- Ya calma, Harry. Agradezco tu preocupación, pero sé cuidarme. No pasó nada más cuando abandonaron el aula, sólo usó mi poción para curar la herida, a fin de cuentas no fue nada.- explicaba la chica a un enfurecido Harry.

- ¿Usó tu poción?- expresaba con admiración Ron – ¡Debes de ser buenísima en pociones!

- No lo entiendes, Rose. Snape disfruta torturándome y ahora que sabe que hay otro Potter en Hogwarts ha decidido cambiar de objetivo – trataba de explicarle Harry a su hermana.

- Pero no sabemos si Snape sabe de su parentesco, ¿Verdad? Quiero decir, Dumbledore te lo habría mencionado, ¿no? – añadió Hermione casi en un susurro.

- No es necesario que Dumbledore se lo haya dicho a Snape, es cosa de verla, su parecido con mamá es notorio.

- Pero les digo que no me ha dicho nada más. Y lo de la poción me lo busqué yo. Y estoy bien, así que no hay nada más que agregar.

Y así, los ahora cuatro leones caminaron hacia su siguiente clase. El día transcurrió de forma tranquila, aunque acumularon una gran cantidad de deberes que al llegar a la sala común, Hermione ya hacía con ahínco. Mientras Ron y Ginny jugaban al ajedrez mágico, Harry y Rose trataron de ponerse al corriente en sus vidas en una conversación que duró horas y cuando se dieron cuenta sólo ellos quedaban en la sala común junto a un casi extinto fuego en la chimenea.

- Bueno, ahora hay muchos días para seguir poniéndonos al tanto. Será mejor que por hoy descansemos, Rose – dijo un somnoliento Harry.

- Adelántate – dijo ella – me quedaré unos minutos más – buenas noches, Harry.

- Buenas noches. Que descanses, Rose.

Y mientras Harry desaparecía escaleras arriba, Rose no dejaba de recordar ciertas palabras de su hermano.

- Te pareces mucho a ella, excepto por el color de tus ojos, pero reflejan la misma calidez que los de mamá. Cuando sonríes es como si la viera. Una vez lo hice, ¿sabes? No era del todo real, pero fue como si lo fuera. Una noche encontré un extraño espejo en el cual no te reflejas, sino que te muestra lo que más deseas. Y allí estaban ellos, sonriéndome. Cada tanto voy al pie de la torre de astronomía sólo para verlos un momento.

Lo meditó un instante frente a la chimenea y sopesó las consecuencias. Le bastaron unos minutos para ponerse de pie y salir por el retrato de la dama gorda. Afuera no había movimiento alguno y a cada paso que daba se sentía más segura. No le fue difícil llegar a la torre de astronomía, pero había muchísimas aulas por allí, y en cualquiera podría encontrarse el espejo. Fue abriendo una a una, estremeciéndose cada vez que una bisagra mal aceitada emitía un chirrido. La quinta vez que abrió una sin dar con lo que buscaba escuchó pasos a lo lejos. Eligió otra puerta y se escabulló al interior, con el corazón latiéndole rápidamente.

- ¿Por aquí, Sra Norris? – oyó que decía la voz del celador – encontraré a ese estudiante merodeando por los pasillos, no se saldrá con la suya.

Para su terror, Rose cayó en la cuenta que el celador abría una a una las puertas que ella había inspeccionado. No tardaría en dar con la suya. Miró hacia el interior de la estancia donde se encontraba y vio una escalera que ascendía en forma de caracol, aunque no supiera adonde se dirigía era mejor que quedarse ahí hasta que la descubrieran. Subió lentamente, cuidando de no emitir sonido hasta que se encontró en una estancia abierta que permitía ver los vastos terrenos del castillo. Aunque no había tenido astronomía aún, supo que se trataba de la torre donde se impartía aquella clase. Le maravilló la vista que tenía desde allí, sintió una calma instantánea mientras miraba las estrellas reflejarse en el lago, el viento agitando las copas de los árboles y la fresca brisa le agitaba el cabello con suavidad. Tan absorta estaba que se sobresaltó al oír una voz tras ella.

