Onceava sesión.

"Big bang Neuronal"

Aroma a marcador para pizarrón nuevo, un poco del tacto de los dedos manchados de gis, el sonido de las hojas de un libro pasando rápidamente y el murmullo de alumnos paseando por los pasillos. Con sabor a pasta dental y un ligero toque de chocolate amargo.

Una mágica sorpresa de llegada desprevenida, un golpe bajo a mis emociones y sentimientos de adolescente primerizo.

Un suave tacto a lo largo de mis mejillas hirvientes, una alteración nerviosa, una explosión de estímulos recibidos de golpe. Una vida y una muerte.

Eren. — La voz suena ronca y distorsionada. Se abre paso entre cada sinapsis neuronal. quiere tatuar la imagen del dueño de esa voz. Pero no lo logra.

Jadeo y el mundo danza sobre una tachuela a mí alrededor.

Un relámpago rompe el recuerdo en muchos fragmentos terminados puntos cortantes y provoca un descontrol en mi mente.

El dolor recorre i espina dorsal, estalla en mi cabeza y tengo que apretar las sienes para evitar que siga avanzando.

Respiro agitadamente, aprieto los dientes y trato de no gritar, me hago un ovillo en mi lugar y ruego porque el dolor se vaya.

—Hey, Eren. —La voz viene del exterior, aunque no la identifico del todo. —No hagas eso, vamos, necesito que me mires, ¿Estas escuchado?

Lo hago, pero no puedo contestar, me duele, solo quiero algún tipo de calmante. Quiero que el dolor se vaya.

Una secuencia de imágenes aparece ante mí, como una cinta de película, pequeños fragmentos de una vida lejos de mí y mi actual burbuja. Un chico inocente enamorado y un profesor experimentando, divirtiéndose a costa de los demás. A primera instancia puede llegar a parecer como esas historias que las chicas aman. Ridículas y cursis. Llenas de ese romance rosa y fantástico que las hace vivir en las nubes.

Siento las manos de alguien tratando de que salga de mi ovillo, pero mis músculos están demasiado rígidos como para responder de inmediato.

Una imagen se detiene, se enfoca y saca a la luz un nombre brillante y magnifico, lo leo y el rostro llega de repente. La idea y un vago recuerdo roto.

—Levi. —Susurro en una exhalación antes de que la marea que viene por mi se lo lleve. Me arrastra lejos de mi pequeña burbuja.

La noche cae sobre mi consiente. Hace que vaya a dormir. Hay un recuerdo rebelde que necesita ser educado y encerrado de nuevo. Para siempre.

Para protegerme.

::::::

Hace tiempo mamá me llevaba a cabalgar a un lugar muy alejado de la ciudad, para mi yo de ese entonces era como una montaña embrujada o un bosque fantástico. Igual al de los cuentos de hadas realistas. Tanto que algunas veces Isabel y yo jugábamos a ser "Caperucita Roja y el Lobo feroz". Había una casita de madera vieja y maltratada- con el paso del tiempo y el turismo se reconstruyo y ahora es una cabaña para pasar la noche-, la ocupábamos a veces para nuestros juegos o con algún arreglo casero la convertíamos en un pequeño punto cómodo para reuniones familiares. Había juegos hechos de toscos trozos de madera y algunas veces podíamos tener suerte de encontrarnos algún animalito perdido o a algún ave extraña que se cruzaba por allí.

Durante la celebración de mi décimo cumpleaños fuimos a ese lugar, invitamos a poca gente, familia en su mayoría. En un descuido de mis padres, Izzy y yo nos alejamos tanto que terminamos perdidos en el complejo de arboles. Al inicio, entre juegos ignorábamos nuestra leve desgracia, pero entre el tiempo y la baja intensidad del juego, Isabel entro en pánico y no tardo en romper en llanto. Yo no estaba mejor, nervioso y con miedo de encontrarnos algún monstruo que solo existía en nuestra infantil imaginación, pero era consciente de que no podía ponerme a llorar también.

En esa pequeña aventura encontramos a un temeroso conejito bebé, su aparición hizo que Izzy se calmara y rogara por quedárnoslo. El animal murió varios años después por sobrepeso y baja actividad motriz.

Sueño con ese día, el regaño de mis padres y su preocupación por nuestro bienestar.

