Cuando Rose llegó al gran comedor para desayunar, fue directamente hacia Harry, Ron y Hermione que se encontraban en el extremo de la mesa. Mientras caminaba, buscó con la mirada al profesor de pociones y lo vio absorto en una conversación con el profesor Flitwick. El Slytherin le había dado una semana de castigo, todos los días tendría que presentarse en su despacho después de las clases del día.
- Buenos días – dijo, reprimiendo un bostezo.
- ¡Vaya! Sí que debiste dormir mal, Rose – apuntó Ron cuando la chica se hubo sentado.
- No seas así, Ronald – le amonestó Hermione – aunque sí se te ve algo cansada, Rose.
- Es que estuvimos conversando hasta bien entrada la noche, ¿verdad, Rose? – añadió Harry.
- Si, bueno… no fue sólo eso en realidad. No podía dormir y salí a dar una vuelta. No llegué muy lejos –mintió al ver sus rostros de preocupación – Snape me descubrió y me acompañó de vuelta a la sala común. No sin antes darme una semana de castigo, claro.
- Es curioso que sea Snape quien siempre esté merodeando por los pasillos. Es como si no durmiera. Sí que es como un murciélago gigante. – reflexionó Ron.
- No deberías andar sola por los pasillos, Rose. Pero como nosotros no somos quién para decirte nada, sólo puedo aconsejarte que me pidas prestada la capa de invisibilidad de papá. No te lo había mencionado antes, pero ya que llevas sangre Potter es imposible que no te metas en problemas. – dijo Harry bajo la atenta mirada de desaprobación de Hermione, quien no pudo rebatir, pues más de una vez estuvo bajo esa misma capa rompiendo las reglas del castillo.
- Gracias, Harry. Lo tendré en consideración – dijo Rose risueña.
La última clase del día fue una clase doble de adivinación, que dejó a la mitad de los estudiantes adormilados. Los cuatro se separaron: Harry y Ron fueron a descansar a la sala común, Hermione fue hacia la biblioteca para terminar sus deberes y Rose tomó camino hacia las mazmorras, donde cumpliría castigo con Snape.
Al llegar a la puerta tocó con suavidad.
-Pase –oyó que decían desde el otro lado. Entró a la estancia y cerró tras de sí.
- Buenas tardes, profesor. – dijo con cordialidad.
-Tome asiento, Evans – fue toda respuesta que obtuvo de él. – Necesito que corte los ingredientes de esa lista según las indicaciones que ahí aparecen. Los necesitaré para elaborar pociones para la enfermería, así que procure hacerlo bien – dijo cortante.
Hacía mucho frío sin el calor que normalmente emanaba de los calderos de los estudiantes, pero de igual forma se las arregló para cortar, machacar y pulverizar cada uno de los ingredientes. Al cabo de dos horas Snape se acercó para ver su trabajo. Inspeccionó cada pieza con meticulosidad antes de hablar.
- Puede irse, señorita Evans. – dijo mientras acercaba un caldero y prendía fuego bajo éste.
- ¿Podría ver cómo lo hace, señor? Las pociones curativas son de mi especial interés.
A Snape no pareció causarle gracia su petición, pues claramente era alguien que prefería trabajar solo.
- No veo por qué no – dijo finalmente con disgusto.
Rose se quedó viendo cómo Snape elaboraba las diferentes pociones a cierta distancia ya que no quería importunar, grabando cada detalle en su cabeza. De vez en cuando el profesor le pedía que añadiera algún ingrediente mientras él revolvía o hacía ciertas observaciones que le aclaraban el desarrollo de la poción.
- En este punto hay que añadir el jugo del bezoar – explicaba muy concentrado.
- Pero tenía entendido que para esta poción había que añadir el bezoar íntegro – replicó la chica.
- Cierto. Pero de esta forma verás que la poción demora menos en estar lista, y su apariencia es más cristalina.
Era cierto. Snape sabía muchísimo más que cualquier libro de pociones que ella hubiera tenido en sus manos, era algo que le resultaba innato. Sintió una profunda admiración y al finalizar cada una de las pociones se sentía muy feliz por lo aprendido.
- Son casi las diez, señorita Evans. Será mejor que se apresure a llegar a su sala común si no quiere otra semana de castigo.
- No es que me haya desagradado, profesor. Aunque en realidad estoy muy cansada. Y hambrienta- añadió al oír su estómago rugir.
Snape hizo aparecer dos tazas de té y un plato de buñuelos sobre la mesa. Tomó una taza y se la pasó a Rose.
