Otro día llegaba a su fin, como bien lo mostraba la puesta de sol de la que era testigo a través de aquellos enormes ventanales que daban al mundo exterior. Se encontraba dentro de la que podía considerarse su habitación, una enorme sala en uno de los pisos superiores de aquel complejo científico en mitad de la selva centroafricana.
Acababa de tener una reunión con los científicos de T'Challa. El propio monarca había estado presente, dejando aparcados por un momento sus deberes como jefe de Estado, ya que tenían que comunicarle algo importante a Bucky.
—Han pasado dos semanas desde te descongelamos —le había dicho la científica que estaba al mando del equipo, una mujer wakandana de unos cuarenta años—. Puede parecer poco tiempo, pero ha sido más que suficiente para averiguar lo que necesitábamos saber. Ya teníamos una teoría sobre la verdadera naturaleza del Soldado de Invierno, y con tu ayuda hemos podido confirmarla.
Lo cierto era que la mayor parte de las sesiones con los científicos se habían basado en entrevistas. Querían saber todo lo que pudiera recordar del entrenamiento al que había sido sometido en Siberia, las torturas que había sufrido, los experimentos médicos que habían llevado a cabo en él, el momento exacto en el que dejó de ser Bucky para convertirse en una marioneta. No había sido hasta los últimos días que habían comenzado a hacer algunos reconocimientos en su cuerpo, como radiografías, escáneres y cosas por el estilo. Bucky casi nunca preguntaba. Se limitaba a hacer lo que le pedían y colaborar en la medida de lo posible.
—Verás —había continuado T'Challa, relevando a la científica. Parecía entusiasmado—. Es posible modelar un determinado comportamiento por medio del sufrimiento y el miedo, pero lo que nos llamó la atención fue el desencadenante de la última vez, cuando aquel hombre que se hizo pasar por psiquiatra recitó aquella lista de palabras en tu presencia.
Bucky sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo al recordar aquello. Cerró los ojos y apretó los labios con fuerza, como si así pudiera hacer desaparecer de su mente las imágenes de aquel suceso.
—Hemos estudiado la cinta de la cámara de vigilancia que lo grabó todo —siguió explicando—. Tuviste una respuesta mecánica, como si aquel tío hubiese apretado el interruptor de una lámpara para encender la luz, así que comenzamos a barajar la posibilidad de que existiera algo que funcionara como tal dentro de ti.
—¿Un interruptor? —había repetido Bucky, asombrado. Nunca había pensado en el Soldado de Invierno como una personalidad que pudiera "encenderse y apagarse", como si fuera algo ajeno a él. Estaba absolutamente convencido de que formaba parte de sí mismo.
—Un microchip —puntualizó la científica, a la vez que abría el sobre que tenía en la mano y sacaba la radiografía que había en su interior, extendiéndosela.
Bucky la observó. Era su cabeza. En la parte inferior (¿Era aquello el cerebelo? No estaba seguro) se veía un punto de color blanco intenso, resaltando entre las tonalidades más tenues del resto de la imagen. Parecía antinatural.
Había tragado saliva antes de hablar, temiendo la respuesta a la pregunta que había realizado a continuación, aunque su porte firme consiguió no hacer gala de su miedo:
—¿Podrán quitármelo?
El timbre del microondas lo trajó de vuelta al tiempo presente. Dentro de aquella habitación tenía su propia cocina. A veces le llevaban comida ya preparada para asegurarse de que comía de forma decente para recuperar fuerzas después de su letargo, pero le habían proporcionado alimentos para que él mismo cocinara de vez en cuando, con la intención de que fuera probando el nuevo brazo que le habían fabricado al realizar tareas cotidianas, como si aquellas personas tuvieran la certeza de que iba a poder llevar una vida normal algún día. Todo lo que había preparado hasta ahora sabía a rayos, pero aquello tenía más que ver con sus nulas dotes culinarias que con el funcionamiento del brazo artificial.
Su nueva extremidad era muy parecida en forma a la anterior, pero mucho más ligera y extremadamente sensible. Aquella misma mañana habían abierto una ventana en el laboratorio, y había podido sentir en su antebrazo la brisa que entraba a través de ella; si hubiera tenido piel, estaba seguro de que se le habría erizado. Aquello había tenido un efecto extraño en él pero comfortable a la vez, como si su organismo recordara sensaciones experimentadas tiempo atrás que creía haber olvidado.
Tampoco tenía la estrella roja de la Unión Soviética impresa en el hombro.
Había decidido que le gustaba su nuevo brazo.
Estaba apoyado en la encimera, así que se incorporó y sacó el cuenco de sopa que había calentado. En aquel momento no tenía ganas de ponerse a experimentar con la comida. Cogió una cuchara y se sentó en el sofá, dirigiendo la vista de nuevo hacia los ventanales. El sol ya se había ocultado detrás del horizonte tropical, pero aún faltaba un poco para que la noche tiñiera el cielo de negro.
El teléfono móvil que le habían dado al salir de la criogénesis comenzó a vibrar a su lado, interrumpiendo su escueta cena. Sólo había dos personas que conocieran aquel número, y una de ellas era T'Challa, al que acababa de ver hacía tan solo un rato.
Sólo cabía otra posibilidad.
Dejó la sopa olvidada en la mesita que tenía enfrente y cogió el teléfono con su brazo humano. Se quedó mirando la pantalla un segundo antes de pulsar el botón verde y llevarse el aparato a la oreja.
—Steve —dijo, con una voz tenue pero animada, como si al pronunciar aquel nombre cada tarde, cuando lo llamaba, se disipara toda la tensión acumulada a lo largo del día.
Sus labios se curvaron formando una leve sonrisa al escuchar a su amigo al otro lado de la línea.
