-Su majestad, ¿Qué la trae por aquí? –Margaret dijo sorprendida al ver como la cabizbaja mujer entraba, dejando que solas las puertas se cerraran con un golpe sonoro -¿No debería estar, no sé, con el señor Hans?

La mujer la observó mientras Elsa arrastraba su cuerpo hasta un pequeño banquito de madera que a un canto de la cocina reposaba, ensuciando levemente la inmensa capa azul que su vestido adornaba. Con cada movimiento, los pequeños brillos que lo bañaban resplandecían bajo la tenue luz.

A pesar de su negra aura, su belleza no se veía nunca alterada.

Ante las curiosas palabras de la mujer, una pequeña mueca se vislumbró en su blanquecino rostro antes de que abriera la boca para contestar.

-Desde que su madre, la Reina Morgana, llegó de su viaje, no quiere dirigirme la palabra. Busca siempre una excusa para no verme. No es que me afecte de manera importante pero… - Tan falsas fueron aquellas últimas palabras que de su garganta salieron, que ni intentó disimularlas. Para nadie era secreto, que eso le afectaba de una manera peligrosa, lo cual la mantenía bastante angustiada.

Margaret, que había permanecido en silencio mientras escuchaba y la losa lavaba, se secaba las manos para poder rodear a la soberana en un afectuoso abrazo. Fue repentino, e inesperado, pero la rubia no tardó en corresponderle. La mujer conocía perfectamente el sensible corazón de la Reina, y el simple rechazo de alguien la afligía. Sobretodo el del príncipe; por mucho que ella lo quisiera negar.

Estoy completamente segura de que el señor Hans tendrá una buena razón para ello, su alteza.

No lo dudo. Y es ese pensamiento el que me inquieta – Expresó.

¿Qué quiere decir?

Que, la desconfianza que había desaparecido a lo largo de estas semanas, está floreciendo de nuevo. Me aterra que sus asesinas intenciones hayan vuelto al asecho.

Dispénseme por lo que le diré su alteza, pero, ¿No le parece es pensamiento un poco absurdo? Quiero decir, si esas fueran sus verdadera intenciones, el no se hubiera tomado la molestia si quiera de compartir tanto tiempo con usted. Pues, la que está en su territorio es usted. Con la excusa de que usted naufragó, tiene la total libertad de hacer con usted lo que a él se le antoje; recuerda que para los otros reinos usted está completamente desparecida – La razón estaba de parte de la mujer en ese entonces.

Si el realmente hubiera querido herirla, ya lo habría hecho. Y por lo contrario, lo que hizo fue protegerla.

Pero y entonces; ¿A que se debía tan repentina frialdad?

Como allí no encontraba respuesta, Elsa entonces decidió dejar por esos momentos la cocina, agradeciendo y despidiéndose de Margaret antes de hacerlo. Sintiéndose casi tan sola como la primera ves que había llegado allí, la muchacha se tomó la libertad de escaparse un rato de las oscuras paredes de colores salmón y marfil, atravesando las puertas principales del castillo.

Mientras la noruega por los jardines se paseaba, Hans, encerrado en su habitación dorada, se sentaba en una de sus más cómodas sillas, tapizadas y lujosamente adornadas, habiéndola acomodado frente a los ventanales de los aposentos, por los que se dedicaba a observar, siendo esta su vista, precisamente, a los campos florales que con tanta dedicación cultivaban. Pero la belleza de estos no era lo suficientemente capaz de eliminar de su mente los problemas y las preocupaciones que en esos momentos lo acosaban.

Desde que su progenitora por las puertas pasó, se veía en la obligación de esconderse de todos, buscando con eso, evitarla para no verse a merced de la presión en que lo encerraba, para hacer que este cumpliera su macabro deseo. Y como consecuencia, también debía mantener a Elsa a raya de esto, intentando por todos los medios que no tuviera algún contacto con ella.

