Bueno, después de muchos días y muchas vicisitudes, volví (?

No crean que pospuse el fic ni nada, simplemente me vi con DEMASIADAS cosas que no pude escribir. Entré a una nueva orquesta, la cual tuve que abandonar, y estuve muy tensa entre la audición y la espera de los resultados. Tan tensa que me enfermé (seh, exagero un cachito). A su vez esta semana tengo dos funciones y estoy MUY ocupada ya que los ensayos son largos.

ACLARACIÓN: Debo advertirles que, a partir de acá, decidí ignorar algunas partes del lore oficial, sólo las que me convenían, claro. Se darán cuenta de forma fácil, aunque les aseguro que serán sutiles pero muy necesarias para cumplir todo lo que tengo en mente. Así que paciencia.

Y más paciencia ya que, si a ustedes no les gustan los capítulos de transición, ¡no saben que difíciles que son de escribir! En fin, sin más dilación, los dejo con el capítulo c:

Espero que les guste!


Capítulo 12 – Reviviendo

"¿Se puede saber en qué carajos estás pensando?" rugió, entrando a la tienda de forma intempestiva.

Todos los que se encontraban allí reunidos quedaron boquiabiertos ante el lenguaje de Irelia, quien siempre se había mostrado tan educada y cortés, con su tono suave de voz y su vocabulario tan correcto. Sin embargo, desecharon aquella imagen viéndola allí de pie hecha toda una furia, fulminando con los ojos a su hermano, el único que había mantenido la compostura. Éste le dirigió una mirada a cada uno de los presentes, pidiéndoles en silencio que se retiraran y así lo hicieron.

La joven contempló el semblante relajado de su hermano y luego la mesa en cuyo alrededor habían estado todos sentados. Sobre ella podría apreciarse un mapa completo de Valoran donde se habían hecho trazos, anotaciones de coordenadas y otros garabatos. Caminó hasta quedar en frente de su hermano y volvió a bramar:

"Zelos, dime qué es ese estúpido rumor acerca de tu partida de Jonia"

El aludido soltó un suspiro, mientras corría los lápices y las reglas que había utilizado para trazar las anotaciones en el mapa. Pasó una mano por sus cabellos, sintiendo cómo estaba sudando y luego respondió:

"No quería que te enteraras así, pero si: me voy de Jonia…."

"¿Cómo demonios pretendías que no me enterara si has estado armando un pelotón para tu marcha?" le espetó sin darle tiempo a explicarse.

El joven alzó sus ojos y esta vez fue él quien le dedicó una mirada furibunda a su hermana. Comprendía su ira pero el uso reiterado de insultos empezaba a colmar su escasa paciencia y las palabras que había ensayado en su mente comenzaban a borrarse. Era cuestión de tiempo que Irelia lo supiera, el ejército jonio había sido reducido muy significativamente después de tantos años de guerras y que él fuera a reducirlo aún más no pasaría desapercibido para su hermana. Ella retuvo sus impulsos belicosos y tomó un respiro para permitirle hablar.

"Irelia, ambos somos conscientes de que estamos perdiendo. Varios de los múltiples bloqueos de Noxus cedieron ante la escasez de víveres y las mortales enfermedades con las cuales han sido asediados. Hemos soportado durante años, pero en las últimas semanas hemos retrocedido sin poder avanzar ni un solo paso. Estamos acorralados."

"No andes con rodeos, no estoy aquí para que me des buenas noticias" replicó con sarcasmo, demostrando su impaciencia.

