bebida como para ser diestro con sus comentarios. Ya lo era con su hacha, eso le bastaba.
"¿De casualidad no nos conocimos allí?" preguntó Irelia de pronto, sacando al hombre del mutismo en el cuál se había hundido.
"Los asuntos de Noxus no giran alrededor de Jonia." Masculló con un dejo de desprecio. "Soy un general dedicado al combate entablado con Demacia desde hace cientos de años. Sin embargo, pese a no estar relacionado con el asunto de esa isla de dónde saliste, los rumores de la masacre que cometiste llegaron a oídos de todos aquí."
"No me sorprende que hubiera llegado el rumor de la masacre que yo cometí, sólo me sorprende que no se haya esparcido el rumor de la masacre que ustedes cometieron allí durante quince años."
Al principio había ido decidido entablar una conversación sin sentido para luego ir al tema que le interesaba, pero la anterior discusión con Swain, la ira que aún permanecía en su cuerpo y aquel fuerte y asqueroso brandy habían alterado su ánimo, llevándola a encarar a aquel hombre sin pelos en la lengua. ¿Pero podía sentirse orgullosa de ganar una contienda que ella misma había generado y con un soldado ebrio? No, era humillante y patética, y por suerte logró comprenderlo antes de que su boca siseara más veneno.
"Has puesto el dedo en la llaga al venir aquí" comentó el general, bebiendo otro trago de su vaso. "Has alterado a las filas de los soldados superiores, burlándote de ellos al intentar entrar con aquel pasaporte…"
"Espera, ¿has dicho pasaporte? ¿Cómo se han enterado de que era yo quién había ingresado a la metrópoli?"
"El general que controla el tráfico de personas en la muralla es un amigo de Swain. Tenía cuatro hijos, tres hombres y una mujer, que se enlistaron en el ejército procurando seguir los pasos de su padre." Narró, soltando un suspiro y rechazando con una mano el intento de la joven tabernera de rellenar de vuelta su copa. "La joven tenía mucho más talento que sus hermanos e incluso contribuyó con el plan de contratar un barco de Aguasturbias para transportar instrumentos y objetos valiosos que debían pasar desapercibidos. Luego abordó en Jonia y luchó en la invasión, acabando asesinada por ti. Había olvidado su pasaporte en el barco de aquella mujer que habíamos contratado y que parece que te lo entregó a ti." Soltó una gruesa carcajada al ver el rostro anonadado de la joniana. "¡Imagínate lo que sintió aquel general cuando vio el pasaporte de su hija muerta en las manos de una mujer desconocida! Una mujer de facciones extranjeras, sin dudas, pero con unos modos que no pertenecían a Aguasturbias. ¡Encima marcada por Emilia! No le llevó mucho tiempo atar los cabos y comunicarle su descubrimiento a Swain. ¡Imagínate lo que sintió al saber que la asesina de su hija se hacía pasar por ella para infiltrarse en su ciudad! No quisiera estar en la piel de ese hombre."
La joven hizo un gran esfuerzo para recuperar su impasibilidad. Conque así fue como la descubrieron, ¡pero en qué trampa había caído! Había confiado de forma ciega en Miss Fortune y aquella desgraciada le había traicionado. ¡Y después de que había evitado que hundieran su barco! Ah, pero había sido tan astuta que una extraña sonrisa asomó en los labios de la joven. Increíblemente astuta.
"¿A qué te refieres con… marcada por Emilia?" preguntó, luego de que la conmoción había pasado.
"Si ella no te hubiera marcado, jamás habrías ingresado al interior de la ciudad" explicó, llevándose una mano a la frente y secándose el sudor de la misma. Estaba agitado y sus ojos comenzaban a cerrarse, amenazando con dormirse en cualquier momento.
"¿Y dónde está Emilia ahora?"
"En la fábrica textil" respondió. Luego le dirigió una mirada profunda y murmuró: "De ser tú, me iría cuanto antes de esta ciudad, sin verla."
"Jamás había visto a un noxiano tan amable" se burló. "Ah, quizás sólo necesitan beber muchos tragos para que se les afloje el buen corazón, debajo de aquellas gruesas capas de cinismo que demostraron tener."