La amistad que ellos habían fortalecido, en esos momentos, solo sería un riesgo para esta, ya que Morgana no dudaría ni un segundo en usarla como una ventaja para lograr su cometido. Su último deseo era que la imagen de si mismo que había conseguido construir para Elsa, se viera destruida o manchada. Pero el cruel destino solo parecía querer encaminarlo hasta ese final.

En sus pesadillas, imágenes de su temido cometido se reflejaban de miles de maneras, viendo siempre al final, su fina sangre chorreada sobre uno de esos maravillosos vestidos que siempre lucía.

Y era a causa de esas tan terribles noches, que ahora bajo sus ojos esmeraldas, se veían dos enormes ojeras, en una cansada expresión que nunca cambiaba. Ni el alegre colorido de las flores consiguió animar un poco; su mente consideraba más bien, cuanto dolería si cayera desde tal distancia. Imaginando la escena suicida, su mente se vio entonces desviada cuando una pequeña figura distorsionó el calmado paisaje.

Destellando bajo los rayos del sol, la soberana de Arendelle se paseaba alegremente entre las flores, girando sobre sus pies, levantando en el aire la bien entretejida trenza que cada mañana trabajaba con mucha destreza, y la capa que iniciaba desde la espalda de su vestido, que brillaba cual estrella al anochecer. Sin dudarlo, arrastró el asiento lo más próximo del ventanal posible, prácticamente pegando su rostro a él, para así poder observar bien.

Dos días. Dos días habían transcurrido, sin poder verla, y casi parecían años.

Fijo en su figura, Hans se deleitaba observando con ternura, el casi infantil comportamiento de la helada mujer entre las vivas plantas. Cual niña, se entretenía jugando y siguiendo a las flores que a veces eran mecidas por el viento; también se detenía a observar a las abejas y a las mariposas, que llegaban a posarse en sus cabellos o ropa, probablemente a causa de sus colores tan llamativos. No parecía importarle ensuciarse; se acostaba en la grama fresca, casi restregándose sobre la tierra.

Era una escena magnífica de ver; desde que la conoció nunca la había visto tan viva. Supuso que, debido a la situación que vivió, y a sus deberes ahora como Reina, pocas veces tuvo la oportunidad de divertirse o jugar, como en esos momentos lo hacía.

Incluso el príncipe llegó a colocar el oído sobre el cristal, buscando que por alguna suerte, llegara a escuchar la risa de la muchacha, que no parecía acabar. Pero apenas podía percibir el sonido el viento contra el vidrio.

Cuando ella se alejó entonces de su campo de visión, escuchó entonces un "Knock Knock", seguido por el incomparable chillido de la puerta sin aceitar. Y por el reflejo del cristal, logró divisar con esfuerzo, al quién sin permiso llegó a encontrar. Su ceño se frunció.

-¿No saludas a tu madre? – La agria voz de la mujer, destruyó los alegres pensamientos creados por la rubia, sumergiéndolo en desagradables pensares. Con mucho esfuerzo, ya que un seguía enfermo, consiguió ponerse cara a cara a la madre, que lo miraba con una de sus muchas desagradables expresiones.

La sonrisa que forzó, dio una perspectiva poco favorecedora de su atractivo rostro.

-¿Cómo estás madre?

- Bastante bien; me siento libre luego de estar encerrada en un barco por tanto tiempo. ¿Y tu, como estás hijo mío? ¿Recuperándote de esa, impertinente enfermedad?

- Mejorando, lentamente. Me alegra que estés bien; madre – El sarcasmo no fue notorio, a pesar de que ella rápidamente lo percibió. Conocía a su hijo mejor que nadie, a pesar de que físicamente eran opuestos completamente. Morgana era una mujer, pequeña y muy gorda; sus cabellos y ojos eran oscuros como la noche, y su falta de educación y gracia eran muy obvios.

