—¡Ya hemos llegado! —anunció Steve una vez que Bucky y él habían depositado las bolsas de la compra en el suelo y cerraron la puerta del apartamento tras ellos. Él mismo se aseguró de cerrar con llave y colgarla en el clavo que sobresalía de la pared. No es que aquella medida fuese a ser de mucha ayuda si venían a buscarlos, pero de alguna forma le hacía sentirse más seguro. Como cuando de niño se tapaba con la sábana hasta el cuello pensando que así los monstruos nocturnos no podrían hacerle ningún daño.

pNo recibieron respuesta de ningún tipo, así que Steve recorrió el pasillo hasta el pequeño dormitorio situado al fondo y encontró a Sam tirado en la cama junto a una caja de pizza familiar ya vacía, con los auriculares en las orejas y la vista fija en su iPad. Ver películas y series había pasado a ser su pasatiempo preferido desde que se habían convertido en enemigos públicos y exponerse en la calle era arriesgado. Suponía que era la mejor forma que su amigo había encontrado de evadirse de la realidad.

pCuando éste le vio por fin, parado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, pegó un brinco que le hizo incorporarse en la cama y quitarse ambos auriculares de un tirón. Steve no pudo evitar reirse.

—Joder, ¿pretendes matarme del susto?

—Lo siento. Venía a preguntarte si querías cenar con nosotros, pero ya veo que te has pegado un festín por tu cuenta —le dijo, señalando la caja de pizza con un gesto de cabeza.

—Y tanto. Me estaba asfixiando entre estas cuadro paredes y he salido a correr después de que os fuerais. Al volver he comprado una pizza en el restaurante italiano que hay a un par de manzanas de aquí —explicó—. Tío, creo que es lo mejor que he comido en mucho tiempo.

—No lo digas muy alto o Bucky te dejará morir de hambre —bromeó Steve, aunque le entendía. Por muy peligroso que fuera, salir de vez en cuando era necesario para no acabar volviéndose locos allí dentro—. Bueno, vamos a preparar algo y nos subiremos a comer a la azotea. Vente después un rato si te apetece.

En la cocina, Bucky ya se había puesto el delantal y seleccionaba los ingredientes que iba a necesitar de entre todos los alimentos que acababan de comprar en el mercado.

—¿Has decidido ya lo que vas a preparar? —le preguntó, acercándose a él y revolviéndole cariñosamente el pelo. Se lo había cortado él mismo con unas tijeras que había encontrado en el apartamento, por lo que los mechones habían quedado bastante desiguales, dándole un aire desenfadado que, junto a su mandíbula afeitada, lo habían hecho rejuvenecer. Steve había intentado emparejarlos un poco, pero no hubo mucho que pudiera hacer. Y lo cierto es que tampoco importaba; al fin y al cabo, era una medida para cambiar de aspecto, no importaba cómo. Él mismo se había dejado barba, causando el efecto contrario: parecía que le habían caído varios años encima.

—Fajitas de pollo —contestó—. He visto la receta en un programa de cocina esta mañana.

Si Sam se había aficionado al cine y la televisión, Bucky lo había hecho con la cocina. Sin embargo, si bien el primero lo hacía por tener algo con lo que matar las horas, Steve tenía la sensación de que Bucky se esforzaba por ser útil. Pero no iba a comentarle nada al respecto, primero porque bastante difícil era ya encontrar algo con lo que entretenerse durante su "confinamiento", y segundo porque parecía que concentrarse en aquella actividad le ayudaba a ahuyentar los fantasmas de su pasado./p

—Suena bien —comentó—. ¿Quieres que te ayude?

—Coge la tabla y trocea una cebolla, un tomate y unas hojas de lechuga —le indicó—. Yo me encargo del resto.

Cocinaron en silencio al son de la música jazz procedente de un programa de radio. Cuando la cena estuvo lista sobre los platos, cogieron unas servilletas y una botella de agua y subieron a la azotea del edificio, desde donde aún podían ver el sol ocultándose en el horizonte. Se trataba de un edificio de ocho plantas bastante antiguo localizado en el céntrico barrio de Capitol Hill, y su entrada se encontraba en una callejuela estrecha situada entre una librería y un bar irlandés. Sólo quedaban algunas personas viviendo en él, en su mayoría ancianos. Al parecer, una constructora andaba detrás del edificio y casi todos los propietarios habían acabado dando su brazo a torcer; sólo habían resistido aquellos que consideraban que el tiempo de vida que les quedaba no iba a ser el suficiente para acostumbrarse a un nuevo hogar.

Se sentaron en el sofá que ellos mismos habían colocado allí días atrás, cuando habían descubierto aquel espacio al aire libre que podían disfrutar de forma segura. Los edificios de alrededor eran un poco más bajos y les permitían observar algunas zonas de la ciudad. Incluso eran capaces de ver una fracción de la cúpula del Capitolio, oculta parcialmente por un edificio más alto. El cielo era naranja y rosa allí por donde se estaba escondiendo el sol, mientras que en el lado contrario se iba tiñiendo de un azul cada vez más oscuro.

Comieron escuchando la bocina de los coches y la música procedente de los bares cada vez más concurridos. De vez en cuando también escuchaban la sirena de alguna ambulancia o de un coche de policía a lo lejos.

Era en aquel momento del día cuando Steve más se acordaba de sus compañeros. Se preguntaba si ellos también lograban hallar algún momento de tranquilidad en ese estado de alerta permanente.

