I
-Aquí tiene joven- dijo, mientras colocaba sobre la mesa una taza con café humeante, y un vaso de agua, para luego alejarse camino a la otra mesa ocupada.
-Hinata ¿Necesitas algo más? ¿Un refresco? ¿Algo para comer?
-No... Na-nada, gracias...
Y ahí estaba de nuevo, años de fonoaudiólogo a la basura y todo por no saber enfrentar una mirada. Desde que podía recordar, siempre era igual, el sonrojo, ese maldito tartamudeo, y la imagen de la mirada estricta y reprobatoria que su padre le otorgaba cada vez que no era capaz de hilar una oración completa.
Continuó hojeando su libro, evitando mirar fijamente a aquel chico pelirrojo; decidió sacar otro cigarrillo, tal vez con algo de nicotina sus nervios se relajarían, buscó su encendendor en los bolsillos, sobre la mesa, en su bolso, pero nada, al parecer lo había perdido y ahora se sentía aún más idiota con un cigarro apagado entre sus labios, la frente sudorosa y sus mejillas afiebradas. Revolvió su mochila una y otra vez... Maldición, ni siquiera una caja de fósforos que la salvara de la situación. Sentía que el poco aire que aspiraba no era suficiente para respirar tranquila ¿Por qué estaba tan nerviosa? No le encontraba sentido a su reacción, y menos, que la causa fuera alguien a quien nunca había visto.
Y, mientras sus pensamientos se agolpaban dentro de su cabeza, una voz la hizo volver en sí.
-Estaba en el suelo.
Abrió sus ojos de par en par, al ver que una pálida mano acercaba su encendedor violeta hacia su cigarrillo que seguía entre sus labios.
-Gracias- susurró, con volumen apenas audible.
Él dejó el encendedor sobre la mesa, y luego se alejó, hasta llegar a la puerta, para terminar de desaparecer. Ella suspiró, otra vez estaba sola, y podría continuar su rutina en paz, sin miradas inquisidoras ni mejillas rosadas.
II
Salió de la tienda, y sin saber el motivo preciso, se sintió algo ofuscado, es decir, ¿Acaso la chiquilla esa tenía algún problema? ¿Acaso era muy difícil decir gracias mirando a la cara? Se había levantado a recoger su maldito encendedor y lo único que obtuvo a cambio fue que ella moviera sus labios mientras mantenía sus ojos pegados a la mesa. Sus ojos pegados a la mesa... Sus ojos. Eso era, eso fue...
Lo primero que le llamó la antención de aquella chica fueron sus ojos, grandes, de pestañas largas y un color gris que nunca había visto; y esa expresión, esa mirada que le recordaba a las fotografías que guardaba con recelo, que mantenía escondidas en el libro del cajón de su velador, y que todas las noches, sobre todo aquellas en que estaba solo, contemplaba durante la madrugada por horas, hilando historias no contadas, imaginando diálogos que nunca serían dichos, soñando sonrisas que le habían sido negadas.
-Mamá...
Se detuvo en seco, respiró un par de veces y subió el volumen de su reproductor de música, intentando pensar en cualquier otra cosa, perdiéndose en las melodías que retumbaban en su mente. Era necesario no pensar, no sentir, era la única manera de mantener el control.
III
El viento había comenzado a soplar más fuerte, golpeando su rostro y meciendo su cabello, dejándolo completamente desordenado, pero no le importaba. Como le gustaba aquella sensación, el frío atravesando su cuerpo, calando en sus huesos, recordándole lo que se sentía estar viva. Llegó hasta la estación y pagó su boleto, subió al tren y se sentó hacia el final del vagón.
Una muchacha se sentó a su lado, llevaba un vestido rojo, de bello color rojo, rojo, como su cabello...