Terminó de un trago su bebida y, dejando unas monedas encima de la barra, se puso de pie y salió de aquella taberna. La teniente, siguiendo con suma atención la conversación a la distancia, siguió sus pasos y se reunió con ella a las afueras del edificio.
"Nombró una fábrica textil, ¿sabes dónde queda?" inquirió, cuando se hubieron reencontrado.
"Queda más adentro" repuso y se puso en marcha, metiéndose en un estrecho callejón.
"¿Es normal que una persona que se dedica a la mafia se reúna en una fábrica textil?"
"No en una persona, pero sí en Emilia" replicó, deslizándose entre los montones de basura que se hallaban dispersos en el suelo.
Les tomó más de una hora llegar hasta su destino. El horizonte se extendía de forma infinita en El Subterráneo, sin poder calcular bien su final por más que caminasen. Las tabernas iban quedándose atrás y las fábricas proliferaban más en el terreno, viciando aún más el aire con las toxinas que éstas emanaban. Incluso llegaron a un punto tal que tuvieron que cubrirse la boca y la nariz con algún pañuelo para evitar inhalar aquel vaho ponzoñoso. Por suerte se encontraban cerca de su destino y, abriendo una puerta corrediza sin cerrojo, entraron a la fábrica.
Por fuera, la mayoría de las industrias eran casi iguales, por lo que la joven no comprendió cómo la teniente pudo ubicarse. Por suerte, al ingresar, cesaron las emanaciones venenosas y pudieron respirar sin la necesidad de cubrirse.
Irelia miró a su alrededor, contemplando la fábrica. Era la primera vez que veía y estaba dentro de una, ya que Jonia no estaba industrializada pero conocían de la materia: edificaciones de origen zaunita creadas para mejorar y estimular la producción comercial. Sin embargo, la isla había rechazado este proyecto ya que implementaban máquinas y ácidos industriales que contaminaban a corto y a largo plazo. Y allí tenía la prueba misma: en El Subterráneo no había fauna ni flora y las emanaciones tóxicas de aquellas moles metálicas subían hasta el exterior y el interior de Noxus. Probablemente estarían contaminando las napas de agua potable, pero aún así las fábricas seguían trabajando. Pese a que terminarían consumiendo la metrópoli por sí mismas.
Aquella fábrica era inmensa y oscura. La opaca lumbre de algunas antorchas casi consumidas era la única luz que tenían para guiarse entre los armatostes metálicos llenos de válvulas y palancas que proliferaban por todos lados. De un piso inferior venían ruidos de motores y murmullos apagados, pero no prestaron atención y se deslizaron por una escalera que pasaba desapercibida y que conducía hacia la parte superior. Así subieron tres pisos, sin encontrar persona alguna en el camino, hasta que llegaron al último, el cual tenía unos inmensos ventanales que daban al exterior, dejando el paso a una luz tenue en la cual se recortaba una figura.
"¡Ah, ah!" exclamó una voz femenina con acento dulce e infantil. "¡Por fin! Casi es medianoche, temía que, aún quedándote doce horas en Noxus, no quisieras venir" explicó, acercándose con unas zancadas lentas y graciosas, como si fuese una bailarina. "Por favor, Katarina, ¿nos dejarías a solas? No te preocupes, Swain no se enterará en lo absoluto" rió con una carcajada fresca que alteró los nervios de la aludida. Mas estaban casi en completa penumbra, por lo cual la teniente pudo pasar desapercibida ante su acompañante y, obedeciendo las órdenes, bajó la escalera y esperó en el piso de abajo.
Irelia permaneció quieta en su lugar, escrutando con todos sus sentidos a aquella mujer que se le acercaba con paso tan elegante y teatral. Una sospecha cayó sobre su mente como un relámpago cuando comprendió que ya había visto a aquella persona y contuvo su estupefacción al comprobar que se trataba de la mujer mimo que había visto cuando apenas había llegado a Noxus. Allí, en sólo cuestión de segundos, comprendió todo: la rosa negra que ésta había puesto en sus cabellos era la marca a la cual se refería el general en la taberna. ¡Claro! Esa había sido la señal que le permitió entrar en el interior de la Noxus, la misma que le indicó al mercenario que la atacó que ella era el blanco, la misma que sirvió para que la teniente supiera que ella era la joniana que había acabado con los planes de invasión.
