Nonagésima Sesión.
"Constelación memorial."
Mi psicólogo luce muy joven, mucho más de lo que aparentaba estando dormido durante la madrugada, quizás unos veintipocos, sus ojos tienen una chispa que nadie podría imaginar que tiene en la actualidad, no mira a la cámara, mira distraídamente al otro ocupante de la imagen, mientras le planta un beso en la mejilla.
El chico a su lado, entre diecisiete o dieciocho años, sostiene la cámara en alto, la mira fijamente, con los ojos brillantes iguales a un par de gemas, una sonrisa resplandeciente y un semblante que desprende felicidad por cada poro.
No luce pálido, desaliñado, enfermo, ido, no tiene nada que pueda comparársele con su contraparte años después de que esta foto fuera tomada.
No puede compararse conmigo.
Porque ese de allí soy yo. Aunque no recuerde cuando, como ni donde fue tomada, allí estoy retratado yo.
La fotografía vuelve a caer al piso, aunque esta vez no resbala bajo ningún mueble, se queda allí, mostrándome una realidad que desconozco.
Las manos me tiemblan y mi mente trabaja para tratar de recordar ese día perdido de mayo, años, muchos años atrás. Pero no encuentro más que chispas dolorosas que se esfuerzan por traer imágenes rotas y distorsionadas.
Nos conocíamos.
Más que eso. Parecíamos muy cercanos.
Quizá hasta habíamos cruzado más de una simple línea de conocidos. No lo sé.
Armin maúlla. Aunque no logro enfocarlo del todo.
Solo sé que esta sobre el escritorio, arañando tiernamente la portada del libro que me ha abierto una nueva puerta.
Y comprendo el mensaje-
De donde vino esa foto, debe haber más.
Antes de que la demencia me domine camino a pasos firmes hasta el libro, abriéndolo con violencia en una página cualquiera.
Casi me siento triunfante al encontrarla, atorada entre dos páginas amarillentas, besadas cruelmente por el tiempo.
Esta ha sido tomada en un parque de diversiones.
Aunque no le doy más atención y sigo buscando, hasta dar con otras dos más. Una es solo mía, tomada sin que, aparentemente, me diera cuenta y otra es de mí señalando el aspecto gracioso de mi psicólogo disfrazado de algo que no me interesa justo en este instante.
Me encuentro envuelto en una pesadilla.
Quisiera pensar que es una broma, no es real, tal vez son editadas, pero eso termina siendo aún peor.
De todos modos, ¿Por qué editaría imágenes nuestras?
No tiene caso. Entonces ¿Por qué no dijo nada? ¿Por qué ha actuado como un extraño todo este tiempo?
Más importante. ¿Por qué no logro recordarlo?
—Debe haber más. —susurro.
Me giro lentamente hacia los libreros, viendo con detenimiento cada libro allí, posiblemente guardando celosamente mi pasado junto a esa persona.
Los sacos son furia, buscando respuestas, queriendo responderme a mi mismo.
No lo entiendo.
No lo comprendo.
¿Quién soy yo en realidad?
¿He estado viviendo en una farsa?
Toda esta vida… ¿No ha sido más que una mentira?
¿Quién más lo sabe?
¿Mamá?
¿Papá?
¿Hanji?
¿Quién más?
¿Levi? ¿Pero él quien es en realidad? ¿Por qué no encaja en mi memoria? ¿Quién es? ¿Y porque no lo recuerdo?
Mil preguntas saturan mi cabeza, todas gritando de forma desordenada y desafinada, exigiendo bruscamente una respuesta. Una respuesta que no puedo darles.
Mil imágenes llueven a mí alrededor.
Mil momentos…
Mil recuerdos enterrados entre hojas amarillas y letras impresas.
Un pasado roto y olvidado exige volver.
Me siento mareado, perdido…
La cabeza me palpita y la vista se nubla gracias a la película de lágrimas que se acumulan lentamente, caigo de rodillas sobre mis recuerdos y el llanto no tarda en hacer su aparición.
Alguien grita mi nombre con tristeza y me pide perdón.
—Isabel.
Antes de caer por completo en la inconciencia, alguien abre la puerta con desesperación y logra evitar que colapse.
— ¿Qué has hecho? — susurra.
Y yo me pierdo.