¿Qué había sido eso? Su mirada era tan intensa que se sentía traspasada, esos ojos verdes fijos en ella. Nunca había sentido algo así, él la había visto, la había observado, a ella, que acostumbraba ser invisible, que solía pasar desapercibida, tanto en su casa como en el instituto, nadie verdaderamente reparaba en ella. Eso lo había aprendido hace años, personas como ella no habían nacido para protagonizar historias, no... Ella era un personaje secundario en su propia vida. Suspiró cansada, debía apresurarse, su madre ya le había advertido que esa noche tendrían invitados a cenar.
Siempre era así, vestidos elegantes, zapatos costosos, joyas sobrevalorizadas. Al menos una vez a la semana debía asistir con sus padres a alguna cena de negocios, a algún hotel, o club de campo; era parte del encanto de ser la primogénita y por tanto heredera de las empresas de su familia.
Buscó las llaves en sus bolsillos y abrió la puerta de entrada, dejó sus zapatillas a un lado y subió a su cuarto. Podía oír algo del ruido de las sirvientas que entraban y salía de la cocina a la sala del comedor, arreglando los detalles para la importante cena de la noche. Su padre se había asociado con un poderoso comerciante proveniente de Osaka, y hoy vendría a su casa con toda su familia, cumpliendo con el protocolo necesario para esos casos.
Mientras se desnudaba, abrió la puerta de su armario, dudando si usar un vestido azul que su madre había adquirido para ella, o tal vez la yukata que su padre le había pedido tantas veces que usara. Tal vez, ahora, le daría una oportunidad... No tenía que salir de casa así que no tendría problemas con el traje, y podía subir a cambiárselo cuando ella quisiera. Pero antes, se daría un baño.
IV
Estaba hastiado, odiaba tener que romper con su rutina para cumplir con compromisos familiares que simplemente le resultaban absurdos. Su padre era el de los negocios, ¿Por qué no asistía solo? Pero no era el caso, y se veía arrastrado en aquella ola de acontecimientos estresantes y que nada le interesaban. Terminó de abotonar la camisa blanca que usaría. Fue hasta el baño y miró su rostro en el espejo, pálido y ojeroso, tomó su cepillo de dientes y puso algo de pasta, se cepilló con cuidado y luego enjuagó su boca. Pasó sus dedos por su cabello, intentando ordenarlo y volvió a su cuarto, ignorando la petición de su hermana, se puso zapatillas en vez de zapatos; en verdad, que se diera por satisfecha con que lo acompañara, no cedería en nada más. Estaba listo, con un traje de correcto color negro, camisa blanca, corbata algo suelta de color verde y sus zapatillas preferidas. Tomó su reproductor y lo colocó en uno de sus bolsillos.
Alguien golpeó su puerta.
-Gaara ¿Estás listo?
-Sí.
Salió de su cuarto y se encontró con su hermana, quien vestía un elegante vestido verde, y llevaba algo de maquillaje sobre su rostro.
-El automóvil está afuera, debemos ir a recoger a papá a su oficina.
-Ok- respondió, y comenzó a acomodar sus audífonos en sus orejas.
No tardaron demasiado en llegar al edificio coorporativo donde ahora trabajaba el jefe de familia. Unos quince minutos en automóvil, y se estacionaron al frente de un edificio de unos treinta y cinco pisos, parecía hecho de cristal, grandes ventanales cubrían las paredes, el estilo era marcadamente americano.
Esperaron unos minutos hasta que un hombre, de unos cuarenta y tantos, abordó el automóvil que ahora partía a su nuevo destino. Llevaba un traje gris oscuro, su cabello era de un color castaño rojizo y sus rasgos, muy similares a los de su hijo menor, aunque de piel y ojos algo más oscuros.
Nuevamente las ruedas comenzaron a moverse, nadie dijo nada, y él, solo miró el reflejo de su padre que se asomaba en la ventana del vehículo.
A veces no entendía, como ese desconocido que veía de vez en cuando, lo seguía convenciendo de fingir que todo estaba realmente bien...