La mujer se detuvo en frente de ella, a escasos centímetros de distancia. Allí pudo distinguir los mismos cabellos cortos y negros y esas facciones que había notado en el mimo del día anterior. Se contemplaron una a la otra en completo mutismo, adivinando las expresiones de cada una pese a la densa penumbra que las rodeaba.
"¿Por qué me has traído hasta aquí, Emilia?" preguntó la joven de pronto, con un tono grave y profundo que indicaba la tranquilidad que había en su espíritu. Quizás el haber descubierto toda la red de marañas había relajado un poco su tensión o sólo era un estado fingido para ocultar la exasperación que la consumía.
"Ah, sólo los soldados y miembros del ejército me llaman Emilia." Observó ella, haciendo un gesto con su mano, y agregó: "Prefiero el nombre que había adquirido cuando aún existía la nobleza en Noxus" murmuró con un tono de nostalgia en su voz. Retrocedió dos pasos y, con la solemnidad de una reina que saluda a sus súbditos, anunció: "Luisa Francisca de La Vallière Beaume LeBlanc, líder de la Rosa Negra desde su nacimiento, datado desde antes del gobierno de Boran Darkwill."
La joven parpadeó varias veces mientras asimilaba aquella información. ¿Antes del gobierno de Boran Darkwill? Entonces… ¡Aquella mujer debía tener varios siglos de vida! Si incluso el anterior gobernante había sido famoso por su longevidad y juventud eterna, aquella que estaba en frente suyo lo superaba y con creces.
"Ese es el nombre que prefieres pero, ¿cuál es tu nombre verdadero?"
"Te mentiría si te lo dijera" repuso esta, volviendo en frente de los ventanales y soltando un suspiro, desinteresada en ese tema de conversación. "He tenido tantos nombres como hojas tiene un árbol y todos son nombre verdaderos ya que representan una parte de mi, una etapa de mi vida que pasó, que pasa o que pasará… igual vienes de Jonia, me imagino que estás cansada de que te hablen de forma tan poco específica, ¿verdad?" murmuró, con una sonrisa que brillaba pese a la penumbra y una mirada provocadora. "Si mal no recuerdo, el Maestro Lito solía hablar de esa forma, ¡Y cómo exasperaba a Zelos! Sin embargo, en poco tiempo logré demostrarle a tu hermano cuál era su error."
La mujer calló y esperó a que la bomba que acababa de lanzar explotara sobre el corazón de Irelia. Ésta, demasiada abrumada, se tomó varios segundos para contener los fuertes latidos de su pecho ante la mención de su padre y su desaparecido hermano. Incluso sentía cómo las hojas, aun estando en la forma de espada, latían a su vez, como si la sangre de su cuerpo bombeara hasta en ellas. Inspiró aire y caminó con lentitud, temiendo perder el equilibrio ante la intensidad de sus emociones que la confundían. Llegó hasta donde se encontraba la mujer y la estudió: llevaba una capa negra que cubría casi todo su torso, el cual sólo estaba protegido por gruesas correas de cuero que lucían su blanca piel y apenas tapaban su busto. Un pantalón corto era la única prenda que traía en la parte inferior y que permitía que sus largas piernas brillaran. Sobre sus cortos cabellos relucía una brillante tiara dorada.
Expulsó todo el aire y miró por fuera de los ventanales, pensando cómo debía dirigirse hacia aquella mujer. La vista daba hacia muchas otras industrias que expulsaban sus vapores tóxicos hacia toda la ciudad. Algunas personas caminaban por las calles, pero salían corriendo por la fuerza del vaho venenoso o se desmayaban, consumidos por su ponzoña.
La joven presionó sus puños con fuerza, mientras sentía cómo una pregunta saltaba en su mente y crecía con la fuerza de un terremoto. Sentía cómo el palpitar de su pecho la instaba a hablar y a soltar la duda que la venía consumiendo desde que contempló bien a aquella mujer.
