Frozen no me pertenece.
Yo solo uso mi pervertida mente para llevar a la realidad, historias que Disney jamás al cine iría a llevar.
Con su silbido constante, el viento se había colado por las mínimas rendijas que la madera dejaba libres, trayendo consigo el estremecedor frío del exterior.
Cubierto con una húmeda manta, el cansado príncipe se encontraba en pleno intento de encender, aunque sea, una pequeño fuego, que les ayudara no sólo a calentarse, si no también a tener la oportunidad de cocinar algo de lo que él, traía.
La lluvia no había cesado ni un momento durante aquellos dos días; furioso como nada, el mar parecía rugir desde lo lejos de la cabaña, como si gritara en amenaza. Esta violencia que portaba, había traído a la costa, a un montón de indefensos peces y pescados, que se vieron acosados por el pelirrojo muchacho, que no dudaba en aventurarse en la caza, en los momentos que la tormenta algo serenaba.
Este, concentrado en su trabajo, no regresaba a la pequeña y en esos momentos, considerada, casa, hasta tener la suficiente provisión para los días que se avecinaban. Y en ella, como una niña pequeña escondida tras la puerta, Elsa lo observaba, asomándose con delicadeza a la rendija, que él siempre dejaba abierta, arrodillada en el suelo de madera.
Dos días encerrada, bastaban para que por cualquiera cosa, ella se fascinara; la tensión y el aburrimiento se la carcomían por dentro, cual óxido destrozando el metal, en tal magnitud, que incluso se llegó a jurar que había se aprendido las canciones de la lluvia, al techo tocar.
De todas formas, ese tímido observar había sido, también, el único contacto que ambos habían tenido desde la primera noche. Cohibida y confundida, la rubia apenas se atrevía desde entonces a mirar al joven, ya que de solo apreciar sus verdosos ojos, el recuerdo de lo sucedido la volvía a atacar.
Todavía le parecía algo irreal; como un sueño indeseado, que una noche la había llegado, todavía parecía escuchar los suaves suspiros que se expandían sobre su piel, haciéndola estremecer, el sentir del calor que sus labios le traían, el contraer de su estómago y la asfixia de su pecho debido a la sorpresa…
Todas esas sensaciones revivían cada vez que a su mente se lo permitía, inconscientemente, y hacían que esta girara, que sus mejillas coloraran, y que una explosión de sensaciones extrañas la inundaran.
¿A qué se debían? No lo sabía. Ni lo quería saber tampoco.
Ya era muy inquietante el pensar, intentando adivinar, las razones por las que al pelirrojo se le había ocurrido hacer aquello. "Para callarme tal vez" había pensando. ¿Pero, con decirle que guardara silencio no bastaba?
Obvio no. Ella era demasiado teimosa (terca) como para haberlo obedecido.
Bueno, basta –Se dijo a sí misma en un susurro, intentando aplacar esos revueltos sentimientos que la atormentaban. La ansiedad que le causaba era casi intolerable; casi insoportable.
Frotando con desespero sus manos sobre sus muslos, volvió la vista a las tenues llamaradas, que finalmente el joven había conseguido encender.
Los primeros rayos del sol, que la despertaron de sus profundos sueños, dos días más tarde, le dieron la noticia de que finalmente la tempestad había cesado. Como llegada, se fue, llevándose consigo los últimos restos de los destrozos que había causado.
Como si fuera rutina, la muchacha tan solo abrir los ojos, escudriñó cada rincón de la solitaria habitación, en busca del príncipe que, en días anteriores se verificaba de que ella hubiese descansado bien. Pero en esta ocasión, estaba sola.
El no se encontraba sentado en aquel banquito de madera, donde últimamente dormía, ni apoyado en el marco de la puerta observando fijamente a la mar, que ahora se encontraba en completa serenidad. Tampoco tallando alguna madera, ni preparando el desayuno. Solo, no estaba.
Extrañada, esta se levantó de su poco cómoda cama, sin si quiera mirar por donde caminaba, atenta a su alrededor como si de un momento a otro, él de su escondite fuera a salvar. Como si su ausencia solo se debería a una jugarreta que su aburrimiento le había hecho realizar; pero era claro que era, algo, que si lo pensaba bien, era imposible, ya que aquella mínima casita no tenía casi ninguna puerta o mueble en donde él pudiera cubrirse.