Esa aventura marco el inicio de mi punto de caída.

Escribí mi primer cuento inspirado en esa pérdida dentro del bosque, describiendo los miedos que pasamos mi pequeña amiga y yo, anexando partes de fantasía terrorífica y suspensiva. Mi primer historia oficial, por así decirlo.

Descubrí una magnifica forma de entrar a otros mundo sin necesidad de abandonar el real, claro, al menos no de forma física.

Me pregunto donde fue que ese cuento termino.

Tal vez mi madre termino por tirarlo a la basura, junto con toda la antología de hermanos que le siguieron a ese.

::::::

Siento la cabeza pesada, embotada en un líquido espeso que no deja que mi cerebro se mueva con facilidad, provoca que mi imaginación activa se estanque. Odio esta sensación tan familiar y molesta.

Parpadeo varias veces antes de ser capaz de enfocar algo o de reconocer algo dentro de la habitación, para mi sorpresa no reconozco más que un cuadro pegado en la pared que esta frente a mí. En realidad no sé si sea el cuadro lo que reconozco, pero la persona allí plasmada es "Sigmund Freud", uno de los psicoanalistas más reconocidos, principalmente, por teorías bastante alocadas pero lo suficientemente convincentes para marcar historia y seguir vivas hasta la fecha.

Me incorporo del lugar donde estoy recostado y examino el lugar donde me encuentro.

Las paredes están tapizadas de un color café achocolatado, tiene puntitos rojos diminutos salpicados a lo largo de toda la extensión y líneas punteadas de color blanco, frente a mí hay una mesita de madera fina, encima esta un tapetito tejido color verde obscuro y una bombonera de cristal llena de dulces o tal vez sean solo envolturas. A mis dos lados tengo dos sillones de un café claro con rombos de café más obscuro con cojines a juego, del techo cuelga una elegante lámpara en forma de ovalo y bordes dorados. Hay un librero en la parte trasera a mí, esta lleno de libros de todos los tamaños, gustos y disgustos, también hay uno que otro reconocimiento pegado a la pared. Más allá, a la derecha, hay un marco de entrada, sin puerta, supongo que debe ser hacia la cocina o algún pasillo.

A un lado contrario del librero esta la puerta de salida y casi a un metro a la izquierda hay otra entrada.

No hay que ser un genio para deducir sobre el propietario de la vivienda. Tan solo ver el cuadro del psicoanalista basta para saberlo.

Me llevo una mano a la frente, como si checara mi temperatura, pero en realidad checo que tantas tonterías me han llevado hasta este lugar. Rio un poco, como para tratar de quitarme peso de encima, pero solo hace que me sienta peor.

—Bienvenido de vuelta. —Dice el psicólogo entrando por el marco cerca de la puerta de salida, tiene una bandeja con dos tazas humeantes y un platito de galletas de mantequilla, Isabel suele comerlas mucho en estas temporadas.

—Este es el momento en el que pregunto qué fue lo que paso ¿No? —Digo con algo de burla.

—No lo sé, tú eres el escritor. —Dice sentándose en un sillón individual y poniendo la bandeja en la mesa.

—Cierto.

—Aunque yo soy el que debería preguntar eso, ¿No te parece? —Me ofrece una de las tazas humeantes.

Quiero rechazarla pero el olor a chocolate hace que me lo piense mejor. Una de las cosas que no deben negarse jamás es el chocolate, antes están los libros y después el helado.

—Yo soy el que perdió en conocimiento. —Murmuro llevándome la taza a los labios.

—Esta caliente. —Comenta él al segundo que yo me quemo la piel de los labios.

—Gracias por la advertencia. —Me quejo primero antes de dejar la taza en la mesita.

— ¿Y bien? ¿Algo de deba saber?

—Nada en lo absoluto, solo perdí el conocimiento.

Él suspira y toma una de las galletas.

—Comencemos desde otro punto ¿Te parece?

—Usted es el psicólogo. —Susurro.

—Lo último que dijiste fue que recordaste un beso.

Alzo la mirada un tanto confundido.

—¿Eso dije?

—¿No lo recuerdas?

Trato de traer algo de lo último que paso antes de perder la conciencia, pero de repente solo me quedo con un par de palabras y movimientos.