"Tú fuiste la que ordenó la invasión a Jonia, ¿verdad, LeBlanc?" inquirió, mirándola por el rabillo del ojo. Su rostro estaba inexpresivo, pero sentía miles de agujas clavándose en sus facciones, luchando contra aquella falsa máscara que se había impuesto.
La mujer asintió con la cabeza, con la vista aún fija en algún rincón de El Subterráneo. Luego soltó un delicado suspiro que deshizo la sonrisa que permanecía grabada en sus labios y dio la vuelta, apoyando su espalda contra el frío tacto del vidrio.
"Muy al contrario de lo que todo Valoran piensa, Jonia era el verdadero enemigo que Noxus tenía en frente. Su religión, El Equilibrio, los conducía por un camino de conocimiento y paz que les permitía enriquecerse constantemente mientras buscaban el perfecto balance físico y mágico. Por más utópica que sonara la premisa, se hizo público conocimiento que un hombre lo logró: el Maestro Lito."
Irelia se irguió ante la mención de su padre y volvió a mirar el oscuro paisaje que le mostraba el ventanal, mientras esperaba los segundos necesarios para que LeBlanc buscara las palabras adecuadas para narrar lo que pretendía.
"Tu padre creó el arte Hiten, aquella complicada técnica que representaba al dogma de El Equilibrio ya que combinaba el poder físico con el poder mágico. Su manipulación requería el más perfecto control en ambas disciplinas y otorgaba la supremacía en el combate. El Maestro Lito se volvió el hombre más poderoso aunque claro, su personalidad noble y sencilla no permitió que esa idea cruzara por su cabeza."
"Su altruismo y buen corazón lo hicieron el mejor hombre del mundo" suspiró Irelia, evocando un fugaz recuerdo de su padre. Luego chasqueó su lengua y apoyó su hombro contra el vidrio de la ventana, mirando a su interlocutora. "Entonces puedo suponer que Noxus consideró una terrible amenaza que un arte como el Hiten haya sido concebido y decidieron invadir mi país, para acabar con él y con quienes sean sus discípulos." Concluyó, y luego agregó: "Temían enfrentarse cara a cara con él, por eso fue envenenado. Y claro, hay varios caminos que conducen al Equilibrio, no pensaban arriesgarse a volver a sentir aquel peligro, ¿verdad? Por eso deseaste acabarnos."
LeBlanc alzó sus blancas manos y comenzó a aplaudir con parsimonia. Había cerrado sus ojos y la sonrisa de su rostro no podía ser más ancha. La joven permaneció impasible, esperando alguna devolución de su parte.
"Irelia, ¿sabes acaso cómo fue que Boran Darkwill vivió tantos siglos?" inquirió de pronto, clavándole la mirada.
"Supongo que con magia nigromante… la cual, probablemente, le entregaste y utilizas para continuar viviendo" respondió, entrecerrando sus ojos.
"Si, fue con magia nigromante y sí, yo se la entregué. Pero te equivocas al pensar que yo también la utilizo, querida." Replicó, ladeando la cabeza. Y agregó: "¿Sabes cuándo los jonios negaron el acceso a sus vastos conocimientos? Cuando Emilia puso un pie en la isla y descubrió secretos que incluso fueron negados a ellos mismos." Sonrió. Metió una mano en los pliegues de su capa y sacó de esta una rosa negra, hermosa y aterciopelada, que acarició con la punta de su nariz. "La Rosa Negra ha sido fundada bajo los dogmas del Equilibrio, permitiendo que sólo los magos más poderosos la integren. No permitiría que mi organización ni mi ciudad cayeran por culpa de Jonia."
"Por eso decidiste invadirnos. Y por eso recurriste a Zaun para engrosar tus filas" dedujo la joven, permitiendo que su rostro esbozara una mueca de desprecio. "Entonces, luego de que la potencial amenaza de mi padre fuera neutralizada, sólo quedaba acabar con una isla desmotivada y pacífica. Los herederos del Maestro Lito no habían logrado manipular el arte Hiten y, para colmo, incluso se habían separado con la vana esperanza de pedir ayuda a Demacia… tenías todo servido en bandeja de plata." Masculló, sintiéndose en aquel momento estúpida. Sentía que toda Jonia también había sido estúpida. Sentía que todos eran unos condenados imbéciles.
