La mano del destino

Lunes en la mañana. Comienzo laboral, escolar, etc., y Gilbert sabia perfectamente bien el significado de esas palabras pues estaba bastante atareado los primeros dos días de cualquier semana laboral. Prácticamente era un calvario: paquetes por entregar a todas horas, gente siempre corriendo a todos lados, aguantar un tráfico tan pesado que haría que cualquiera que no fuera lo suficientemente paciente o se obligase a serlo se volviese un candidato ideal para el manicomio.

Más si tenías dos empleos.

En el bar las cosas eran un poco más tranquilas, pues al ser inicio de semana había muy poca clientela que se pusiera hasta las nubes de alcohol y a la que tuvieran que sacar a rastras pero aún así la jornada en aquel lugar era bastante pesada.

El personal tenía que limpiar el local, las mesas, acomodar las sillas, asegurase de que los vasos estuviesen limpios, y que las bebidas y los tentempiés estuviesen listos para los parroquianos que frecuentaban el bar.

Y él como camarero debía apuntar las ordenes, ir a la barra y traer lo que los clientes habían solicitado en el menor tiempo posible para evitar que empezaran los reclamos, los gritos, las caras largas y las quejas por el servicio en el establecimiento además de soportar los coqueteos de las mujeres y de algunos hombres cuando estaban ebrios y maniobrar con destreza por el lugar cuando este se hallara abarrotado a causa de una clientela numerosa.

Lo más difícil era atender la barra cuando faltaba el cantinero, era un poco deprimente y a la vez desesperante escuchar hablar a hombres, mujeres o a lo que fuera maldecir, lamentarse y llorar por penas de amor o cualquier otra desgracia ocurrida en sus vidas mientras se tomaban vaso tras vaso de cerveza, vino o cualquier otra de las bebidas alcohólicas que servían en establecimiento a la par que comían aceitunas, cacahuates, papas fritas o cualquier otro bocadillo que amortiguara el efecto directo de la borrachera en estomago. Cuando escuchaba a los parroquianos hablar de sus desdichas una parte de él quería consolarlos y darles apoyo en esos momentos tan duros y la otra quería sacudirlos, decirles que dejaran de ser tan infantiles, que por la perdida de un amor no se acababa el mundo y que dejaran de ser tan dramáticos.

Pero no podía por dos simples razones, la primera debía tratar bien a la gente si no quería hacerse echar del empleo y la segunda, si él diera ese tipo de sermones sonaría hipócrita y eso no le iba para nada a su increíble persona.

No es que él estuviera sufriendo por amor, claro que no, él tenía a Salomé, a su pollito mascota, Gilbird; a Annie, a Margot, a Feliciano, a West y a todos sus otros amigos y compañeros de trabajo, gente que lo quería y a quien el amaba con todo el corazón. Pero cada vez que pensaba en lo que paso esa noche en ese maldito cuarto de hotel… le daban ganas de gritar, de llorar, de causarse tanto daño que lo tuvieran que obligar a estar en un hospital por semanas, algo que lo hiciera olvidarse de la pena que cargaba en el fondo de su alma y que sólo Salomé era capaz de comprender, ya que había sido ella quien lo había visto volver a casa con el corazón y el alma destrozados después de esa noche fatal donde todo termino, donde Antonio prometió dejarlo en paz a cambio de su cuerpo, de un pote vacio y carente de sentimientos. Ahora España estaba feliz y él por fin podría vivir su vida en paz.

Si eso era lo que deseaba, era lo mejor para ambos. Sin amor no habría daños.

Entonces ¿Por qué se sentía tan mal? ¿Por qué se sentía vacio? ¿Seria que Antonio se habría llevado parte de su alma?

¡No, no, no! España no podía haberse llevado nada suyo, Gilbert sabia que nunca le hubiera dado libremente a España algo que realmente le importara, su corazón era sólo suyo y seria prudente a la hora de entregarlo para que no le hicieran daño otra vez como le había ocurrido con Elizabeth.