—Creo que no, tal vez solo necesito algo de tiempo. Mi memoria no es muy buena en estos últimos años.

Allí de nuevo esta ese semblante de decepción absoluta.

—Solo te hare una pregunta más.

Miro mi chocolate con admiración, esperando el momento en el que se enfrié un poco para tomarlo, el olor me raspa las paredes internas de la nariz, aunque me encontento con tomar una galleta.

—Claro, adelante.

—¿Tomas pastillas?

Mordisqueo el borde de mi galleta en forma de estrella, siento migajas en las mejillas y para no parecer un completo tonto las sacudo con la manga de mi camiseta.

—Sí, solo cuando las necesito.

— ¿Visitas algún psiquiatra?

—No en realidad, la última vez que lo visite me dijo que solo tomara las pastillas, no era necesario que me siguiera la pista.

—¿Por qué las tomas?

—Dijo que solo era una pregunta.

—Respóndela.

—Crisis de ansiedad. —Me llevo el último bocado de la galleta a la boca y mastico con lentitud. Creo que ya puedo empezar a degustar mi chocolate.

Espero la segunda holeada de preguntas pero no llega, pero parece que por la mente del hombre pasan esas preguntas, aunque las guarda para sí mismo, se levanta del sillón y después vuelve a desaparecer por la puerta por la que ha entrado.

Dejo salir un suspiro pesado y trato de beber con rapidez el chocolate, no toco ninguna otra galleta, por ahora solo necesito abandonar este lugar, creo que ya estoy metiéndome demasiado con esta persona, eso es malo, para mí y para el mundo entero.

Pocos segundos después de que termine la bebida vuelve a entrar en la sala, esta vez con un equipo de sabanas, arqueo las cejas con sorpresa, aunque no me adelanto a nada, solo digo:

—Creo que es mejor que yo me vaya, ya he causado muchas molestias. —Es una frase típica para este tipo de situaciones.

—¿Se supone que eso es lo que tienes que decir? —Pregunta con algo de gracia burlesca en la voz.

—Sí, se supone, yo solo sigo las reglas.

—Son más de las doce y mi coche esta en el taller, así que no puedo llevarte y tampoco puedo dejar que te vayas por tu cuenta. ¿Entendido?

—No exactamente, ¿Tanto tiempo estuve inconsciente?

En realidad eso no es algo que me sorprenda, suelo desmayarme por más horas, pero hay que hacerse el interesante de vez en cuando.

—Sí, tus cosas están en la habitación de huéspedes y tu gato esta con Erwin.

Siendo sinceros no se qué parte de esa frase me preocupa más.

—Lo siento, pero no creo ser capaz de tomar su amable invitación, preferiría…

—No es una amable invitación, como la llamas, es una orden medica.

¿De cuando acá las órdenes medicas tocan esos puntos?

—Pero es en ser…

—Ten este es el juego de sabanas, están limpias y en la habitación hay un pijama, tantee tu talla, espero te quede.

Me ofrece las sabanas y me indica que puerta es la habitación que me ha dicho, luego me pregunta si quiero algo especial de cenar y al no obtener una respuesta inmediata dice que va a experimentar y que no se hará responsable si no me gusta. Ni siquiera soy capaz de dar las gracias, me encamina hasta el lugar y luego simplemente desaparece.

Tal vez si llamo a Isabel, ella pueda venir por mí y entonces me ahorre todo esto, es una buena idea.

La habitación es sencilla, de paredes blancas, un ropero chico de madera, un tocador pequeño, una puerta hacia el baño, hay un cuadro de algún artista que no conozco, una televisión, un minicomponente, una pequeña colección de libros y películas. La cama tiene una sabana color amarillo patito y dos almohadas de color beige.

De alguna forma me sorprende ver tantos libros en esta casa, sé que no debería ser yo quien juzgue eso ya que mi casa tiene libros hasta en las lámparas, pero es la primera vez que veo que alguien también tiene esa pequeña afición y adicción no tan enferma. Me quita un poco la preocupación de que este hombre venda mis órganos en el mercado negro. Quien ama los libros no puede ser malo. De hecho podría ser un psicópata pero trato de no pensar en eso y mejor enfocarme en los libros.