Corrió su rostro a un lado para que no notara cómo la ira había desfigurado poco a poco su máscara de impasibilidad. Tragó aire varias veces hasta que logró recuperar la calma y luego volteó a verla una vez más. Ella parecía desentendida de su estado de ánimo, ocupada como estaba en contemplar la imagen a través del ventanal.
"Dime, ¿acaso Zelos está aquí?" preguntó de pronto, mientras sentía cómo la impotencia se acumulaba en sus piernas y sus brazos pidiendo que se lanzara sobre ella.
"¿Zelos? Estuvo, pero no permaneció mucho tiempo" repuso LeBlanc. Una chispa extraña brilló en sus ojos en cuanto hubo pronunciado esas palabras.
"Él y su pelotón fue apresado por los soldados noxianos, ¿verdad?" inquirió, con un acento mordaz.
"Te equivocas" contestó, con una sonrisa. "Tu hermano llegó a Noxus sin ningún pelotón consigo y me buscó en El Subterráneo. Claro, él estaba mucho mejor informado que tú y no despertó las sospechas de Swain." Le regañó, con un tono de infantil reproche.
"¿Te buscó? ¿Y… y su pelotón? No lo entiendo…" murmuró, pensando en voz alta. "¿Acaso entró a Noxus para buscarte? Su destino era Demacia."
"Querida Irelia, tu hermano era un hombre muy especial. Uno de esos hombres que, por más años que tengas, ves muy pocas veces y créeme que tengo varios siglos encima." Rió, con una carcajada aniñada que asaltó los nervios de la joven. "Tenía un gran parecido con el Maestro Lito, ambos valientes, decididos, luchadores, incansables y ambos sabían bien lo que querían. Pero tenían una sola diferencia, una diferencia que los separó con una inmensa brecha que ninguno pudo franquear. Zelos poseía algo de lo cual tu padre carecía por completó: ambición." Concluyó, bajando una octava el tono de su voz mientras sus ojos centellaban de una forma especial.
"Mi padre poseía ambición" replicó la joven, alzando una ceja.
"Si tu padre hubiera tenido ambición te aseguro que se hubiera esforzado en transmitir su creación con cuanto jonio se encontrara. Así no sólo convertía a Jonia en un país más poderoso, sino que se aseguraba un lugar en la inmortalidad, en el corazón de todos sus amados compatriotas, como uno de los hombres que encontró uno de los caminos a El Equilibrio," Rectificó, ladeando la cabeza. "En cambio permaneció en su comodidad, criando a sus hijos con la misma paz y tranquilidad que lo embargaban, logrando la insatisfacción y la infelicidad de Zelos… además de que puso sobre tus hombros el peso de la seguridad de Jonia."
"Zelos no… él no… yo…" pero se interrumpió. No sabía cómo refutarle y la convicción de que cuanto había dicho era verdad le aplastaba el corazón con fuerza.
"Zelos se volvió sargento para huir de todo eso. Zelos decidió salir de la isla para buscar otro destino menos sedentario y más correspondiente con su personalidad." Arguyó, mientras le miraba con cierto desinterés. "Un hombre con su potencial, con su magnetismo pronto se vio perdido, sin rumbo y desperdiciado por su propio padre. Un sujeto como él no esperaría aprender una técnica que lo llevaría por el mismo camino que al Maestro Lito… no, el encontraría otra técnica, otra forma para llegar al dogma de El Equilibrio. Porque la ambición que latía en su pecho le decía que así tenía que ser y la voluntad de su sangre le decía que así sería." Masculló, haciendo un gesto de nobleza con su mano derecha e irguiéndose con toda la majestuosidad de una reina. "Zelos comprendió que debía abandonar su país para no quedarse atrapado en un estanque demasiado pequeño que sólo lograría ahogarlo. Por eso vino a mí."