Hungría

Su amiga, su compañera de batallas, su amada y valiente Beth

Había terminado cayendo en los brazos de Roderich, ese aristócrata hipócrita que no la dejaba realizarse como nación y como mujer alegando que le hacían falta modales… ¡que se fuera a la mierda ese estirado! A Beth no le hacia falta nada, era perfecta, un pájaro volando libre con la brisa…hasta que imbécil la encerró en una jaula.

Pero eso era el pasado, tenía que mirar hacia adelante y en su amanecer no había sitio para el cabezota de Antonio y su romanticismo de cuento de hadas.

Antonio tendría que aprender a seguir con su vida ignorando elque hubiera pasado si le hubiera correspondido.

Todos tenemos que aceptar la realidad. Y Antonio no era la excepción.

Antonio, por su lado, se veía mucho mejor que antes pero ahora cargaba con un aire ligeramente melancólico en los ojos cada vez que miraba el cielo por las noches, razón por la que Lovino pensó en ir y plantarle la cara al prusiano pero Feliciano y Francis le convencieron de desistir en dicha idea. Ese asunto solo les concernía a Antonio y a Gilbert y ellos solo podían rezar y esperar a que las cosas se solucionaran por si mismas.

Esa noche al volver a casa, Antonio pensaba en una manera de acercarse a Prusia sin romper su promesa, después de todo ambos habían acordado que si no convencía al albino de quedarse a su lado lo dejaría en paz para que pudiera estar con quién quisiese.

Y Gilbert no lo había escogido a él esa noche.

Pero si pudiera tener una segunda oportunidad, si pudiera empezar de nuevo todo…seria diferente

Se aseguraría de hacer bien las cosas, le haría saber a Gilbert que lo amaba más de lo que nadie podría amarlo nunca. Mucho más que Salomé, su supuesta noviecita.

Salomé. Maldita bruja

Sin duda esa chica era de cuidado, estaba sacándole el máximo provecho a lo que Prusia le había contado y estaba dispuesta a hacer lo que fuera para quedarse con el corazón de Prusia y él tenía que impedirlo pero, ¿Cómo?

No se podía acercar a Gilbert y espiar tampoco era una opción viable debido a que podían descubrirlo y entonces todo se iría al garete ¿Qué hacer? ¿Cómo acercarse sin arriesgar sus cartas? Era imposible poner en marcha sus planes sin ser descubierto a menos que pasara un milagro.

Como el que había pasado aquella noche en la que sus almas fueron una sola…

Después de todo siempre se podía tener fe.

Antonio camino hacia el pequeño altar que tenía en su habitación, se persigno y después de hacer las oraciones de costumbre, dijo:

–Dios mío cuida mucho a Gilbert y déjame volver a ver verlo por favor –pidió antes de que lo venciera el sueño y tuviera a Gilbert de la única manera que podía tenerlo en esos momentos: en sus sueños.

No sabía que en esos momentos la vida le preparaba una gran sorpresa.


A la mañana siguiente, Antonio estaba en su oficina arreglando su documentación cuando llamaron a la puerta.

–Adelante –dijo el ibérico aún concentrado en los papeles que tenia en su escritorio

–Mensajería "la estrella de plata", traigo un paquete para usted –escucho decir a una voz conocida, que hizo que su corazón saltara dentro de su pecho.

–Me alegro de verte de nuevo, Gilbert –dijo Antonio dándole una de su mejores sonrisas al albino de ojos rojos.

Vaya que era curiosa la mano del destino…


¡Hola gente! He regresado después de un largo tiempo sin publicar nada de nada. Espero que les guste este capitulo (que he sacado a marchas forzadas, mi musa esta en huelga). Ahora las preguntas ¿Qué pasara ahora? ¿Antonio lograra que Gilbert cambie de parecer? ¿Cómo afectara esto en el destino de ambos? Aparecerán dos nuevos personajes venidos de tierras lejanas, borracheras kilométricas, besos apasionados, celos, peleas épicas y más próximamente. Gracias a todos los que me tuvieron paciencia, en especial a Zummasen ¡todo mi cariño para ti, niña! Que pasen un muy feliz inicio de año, saludos a todos

Atte.

Naru