Como ha dicho mi maleta esta en la cama, busco el teléfono celular en el interior, aunque me topo con la sorpresa de que el aparato no tiene batería, es más dudo que pueda volver a revivir en algún momento, tiene la pantalla rota y una esquina esta doblada.

Sin más opciones disponibles solo me enfoco en cambiarme la ropa y volver a salir.

El pasillo tiene otra colección de pinturas, algunas muy hermosas, otras con sentidos abstractos de la vida o muy filosóficos, a la mitad hay una lámpara y a su lado un espejo pequeño. La iluminación de la lámpara es de un amarillo tenue, el vidrio del espejo me regala el semblante de un adulto desmejorado, con ojeras y cara de moribundo. Nada raro en realidad.

Me introduzco de nuevo en la sala donde desperté, allí me llega el aroma a lasaña, aunque no es como la que Isabel suele preparar cuando va a mi casa, esta es de ese tipo tradicionalista italiana.

De nuevo…. una serie de imágenes me atacan de golpe, aunque es un golpe más ligero esta vez, un soplido de algún día en mi pasado, el mismo aroma y una calidez hogareña.

—Huele bastante bien. —Comento una vez que llego a la cocina. — ¿Le gusta cocinar?

—Un poco, si. ¿Y tú? Puedo deducir que eres un fiasco.

—Le ha atinado, lo mío no es prender una estufa. —Contesto.

—Me imagino, siempre ha sido así… es decir… así luces. —Sus hombros se han puesto tensos.

—¿Siempre ha sido así?

—Hanji me lo conto. —Se apresura a contestar.

Sí, bueno, eso no es raro, le cuenta mi intimidad a todo mundo.

Cuando saca la lasaña del horno se expande el delicioso aroma a especias y jitomate, mi estomago gruñe ruidosamente.

—En realidad no he comido correctamente desde mitad de la tarde. —Me excuso.

—Supongo que sí.

El aroma predice un sabor exquisito, y no se equivoca, en realidad el hombre cocina bastante bien, también puede ser que tenga mucha hambre, pero cuando me ofrece repetir plato no me niego, podría meter mi cara en el refractario y llenarme las mejillas de la pasta, pero soy prudente.

No hablamos durante el transcurso de la comida, solo leves comentarios o peticiones de sal.

Me da las buenas noches y vuelve a preguntar si me siento bien.

—Perdón, pero… ¿Dónde es que esta mi gato? Me da algo de pendiente. —Principalmente por el hecho de que no se lleva bien con ese otro gato.

—En aquella habitación. —Señala una puerta pintada de color caoba. —Esta dormido.

—Gracias.

Con cuidado escucho si pasa algo del otro lado de la puerta, cuando no percibo nada giro la perilla con precaución.

Hay un tapiz color salmón bastante mono, una lámpara de luz lila y azul, un montón de juegos para gatos, parece un mini parque temático para animalitos, en medio de la habitación esta una colchoneta color rosa donde hay una bola de pelos amarillenta, no reconozco cual es el inicio ni cuál es el fin de esa bola. Para cualquiera podría ser eso, solo una bola de pelos, pero sé que es un gato. Quiero creer, y espero, que sean dos.

Me acerco con sigilo para tratar de encontrarle una buena forma, alguna oreja o la cola.

Después de varios minutos de examinar con dedicación noto algo curioso y bastante lindo, lo suficientemente lindo para querer aplastarlos.

La bola de pelos más sobresaliente es el gato obeso de nombre Erwin, tiene la cabeza en un ángulo extraño, una de sus patas tiene sostenido a la otra bola de pelos que representa a Armin, mi gato esta hecho bolita siendo protegida por el cuerpo del enorme gato. Es casi como si durmieran abrazados uno del otro. Lo que es tierno es una forma y extraño de otra. No sé en qué momento Armin se dejo abrazar.

Sonrió un tanto complacido y vuelvo sobre mis pasos hasta la habitación que me ha sido asignada.

::::::

Cuando el reloj sobre el buró marca las cuatro de la mañana, decido incondicionalmente que no dormiré más en ese día, tal vez el desmayo me cobro algún tipo de descanso extra. Me dedico a tratar de recordar algo antes de perder la conciencia por completo esta tarde, aunque es en vano, solo hay imágenes distorsionadas y difusas, negándose a volver a mi caja de recuerdos.
Es el segundo ataque de ansiedad que tengo en menos de un mes, mi condición esta empeorando poco a poco y eso es algo a lo que prestarle un poco más de mi atención. Tal vez necesite de nuevo calmantes más fuertes o algún tipo de somníferos para dejarme fuera de combate.