§
El día había comenzado bien, había aprobado el examen de física por primera vez en los tres periodos, aunque no era un motivo por el cual alegrarme, de todos modos tenía que presentar exámenes finales para pasar la materia pero aun así estaba feliz, la nota aprobatoria brillaba sobre la hoja y eso era más que suficiente, por mucho que mamá dijera que era una nota mediocre y que tenía que esforzarme por subir más.
Siempre me he esforzado más que el resto en materias como Física, Matemáticas o Química, no son mis amigas, no me agradan y no les agrado pero si deseaba salir vivo de la preparatoria debía hacer un acuerdo con ellas.
—Eren.
La profesora me dio alcance antes de que pudiera salir de la escuela.
—¿Si?
—Hay una conferencia en el auditorio, me gustaría que fueras y más tarde te quedaras al taller, creo que te ayudaría mucho.
Sonrío y muestro parte de su dentadura blanca y postiza.
Titubee un poco, en realidad deseaba ir a casa y hacer otro tipo de tareas menos aburridas, pero si mamá llegaba a enterarse de esto, seguro me reprendería. Las cosas eran así en ese entonces.
Le sonreí de vuelta a la profesora y accedí a ir con ella.
La conferencia fue aburrida, tediosa y bastante pesada, cada minuto era una eternidad ridícula, era un milagro que no hubiese muerto allí mismo del aburrimiento. Lo bueno era que no fui el único en verlo de esa manera, más de uno dentro del lugar pensaba de la misma manera.
La tortura duro casi hora y media, luego de eso fuimos invitados al taller, allí fue donde me entere que todo esto trataba sobre el liderazgo, autonomía, aprendizaje, enseñanza, carisma y relaciones sociales. Nada que me ayudara en forma inmediata con mis exámenes finales, pero que a mamá le haría feliz saber que había participado en esto con el fin de dejar de lado mi mala forma de hacer amigos y de relacionarme con otros. Según ella era tiempo de que empezara a conocer las formas de moverme por el mundo.
A mitad del taller una lluvia torrencial se ciñó sobre nosotros, el cálido ambiente desapareció y en su lugar se presentó un frio incómodo.
Mi tarde se había destrozado, en silencio maldije mi suerte pero me obligue a permanecer allí, atento a lo que fuera que se dijera en ese taller.
Un poco después de las siete me detuve en la entrada principal, observando a las gotas de lluvia caer una tras otra, creando pequeños ecosistemas sobre el piso empedrado. El cielo gris siendo demasiado brillante, creando un contraste un poco extraño para una película de terror. Lo figure como una esperanza perdida.
Allí me pregunte que le veía la gente de hermoso a la lluvia.
Era ruidosa, impertinente, molesta, fría, cruel y si se lo proponía despiadada. En ese momento estaba impidiendo que yo volviera a casa, aunque ella no tuviera la culpa de no llevara un paraguas conmigo ese día.
A mi lado alguien chasqueo la lengua y murmuro un par de palabras, casi las mismas que yo había pensado segundos atrás.
Me gire a verlo.
No lucia mucho mayor que yo aunque si un poco más elegante y arreglado, parecía un tanto molesto y no paraba de mover los labios en forma casi imperceptible, como si orara algún tipo de letanía.
Un segundo después me devolvió la mirada, al parecer no había deparado en mi presencia.
—Bonito día ¿No? —comento con sarcasmo.
—Lo era. —respondí.
—Creí que los alumnos salían antes.
Escudriño mi figura y luego volvió a mirarme a los ojos.
—Hay un horario vespertino. —conteste con casi demasiada inocencia.
Y eso no pareció gustarle.
—Me refiero a los de la mañana, tu uniforme es de ese turno.
Como si apenas me diera cuenta de mi ropa me mire los zapatos y las mangas del suéter.
—Ah, tuve que quedarme a la conferencia y al taller. —confesé.
Él soltó una risa amarga.
—Una experiencia divertida.
—¿Estuvo allí? —pregunte con algo de curiosidad, no recordaba haberlo visto.
—Es parte de lo que será mi contrato. El siguiente año seré profesor en esta escuela.
Volví a examinarlo. Desde los lustres zapatos color siena, hasta el casi revuelto cabello azabache. A mi parecer lucia más como un universitario de la carrera de Derecho a un profesor de preparatoria.
—Aunque no lo creas. —agrego adivinando mis pensamientos.
—No, no lo creo. No luce como un profesor.