"Me he reunido con el Consejo, con varios sargentos y monjes y llegué a una conclusión: si continuamos resistiendo, sólo conseguiremos posponer nuestra derrota. Claro que con mucho orgullo y honor, como corresponde a nuestra amada isla, pero sin dudas una inminente derrota. Por eso decidí recurrir a la última de todas las esperanzas: viajaré a Demacia con un pequeño pelotón para suplicar ayuda al rey Jarvan III." Anunció, utilizando aquel tono de voz que empleaba cuando necesitaba alentar a un ejército. Ante la mirada de escepticismo de su hermana, agregó: "Sé que suena patético, arriesgado y utópico, pero todo Valoran sabe cuánto se odian esas dos potencias. El conflicto en las villas de Kalamanda no ha hecho otra cosa que intensificar sus aversiones mutuas…"

"A ver si comprendí bien" le detuvo Irelia, inspirando aire con fuerza. La incredulidad hizo agitar su pecho de furia, pero se contuvo cuando murmuró: "¿Pretendes abandonar todos los bloqueos de Noxus, todos los soldados, todos los enfermos, toda la isla y a tu propia hermana por seguir una idea que no sólo es suicida, sino absurda e infantil? Podría esperármelo de cualquiera, Zelos, menos de ti."

"Lo hago porque amo todo aquello que has nombrado. Amo a mis soldados, amo a los enfermos, amo a mi isla y amo a mi hermana. No podemos permanecer más tiempo pasivos, debemos agotar hasta la más ínfima esperanza y yo me ofrezco a hacerlo." Replicó, llevándose una mano al corazón con suma nobleza. De tratarse de cualquier persona, Irelia hubiera creído que se trataba de puro dramatismo, pero creía en el orgullo y en el patriotismo de su hermano. Y claro, creía en su cariño hacia ella.

"Me dejas a mí a cargo de todo" masculló, más para sí misma que para él. No había rastro de furia en su voz, sólo la profunda tristeza que había sentido apenas había oído la noticia. "El único pariente que me queda se marcha y también el único sargento con verdadera experiencia táctica y práctica. Tus estrategias fueron las que nos dieron buenos resultados a largo plazo mientras que yo…"

"… mientras que tu aprendiste casi todo lo que yo sé, sin pasar años de una punta a la otra, con una sabiduría y capacidad envidiables. Irelia, quince años de invasión es demasiado para cualquier ser humano, pero te suplico que luches contra el impulso de ponerte por debajo del lugar que te corresponde. Te dejo a ti a cargo porque confío en tu gran capacidad."

"Zelos, aún así, hazme una promesa."

"Cualquier promesa"

Él se había puesto de pie y había tomado asiento sobre la mesa, mirando con suma atención a su hermana, la cual dudaba mientras dejaba que una de sus manos descansara entre los grandes dedos de él. Le tomó varios segundos pasar a palabras el sentimiento que tenía en su mente, pero él esperó con dulce paciencia. Por fin se sintió segura e inspiró aire, pero su voz salió como un susurro:

"Prométeme que, sea cual fuera tu suerte en tu camino, volverás a mí."

"Te lo prometo"


Estimada Priscilla:

¡No sabes con cuánta alegría recibí tu carta! Debo admitir que la carencia de noticias acerca de tu paradero comenzaba a preocuparme ya que después de tres semanas de tu partida no me habías enviado ninguna misiva. Sin embargo, prometo ser más paciente ya que la certeza de que te encuentras a salvo y el ímpetu que pude percibir en las palabras que utilizaste me transmitieron tu seguridad y confianza en ti misma. Continúa así querida, si bien siempre sabes que aquí está tu hogar, no te permitas volver derrotada y sin respuestas, porque te arrepentirás cuando ya sea demasiado tarde.

