Observar el mundo en el que vivía se había convertido en una de sus aficiones preferidas. No es que en esas últimas semanas hubiera podido ver mucho más allá de lo que le permitían los ventanales de cristal del complejo científico ubicado en plena selva de Wakanda, pero durante el tiempo en el que había estado huyendo y escondiéndose sin saber muy bien de qué o de quién, cruzando fronteras entre naciones escondido en vagones de tren o haciendo largas jornadas a pie de ciudad en ciudad (siempre grandes, donde podía camuflarse mejor), había tenido tiempo suficiente de observar todo aquello que le rodeaba, desde los paisajes cambiantes que se iba encontrando hasta el comportamiento de las personas que conformaban las culturas que se cruzaba en el camino. Entonces no había estado completamente seguro de por qué le fascinaba todo aquello, pero ahora creía que esa práctica le había ayudado a comprenderse mejor a sí mismo: a la marioneta que había dejado de ser y al hombre que había sido antes de que le jodieran la mente.

Pero, sin lugar a dudas, lo que más le gustaba mirar era el cielo. Estaba seguro de que aquella sucesión de tonos que se mezclaban a lo largo del día, desde amanecer hasta el anochecer, se había dado desde el inicio de los tiempos. Por ello, cada vez que se sentaba al lado de la ventana en algún piso desalojado en el que había logrado colarse y miraba hacia al cielo sin prestar atención a nada más, casi podía sentir que viajaba atrás en el tiempo y el espacio y volvía a ser un chaval normal de Brooklyn.

No obstante, ahora contemplaba el inicio de un nuevo día a través de la ventana de un avión del siglo XXI y, por primera vez en mucho tiempo, deseaba quedarse a vivir en el momento presente. La razón estaba clara: Ya no estaba solo.

Habían salido de Wakanda dos días después del último experimento, aquel que había confirmado el éxito en la eliminación del soldado de invierno. Por mucho que T'Challa les había asegurado que estaban invitados a pasar todo el tiempo que quisieran allí, Steve reclinó amablemente su oferta. Después de todo lo que el monarca había hecho por ellos, Bucky entendía que no quisiera abusar de su hospitalidad.

Comprar billetes de avión para aerolíneas convencionales no había sido una opción viable. Bucky ni siquiera tenía documentación y, aunque la tuviera, sería considerado fugitivo, al igual que Steve y Sam. Según le había contado Steve en su primera conversación telefónica después de que saliera de la criogenesis, habían encarcelado a todos los que se habían puesto del lado del Capitán América en su lucha por defender la inocencia de su mejor amigo, aunque finalmente había conseguido colarse y sacarlos de la prisión de máxima seguridad donde los retenían. Sin embargo, eso no quitaba que fueran considerados enemigos a ojos de medio mundo y tuvieran que vivir escondidos a partir de ahora. Steve no había vuelto a tocar el tema, probablemente porque quería evitar que se sintiera culpable; la verdad es que esa tácnica no había dado muy buenos resultados, aunque lo apreciaba.

La vía elegida para cruzar el Atlántico había sido precisamente la utilizada por Steve y Sam días atrás para ir a Wakanda: el avión privado del rey de aquella nación. Y, dado que el capitán no quería demorar el viaje por mucho tiempo, habían embarcado la noche anterior rumbo a Washington.

Apartó los ojos del horizonte rosáceo y echó un vistazo a Steve, que aún dormía en el asiento contiguo al suyo. Cuando Bucky se había despertado lo había encontrado con la cabeza apoyada en su hombro de metal. Por mucho que le reconfortara sentir su respiración profunda cerca de él, imaginaba lo incómodo que debía de ser utilizarlo como almohada, así que le había apartado con delicadeza para que se apoyara contra el respaldo del sillón. Al ver su rostro sereno y relajado, con la luz de la mañana iluminándole, estaba seguro de que nada perturbaba su sueño a pesar del panorama reinante. No pudo evitar sentir una punzada de envidia, pero también de alivio.

Suspiró y colocó mejor la manta que arropaba a su amigo, aunque la temperatura dentro de aquel cubículo parecía la adecuada. Entonces escuchó una risa entrecortada, y se inclinó un poco hacia delante para echarle un vistazo a Sam, que estaba sentado en el asiento del lado izquierdo del avión. Ya estaba despierto cuando él había abierto los ojos, y lo había encontrado con la vista fija en una especie de ordenador plano y sin teclas, con auriculares en los oídos y tapándose la boca de vez en cuando para ahogar alguna carcajada. Seguía en el mismo plan que antes. Bucky se preguntaba qué le haría tanta gracia.