Había podido hablar con Natasha el día anterior por teléfono. Wanda y ella estaban con Clint en la granja de su familia. Parecía que esconderse en el lugar donde menos esperaban que se ocultaran estaba dando resultado. A fin de cuentas, él mismo se encontraba en el centro de la capital de los Estados Unidos y aún no habían dado con él. No lo llamaban Capitán América por salir huyendo del país por cuyos valores tanto había luchado, especialmente por la libertad de sus residentes.

—¿En qué piensas? Casi no has probado bocado.

La pregunta de Bucky le sacó de sus pensamientos. No le pasó desapercibida la nota de preocupación en su voz.

—Perdona. Estaba pensando en los demás.

Bucky asintió, comprensivo.

—Hablaste ayer con ellos. Estarán bien, no te preocupes —le aseguró, dándole un último bocado a su fajita y bebiendo un buen trago de la botella de agua.

Parecía estar de buen humor aquel día. Sin duda, salir al mercado le había sentado bien. De hecho, había sido él quien se había encargado de hablar con los vendedores de los puestos, en su mayoría granjeros que vendían sus propios productos ecológicos. En sus primeras salidas a la calle había estado un poco tenso, pero cada vez parecía más tranquilo al verse rodeado de gente, como si por fin le hubiera quedado claro que ya no suponía ningún peligro para ellos. Siempre intentaban salir por lugares concurridos; paradójicamente, la gente se fijaba menos en los demás y podían camuflarse entre el gentío.

Pero Bucky también tenía sus malos momentos. Había días en los que se comunicaba sólo con monosílabos y un aura taciturna lo envolvía por completo. Otros días se negaba a salir de la cama y lo único que Steve podía hacer era tumbarse a su lado, abrazarlo y convencerlo para que comiera algo mientras iba rememorando recuerdos de la juventud de ambos; con ello, a veces lograba levantarle el ánimo y que finalizara la historia por él, pues su amigo afirmaba que "eso no fue así, ni de broma". En otras ocasiones, Bucky sencillamente le decía de forma cortante que lo dejara en paz.

Pero, poco a poco, los días buenos habían acabado siendo más numerosos que los malos. Poco a poco, su Bucky había ido emergiendo con más frecuencia. Poco a poco, había recuperado a su mejor amigo, su compañero, su familia. Sabía que nunca volvería a ser el que era pero, al fin y al cabo, ¿quién seguía siendo la misma persona a lo largo de toda su vida?

Se sentía mal por pensarlo, sobre todo si tenía en cuenta los daños colaterales, pero todo había merecido la pena con tal de traerle de vuelta.

—Aún no me has hablado de aquella chica rubia a la que besaste, la que recuperó vuestras cosas. ¿Quién era?

Aquella pregunta le pilló totalmente desprevenido, pero la forma en que la formuló parecía dejar claro que quería echarse unas risas a su costa. Bucky se sacó del bolsillo de la sudadera un par de ciruelas de las que habían comprado aquella misma tarde y le pegó un mordisco a una de ellas mientras esperaba su respuesta.

—¿Sharon? Es... Bueno, es una agente —Steve intentó ignorar el calor que se había instalado en sus mejillas—. La mandaron a protegerme sin que supiera nada y se convirtió en mi vecina. Se hacía pasar por enfermera.

—Una agente —repitió Bucky. Aquello le divertía—. ¿Como Peggy Carter? Veo que tus gustos te han encasillado. Incluso diría que la chica se parece un poco a ella.

La mención a Peggy hizo que sintiera un pellizgo repentino en la entrada de su estómago. Miró hacia abajo, a la cena sin finalizar sobre el plato que sostenía en sus piernas.

—Es su sobrina.

La pausa que vino a continuación le pareció demasiado larga.

—Vaya —exclamó finalmente su amigo. Solo que no había sido una exclamación realmente, pues se había acercado más a un susurro. Puede que pensar en aquello le hubiera hecho ser aún más consciente del paso del tiempo, de lo descontextualizados que estaban, de que deberían ser unos ancianos acercándose a la tumba y no unos tíos en la flor de la vida. En cualquier caso, parecía que ya no tenía ganas de bromear—. ¿Vas a buscarla?

—Me gustaría asegurarme de que está bien, pero no creo que sea una buena idea. Ya tendrá bastantes problemas por mi culpa —suspiró—. Además, tampoco íbamos a llegar a ningún lado.

—Bueno, ya se normalizarán las cosas —sentenció Bucky, aunque Steve no estaba muy seguro de que su amigo hubiera entendido a qué se refería. A continuación, éste le quitó el plato de encima para colocarlo en el suelo junto al suyo y se tumbó en el sofá apoyando la cabeza en su regazo. Después, cerró los ojos y empezó a comerse la segunda ciruela.

El sol se había ocultado ya por completo y la ciudad había comenzado a iluminarse con la luz de las farolas de la calle, de los coches, de los bares y restaurantes, y de las casas particulares. Si Steve se esforzaba, podía ver a algunas familias cenando a través de las ventanas de los edificios más cercanos. Pero no era eso lo que robaba su atención. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, con la vista fija en el rostro tranquilo de Bucky. Debería decirle que era mejor que bajaran ya, que se iba a quedar dormido así, pero la verdad es que a él también le apetecía quedarse donde estaban. Hacía muy buena temperatura a esas horas de la noche y la brisa primaveral que les llegaba a esa altura era reconfortante.

Steve empezó a acariciarle el rostro y el pelo con la punta de los dedos. Primero la frente y las cejas; luego, los pómulos y la barbilla. Los dedos de la otra mano estaban enterrados en sus cabellos y masajeaban su cabeza. La sonrisa que apareció en los labios de Bucky era una mímesis perfecta de la suya.

Podían esperar un poco más.