Me siento muy intrigada acerca de aquella entidad poderosa denominada Aatrox que mencionaste. Jamás había leído algo referente a él, pero decidí indagar con los Ancianos. No pude sacar nada bueno en concreto salvo vagos rumores de los cuales aún dudo su veracidad. Sin embargo, continué investigando y pregunté a Soraka. Permaneció varios días meditando al respecto, pero al fin fue a buscarme. Me comentó que, durante los siglos que vivió en la arboleda encantada, millares de personas fueron a suplicar las atenciones de sus poderes sanadores y entre ellas recuerda a un soldado de tierras desconocidas que buscaba alivio para sus heridas y para el terrible pesar que lo albergaban. Le narró la historia de su tribu, la cual entabló una guerra a muerte con otra tribu. Sus oponentes acababan con ellos fácilmente, pero entonces una criatura alada descendió hasta donde se encontraban y los instó a continuar luchando. No sabían bien cómo, pero les transmitió fuerzas sobrehumanas donde sólo había desesperanza, luchando a su lado. Cercenaba a los hombres y luego bebía su sangre de su extraña espada dentada. Aquel soldado que había recurrido a ella soltaba gruesas lágrimas y agonizantes gemidos al recordar aquellas escenas. Según parece, en la fiebre del combate y con aquel ser maligno de su lado, no se percataron de los actos macabros y despiadados que realizaban. La mayoría de sus compañeros se suicidaron y los demás se habían dispersado por distintos puntos de Valoran, pero el horror siempre lo acompañaban y, con el tiempo, Soraka comprobó que se trataba de él mismo quién se causaba las heridas. Arañaba su pecho con fiereza, mordía la piel de sus brazos y trataba de arrancar con sus uñas su propio cuero cabelludo.

Nunca supo nada más de él, aunque supone que terminó suicidándose. No está segura de qué parte provenía ya que casi ninguna ciudad ni país estaba delimitado como ahora. Espero que esta anécdota te sirva de algo, ambas concordamos que podría hacer referencia a lo que a ti te ocurrió. En caso de no ser así, te pusimos un poco los pelos de punta, ¿no?

Mantenme al tanto de tu paradero, por favor. Soraka y yo nos preocupamos mucho por ti. La Guardia Joniana continúa siendo independiente aunque cada tanto recurran a mi o al Ojo del Crepúsculo para pedir algún consejo.

Tu amiga que tanto te quiere,
Karma.

Releyó tantas veces la misiva que terminó aprendiéndosela de memoria, pero aún así no cesaba su afán de releerla. Suspiraba cada vez que llegaba al final, con los cariños que le dedicaba Karma y ante la firma que reconocía de tantas veces que la había visto. Su caligrafía era perfecta, en todo lo que había escrito no le había temblado el pulso ni se le había corrido la tinta de la pluma ni una sola vez. Emitió un gruñido hacia sí misma al comprobar que, al fijarse en semejante detalles, corroboraba la afirmación de su mente que le indicaba que estaba demasiado nerviosa.

¡Y cómo no estarlo! Aquella cínica de Emilia, Luisa, Leblanc o cómo diablos se llamara había logrado sembrar dudas de su hermano. Dudas que germinaban y que la golpeaban con tal vehemencia que su cerebro no había dejado de pensar en ello por más de que releyera la carta de Karma. Y como broche final había tratado de intoxicarla con los vapores tóxicos que emanaban aquellas fábricas de mala muerte. Había corrido a toda velocidad hasta el piso de abajo y, en un impulso involuntario, tironeó del brazo del teniente y la arrastró afuera de aquel edificio. Sin embargo, ésta había tropezado en su afán de seguirla e Irelia tuvo que tomarla de las solapas de la chaqueta y cargarla debajo del brazo. En sólo segundos logró ponerlas a ambos a salvo, pero aún así no se detuvo hasta salir de El Subterráneo y del mismo Noxus, hasta que llegó al pequeño valle en el cuál había contemplado la ciudad desde lejos el primer día. En ese entonces no le había parecido atractiva, pero ahora muchísimo menos.

Sólo en aquel refugio de árboles y aire puro logró relajarse un poco y soltó a la teniente. Había estado tan abstraída al intentar escapar que apenas se había percatado de ella; no sabía si había gritado o le había pedido algo. Ésta, en cuanto se vio libre de los fuertes brazos de Irelia, dio un brinco hacia atrás para tomar distancia y se agazapó contra un árbol mientras desenfundaba dos dagas y adquiría una posición ofensiva.

"Relaja la columna, estás tensando todo tu cuerpo por una posición que no tiene sentido en estos momentos" murmuró con una sarcástica cortesía. Ahora que sabía que ambas se encontraban bien, la frustración y la ira irrigaban como hiel en su sangre.