Miró hacia abajo y se agachó para alcanzar la mochila que tenía entre los pies. De ella sacó la libreta y el bolígrafo que le había pedido a T'Challa al salir de la criogénesis. Abrió la libreta por la última página que había escrito, apoyó el boli sobre la siguiente página en blanco y dejó que sus pensamientos fluyeran. No tenía intención de poner en orden sus ideas, sólo quería dejarse llevar.

Sin embargo, no había llegado al final de la página cuando escuchó la voz de Steve, pastosa y tranquila, fruto del adormilamiento.

—He guardado todas las libretas que llevabas contigo cuando te encontré. Fue lo único que cogiste de aquel piso cuando tuvimos que huir a toda prisa —hizo una pausa y se tapó la boca para bostezar—. Pensé que serían importantes para ti.

—Gracias —contestó, sincero. Después de unos segundos, no pudo evitar preguntar:— ¿Las has leído?

—No —respondió, a la vez que se frotaba los ojos con las manos para desperezarse—, aunque me he sentido tentado más de una vez.

Un atisbo de sonrisa asomó en los labios de Bucky, pero no dijo nada. Volvió a centrar su atención en la libreta que tenía entre las manos. Terminó de escribir la frase que había dejado a medias y la cerró antes de volver a guardarla en la mochila.

—¿Puedo preguntarte qué escribes en ellas?

Bucky apoyó la espalda en el asiento y volvió a mirar a través de la ventana. Ahora el rojo rosáceo se había trasformado en naranja, y la luz del cielo se reflejaba en el agua del océano. No estaba seguro de cómo contestar a aquello, pero Steve esperó paciente a que encontrara las palabras más adecuadas para expresarse. A veces escribía fragmentos inconexos de recuerdos o imágenes que cruzaban por su mente y no tenía claro si eran reales o fruto de su imaginación. Otras veces eran simples relatos de lo que había hecho a lo largo del día, de lo que había aprendido. Y, en ocasiones, también dibujaba las cosas que no sabía –ni quería– poner por escrito, aquellas que le dolía recordar pero que era necesario que tuviera presente: las acciones cometidas por el soldado de invierno.

—Cualquier cosa que me acerque a la persona que era antes de caer al vacío —respondió finalmente, volviendo a mirar a su amigo. Éste mantenía toda su atención en él. Creyó vislumbrar algo parecido a la compasión en sus ojos azules. Y a culpabilidad. Supo que estaba rememorando el momento en el que se soltó de aquel tren en marcha y se perdió en el abismo helado. No le gustaba esa mirada, así que giró la cabeza y volvió a centrarse en el horizonte. Pronto, el naranja dejaría paso al dorado.

Escucharon a Sam soltar una carcajada mucho más fuerte que las anteriores. Fuera lo que fuera lo que le mantenía tan pegado a esa pantalla, debía de ser la cosa más graciosa del mundo.

Steve suspiró, acercó una mano al rostro de Bucky y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Su melena había superado ya la altura de los hombros.

—Lo primero que haré cuando pisemos tierra es llevarte a un peluquero. Con estas pintas pareces la estrella de uno de esos grupos de emheavy metal/em que la gente escucha tanto ahora.

Aquella broma consiguió hacerle sonreir. Sin embargo, esas palabras tan inocentes también le hicieron pensar en el futuro más cercano. En la incertidumbre y el peligro que se cernía sobre ellos.

—¿Qué vamos a hacer? —no hizo falta especificar nada porque Steve supo perfectamente a qué se refería.

—He dado con un piso en el que podremos vivir hasta que encontremos el modo de limpiar nuestros nombres. Nos han congelado a todos las cuentas del banco, pero tenía guardado algo de dinero para emergencias y podremos pagarle a la dueña en metálico —hizo una pausa y se le dibujó una sonrisa en la cara—. Además, ella dice que su padre también luchó contra la Alemania nazi y ha crecido teniéndonos como referentes de honor y justicia, que no cree nada de lo que se dice de nosotros. No nos delatará.

Bucky asintió. Puede que no fuese el mejor plan del mundo, pero era algo por lo que empezar.

Steve colocó la mano sobre la suya, la artificial, y pudo notar su piel cálida contra el frío metal del dorso. Entonces, Bucky giró la palma para entrelazar los dedos con los suyos y alzó la vista. La compasión y culpabilidad en la mirada de su amigo habían dejado paso a algo parecido al optimismo.

—Todo irá bien siempre que nos tengamos el uno al otro.


Lo que Sam está usando es, obviamente, una tablet, y lo imagino viendo una serie del estilo de Parks & Recreation, pero podéis echarle imaginación y reemplazarlo por cualquier otro programa parecido.