"¡No!" chilló Irelia de forma súbita. No había controlado sus impulsos, pero cada palabra que LeBlanc había pronunciado había aguijonado su corazón dando paso a la rabia que éste conservaba. La espada a su espalda se quebró y las cuatro hojas bailaron a su alrededor, como esperando alguna orden.
"Pobrecita" murmuró la mujer, inmutable. "Te hiciste cargo de una causa perdida ante la cual tu padre pereció y tu hermano abandonó. Cargaste sobre tus hombros el pesar de toda tu gente sin darte cuenta que era demasiado para ti y eso acabó consumiéndote. Allí ocurrió aquel supuesto milagro que te otorgó el poder suficiente para manipular el arte Hiten y que, día tras día, te separa de las personas por las cuales luchaste. Personas por las cuales sufriste y que ahora te temen y desprecian. Tu vida es tan triste que me conmueves, Irelia."
"Mientes" masculló, tragando aire con rapidez para recuperar su calma. "Zelos no me abandonó, el me prometió que volvería con ayuda. El prometió que trataría por todos los medios de llegar a Demacia. Algo le ocurrió, estoy segura, para que no pudiera regresar a casa, pero iré a Demacia y descubriré toda la verdad."
"Hazlo, nadie te lo prohíbe" repuso LeBlanc, chasqueando sus dedos. "Sin embargo, para que veas cuánta buena voluntad he puesto en esta agradable charla, te daré una muestra de mi simpatía."
Ante el sonido del chasquido, una persona se aproximó hasta donde ellas se encontraban. Irelia alzó la cabeza y vio que venía en dirección de la escalera, caminando con zancadas elegantes y graciosas como hacía LeBlanc. De hecho, dio un brinco de sorpresa cuando la persona se acercó lo suficiente al ventanal y permitió que la escasa luz revelara sus facciones: esa persona era LeBlanc, sólo que estaba vestida como mimo. Volteó la cabeza varias veces, unas a la Leblanc apoyada contra el ventanal con la cual había estado hablando hasta ese momento, y otras hacia la LeBlanc vestida de blanco y negro que acababa de aparecer. Ambas le sonreían ante su perplejidad.
"Aquí está mi buena voluntad" explicó la que estaba recostada contra el vidrio.
"Supongo que tendrás gran interés en saber qué dice" murmuró la recién llegada, sacando entre los pliegues de su larga capa un sobre blanco.
"¿Una carta? ¿Qué hace una carta para mí en Noxus?" inquirió Irelia, aún más enfurecida ante aquel teatro que no lograba entender.
"¿No te interesa?" preguntó la LeBlanc con el sobre en la mano. Lo alzó frente a sus ojos y leyó: "Para Priscilla Blair. Y el remitente es de Jonia, a ver… si, es de Jonia, escrita por una tal Karma"
Ante la mención de aquel nombre, Irelia recordó la carta que ella le había enviado a su amiga en Ciudad Bandle y saltó para arrebatársela de las manos a la LeBlanc mimo, la cual no opuso resistencia alguna. La joven la tanteó con sus manos y releyó el remitente confirmando la veracidad de sus palabras. Quiso abrirla pero supo que aquel no era el momento adecuado y la guardó dentro de su suéter rojo, bien aferrada a sus calzas oscuras.
"Aun no entiendo por qué me dijiste… o me dijeron todo esto" soltó de forma repentina, queriendo reanudar la conversación y contemplando a ambas al mismo tiempo.
"Tómalo como un favor" murmuró la mimo, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia.
"Favor que pronto tu hermano se encargará de cumplir" repuso la que aún permanecía acostada contra el vidrio.
"En ese caso… ¿Zelos está vivo?"
Ambas LeBlanc eliminaron la sonrisa de sus rostros al mismo tiempo. Incluso intercambiaron miradas, como si fueran dos personas desconocidas para la otra. Luego, aquella con la cual había estado conversando durante largo rato, respondió:
"No tengo ni la más mínima idea de qué pudo haber sido de la vida de Zelos, sólo puedo asegurarte que salió de aquí con vida."
