Los miserables pertenecen a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


Terpsícore

Grantaire no sabía griego, es más, poco le interesaba tal lengua, sin embargo tenía tatuado en el costado "Τερψιχόρη". Cuando le preguntaban qué era lo que significaba, él simplemente respondía: Terpsícore, la musa de la danza.

El tatuaje se lo hizo incluso antes de tener la edad legal, cuando bailar era algo prohibido para él porque no era considerada una actividad de hombres, y tenía que hacerlo en una banda callejera, quizás por eso el estilo con el que mejor se desenvolvía era el hip hop, el break... ese baile que jugaba con el cuerpo como si fuera de goma.

Las danzas destinadas a Terpsícore eran destinadas hacia al ser superior, como a lo profano. Grantaire sólo conocía lo profano.

Con dieciséis años conoció a Enjolras en un aula de castigo en un instituto de renombre en una zona perdida dentro de un barrio rico. El rubio había sido llevado tras reiteradas malas contestaciones hacia el docente, siendo lo más delicado "opresor", el joven, que en aquel momento tenía sólo catorce años, tuvo la fortuna de tener en su antiguo instituto francés un alumno considerado "problemático" que le inculcó aquellos términos y aquellas lecturas. Por otro lado, el moreno había acabo allí porque un compañero había osado decirle que bailar era de nenas; y en aquel momento, la manera más lógica que demostrar su masculinidad había sido liarse a golpes.

No fue la primera vez que coincidieron. Siempre allí. Más tarde que pronto, Grantaire decidió dejarse camelar por la labio que el mancebo tenía, pese a su juventud, y se encontraba en una reunión de compañeros, todos más mayores que el rubio. No dejó de bailar, pero esta vez lo hacía para sí. A veces quedaba con sus viejos compañeros, pero ya no sentía que aquellos estilos pudiesen transmitir aquellas sensaciones que recorrían su cuerpo. Terpsícore había descubierto su ser supremo.

Le permitió indagar en su vida, en sus dibujos. Escuchaba sus alabanzas, más no las creía. No era tan bueno, y sus profesores y sus padres siempre le habían dicho que aquello estaba mal. Tantos años de aquellos tratos no podían estar equivocados, aunque Grantaire nunca hubiera dejado de hacer aquello que siempre le prohibían. Siempre se había sentido inclinado hacia lo profano.

Pero bailar era otra cosa. Bailar era algo suyo, y que no podía enseñar a cualquiera, y más cuando ponía tanto ímpetu en aquello. Y tan oculto acabó siendo, que tuvo que esperar dos años para ver los movimientos de Grantaire, en pleno proceso de "mis padres quieren que vaya a la universidad, pero que se vayan a la mierda."

Fue en la calle, el lugar que le vio nacer, que le vio crecer y que, tras la presencia de Enjolras, le habían visto renacer en sus propias cenizas.

—¿Hay algo que se te dé mal? —Comentó Enjolras cuando Grantaire se percató de su presencia, deteniendo abruptamente sus movimientos. La música solo sonaba en su cabeza.

—Todo.

Enjolras ya se había acostumbrado a la negatividad de Grantaire, e ignorando aquello añadió algo acerca de que podría probar suerte en alguna academia. Tiempo después, cuando Grantaire fue aceptado en la academia como alumno de baile, tuvo que ayudarle a encontrar trabajo y casa cuando sus padres le echaron por no estaban dispuesto a mantener a un vago.

Pero bueno, Apolo era el protector de las musas, aunque durante casi todo el tiempo, era Grantaire el que suponía el punto de inflexión en Enjolras y le daba otra visión que siempre le hacía reflexionar.