- ¿Dando un paseo, señorita Evans?

La pelirroja se volteó sólo para encontrarse con el pálido rostro de su profesor de pociones. No supo que responder, sólo se limitó a devolverle la intensa mirada que éste le profería.

- ¿Sabe que está prohibido merodear por el castillo a estas horas?

- Sí, señor.

- ¿Entonces?

- Lo siento, señor.

- No espero disculpas, Evans. Quiero respuestas. ¿Qué hace aquí?

- Pues… no podía dormir, y quise salir un momento. Ya sé que cometí un error, señor.

Snape la miró con suspicacia y su respuesta no se hizo esperar.

- ¿Conoce en qué consiste la oclumancia, señorita Evans?

- Sí, señor. Pero sólo la teoría.

- No se preocupe – añadió Snape sardónicamente- ahora verá su aplicación.

De pronto, Rose sintió cómo su cabeza daba vueltas mientras una serie de imágenes se sucedía una tras otra, hasta que escuchó con claridad las palabras de Harry.

… te pareces mucho a ella, excepto por el color de tus ojos, pero reflejan la misma calidez que los de mamá… Una noche encontré un extraño espejo en el cual no te reflejas, sino que te muestra lo que más deseas…

Por un segundo fue consciente de lo que su profesor de pociones se acababa de enterar y sin saber muy bien cómo lo logró, expulsó a Snape fuera de su cabeza. El esfuerzo la hizo tambalear, pero dio con una pared a sus espaldas, donde se apoyó y trató de recobrar el aliento y la claridad.

- No es tan necia como Potter – oyó que decía la voz de Snape – tiene aptitudes, Evans.

Lo sabe – pensó asustada Rose – sabe que somos hermanos. – aunque le resultaba extraño que Snape no mostrara sorpresa alguna, a fin de cuentas nadie imaginaba siquiera que Harry Potter tuviera una hermana.

- Usted ya lo sabía – reveló Rose cuando al fin cayó en la cuenta – ya sabía quién era yo.

- Usted fue quien me acaba de proporcionar esa información. De todas formas no es algo que cueste adivinar, es la viva imagen de Lily Evans.

- ¿Usted la conoció? - preguntó con sorpresa.

- No. Sólo coincidimos en Hogwarts. Una chica altanera que se mezcló muy bien con el arrogante de Potter.

Si bien a Rose le disgustó oír aquel comentario no dijo nada. Ella no los había conocido y sus únicas referencias venían de gente muy cercana a ellos, por lo que jamás oyó algo malo de sus padres. Se acercó al borde del aula, donde la brisa le dio en el rostro y vio con tristeza el horizonte. Un momento después vio por el rabillo del ojo una silueta negra que se apoyaba en el metal que los separaba del vacío, al parecer también miraba la espesura. Rose no sabía por qué, pero no le incomodaba su presencia.

- Oesed – dijo él luego de un momento de silencio. – Es lo que buscas. Un objeto fascinante pero peligroso.

- Puedo adivinar el por qué – respondió ella – no es difícil perdernos en nuestros anhelos, y aunque no sea real, la dulzura de tan sólo rozar ese sueño bastaría para hacernos volver una y otra vez a contemplarlo. Ya no lo busco, lo decidí momentos antes que usted apareciera.

Snape la observó como si la viera por primera vez. En su perfil se reflejaba la luz de la luna y su cabello de movía al son del viento, era más corto y desordenado que el de Lily, así como su porte y contextura. Viéndola así, no era tal el parecido.

- Vamos. Tengo que llevarla a su sala común.

- ¿Y cuál será el castigo, señor? – preguntó la chica con resignación.

- ¿Tantas ganas tiene de una sanción? No sé qué le habrán dicho, Evans, pero ningún estudiante desearía pasar cumpliendo horas de castigo en mi despacho. Hay quien dice que mis métodos son algo salvajes. – respondió él mientras avanzaba hacia la salida.

- Creo que exageran, señor. He oído que tan sólo son poco ortodoxos. – aclaró Rose mientras lo seguía escaleras abajo, sin alcanzar a vislumbrar algo parecido a una sonrisa en los labios de Severus Snape.