Doceava sesión.

"Crisis de existencia universal"

No tenía mucho tiempo de titularme cuando escape de casa, a lo mucho dos semana, muy poco tiempo para ser sinceros. Simplemente metí las cosas que podría necesitar para sobrevivir por mi cuenta en aquel campo de batalla llamado vida real, estaba molesto, muy enojado, furioso y cualquier otra derivarte de esa palabra que pudiera ocurrirse.

Cuando uno está así no piensa con claridad, solo actúa, guiado por los impulsos del instante.

Izzy dice que durante las dos primeras semanas mis padres pensaron que había sido secuestrado, me había pasado un accidente o estaba muerto. Nadie supo nada de mí, hasta que Isabel, en un viaje de trabajo, me encontró comprando cosas para la despensa. Ella me rogo por que volviera, dijo que mis padres estaban angustiados, muertos de miedo por mí y que incluso me habían reportado como desaparecido. No me importo, solo e dije que estaba bien, había conseguido un trabajo en una pequeña clínica como laboratorista y que estaba animándome a meterme de lleno a la literatura, había encontrado una editorial y tres días después tenía mi primera entrevista. No le di mi dirección ni mi número telefónico nuevo, solo que estaba lejos y que no deseaba volver jamás.

Isabel piensa que actué de forma inmadura y tonta, como un niño berrinchudo. Pero…

Hace siete años que no piso este lugar, los recuerdos de mi vida aquí se ponen en fila y pasan uno a uno, llenándome de melancolía, tristeza y un poco de felicidad extraña.

—Por favor detén el auto, voy a regresar. —Digo casi como una orden.

—No, ya eres un adulto, necesitas hacerle frente a esto.

—¿Quién lo dice? Isabel, detén el auto.

—Yo, no pienso detenerme hasta que hables con tu madre.

Frunzo el ceño y finjo que abriré la puerta del copiloto, como si pensara en lanzarme fuera del carro en movimiento. Sorpresivamente, ella activa el seguro de niños, bloqueando la puerta.

—Isabel.

Mi relación con mi madre siempre fue tensa, un poco ruda y extraña en muchos sentidos. Siempre me caracterizo por ser alguien antipático, algo rebelde, fantasioso y un poco tonto. Aunque las expectativas que tenía sobre su hijo iban más allá de un límite que yo jamás podría tocar ni con la punta de los dedos intentando saltar. Pero nuestra relación madre-hijo, empezó a romperse aún más cuando termine la preparatoria, el primer recuerdo de todo ese infierno fue cuando intente elegir una carrera universitaria. Ella deseaba que fuera medico cardiólogo o neurólogo, abogado, petroquímico, llego a fantasear en verme como piloto o militar, incluso un jugador de futbol americano. Ese tipo de cosas que ponen orgullosas a las madres cuando presumen el triunfo de hijo que educaron.

El problema fue que en mis planes de vida no iba incluido nada de eso, ni soñando, ni queriendo con todas mis fuerzas. Jamás fui capaz de imaginarme siendo el éxito que ella esperaba. Nunca me vi en lo alto de la economía social del mundo.

En mis planes mediocres de vida solo había una cosa y era ser escritor.

¿Alguien podría imaginarse su expresión al enterarse de eso?

¿Podría alguien imaginar que dijo e hizo cuando lo supo?

No, nadie podría.

Quizá se acercara un poco pero lo que paso rompió incluso mis parámetros de tragedia.

Escondí los documentos de inscripción durante un par de semanas, le hice creer que estudiaba lo que ella esperaba que estudiara, pensé que podría engañarla durante al menos un semestre, pero eso era algo demasiado hermoso.

Cuando se enteró la guerra en la familia se desato y a partir de ese momento todo fue un completo infierno para mí, soportar indirectas, reprendas por cualquier insignificancia, reclamos, gritos, regaños. Al segundo semestre de la carrera ella se negó a seguir solventando mis necesidades, me amenazó con eso, aunque ella podría cambiar de opinión si yo desertaba y entraba a medicina.

Tuve la necesidad de huir en ese instante, largarme.

Me negué y eso solo empeoro todo.