—¿Y cómo debe lucir un profesor? —me miro con atención, como si de verdad atendiera a mi respuesta.
Eso me intimido un poco.
—No lo sé. Tal vez… aburrido, más viejo, con cara de odiar a la vida, gruñón, estricto y con un buen aspecto odiable.
—¿Y no lo parezco entonces? —pregunto como si todo lo anterior ya hubiese sido usado para describirlo.
—No, no luce viejo ni aburrido, tampoco tiene un aspecto odiable.
Negó lentamente, como si desaprobara mi comentario pero al mismo tiempo le hubiese encontrado algo de gracia.
—Eres… inusual. —comento mientras la lluvia seguía cayendo allá afuera.
Por alguna razón, empecé a comprender porque la gente gustaba de los días lluviosos.
Quizás también las mejores cosas les sucedían en esos momentos.
Ese día, aquel desconocido que confeso sobre su próximo trabajo se ofreció a llevarme a la estación más cerca para ir a casa, tuvimos que cruzar todo el patio hasta el estacionamiento y supe porque él odiaba los días lluviosos, siempre terminabas lleno de lodo y con la ropa sucia. Él odiaba la suciedad, eso traía gérmenes y al mismo tiempo enfermedades.
—¿Es médico? —pregunte.
—No, soy psicólogo.
Asentí sin saber que responder.
Los psicólogos no estaban entre mis personas favoritas, había visitado muchos durante mi infancia.
—¿Qué año cursas? —pregunto.
—Cuarto.
—Entonces supongo que podría darte clases hasta el siguiente año ¿No?
—En sexto año psicología es una materia obligatoria.
Asintió.
Viro en una esquina y se detuvo.
—¿Vives muy lejos?
Por alguna razón…
Por alguna muy extraña razón, en ese momento supe que aquella pregunta podría significar mucho para los siguientes años de mi vida dentro de la preparatoria, era como uno de esos juegos otome que Isabel gustaba de jugar y muchas veces insistía en que tenía que intentarlo porque era divertido. En uno de esos donde si eliges la respuesta incorrecta la cita que podrías haber ganado se pierde para siempre. En cambio si elegías la correcta, podrías llevarte más de una sorpresa.
Separe los labios y le indique mi dirección, me dedico algo parecido a una sonrisa y volvió a poner el coche en marca.
Pensé en mil cosas, una de ellas lo mal que estaba haciendo al acceder a que un extraño me llevase a casa. Pudo haber mentido sobre su profesión y su asunto dentro de la institución, pudo…
Pero también pensé que era una persona interesante.
Hablamos de cosas sin sentido, cosas de la escuela, lo aburrido de la conferencia, conocí algunos de sus gustos y algunos de sus disgustos, él conoció algunos de los míos, cosas que podrías contarle a cualquier persona porque no son tan importantes ni relevantes.
Siempre había sabido que algo estaba mal conmigo.
Mamá lo mencionaba a menudo, en esos momentos donde yo la provocaba, haciendo que su mal humor saliera al sol cuando no lo quería. Algunas veces papá decía que eso no era cierto, que ella solo decía tonterías porque estaba molesta.
Pero siempre he creído que las personas dicen la verdad cuando están molestos. Porque no piensas muy bien las cosas, ni siquiera eres capaz de morderte la lengua porque la ira siempre es más fuerte.
Siempre lo supe.
Yo no era normal.
Y lo confirme el día que comprendí que aquello a lo que llamaba admiración por el profesor nuevo en realidad era otra cosa con más potencial. Algo enfermo. Algo anormal. Algo a lo que muchos podrías catalogar como amor.
Cuando caí en la cuenta de ello inmediatamente me aleje, como si se tratara de una enfermedad, que bien podría serlo. Mamá decía que lo era.
Nunca me había enamorado.
Muchos de mis compañeros lo hacían, vi a muchos de ellos siendo parejas durante los dos primeros años de preparatoria, vi evolucionar su relación y en algunas ocasiones también fui espectador de muchos rompimientos, dramáticos o pacíficos.
Pero jamás lo había experimentado de primera mano, así que al sentir eso dentro de mi cuerpo, me asuste y empecé a correr lejos.
Corrí, corrí y corrí lo más lejos que mis piernas pidieran soportar, y aun así, a pesar de todos mis esfuerzos, logro darme alcance. Al final logro atraparme, aplastándome, ahogándome, asfixiándome, como una pesada avalancha silenciosa.