"Es fácil decirlo cuando no fuiste tú la que fue cargada como una bolsa de papas y transportada a las afueras de Noxus. Ni siquiera te dignaste a responder alguna de mis preguntas." Replicó, aunque obedeció y relajó su posición. Le dolía la garganta de haber gritado tanto, esperando que la joniana la soltara o que por lo menos le respondiera, pero se hallaba demasiado abstraída para eso.

"Es complicado, sobre todo cuando te enteras la razón por la cual tu ciudad decidió invadir la mía, cuando descubres que tienen tal red de espionaje que aquella mujer sabe qué hago y qué hacen los jonios ahora mismo y, la frutilla del postre, cuando te enteras que existe una gran probabilidad que tu hermano se halla esfumado de su patria en el momento en el que más lo necesitaba, dejando a su hermana menor sola y a cargo de todo." Le espetó, con un fuerte rugido. Sin embargo, la tristeza también acompañó a su frustración y repitió, en un tono mucho más bajo: "A cargo de todas las responsabilidades y sola. Muy, muy sola."

La pena la embargó de tal forma que todos los músculos de su cuerpo se relajaron y la dejaron caer sentada en un tronco de árbol seco. Sus puños se crisparon y los ojos comenzaron a picarle con intensidad, pero pudo contener el llanto. No había llorado con aquellos vapores tóxicos, menos lo haría ante la confusión, la frustración y la incertidumbre. ¿Por qué condenar a Zelos? Quizás LeBlanc había dicho todo aquello para turbarla y que terminara marchándose de la ciudad, sin necesidad de las amenazas vacías de Swain. ¡Sí, seguramente era eso!

Sin embargo, ¿por qué aquel sentimiento de decepción y derrota permanecía arraigado en su pecho, como un agujero que quisiera absorber todas sus esperanzas, sus alegrías y su confianza? Se abrazó las rodillas, haciendo un esfuerzo en cerrar aquel hoyo. Permaneció varios minutos así hasta que sintió que la teniente carraspeaba para llamar su atención.

"¿Qué esperas, un beso de despedida?" repuso Irelia, sin dignarse a mirarla. No quería ver a un noxiano a más de mil kilómetros de distancia.

"No sé, quizás querrías recuperar la alforja que dejaste en la taberna…"

"Sólo es ropa" replicó la joniana, recordando que había dejado sus trastos en la ciudad. Por más que le molestara el perder las pocas prendas que tenía estaba decidida a no volver a pisar Noxus.

"Oh, bueno, entonces me temo que hemos actuado por puro altruismo" murmuró, fingiendo lamentarse mientras apoyaba su espalda contra el tronco de un árbol.

"¿Hemos…?"

La teniente señaló el camino por el cual Irelia las había conducido y ésta se percató de que un hombre avanzaba a paso lento pero firme hasta el lugar donde se encontraban. No pudo distinguir su rostro pero sí la larga capa azulada que caía hasta el suelo y que le permitió reconocer al mercenario que le había atacado en el callejón el primer día que llegó a Noxus. Cargaba sobre sus espaldas su alforja.

"¿Y esto?"

"Puedes llamarlo filantropía" respondió la pelirroja.

"O puedo llamarlo que no le interesaban la alforja porque no contenía nada" replicó la joniana, poniéndose de pie cuando el hombre estuvo a su altura.

"Vengo cargando ese saco desde El Interior, ¿y así me reciben?" se quejó el sujeto, entregándosela.

"Disculpa, no era mi intención ofender a un asesino que trató de matarme en un callejón oscuro de Noxus" gruñó Irelia.

"He quedado muy traumado de aquel encuentro" murmuró el sujeto, con una voz de tenor que vibraba en todos los resonadores de su rostro. Ambas mujeres lo miraron sin comprender y agregó: "A partir de allí me encuentro en la maldita obsesión de atravesar por lo menos tres veces la yugular de mis objetivos. Me asusta la idea de que salten de pronto e intenten matarme."

"No exageres, Talon" le regañó la teniente. "Hemos pasado por cosas mucho peores"

"Quisiera ver cómo reaccionas tu cuando acuchillas varias veces a una persona, la haces sangrar y pese a eso te pega una patada con una tremenda fuerza que te quita todo el aire a pesar de la incómoda posición en la cual se encontraba" se quejó.