Busque un trabajo bastante miserable que solo podría cubrir una de las mil necesidades que me aplastaban, mi padre intento ayudarme pero mamá se lo impidió. Si estaba sufriendo era porque yo me lo había buscado. Ni siquiera las becas del gobierno podrían ayudarme, el dinero era insuficiente, mínimo por mucho que intentara ahorrar y me esforzara.

Lo peor fue que incluso, al paso del tiempo, yo me empecé a sentir mal y me trague el cuento de que era mi culpa, era un mal hijo, era una desgracia y un deshonor a mi familia. Me autoflagelaba con eso. Incluso pensé en desertar y comenzar de cero y complacer a mamá, hacerla feliz y ser ese hijo éxito que tanto ella deseaba y anhelaba que yo fuera.

Pero no lo hice, intente seguir sobreviviendo con la poca fuerza de voluntad que me quedaba, con ese deseo de cumplir mi propio sueño.

Le tengo demasiado odio a este lugar, desprecio, me sigue haciendo sentir de nuevo esa basurita en el ojo, molesto y pequeño, inservible. Por mucho que alguien pueda decir que por algo hemos nacido y gracias a eso seguimos parados en este mundo. El sentimiento destructivo sigue allí, extendiéndose como virus.

—Isabel, por favor.

—Lo siento, lamento si me odiaras después de esto, pero es lo correcto. Son tus padres. Entiéndelo.

—Aunque sea el mismo Dios, Isabel. Ella me odia.

—No es cierto, ella te ama, solo que…

—Esperaba más de mí. Lo sé, fue por eso que me fui y prometí no volver.

—Deberías entenderlo, ella quería lo mejor para ti.

Allí esta, de nuevo.

Lo mejor para mí.

Es lo que papá solía decir luego de encerrarme en mi habitación a llorar. Esa frase es lo que usaba para intentar consolarme.

—¿Cómo sabía que era lo mejor para mí, si nunca…?—Dejo la pregunta morir en la garganta.

Ella siempre estuvo en contra de que escribiera o incluso de que leyera. Se encargaba de quitarme los libros de las manos, de regañarme cada vez que veía uno conmigo e incluso tiraba los que llegaba a comprar a escondidas. Ella odia el arte. Sabe de su existencia y lo desprecia.

«Pérdida de tiempo», «Vagos sin oficio», «Drogadictos», «Desadaptados», «Basura humana»

Palabras que usaba para describirlos, para describir en lo que yo me convertiría de elegir ese camino, de describir lo que soy ahora.

No puedo decir que la odio, porque no lo hago, me ha dado todo lo que necesito, e incluso más. Pero tampoco puedo decir que la sigo amando como antes. El afecto se ha ido muriendo.

«Nosotros no elegimos a nuestros padres, no estamos obligados a devolverles nada» Eso dice la Biblia. Eso me dijo ella.

Isabel hace un giro para entrar en la calle donde está la casa donde pase toda mi adolescencia, la casa es la onceava sobre la cera derecha, con dos árboles al frente, un bonito portón café y fachada amarillenta. No ha cambiado en casi nada, a excepción de detalles hechos por el tiempo.

—Al menos, dales una oportunidad. Te fuiste sin decir nada.

No le contesto, me quedo mirando al frente.

Todo aquello se acumula en mi mente, trayendo de nuevo ese resentimiento y esa sensación aplastante de un ser inferior.

Salgo del auto, dispuesto a huir de nuevo, correr en cuanto tenga la oportunidad, Izzy tiene mis cosas, ha sido lista al meter todo a la cajuela, pero siempre puedo ir a algún banco a sacar dinero y volver a casa. Tengo las credenciales conmigo.

—¿Eren?

Pero todo mi pequeño plan de huida se ver roto en un instante.

Mis padres se detienen justo en frente de la puerta del vecino, mi madre se ve desmejorada, pálida, más vieja y acabada, con el cabello teñido de negro por milésima vez, para evitar que las hebras plateadas de la edad la toquen, no está maquillada, por lo que varias pequeñas arrugas se forman en las comisuras de los ojos y labios. Su piel luce igual que siempre, pero sus ojos se notan tristes. Viste unos pantalones de mezclilla sueltos y una blusa amarilla con bordados de colores, el cabello se lo ha cortado de nuevo.