Enamorarme de mi profesor era lo mejor y lo peor que pudo haberme pasado en toda mi vida.
§
Siento la sal en mis labios, me seca la garganta y los recuerdos recientes vuelven como un golpe de puño cerrado que me quita el aliento de repente.
—¿Eren?
Giro mi rostro bañado en lágrimas y siento el corazón evaporándose.
—¿Quién eres? —le pregunto.
Aprieto los labios, quiero que me responda.
¿Quién es? ¿Qué ha hecho conmigo?
Su rostro resplandece de dolor, como si fuera yo el que le ha ocultado un largo pasado.
—Perdóname. —susurra agacha el rostro y juega con sus dedos.
No tiene el valor de verme a la cara.
No tengo el valor de contestarle.
—¿Quién eres?
No me responde.
Sus hombros se tensan.
Su respiración se agita.
Un par de lágrimas saladas caen al piso.
—¿Quién eres? —le grito.
Me levanto de la cama y lo enfrento, quiero respuestas, quiero que él me responda. Que arme todo el rompecabezas, que junte todas esas piezas y que ponga las que puedan faltar.
—Respóndeme. —exijo.
Pongo los pies sobre el piso frio y aprieto sus hombros, los agito y él se balancea como si estuviera hecho de trapo. No se atreve a mirarme.
—No puedo. —termina por decir.
Me dejo caer, mis rodillas chocan con los azulejos.
—Respóndeme. Por favor. —ruego. —Necesito saberlo.
Lo segundos que se vuelven horas, largas y tortuosas acechan, se vuelven nuestros enemigos y sin aviso previo de repente estamos muertos. El sol que se oculta para no mirar más desgracias, trae consigo a la luna, con el propósito de disipar cualquier batalla, ocultando los rostros dolidos de los soldados caídos. Y las estrellas adornan con el propósito de hacer pasar la sangre como un rio de vida.
La historia que se pensó terminada depara un nuevo inicio.
Los personajes principales tienen el rostro cubierto de sudor, añorando un descanso, respiran agitadamente, ahogan sus reclamos porque es su deber volver al escenario.
El libro es abierto de nuevo, las heridas sangran otra vez y entonces ¿Qué más queda?
La pregunta se queda flotando en el aire, los protagonistas paran su respiración. No desean ellos ser el primero en responderla.
—Solo quería protegerte. —susurra de nuevo. —Lo siento, solo quería mantenerte a salvo una vez más.
No entiendo sus palabras.
—¿De qué?
—De todo. Quería que tuvieras una vida, pero en su lugar te la estoy quitando de nuevo. Debí alejarme al saber que se trataba de ti, pero no tuve la fuerza de dejarte ir. No otra vez.
»No creí que fueras capaz de olvidarme hasta el momento en el que entraste al consultorio. Comprendí que ninguno de los dos era el mismo de años atrás, tal vez lo más sensato era dejarte ir al ver tu poca disposición a las terapias, pero accedí a ese tonto trato tuyo. Pensé que tal vez podría hacer las cosas de manera correcta en esta ocasión.
—¿Cómo nos conocimos? —mi tono de voz se relaja, casi baja una octava.
—En la preparatoria, era tu profesor de psicología. —contesta rápidamente.
Que linda coincidencia.
Casi puedo ser capaz de reírme de eso.
—Nosotros… ¿Qué éramos?
Sus hombros tiemblan, como si se estuviera riendo en silencio.
—Amantes. —responde sin reparo.
—Amantes. —dejo que la palabra se derrita en mis labios, como si fuera helado.
Recuerdo las fotografías que encontré entre los libros, lucia tan feliz, en todas aparecía sonriendo, irradiando una felicidad que no recuerdo haber sentido en los últimos años.
— ¿Me amabas? —pregunto.
—Como no tienes idea. —y él se ríe.
Trago saliva.
¿Qué hago?
—¿Por qué no puedo recordarte?
—Porque te rompí el corazón.
—No tiene sentido. Si me amabas, ¿Por qué me romperías el corazón?
Entre más excavo, más preguntas encuentro. Más cosas que no comprendo. Que no tienen sentido.
Veo una triste sonrisa expandiéndose en sus labios.
—Porque era lo correcto.
Continuará…
Recta final.
Próximamente.
Vigésima Sesión.
"Diagnóstico y tratamiento."
Gracias por leer.
Parlev.