"Me disculparía por eso, pero ahora mismo recuerdo que son noxianos. Y tendría que matarlos aunque no me encuentro de humor para eso" repuso, cargando la alforja contra su espalda, un poco más animada ante la tensión que había generado con aquella frase. "La verdad, fue un gran desagrado conocerlos" y sonrió, volteándose y marchando.

Dio unos pocos pasos lentos y luego giró para contemplar una vez más Noxus: aquel aterrador monte y las pútridas aguas que lo circundaban eran una visible señal del talante de sus gobernadores. Quizás nunca debió entrar en esa ciudad por más curiosidad que tuviera acerca de la razón por la cual invadieron Jonia. Pero lo valía por la información, falsa o verdadera, de su hermano; ya que eso significaba una cosa: existía una gran probabilidad de que Zelos estuviera vivo. Ella lo encontraría y se encargaría de corroborar las palabras de LeBlanc.

Por el rabillo del ojo, con mucha sutileza, notó cómo la teniente y el mercenario permanecían en el mismo sitio, viéndola partir. Quizás si no fueran noxianos hasta se atrevería a decir que la veían marchar con cierta nostalgia o cariño pese a no conocerla. Pero aquel pensamiento era inconcebible.

Avanzó un par de metros con lentitud y luego salió corriendo. Ahora que estaba lejos de esa ciudad de mala muerte se sentía tan libre como cuando tuvo la certeza de que había logrado echar a los invasores de la isla. Corrió sintiendo el viento en la cara pese a que el invierno se estaba aproximando y las corrientes ya empezaban a helar.

Según recordaba del mapa de Valoran que había consultado antes de partir de Jonia, recto desde la izquierda se encontraba Demacia. Hacia allí se dirigía con todo su ímpetu y la impotencia de su ser, demasiado ansiosa por llegar a su destino. Sabía que sólo al llegar podría comprobar si Zelos logró llegar con su pelotón a destino o algún obstáculo lo obligó a detenerse en el camino.

Corrió y corrió, tratando de rellenar el agujero de su pecho con la convicción de que su hermano era inocente. Corrió durante dos días seguidos ya que, al no sentir cansancio alguno, parecía que la adrenalina de su cuerpo no lograba saciarse.

Después de dejar Noxus atrás, los árboles comenzaron a escasear en el paisaje y sólo podía apreciarse una extensa llanura verde donde pastaban manadas de animales, algunos pertenecientes a granjeros y otros salvajes. Incluso en una ocasión un potro salvaje, entusiasmado por la súbita aparición de la joven, salió a la carrera junto con ella, logrando igualar su paso pero rindiéndose al cabo de varias horas de marcha. Irelia se enterneció pero comprendió que el animal no podría seguirla y aminoró la velocidad, permitiendo que éste respirase y luego se marchara. Después continuó con su corrida.

Al tercer día decidió detenerse entre unos pequeños árboles que contrastaban con la planicie sin horizonte, los cuales daban a una pequeña laguna donde nutrían sus raíces. Apoyó la alforja en el suelo y se recostó contra el tronco de un alcanfor, según supuso por el fuerte olor de sus hojas. Por los fuertes rayos que irradiaba el sol dedujo que era mediodía y que llevaba más de cuarenta y ocho horas corriendo. Pese a que sus energías se renovaban constantemente decidió tomarse unos minutos para reordenar mejor los pensamientos de su mente.

Entrecerró sus ojos contemplando a febo cuando creyó observar una sombra que se escabullía en uno de los árboles cercano al de ella. El instinto reaccionó haciendo que se levantara de un brinco y se asomara justo cuando una mujer alta se le plantaba en frente. Ésta movió sus manos delante suyo y unas gruesas cadenas surgieron de la tierra, aferrándose a las piernas y los brazos de Irelia, impidiendo que esta se moviera. Aquello pasó tan rápido que la joven tardó varios segundos en reaccionar pero luego comenzó a forcejear para liberarse. Usó todas sus fuerzas mas sólo logró que las cadenas se apretaran más, arrancándole jirones de piel y aumentando su desesperación y confusión.