Mi padre por otro lado no parece haber cambiado mucho, ese aspecto tan… "a la deriva" siempre lo ha tendió. Viste informalmente, como un civil cualquiera, estaba acostumbrado a verlo siempre en uniforme. Tiene más arrugas en el rostro y al parecer sus lentes han tenido más aumento últimamente.

Nos quedamos mirando durante un rato, me pongo a la defensiva, esperando por cualquier comentario de ella.

—¿A qué has venido? —Pregunta después de un rato, su voz suena seria. Da un paso al frente y abre el portón.

—Lamento la molestia, estaba por irme.

Miro de mala forma a Izzy y sé que he dicho algo mal, aunque no he mentido. Después de todo ella odia que yo mienta.

—Eren.

—No, Isabel. —Se gira a verla. —No debiste obligarlo. ¿Para qué venir con esa cara? ¿No crees? Si no viene por gusto, no puede pararse por aquí, seria… ir en contra de lo que quiere hacer con su vida. —Lo dice con voz queda, llena de veneno, como suele hacerlo cada vez que está molesta pero pretende darte en donde más duele.

No me espero a que el veneno siga corriendo, esquivo a mi padre y camino hasta salir de la calle, no me quiera aquí, eso es claro.

Aprieto los dientes. Me siento mal. Fragmentado. Con un increíble peso aplastante encima. Inútil.

Camino sin un sentido fijo, meto las manos en los bolsillos del pantalón y agacho el rostro, como si intentara no llorar, aunque no planeo hacerlo.

Llego a un pequeño café, está vacío, planeo comprar algo de comer antes de ir en busca de algún cajero. La chica detrás del mostrador me mira un tanto raro, queriendo preguntar algo, aunque simplemente se limita a tomar mi orden. Un helado y un sándwich de pavo. Tal vez más tarde pida un té helado.

—Hay hábitos que no puedes cambiar, ¿Cierto?

Mientras espero mi orden tomo asiento en una mesita de esas adorables con manteles verdes, mi padre toma asiento frente a mí.

—No lo sé.

—No es la primera vez que vienes aquí luego de una emoción demasiado fuerte. —Dice con una sonrisa triste.

—¿No? —Trato de sonar desinteresado.

—Un par de días antes de graduarte de la preparatoria, ¿No lo recuerdas?

Otra chica llega con mi pedido y le pregunta a mi padre si necesita algo, pero solo pide un helado sencillo.

—Tampoco cambia el pedido. —Agrega.

—No lo recuerdo. —Confieso. —¿Qué fue lo que paso? —La curiosidad me gana. Debería al menos fingir que sigo molesto.

—No lo sé, no nos lo contaste, pero estabas muy triste y deprimido. Ni siquiera Izzy lo sabía.

—Ya veo.

Algo me dice que tiene que ver con aquel otro asunto que tengo en casa.

—Es bueno volver a verte, nos tenías preocupados. —Comenta por fin.

Suelto una risita de burla.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Por pensar que moría de hambre siendo escritor? Lamento decir que gano el dinero suficiente para pagarme una buena comida.

Él suspira.

—Lo sé. Esos regalos no se compran solos, ¿Cierto?

—¿No los tiran? O ¿Regalan?

—¿Por qué haríamos eso?

—Es dinero mal ganado, ¿No?

Vuelve a suspirar y niega con la cabeza, la mesera trae el helado de papá.

—Estas molesto, muy a la defensiva. ¿Tanto nos odias por todo aquello?

—No los odio, pero prefiero mantener las distancias.

Su mirada se entristece.

—Tu madre te extraña.

—¿En serio? —Digo con sarcasmo. —Lo note.

—Eren, lo siento, creo que ambos debimos apoyarte pero…

—¿Pero? ¿Es enserio? Después de tanto tiempo vas a poner un pero en la conversación. —Interrumpo casi agresivamente. —Increíble. ¿Qué quieren? ¿Eh? ¿El mundo? Lamento no ser capaz de dárselos.

Azoto el vaso del helado en la mesa y me levanto, dejo un billete sobre el platito, no quiero saber nada de todo esto, yo estaba bien alejado de ellos.

—Hijo, lo siento. —Me toma del borde de la sudadera.

—Deja de decir que lo sientes cuando no es cierto. Ya basta. Voy a volver de donde salí y no volverán a saber de mí nunca y esta vez es para siempre. Aunque dile a ella que no se preocupe, seguiré mandando dinero y regalos costosos.

