Búsquedas y escapes
Gilbert ya había llegado al trabajo con cinco minutos de adelanto para evitar que le pusieran un retardo, había corrido con suerte esa vez pero no debía confiarse, compraría un teléfono con identificador de llamadas para evitarse la molestia de perder el tiempo atendiendo llamadas indeseadas cuando tenía que correr al trabajo, si eso haría.
Saludo a Annie con un movimiento de cabeza y una franca sonrisa matutina
–Hola preciosa –dijo cuando se acerco al tablero para recoger los paquetes que debía de entregar aquel día– ¿Tienes algo para mi? –pregunto
–Solo una sentencia que incluye un día bajo el sol, un fuerte olor a gasolina y tráfico pesado además de un montón de envíos de gente que nunca llegaremos a conocer –replico la rubia riendo– ¿Por qué? ¿Tienes algún plan, chico malo? –agrego siguiéndole el juego mientras le entregaba los paquetes
–Justo mi condena favorita –dijo Gilbert sonriendo y tomando los paquetes del mostrador al notar por el rabillo del ojo que alguien conocido entraba por la puerta su sonrisa se desvaneció– demonios –mascullo de pronto– ¿Qué hace él aquí?
– ¿Qué te pasa? –pregunto la norteamericana preocupada por repentino cambio de humor de su amigo– ¿Qué hace quien aquí? –dijo confundida
Gilbert señalo con un discreto movimiento de cabeza a un hombre alto de cabello castaño corto, ligeramente revuelto y ojos verdes que acababa de entrar en la mensajería y parecía buscar alguien entre la gente que llenaba el lugar además de tener un cabreo impresionante en toda la pinta.
–Oh ya veo –dijo suavemente Annie– Dios mío, es un hombre increíblemente guapo ¿Es tu novio? –cuestiono mirándolo inquisitivamente
–No, es mi mejor amigo –dijo Gilbert estremeciéndose ligeramente– se llama Antonio y desde hace días me esta pidiendo que salga con él
–Y ¿Por qué no lo haces? –pregunto con curiosidad la chica– oh vamos conejito bonito, se nota que ese tipo es un chico bastante simpático y alegre además de estar como un tren y a menos que te haya pedido una cita no tienes porque estar nervioso –dijo mirándolo con compresión
–Pues… –titubeo el albino
–Oh por Dios –exclamo Annie abriendo los ojos de par en par– ¿Cuándo? –pregunto con la curiosidad al máximo
–El mismo día que España jugo contra Alemania en el mundial y le gano –explico Gilbert–esa noche Antonio me propuso ir a un bar para animarme porque Alemania había perdido el partido de futbol y de paso celebrar que su equipo había ganado, había mucha gente en el bar, demasiada quizás y él bebió mucho además de estar eufórico por que España pasaba de ronda en el mundial lo que causo que empezara a decir sandeces y antes de que me diera cuenta, Antonio estaba persiguiéndome por todo el establecimiento pidiéndome a gritos que saliera con él –finalizo el prusiano con un suspiro lleno de incertidumbre
–Bueno conejito –dijo Annie en un intento por aligerar el tenso ambiente que se había formado en torno a ellos llamando a Gilbert por el apodo que le había puesto días atrás y que usaba cuando quería molestarlo un poco o pedirle algún favor y que él detestaba que usara– el hombre estaba ahogado de borracho, quizás no hablaba en serio –razono la chica aunque por el cabreo que se notaba ligeramente en aquel hombre probablemente hablaba en serio
–No creo –dijo Gilbert dejando escapar un suspiro lleno de cansancio– Antonio es muy terco cuando quiere algo y además no parecerá pero tiene un aguante al alcohol ligeramente arriba de lo normal es posible que cuando me dijo lo de la cita iba en serio –razono el albino
–Gilbert –llamo Annie– no te quiero asustar pero aquí viene tu "sombra pegadiza personal" –anuncio– será mejor que corras antes de que te vea conejito –dijo la chica apurando al de ojos bermejos
–Pero Annie… – Gilbert vacilo un momento, no quería dejar sola a Annie peleando contra la "furia roja" española, Antonio podía ser agradable y cariñoso la mayor parte del tiempo pero Gilbert sabia por experiencia propia que cuando Antonio se cabreaba era mucho mejor correr que quedarse a presenciar la tormenta y aunque sabia que su compañera podía cuidarse sola en una situación así que prefería no correr riesgos.
Iba decirle todo aquello a Ann pero ella se encargo de controlar su nerviosismo lanzándole una mirada fría llena de impavidez y fiereza, la misma que usaba cuando a algunos clientes o trabajadores se ponían irritables, una mirada que mantenía a los alborotadores o a los quejosos a raya, esa mirada o esas actitudes eran poco frecuentes en la rubia debido a su carácter cordial y apacible pero una vez que la estadounidense decidía usarlas daba miedo, bastante miedo.
–Vete de una vez –dijo Annie serena– los paquetes no se entregaran solos y tu ruta es larga, por mi no te preocupes yo sabré arreglarme –al notar la tensión en la espalda de su compañero agrego– calma conejito todo ira bien, vete tranquilo yo te cubro
–Gracias –dijo Gilbert– ¿Cómo podre pagarte todo lo que haces por mí, eh? –pregunto sonriendo – y por cierto deja de decirme conejito –añadió con falso enojo en la voz
–Después te digo –dijo la chica– ahora vete
–Annie –llamo Gilbert
– ¿Qué quieres Gilbert? –cuestiono la joven
–Eres maravillosa y te amo –dijo Gilbert antes de tomar los paquetes del mostrador e ir corriendo al estacionamiento en busca de su moto.
Al poco rato Antonio se acerco al mostrador para peguntar por Prusia, una joven rubia estaba tras el tablero ojeando el contenido de un folder color azul oscuro, buscando facturas o algo parecido pensó el español.
–Disculpe señorita –dijo Antonio llamando la atención de la muchacha– estoy buscando a Gilbert Beilschmidt, me dijeron que trabaja aquí ¿Me podría decir si vino hoy a trabajar, por favor? –cuestiono el castaño
– ¿Quién lo busca? –pregunto la muchacha mirándolo atentamente
–Soy un amigo del señor Beilschmidt –dijo Antonio– es importante que hable con él ¿Me podría decir donde esta? –cuestiono
–Gilbert ya se fue, vino por los paquetes que corresponden a su trayecto y se marcho–dijo la muchacha con voz firme
– ¿Sabe a que hora termina su turno? –pregunto el ibérico
–No estoy segura –se sincero la joven– le toco la ruta mas larga de mensajería así que el termino de su turno varia de acuerdo al día y la cantidad de trafico que haya en la zona –explico
–Ya veo –murmuro el español– cuando regrese dígale que vine a buscarlo por favor –se despidió Antonio y salió del establecimiento decidido a no rendirse tan fácilmente la próxima vez que se cruzase con el albino