Ganó su posición debido a su astucia, y falsedad, encantando a un muy joven Rey con su fingida personalidad.

- Estoy ansiosa por el baile de mañana en la noche. No puedo esperar por acabar finalmente con este asunto, que me ha tenido tan inquieta desde que regresaste a las Islas.

- ¿Qué asunto?

Los regordetes dedos de la mujer señalaron entonces, hacia el tocador, donde un vestido de gala, nuevamente azul, reposaba sobre la silla. Elsa.

- ¿Quieres decir que la asesinarás en plena fiesta? ¿Estás demente? – Exclamó el pelirrojo de repente.

- Yo no. Tú lo harás.

El príncipe entonces empalideció. ¿Cómo pretendía que el hiciera tal cosa?

- Si yo lo hago, me refundirán en la cárcel. Y no solo a mí, a ti también, pues no pienso callar – El buscó entonces, la excusa más obvia que podía ofrecer para que detuviera esas ideas locas. Él ya no quería matarla. No.

Jamás lo quiso.

- Solo si yo permito que lo descubran. Recuerda que esa niña naufragó. Nunca sabrán que nosotros tuvimos algo que ver.

- Los sirvientes la han visto. Saben que está aquí. Si desaparece; ¿Crees que no lo averiguarán?

- Nos desharemos entonces de quién amenace con abrir la boca – Una sonrisa maliciosa de su parte, hizo que Hans se estremeciera.

-¿Qué sentido tiene asesinarla madre? Nunca seré el Rey. Eso solo sería ensuciarme las manos.

- Para cobrarle lo que debía haber sido tuyo. Por haber interferido en nuestros planes.

-Pues, si tanto deseas vengarte, te aconsejo que lo hagas tú, querida madre. Porque no pienso hacer parte de este juego. No más.

A lo contrario de lo que Hans pensaba, esta no se alteró en lo absoluto por sus palabras. Al contrario, lo que hizo fue comenzar a reírse con histerismo, como si el hubiera contado el mejor chiste que hubiese oído. Ante la mirada atónita del muchacho, esta se retorció hasta perder el aliento.

-Ay mi niño, se nota que sacaste el lado más idiota de tu padre –Limpiaba sus lágrimas mientras esto decía - ¿Realmente crees que no esperaba que en contra te me pusieras?

Con eso dicho, ella de su enorme vestido morado de volantes, sacó una hermosa daga de mango de oro, que peligrosamente acercó a él.

- Si intentas desobedecer, te aseguro que no sobrevivirás para contarlo – La punta del arma, estaba a centímetros de su garganta. Apenas tragar en seco podía.

Dicho esto, y en vista de que el príncipe no se atrevía a contestar nada, soltó una nueva y sonara carcajada, mientras colocaba de nuevo en su lugar el peligroso artefacto.

- Sabía que así se arreglaría. Nos vemos hijo – No se fue, sin antes dejar un beso sobre la frente del pelirrojo, cual rechazó instantáneamente.

Al quedarse nuevamente solo, observó como la angustia se adueñó repentinamente del lugar. ¿Qué iba hacer ahora?

Al caer la noche, la figura del joven se mezcló silenciosamente con las sombras de los pasillos, comenzando a caminar cuidadosamente de modo evitar ser visto. No podía seguir soportando estar cautivo entre aquellas brillantes paredes, con el mismo y repulsivo hedor de vómitos y fiebre.

Su mal ya se había disuelto casi por completo, liberándolo de sus malestares y constante cansancio.

Bajando las escaleras, y saliendo por el portón principal, Hans se dedicó entonces a respirar el aire fresco de la noche. Miles de estrellas lo saludaban, centellando con alegría en compañía de su madre, la Luna, que orgullosa, se alzaba entre ellas. La temperatura era casi perfecta, al menos para él, y andando sin rumbo fijo, pero sin salir de los límites del castillo, consiguió apaciguar parte de su alborotada alma, exhausta de los altos y bajos de aquellos días. En su mente, solo una idea se centraba; debía encontrar la manera de evitar que su madre saliera victoriosa en la noche del baile.