- De todas formas tengo que hacer una ronda por los pasillos, puedo desviarme y llevarla a su sala común.
Comieron en silencio. Le parecían extrañas las circunstancias. Nunca pensó que Snape pudiera tener un gesto amable, mucho menos al enterarse que su hermano era nada menos que Potter, pero comenzaba a creer que su profesor de pociones no era tan vil como todos decían.
El silencio se mantuvo mientras caminaban por los oscuros pasillos hacia la torre de Gryffindor, pero cuando subían hacia el tercer piso una figura alta los interceptó.
-Severus. Señorita Evans. Qué sorpresa tan agradable. – dijo el anciano director
- Señor, llevaba a la señorita Evans de vuelta hacia su sala común.
- ¿A tan altas horas, Severus? –preguntó el director con su impecable sonrisa.
- Es mi culpa, señor – se apresuró a decir Rose – cumplía un castigo en el despacho del profesor Snape, pero le pedí si podía ver cómo elaboraba las pociones curativas para la enfermería y no me di cuenta de la hora.
- En ese caso, Severus, finaliza tu tarea y luego me gustaría que pasaras a mi oficina, por favor.
- Sí, señor.
Cuando se hubieron alejado algunos metros Rose preguntó:
- ¿Lo he metido en líos, profesor?
- Lo dudo – respondió él, mirándola de soslayo – buenas noches, Evans. Espero que comience a respetar las reglas desde esta noche.
Mientras pasaba por el retrato de la dama gorda, Snape creyó escuchar un casi inaudible: lo dudo, profesor.
Severus Snape siguió caminando hacia el despacho del director. Cuando estuvo frente a la puerta no necesitó tocar, en seguida escuchó la voz de Dumbledore invitándole a entrar. Se acercó a su escritorio y tomó asiento frente a él, como siempre hacía. Los retratos de directores antiguos dormían plácidamente, rodeándolos.
- Severus – comenzó a decir el director- te lo advertí.
- Esto no tiene nada que ver, Dumbledore- se defendió el hombre- estás equivocado.
- ¿Realmente lo estoy, Severus?- insistió el anciano.
- ¡Por supuesto que sí!
- Entonces no te importará que te pida que mantengas un trato imparcial con Rose Evans. Quiero que su relación se mantenga estrictamente en los márgenes del aula.
- Se está sobrepasando, director – advirtió Snape con enojo – está insinuando que he entablado otro tipo de relación con una estudiante, fuera de mi aula.
- No podrás negar, Severus, que has pasado más tiempo con ella que con cualquier otro estudiante.- arguyó Dumbledore con serenidad.
- Resultó ser una excelente estudiante, hoy me fue bastante útil.
- También lo es la señorita Granger, quien lleva cinco años.
- Está bien – dijo Snape perdiendo la paciencia, airado- sólo en el aula, está bien por mí. ¿Eso es todo?
- Eso es todo – finalizó el director antes de ver con algo de tristeza la tan conocida capa negra frente a él antes de desaparecer tras un fuerte golpe de la puerta.
Severus Snape bajó rápidamente las escaleras que llevaban al despacho del director. Cuando hubo llegado al vestíbulo se giró hacia la puerta principal y salió hacia los terrenos del castillo. La noche era fría, sentía el viento pasar a través de su túnica pero en cierta medida era agradable. Bajó por las laderas que se dirigían a la cabaña del guardabosque pero se encaminó en dirección opuesta hasta llegar a orillas del lago. No había estrellas que se reflejaran en su superficie como la noche anterior. Sin darse cuenta se giró hacia la torre de astronomía, con la vana esperanza de encontrar una silueta observando la lejanía, pero allí no había nadie. Sólo cuando sintió una punzada de decepción cayó en la cuenta de lo que el director le estuvo diciendo, y en parte, tenía razón. Por supuesto que sabía que no era Lily, pero el parecido que tenía con ella hizo su parte para que él la considerara por sobre otros estudiantes. Era una bruja formidable, de eso no había dudas y no parecía que le tuviera el miedo o la aversión que otros alumnos sentían por él, al menos de momento. Se sentía a gusto en su presencia y le gustaba la admiración que ella le demostraba, nada más.
Después de largas horas observando la nada decidió devolverse al castillo. De camino vio un par de lirios creciendo junto a un seto y la tristeza se reflejó en su rostro. Se detuvo y con delicadeza tocó uno de sus pétalos, sólo para darse cuenta que a centímetros de éste un botón de rosa se daba paso entre las ramas de uno de los arbustos y sonrió a medias. Ya no se sentía tan seguro.
