Rose Evans atravesaba el gran salón en compañía de Harry, Ron y Hermione. Iba vestida con los colores del león, pues en cuanto el sobrero seleccionador tocó su cabeza gritó: ¡Gryffindor! Palabras que rebotaron en el despacho de Dumbledore hacía tan sólo unos minutos, ya que se trataba de una situación especial.
Los cuatro se sentaron junto a Ginny en el centro de la mesa y mantuvieron una alegre conversación. Harry había sobrellevado bastante bien la noticia y sólo quería saber más acerca de esta nueva integrante. Por supuesto, nadie más que Harry y sus dos mejores amigos sabían la verdad acerca de Rose, al menos por el momento era mejor así.
- En Beauxbaton la comida no es tan abundante- dijo alegremente la nueva Gryffindor- ¡Ni tan sabrosa!- agregó cuando hubo probado un buñuelo de mantequilla.
- La preparan los elfos domésticos que se encargan del castillo, los cuales no reciben ni un sickle…- comenzó a decir Hermione con evidentes ganas de debatir el tema.
- No empieces Hermione- la cortó Ron- ¿no ves que recién se integra? Hay cosas más importantes que debe saber, como los esperpentos que dictarán sus clases este año- miró a la mesa de los profesores y comenzó a nombrarlos. - Ella es McGonagall, pero ya la conoces, jefa de nuestra casa y profesora de transformaciones. Trelawney, profesora de adivinación y quien viene llegando nada menos que nuestro querido profesor: Severus Snape, profesor de pociones. Junto a él está Flitwick…
Rose dejó de escuchar a Ron. El profesor que acababa de llegar se sentó, pero no hizo ademán de comer algo. Miró de forma despreocupada el salón abarrotado de estudiantes hasta que se fijó en ellos justo en el momento en que Ron lo nombraba, por lo que sus miradas se encontraron por unos segundos, pero mientras el pelirrojo ya estaba explicando la función de Flitwick, el hombre de cabello lacio y negro se paró sobresaltado de su asiento, sin dejar de mirarla, incrédulo.
A continuación vio que el director se acercaba hacia él y ponía una mano sobre su hombro. Rose alcanzó a leer sus labios diciendo: ¿Está todo bien, Severus? El profesor de pociones lo miró sin decir palabra y tomó asiento, recúperandose rápidamente. Al parecer, nadie más que ella se había percatado de esta escena.
-Y por último, pero no menos importante, está Hagrid, profesor de cuidado de las criaturas mágicas y nuestro gran amigo. – Terminó de decir Ron.
- Entonces, ¿Sólo tengo que cuidarme de Snape?- preguntó una confundida Rose.
-A que es más lista que tu, Harry- se burló Ron con una amplia sonrisa.
- Exacto Rose – dijo Harry, omitiendo la broma de Ron – es el jefe de la casa Slytherin, rival de nuestra casa, y por si fuera poco se empeña en menoscabar a cada pariente cercano a los Potter- esto último lo dijo con extremo cuidado de no ser escuchado.
- Pero yo no le he hecho nada. Y soy muy buena en pociones – dijo esperanzada.
- Pues veremos si esa es una razón válida para Snape – dijo Hermione – tenemos clases de pociones ahora.
Los tres amigos, además de Neville y Rose, se encaminaron hacia las mazmorras. Rose estaba maravillada con las armaduras, las escaleras que se movían y con la repentina aparición de alguno de los fantasmas del castillo.
Cuando llegaron al aula de pociones su fascinación se redujo a la mitad. La estancia era lúgubre y despedía un aire pesado, casi tóxico, y eso que aún no empezaba la clase. Tomó lugar junto a Fay Dunbar, en una mesa desvencijada y colmada de polvo. Cuando todos entraron, Snape cerró la puerta con un rápido movimiento de su varita y miró a la clase.
- Proseguiremos con las pociones curativas durante esta hora. Elaborarán una poderosa pócima cicatrizante, que si logran hacer a la perfección es capaz de detener tanto heridas internas como externas causadas por hechizos avanzados, frecuentemente utilizados por mortífagos. – y mirando a Harry añadió - Durante la siguiente hora las probaremos en alguno de ustedes, si no han sido elaboradas bien, las irritaciones en la piel son severas. Y muy dolorosas.
Un aire de incomodidad recorrió el aula. Los Gryffindor ya anticipaban que sería alguno de ellos el conejillo de indias pues Snape jamás elegiría a un Slytherin. Sin embargo no se detuvieron a pensarlo dos veces antes de apresurarse a conseguir todos los materiales que necesitaba la poción escrita en la pizarra.
Pasados unos minutos el aire ya se llenaba de diferentes fragancias a medida que se hacía más espeso el ambiente y el calor que emanaba de los calderos hacía difícil respirar. La poción era complicadísima y la mayoría estaba teniendo problemas en su elaboración, pero sólo cuando Snape se levantó de su mesa para hacer su habitual ronda, el nerviosismo se hizo sentir.
Pasaba por los pupitres de los alumnos de su casa sin añadir mucho más que un par de sugerencias y expresar sus miradas reprobatorias, pero cuando llegó al área donde se encontraban los Gryffindor su ira no se hizo esperar.
- ¿Cómo diablos cortó las vesículas de sifus para que resultara lo que sea que tiene en su caldero, señor Finnigan? Y al darse vuelta hacia Ron añadió con una expresión de asco: - No esperaba nada decente de su parte, Weasley.
Pero no fue hasta que echó un vistazo al caldero de Neville que su rabia alcanzó niveles de proporción.