Pero la única solución viable, sería montar a la rubia en un barco en ese mismo momento, o a la mañana siguiente, de modo ya estar muy lejos cuando el sol desaparezca. Pero si hacía eso, Morgana descubriría entonces que él lo causó, y caería toda su venganza sobre él.

Pero, ¿Qué tan malo podría ser eso? En fin de cuentas, el ya no tenía mucho por hacer en su vida. Su única meta, fue dos veces aniquilada, por su familia, y con mucha ironía, por el amor de su vida.

Un suspiro resignado se escapó entonces de sus labios.

De todas maneras, no podría hacer eso. Su madre era demasiado lista; probablemente no permitiría que su barco estuviera disponible para un próximo viaje.

Perdido e inquieto con la situación, el pelirrojo ni cuenta se dio cuando se encontró con los jardines del castillo, que no se encontraban, como él lo esperaba, solos. Un murmullo no muy lejano, lo puso inmediatamente alerta, por el cual rápidamente se dispuso a esconderse, mas aún aproximándose, curioso por descubrir quién a tales horas podría estar por allí. Su primer pensamiento fueron claramente, los sirvientes; que aprovechaban esas horas en que todos dormían para escaparse por unos momentos de sus deberes y disfrutar del paisaje. No los culpaba; no era un trabajo sencillo tratar de un inmenso castillo.

Pero por errónea rápidamente tomó a su mente, que, al estar ya bajo un campo visual adecuado, pudo reconocer, junto con una punzada en su pecho, a los jóvenes que entre las flores se sentaban.

Los cabellos plateados de Elsa, bajo la noche brillaban como si miles de estrellas lo hubiesen tejido, y entre su trenza, algunas pequeñas flores de colores sobresalían, creando una imagen aún más bella y colorida. Hubiera sido una maravillosa imagen, de no ser por quién le prestaba su compañía.

Junto a la Reina, aquel simple sirviente, al que llamaban John si mal no recordaba, se tomaba la libertad de pasar sus dedos por aquellos finos hilos de plata, colocándole las flores con delicadeza, mientras con ella hablaba. Apenas se escuchaba lo que decía, y honestamente no tenía muchas intenciones de enterarse de ello. Ya solo con la imagen hizo que algo, bastante oscuro, saliera y se retorciera en rabia en su interior. Pero no solo rabia detectó; también algo de tristeza. Sobretodo por el hecho, de que ella parecía realmente agradada con lo que él hacía y le decía, riendo sonoramente de ves en cuando.

No supo cuanto tiempo permaneció allí, tras el gran tronco de árbol, atento a la escena. Como un acto de masoquismo aquello podía ser claramente descrito, pero realmente no le importaba ya. La idea de dejarla marchar antes de la celebración, y entregar su vida empezaba a serle realmente atractiva.

Ya cansado, prácticamente cayó en el suelo, sentándose lo mejor que pudo en él, sin antes procurar que no hubiera hecho ningún ruido. No le quedaría muy bien ser atrapado espiando, cual furtivo, envenenado de rabia y celos. Cerrando sus ojos, mas, sin poder dormir, se dejó descansar, bloqueando todo lo que sucediera a su alrededor.

Mientras tanto, Elsa, sentada bajo los pálidos colores de la naturaleza, de dedicaba a charlar muy cálidamente con el ya conocido y amigo sirviente del castillo, que le había insistido para que le hiciera compañía por un rato, alegando que nunca en ese lugar había tenido una compañía de casi su misma edad.