"Supuse que, con toda la red de espionaje que tienes en Noxus, una persona que logró captar tanto tu atención como mi hermano fue meritoria de tu atención" arguyó la joven, alzando una de sus cejas con notorio sarcasmo. La conversación parecía acabada y era momento de realizar lo que tantos deseos tenía en su mente desde que comenzaron a hablar
"Oh, lo es" repuso la LeBlanc mimo, recuperando su sonrisa. "Pero una persona como Zelos jamás pasa desapercibida. Tarde o temprano tendré noticias de él y sin buscarlas, créeme. Tengo años de experiencia que me avalan en el complejo arte de comprender a los seres humanos…"
Iba a concluir su frase cuando una de las hojas metálicas salió disparada contra su cuerpo y le atravesó el estómago. Sin embargo, no salió sangre ni la mujer chilló de dolor, simplemente se desvaneció en el aire. Irelia clavó su mirada en la otra LeBlanc, la cual parecía ajena a todo lo ocurrido, y masculló:
"Conque ilusiones, ¿verdad?"
"Haces mal en creer que son ilusiones" respondió esta, con un tono infantil que terminó de exasperar a la joven. "Toda ilusión tiene su fundamento en la realidad, lo cual significa que también es parte de ella. Si ésta que estaba aquí te pareció una ilusión, una ilusión dentro de la realidad, significa que también es realidad. O que todo es ilusión, depende de tu punto de vista."
Otras dos hojas salieron disparadas contra ella, pero antes de que impactaran, la mujer desapareció y reapareció del otro lado del ventanal. Había atravesado el vidrio con magia y ahora flotaba en el aire tóxico de El Subterráneo, sin inmutarse por nada.
"¡Pobre Irelia, pobre Irelia!" cantó con una voz tan aniñada que taladró los oídos de la joven pese a que se encontrara el ventanal de por medio. "¡Todo lo que tuviste te traicionó!"
Gritando con una furia descontrolada, las cuatro hojas atravesaron el ventanal, astillando y rompiendo los vidrios, y se clavaron en el delgado cuerpo de LeBlanc. Esta desapareció de la misma forma que lo había hecho la mimo, pero su canto aún se podía escuchar e incluso perforaba las orejas de la joven, quien se agarró la cabeza con las dos manos para tratar de tapar sus oídos.
El vaho ponzoñoso entró con un fuerte vendaval dentro de la fábrica y rodeó a la joniana, obligándola a doblarse en dos y a taparse la boca. Se puso de pie lo más veloz posible y salió corriendo por la escalera, encontrándose con la teniente que la siguió tan rápido como pudo, ambas escapando de la nube tóxica que las alcanzaba con suma prontitud. Mientras tanto, la voz infantil y cantarina de LeBlanc seguía zumbando y torturando a la joven.
"¡Pobre Irelia, pobre Irelia…!"
Aclaración importante: Luisa Francisca de la Vallière Beaume LeBlanc es el nombre de un personaje del libro El Vizconde de Bragelonne, escrito por Alexander Dumas. Yo sólo lo estaba leyendo y, al notar que su apellido era LeBlanc, se me ocurrió la fantástica idea de asociar a ambas mujeres. Supuse que la LeBlanc del League of Legends sería una persona poética y culta, dentro de la malicia y el cinismo, y que sentiría deliciosa la comparación, así que va dedicado a ella (?
Si! Tenía que haber puesto el update hace varios días, pero estuve ocupada y ando con el corazón un poco depre :c sin embargo, pese a que releí muy por arriba, tengo que decir que me gustó como quedó el capítulo... osea, Darius me quedó medio Ooc, pero casi pude describir a LeBlanc como me la imaginaba, aunque si tuviera un poco más de talento hubiera hecho la conversación más sarcástica y ella hubiera quedado mucho mejor. Sin embargo, estoy conforme c:
Este es el final del arco! :c Quizás se esperaban un final más claro, pero si hago otro capítulo dedicado exclusivamente a Noxus va a ser su gran mayoría relleno y nadie quiere de esos :C así que despídanse de Emilia (?
Espero que les hayan gustado! Y recuerden, sus reviews me estimulan (oie zhi) y me alegran el kokoro :c