-¡Longbottom!- gritó, haciendo que el muchacho se sobresaltara- ¿Cómo es posible que haya conseguido algo así? Jamás había visto tal seguidilla de errores en la confección de esta poción, es un verdadero desastre, tal como lo es el mago que la preparó, claro está. Ya ha pasado una hora, descubra su brazo. El resto pondrá una muestra de su poción en un frasco y lo dejará sobre mi escritorio con su nombre.
Nadie se movía. Los Slytherin para ver cómo soportaba Neville esa tortura y los Gryffindor para tratar de detenerla. Fue Hermione la primera que habló, horrorizada.
-No lo estará diciendo en serio, profesor. – comenzó a decir la chica con aprehensión - es claro que esa poción está mal y podría enviar a Neville a la enfermería con graves…
- Cállese Granger, nadie preguntó su opinión – La cortó el profesor – Aunque… si está a dispuesta a tomar su lugar no me opondré – añadió mirándola fijamente, con un brillo de malicia en sus ojos.
Hermione Granger pareció debatir internamente consigo misma, sopesando la alternativa, pero antes de que pudiera decir algo una voz al fondo del salón se oyó con firmeza.
- Yo lo haré – dijo una chica de largo cabello rojo, cuyos ojos color ámbar reflejaban una mezcla de determinación y disgusto. Era pálida y tenía una estatura promedio, delicada y firme a la vez, había algo en ella que la hacía atractiva pero no eran precisamente sus cualidades físicas. Cualquier mago que hubiese conocido a los Potter habría dicho sin duda que se trataba de Lily, sin embargo la ausencia del verde esmeralda de sus ojos disuadía de esa idea. Se trataba de Rose Evans.
Snape desvió su vista hacia el fondo del salón con una ira creciente pero al percatarse de la imagen, dudó. Sus ojos negros se posaron en los de Lily, que por una extraña razón no eran verdes pero le hacían evocar de igual forma su pasado. Se dirigió hacia el final del salón con paso lento, sin dejar de mirarla y se detuvo frente a ella. Su expresión ya no era la de antes y su oscura mirada pareció ablandar la de la chica, fue sólo un segundo pero ni en toda una vida Severus Snape imaginó que otra mirada pudiera tocarlo en la forma en que lo hizo. Y ella pareció percatarse.
Snape se recompuso rápidamente y su rostro cetrino volvió a adoptar una expresión dura.
- Su brazo- dijo lacónicamente.
Ron y Hermione detuvieron a Harry, que ya se abalanzaba hacia la escena a unos cuantos metros de ellos, pero Rose le dirigió una mirada de determinación que ayudó a calmarlo en parte, pero seguía pareciendo que en cualquier instante perdería los estribos.
Rose, sin dejar de mirarlo con convicción, arremangó su túnica y extendió su antebrazo descubierto. Al ver la poción de Neville caer sobre su piel apretó fuertemente los labios y experimentó un dolor tan intenso que creyó no ser capaz de soportar, pero no profirió sonido alguno. Notó cómo dos hilillos de sangre resbalaban por su brazo e iban a parar en pequeñas gotas sobre el pupitre, el dolor no menguaba.
Snape se volvió para mirar a Neville.
- Esto sucede cuando magos ineptos ponen sus manos en el delicado arte de la elaboración de pociones. Tiene un cero Longbottom. Ahora retírense. Todos excepto usted, señorita Evans – añadió al tiempo que Rose caminaba hacia Harry, Ron y Hermione apretando su brazo.
- No la dejaré aquí – espetó Harry – No con usted.
- Váyase Potter. No tiene nada que hacer aquí, su poción no es mucho mejor que la de Longbottom, así que no veo la forma en que podría ayudar a la señorita Evans. Lárguense si no quieren que les imparta un mes de castigo a cada uno.
Los tres Gryffindor no pudieron agregar mucho más y abandonaron el aula con disgusto. Tras ellos Snape cerró la puerta con un movimiento de varita.
- Frente a usted tiene la cura, Evans. Ha elaborado una poción perfecta – dijo al tiempo que hacía aparecer un delicado paño, lo sumergía en la poción y tomaba la muñeca de Rose para limpiar el área. Poco a poco la herida se cerraba y el dolor desaparecía, hasta que su piel no mostró signos de lo sucedido.- ¿Quién fue su anterior profesor de pociones?
La chica lo miró sin creerlo. Por poco y pierde el brazo por su culpa y ahora como si nada le parece normal entablar una conversación casual.
- La profesora Honorata Giroux- respondió parcamente- aunque con métodos bastante menos salvajes. Y ya ve, aprendí de todas formas, profesor.- Tenía la sensación de estar pisando un hielo muy delgado que en cualquier momento se rompería, pero su molestia opacaba su sentido común.
- ¿Le parecen salvajes mis métodos, señorita Evans? – replicó Snape posando un dedo sobre sus finos labios.
- No podría llamarlos ortodoxos, señor.- extrañamente su interlocutor ya no se mostraba molesto. En realidad, no mostraba emoción alguna, pero a Rose le pareció que a Snape le divirtió este último comentario.
- Puede retirarse – terminó él, volviendo a sus asuntos.
Rose miró sus manos de alargados dedos tomar algunos pergaminos de su escritorio para comenzar con la corrección. Se volvió, limpió su caldero y ordenó sus cosas sin saber que estaba sobre ella la atenta mirada de su profesor de pociones. Al salir, aún sentía un cosquilleo en el brazo, pero no donde la poción de Neville la alcanzara, si no que un poco más abajo, a la altura de la muñeca.