En eso algo era cierto; todo el grupo femenino era mayor de 35, y para un joven de 22, muy difícil sería compartir algún interés que los mantuviera amigos. Por eso se dejó guiar hasta el jardín, donde encontrarían algo más de comodidad; pero mientras este hablaba, los pensamientos de la muchacha, rodeados de la preocupación, repasaban por las imágenes de Hans durante esos días, que negaba una y otra vez la necesidad de su presencia, y le solicitaba que se retirara.

¿Esa era la tan terrible sensación de rechazo de la que su hermana constantemente le hablaba cuando se tocaba el tema de su infancia desolada?

La falta de atención de ella, no era pasada por alto por el joven John, que solía parar en seco sus palabras de modo hacerle ver que notaba su, para él, insultante desatención. Pero esto no le afectaba mucho, y aunque intentó seguir bien la conversación, antes de que pudiera apercibirse, esta ya había dado un cambio radical, en la que ella estaba siendo descaradamente coqueteada. Esto la dejó a ella en un claro estado de confusión, alzando sus manos en su ruego por que por un momento se callara.

- John, disculpa que te interrumpa pero; ¿Puedo saber a que viene todo esto? –Una ceja entonces alzó, tomando la punta de su trenza para empujarla ligeramente hacia su espalda, y así colgara por ella.

- ¿Nunca la han elogiado su majestad?

- Claro que lo han hecho; pero nunca de esa manera, y si me lo permites, tan descarada. Quiero decir, esas no son las maneras de tratarme.

- ¿No es la manera de tratarle? Entonces dígame; ¿Cómo desea que se lo diga entonces? – Sin permiso, tomó la mano de Elsa entre las suyas, sosteniéndolas con una considerable fuerza, de modo que ella no pudiera retirarla. Comenzaba a ponerse realmente nerviosa. Y eso sin duda, no sería nada bueno. Respiró profundamente intentando controlarse.

- John, por favor…

- Usted es la primera mujer que s a cruzado en mi vida, por la que yo haría cualquier cosa. Su elegancia, su inteligencia, y su belleza han cautivado mi corazón, y a pesar de que sé que nuestras posiciones en la sociedad son muy opuestas, me haría el hombre más feliz de la tierra si me diera la oportunidad de hacerla feliz, por el todo tiempo que considere apropiado.

Antes tales palabras, Elsa se vio ruborizada, sorprendida y algo alagada por la inesperada confesión. Procuró decir algo, pero no encontraba las palabras necesarias para expresarse. No era que él no le agrada; era un muchacho atractivo, y a pesar de su trabajo, sus conocimientos eran bastante avanzados. Pero, había algo, como una piedra en el camino que le impedía corresponder a tales sentimientos.

Alguien que simplemente ya se había robado sus sonrisas, por mucho que no quisiera admitirlo.

Buscando las palabras correctas, para no herirlo, un estruendo bastante grande los interrumpió, causando que la Reina los dedos del muchacho congelara. Pero ni había reparado en eso, porque a una corta distancia, podía diferencia a alguien, recostado en uno de los árboles más grandes y frondosos del lugar, que se veía encerrado por una rama que, al parecer, había sobre él caído.

Podía observar sus intentos de retirarla, pero era demasiado grande y pesada.

-John, ¡John! Hay alguien ahí, ¡La rama lo atrapó! Hay que ir a ayudarlo – Este intentó, a pesar de sus palabras, hacerle ver lo que le había sucedido, pero prácticamente lo ignoró. Tomando parte de las telas de su falda, así alzándose y no tropezarse, en sus medianos tacones corrió hasta el que se veía atrapado.

Los pelirrojos cabellos que fueron lo primero que captaron sus ojos, reconocieron inmediatamente al necesitado.

-¿¡Hans!? ¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó? ¿Comote calló esto aquí? –A pesar de que sabía que sus preguntas no podían ser contestadas, ya que el gran objeto oprimía los pulmones del príncipe, se mantenía hablándole, en preocupación, solo recibiendo jadeos como respuesta, lo que le hacía saber que mantenía la conciencia.