Siento la garganta reseca, si robo un vaso de agua no creo que se moleste, ¿No?, después de todo me ha obligado a pasar la noche en este lugar.

Salgo de las sabanas con cuidado y me dirijo a la cocina donde hemos pasado la cena, al llegar me sorprende ver una ligera lucecita de color azul tenue, oigo el correr del agua y un murmullo, como alguien que esta rezando en voz baja.

Levi esta sobre el fregadero lavando los trastes, y no sé si este cantando o rezando, me acerco lentamente, tal vez solo pida el vaso con agua y vuelva a mi habitación. Creo que ya he recibido muchas preguntas de este hombre. Siento que en lugar de poder salvarme de una posible catástrofe solo va a provocar que la catástrofe llegue antes de tiempo.

—¿Problemas para dormir? —Pregunta poniendo un plato en la charola para escurrirlos.

—Un poco. ¿Y usted?

—Llevas mucho tiempo llamándome de esa forma, creía que ya habíamos avanzado al menos en la forma de dirigirnos. Es una pena. —Deja correr el agua sobre la superficie del vaso y la espuma blanca se resbala hasta caer al fondo del fregadero, luego lo pone junto a donde ha puesto antes el plato.

—Lo siento, en realidad no creo ser capaz de tutearlo, es más experimentado que yo en muchas cosas.

Él se ríe nervioso.

—¿Tú crees?

—¿Me equivoco?

Alza el rostro hacia el techo y deja salir un suspiro, de esos que usa uno antes de cometer algún tipo de estupidez de la cual nos arrepentimos al poco tiempo de cometerla.

—No, no realmente. ¿Necesitas algo?

—Solo un poco de agua, tengo la garganta reseca.

Toma el vaso que acaba de lavar y sirve agua de un dispensador de porcelana azul, luego me lo tiende. Se siente fría.

—Gracias.

—¿Te sientes mejor?

—No me he sentido mal, lamento si se ha estado preocupando luego de que me desmayara, en realidad no es la primera vez que pasa.

—Ya veo, pido disculpas.

No decimos ninguna otra cosa, solo nos quedamos parados en medio de la cocina, tratando de enfocar algo que no sea a nosotros mismos, es como si nos avergonzáramos por que el otro descubra nuestros obscuros secretos.

De afuera entra un rayo lunar de color plata, por la cortina entreabierta se puede ver como hay uno que otro copo de nieve vagando por la vida, salpicando cada superficie que encuentran con su color blanco y puro. Es el símbolo de que no todo en esta vida es malo y cruel, hay cosas hermosas y llenas de prosperidad también.

—Ve a dormir, has tenido demasiado el día de hoy. —Dice mientras deja uno de los trapos sobre la moqueta del desayunador.

—Claro, lo hare. Gracias por todo y lamento las molestias. —Murmuro.

—¿Eso es lo que dice tu libreto?

—Al parecer sí.

::::::

El fin de semana lo paso con Isabel, le pido que me lleve lo más lejos posible de mi pequeña ciudad, en algo ha tenido razón el psicólogo y es en que ya he tenido suficientes recuerdos para una vida. Necesito algún calmante natural para no explotar en nervios o ansiedad.

Pero fuera de intentar ayudarme, Izzy solo hace que las cosas tomen un rumbo mucho más tenso. No teniendo suficiente con el revoltijo de mente que me cargo y con todos mis problemas interinos, Isabel quiere tratar de arreglar mi vida familiar.

Siete años después de no ver a mis padres, hoy me encuentro en lo que alguna vez yo también llame hogar.

Sinceramente prefiero las crisis de ansiedad.

Continuará….

Próximamente.

Doceava sesión.

"Crisis de existencia universal"

Tengo en mente hacer un capítulo especial "EruMin", aunque no estoy del todo segura, a pesar de que mi beta también lo quiera, aun tengo problemas para ver los tipos de narración que usaría y como es que manejaría las personalidades de los personajes sin distorsionarlas al punto de ser irreconocibles.

Gracias por leer.

Parlev.