"¿¡Qué demonios es ésto!?" rugió, contemplando por primera vez a aquella mujer. Su melena oscura, su piel demasiado blanca y las gigantescas alas negras que brotaban en su espalda le dieron a entender que se trataba de una criatura sobrenatural. Su rostro era muy bello pero estaba torcido en una sonrisa cruel mientras sus manos irradiaban un aura maldita que correspondían a aquella que brotaba de las cadenas. "¿Quién se supone que eres?"

La mujer bufó mientras su sonrisa se volvía una mueca, mas no pronunció palabra alguna. Permaneció allí parada, manteniendo el hechizo nigromante que mantenía inmóvil a la joven mientras esta luchaba con desesperación para soltarse. Sus brazos habían comenzado a sangrar pero la adrenalina era tal que casi no se percató del dolor hasta que sintió como el frío metal le rozaba el cúbito y el radio de los miembros. Rugió de agonía e impotencia ante la mueca que persistía en el rostro de aquella criatura, ya que era demasiado poderosa como para resistírsele.

En medio del vértigo que empezaba a dominarla recordó su arma y manipuló las hojas metálicas, las cuales danzaron a su alrededor para luego tratar de destrozar los grilletes justo cuando una voz masculina la interrumpió:

"De ser tú, yo no haría eso"

Irelia alzó el rostro y contempló a un sujeto que había permanecido en la sombra de los árboles, apoyado con tranquilidad contra un tronco y observando la escena. Levantó una de sus manos cuando la joven trató de manipular su arma y ésta notó que sus dedos estaban protegidos por garras metálicas que brillaban con los rayos del sol. El hombre vestía una larga capa escarlata y un traje del mismo color, mientras que los mechones de su cabello eran blancos. La sonrisa ladina de su rostro generó un escalofrío en la muchacha, quién quedó varios segundos siguiéndolo con la vista, perpleja ante aquellos dos curiosos personajes que se le plantaban en cara. Y no parecía que con buenas intenciones.

"¿Qué quieren?" inquirió de vuelta, observándolos a ambos y cesando un momento su forcejeo. Los brazos le escocían y, era tal la sangre que chorreaban, que teñía a los mismos pastizales donde se encontraban.

Ambos se intercambiaron una fugaz mirada y sonrieron al mismo tiempo. Aquello le daba tan mala espina que, ignorando la visible hostilidad, continuó debatiéndose y utilizó las hojas para tratar de destruir sus cadenas. Sin embargo, apenas éstas entraron en contacto con aquel material, sintió una corriente eléctrica que le golpeó con fuerza toda su columna vertebral, subiendo hasta impactar en su cerebro con una punzada que la hizo gritar de dolor. Cayó al suelo, abrumada por tanto dolor y comenzó a jadear. Escuchó cómo ambos se reían y cómo su cuerpo temblaba de rabia e impotencia, las cuales comenzaban a apoderarse de su raciocinio. Volvió a incorporarse con un rugido y una visión la dejó estupefacta en el mismo lugar donde estaba:

A un costado, ocultos bajo cualquier mirada salvo la suya, se encontraba una oveja blanca incorporada en sus patas traseras y con una máscara púrpura que cubría su rostro. A su lado flotaba el espíritu de un feroz lobo morado con una máscara blanca que cubría sus ojos. Sus oídos zumbaron con un fuerte pitido que la aturdió, aun así pudo escuchar una voz cantarina de niña que provenía de la oveja.

"Kindred" susurró. Y recordó el sueño que había tenido con aquella criatura de dos caras, la representación de la muerte en la tierra. El pánico la invadió y temió por su vida.

Parpadeó varias veces pero la visión no se fue. Se estremeció al comprobar que aquel miedo era el mismo que había sentido en la batalla de El Placidium, cuando Aatrox apareció para convertirla en lo que era. Pero eso no la salvaría ahora.

"¿Acaso… acaso moriré de vuelta?"