John no tardó en aparecer, colocando una desagradable expresión al observar al aprisionado.

- Escucha Hans, voy a congelar la rama. ¿De acuerdo? Necesito que aguantes hasta que pueda partirla. No tardará mucho, lo prometo.

Con otro jadeo como asentimiento, la rubia colocó sus manos sobre la rota madera, empezando a extender el hielo por ella, bajando de golpe la temperatura que los rodeaba. No tardó en cubrirse de él, pero su grosor era todavía demasiado como para romperse con demasiada facilidad. En desesperación, Elsa observó a John que se había quedado allí sin hacer absolutamente nada. La imagen de él, por alguna la hizo recordar a la expresión malcriada de un niño a la que no le dieron el caramelo que pedía. Eso la irritó.

- John, necesito por favor, que busques algo con lo que podamos partir esto. Rápido –Las últimas palabras fueron casi gritadas. Este obedeció, dirigiéndose al cuarto del jardinero, donde guardaban todos lo artículos para tratar de las plantas. De allí saco, varios objetos contundentes que podrían servir de algo.

Entregándole una especie de atizador, Elsa comenzó a golpear en el medio de la congelada rama, que sin mucho esfuerzo la atravesó. Al ver que resultaba, no tardó en colocar toda su fuerza en el trabajo, consiguiendo dividirla sin tardanza. Pudieron entonces apartar los dos trozos de encima de Hans, que se había quedado prácticamente helado.

- Oh, lo lamento mucho –La muchacha se arrodilló frente a él, verificando que no hubiera sido muy herido. Por suerte, la rama no había impactado completamente contra él, por lo que no había conseguido romperle nada. Este tosió un poco, negando con la cabeza.

-Perdona por haber interrumpido tu momento especial – Cuando pudo acomodar su respiración, fue lo primero que consiguió decirle, con un claro tono de molestia. La vergüenza tiñó las mejillas de Elsa. ¿Había estado espiándolos? ¿Por qué? Una especie de emoción la llenó al notar el poco agrado con el que él se refería al asunto.

-No interrumpiste nada, no te preocupes con eso. Pero es mejor llevarte de aquí. La noche va a empezar a enfriarse, y por mi causa tu temperatura bajó mucho – Un gruñido se oyó tras Elsa, pero no le prestó atención – ¿Crees poder levantarte?

La helada mujer, ayudó al príncipe a levantarse, rodeándolo con su brazo, y colocando el de él alrededor de su cuello.

Y en esa posición, lo llevó devuelta a el castillo, esta ves, sin ser echada de la habitación cuando lo acostó.


Hola chicas! Aqui está finalmente, el nuevo capítulo de la historia.

Sé que tardé mucho en actualizar, y lo siento por eso, pero he estado pasando unos días muy malos y bueno.. Me a costado sacar la inspiración para este capítulo.

¿Que tal les pareció? Intenté hacerlo lo más largo posible, pero al parecer, no tengo mucha imaginación para ello. Cada día se vuelve complicado mantener el autoestima suficiente para seguir con la fic. Pero bueno...

No sé si realmente se puede caer una rama, y de un modo, que se evite que el impacto lastime con gravedad, pero, si quiero que el próximo episodio tenga algo de intensidad, no puedo darle el lujo a Hans de tener una pierna rota. Ya verán por qué...

John también está volviéndose un personaje algo oscuro. No todos son lo que parecen en ese lugar.

Antes de despedirme, quisiera que si, van a dejar un review, me contestaran esto: ¿Les gustaría que hubiera una escena Lemon, o al menos, parecida a eso? Me refiero, no voy a hacer un lemon explícito, porque la verdad es que no tengo mucha experiencia en eso, pero si me gustaría detallar una escena en que se esté llevando acabo, pero de una manera no sé, más sensual que otra cosa. No sé, ustedes dirán.

Sin más que agregar, me despido;

Xoxo;

La Bruja Violet