—Ese no es el problema, deja de pensar que el dinero arregla todo.

—¿Y no lo arregla? ¿Al menos su mundo? Estoy siendo alguien, soy lo que quiero ser, tengo incluso fama y dinero a mi disposición y aun así soy el defecto de fábrica. ¿Qué puedo hacer para complacerlos? ¿Para que ella me vea como su hijo? —Estoy a punto de llorar, eso es algo malo. No quiero hacerlo frente a él.

No dice nada, solo agacha la mirada y me suelta. Eso hace que me sienta peor, que sienta que no estoy equivocado, que estoy en lo cierto y ella me odia por lo que soy, no por lo que he logrado.

—Ambos te queremos, es difícil…

—Hablas como si fuera un asesino, creo que estarían más orgullosos si lo fuera. Que lastima que no lo sea y que los cadáveres me den pánico.

Con eso dicho salgo del café y tomo el rumbo a donde sé que estará el banco que necesito para irme, largarme de este lugar.


Llego a casa casi a la medianoche, Armin sale de una esquina maullando quedito, preguntando qué hago allí sí debería estar del otro lado de la ciudad.

Me dejo caer en el sillón y me desinflo poco a poco, como si con el aire expulsado de mis pulmones se fueran todas mis desgracias.

Admito que me siento decepcionado, tal vez una parte de mi esperaba que, de alguna forma, ambos me recibieran con los brazos abiertos, lanzándome preguntas sobre lo que he hecho con mi vida, queriendo saber que he hecho estos últimos años, pero no.

Rompo a llorar en medio de la sala, abrazo uno de los cojines para que me sirva de reconfortante, intento aferrarme a algo, lo que sea. Porque creo que estoy perdiendo el control mínimo que tenía sobre mi vida.

De repente los bandos enemigos me atacan de todos lados, sin darme tiempo de defenderme.


¿Te gusta la lasaña?Pregunta mientras entra en la cocina.

Eh, s…si, es uno de mis platos favoritos.Me quedo quieto en la entrada, con la mochila pegada al cuerpo.

¿Vas a quedarte allí todo el día? De haberlo sabido te hubiera llevado directamente a tu casa.

Me remuevo en mi lugar, las rodillas me tiemblan y termino dando solo dos pasos dentro de la casa.

Solo siéntate por allí, quieres.

Asiento y con cuidado, como si no quisiera ensuciar nada, me siento en uno de los bonitos sillones color beige de la sala.

La casa es pequeña, justo para que una sola persona viva, es bonita y hogareña, tiene un toque ambiental muy reconfortante. Observo cada detalle como si quisiera memorizarlo todo dentro de ese lugar.

No te gusta la carne ¿Cierto?Pregunta desde la cocina.

No importa, esta bien.Susurro casi asustado.

¿Entonces puedo ponerte la porción más grande y no importa?

Trago con fuerza, en realidad la carne no es mucho de mi gusto, pero mamá me ha enseñado que en casa ajena todo lo que se ofrezca se come, es de mala educación rechazar algo.

No… no importa.Susurro no muy convencido.

El sueño se disuelve poco a poco y la escena cambia de lugar, como si estuviera todo hecho de agua, me encuentro dentro de una habitación, sencilla y de paredes blancas.

Te compre este pijama, espero te quede.

Los dedos me tiemblan y tomo la ropa casi con fascinación.

No, no debió molestarse.

No puedes dormir con el uniforme puesto, anda cámbiate, mañana nos tenemos que levantar temprano, ¿Llamaste a tus padres?

Sí, les dije que estaba en casa de Izzy.

Bien. Está bien. Duérmete.

Alzo el rostro y de repente me siento decepcionado.

El sueño vuelve a cambiar, hace que me sienta mareado.

No puedo hacerte nada, aun eres mi alumno y eres menor de edad, solo se paciente hasta que te gradúes.

Y mi rostro se siente arder, como si hubiera descubierto aquellos sucios secretos.

Aun así me besa.


Despierto el domingo a las doce del día, la cabeza me duele un poco, tomo una aspirina y trato de hacerme el desayuno. Armin trae a casa un ratón muerto a mitad de la tarde.

Continuará...

Próximamente.

Treceava sesión.

"Asesino de galaxias"

Gracias por leer.

Parlev.