Los personajes pertenecen a Victor Hugo. Yo sólo espero que su fantasma no me persiga por tal osadía
Liberar
Dos años antes...
—Eh, Enjolras. ¿Has aprendido a tocar blues?
Enjolras alzó la cabeza y miró hacia la puerta de la celda, donde estaba allí apoyado Grantaire, mirándole con una sonrisa burlona en la cara. Era ridículo que, con todo lo que se escuchaba de las cárceles estadounidenses, al moreno sólo le preocupase que hubiera aprendido a tocar la armónica como en las películas.
Aunque quizás era también que al ser varón y blanco posíblemente no había que preocuparse por su estado.
— ¿Te ha dicho algo la policía?
—Te van a soltar sin cargos. Pero... —¿por qué siempre tenía que haber un pero? La cara de Enjolras cambió drásticamente al ver a su amigo, — si confiesas y dices quien han estado en medio de la revuelta.
—Mi libertad a cambio de mi dignidad, ¿no?
—Siempre tan melodramático...
Grantaire quitó la mano que había colocado en uno de los barrotes de la celda, viendo con Enjolras se alejaba, manteniendo su gesto malhumorado, que en ocasiones tanto le gustaba de él.
—Para ti seré melodramático, pero no pienso condenar a nadie a cambio de mi libertad. ¿Y qué si soy el cerebro pensante de todo?
—Sí, tú sigue dando esas voces. A lo mejor te suman cargos y te deportan.
—No tendré tan suerte... ¿Has podido hablar con mis padres? —No es que sus padres fueran los mejores del mundo, pero debía de reconocer que a veces tenían mano para sacarle de aquellos atolladeros... Mano para sacar del bolsillo un fajo de billetes y acelerar los trámites para que le sacaran de allí.
Quizás el tema padres de Enjolras no era el predilecto de Grantaire, en especial desde que le escucharon decir que debía buscarse un trabajo de verdad y olvidar eso de bailar... Y todavía no sabían que estaba saliendo con su hijo, pero lo cierto es que posiblemente debía de darle una respuesta a Enjolras, el cual no tenía paciencia para estar encerrado.
—Creo que ya están reunidos. No les he visto, más allá de informarles que estabas aquí dentro... Afortunadamente cogió el teléfono tu madre, porque seguro que tu padre me hubiera colgado sólo con escuchar mi voz.
Los padres de Enjolras tenían todo los rasgos para ser odiado por Enjolras. Eran homófobos, capistalistas, de derechas, xenófobos, lo cual era curioso cuando ellos provenían de Francia y habían acabado en Estados Unidos buscando ascender de nivel social... Sin embargo, por el momento, Enjolras tenía que tragar, aguantar y desquitarse tras un megáfono dejando la voz contra gente que eran iguales a esas dos personas que le esperaban en casa para cenar.
—A saber... Es raro que no haya llegado mi abogado...
Y justo como si hubiera sido invocado, un hombre trajeado entró por la puerta. Iba acompañado por un policía que hizo que se detuviera delante de la celda del rubio y en su mano derecha llevaba un maletín de cuero negro. Era la típica imagen de todo lo que Enjolras no quería ser, pese a estudiar lo mismo.
El policía hizo un gesto a la celda, antes de darle una voz al más joven, e indicar que por fin había llegado su abogado. Tras eso volvió a su posición.
El recién llegado miró al moreno, mientras se abrochaba la chaqueta del traje con una mano. Era una mirada llena de desdén. Seguro que los padres de prisionero les habían hablado de él.
—Puede marcharse. Esto ya es sólo un asunto entre mi cliente y yo.
—Como quieras. —Grantaire no tenía respeto ante nadie, y mucho menos un tipo como él que lucía como si tuviera un palo metido por el recto. —Enjolras, te veo fuera.
Las palabras del moreno estaban marcadas en una promesa. "Vas a salir de ahí". Y eso era mejor que cualquier palabra que le pudiera decir tanto el abogado como sus padres.