- Que absurda eres a veces – Dijo una vocecita en su interior, mientras se acercaba al bol de agua, para lavar con vehemencia su cara.
Luego de refrescar y limpiar correctamente su aún algo adormilado rostro, se dirigió hasta la torcida mesa que reposaba al otro lado de la cabaña, con una única y solitaria silla a su lado derecho. Allí, para su suerte, se encontraba un pequeño plato de metal con su respectivo alimento de la mañana.
Ni al misteriosamente desaparecer, se olvidaba de encargarse de ella.
Sonriendo, por el gesto, Elsa se tomó su tiempo en masticar cuidadosamente cada mordida, como si en plena comida él sorpresivamente irrumpiera por la puerta.
Pero, ya estaba enjuagando su plato, sin que él diera señales de vida.
¿Debía empezar a preocuparse? No, no antes sin verificar que estuviera a fuera. Sabía que eso era lo primero que ella debió haber mirado, pero no era propio de él salir a pescar o hacer algo de eso, por la mañana, y mucho menos sin avisar.
Abriendo cuidadosamente la única puerta que allí había, Elsa asomó la cabeza hacia la tranquilidad de las afueras.
El salado olor de la playa inundó en ese mismo momento sus fosas nasales, dándole una muda e inmediata bienvenida de vuelta al mundo exterior. Escuchaba a los loros y pájaros finalmente cantando, alegres, libres de revolotear por los cielos nuevamente, mientras que las olas habían adoptado nuevamente su agradable y tranquilizador sonido. La lluvia había limpiado con esmero la arena, que ahora relucía bajo la cálida luz de la enorme estela, y también regado las plantas que se extendían en una selva justo tras la construcción de madera, brillando bien erguidas, señalando al cielo que se pintaba de un tierno celeste azul, sin nubes que lo nublaran.
La muchacha apenas se dio cuenta que estaba sonriendo ampliamente ante aquel magnífico escenario, cuando tuvo el impulso de hacer lo que Hans, al allí llegar, terminantemente le había prohibido.
-Pero el no está – Susurró para sí misma, mientras sus dedos con poco cuidado arañaban la puerta con sus uñas descuidadas – No pasará nada por sólo dar un paseito.
Dando una nueva ojeada a su exterior, la muchacha apoyó su descalzo pie fuera de la casa, sobre la mezclada tierra con la arena, y avanzó por ella, recostando la puerta tras de ella. Con la cierta emoción de quién hace una travesura, recorriendo sus venas, caminó casi corriendo en dirección a la playa, donde en la orilla se detuvo, permitiendo que el agua sus pies acariciara.
La suave brisa de la mañana, entonces se unió en compañía, levantando de pronto sus cabellos en el aire, y de instinto haciendo que sus ojos cerrada.
No recordaba la última vez que algo tan sencillo la hubiera hecho sentir tan bien; pareció por un momento, que en su vida no existiera ningún problema, ninguna angustia. Aquel pequeño lugar, que por un momento, le pareció un paraíso, conseguía relajarte hasta lo último, limpiando de su mente los malos efectos de los días siguientes.
Sentándose con extrema delicadeza sobre la arena, se vio indiferente a los trozos de lo que le quedaba de vestido, mojados y llenos de la sal del agua. Salpicando de gusto, cual niña pequeña, apenas notó que el agua estaba adoptando su natural aire violento.
Las olas, al no verse detenidas por las debidas murallas de piedra, o rompe olas, bailaban a su propio ritmo, grandes e imparables, con la intención de en la orilla romper, arrastrando consigo después, lo que en su camino encontrara.
Solo cuando el agua, a su rostro llego, es que se percibió del riesgo a que se había sometido; como si la azotara, el líquido la bañó por completo, dejando consigo un sonoro y aterrador ¡Splash!, no dudando al entrar también por su boca y su nariz, haciendo que por poco se ahogara.
En una incansable tos, para deshacerse de lo que le asfixiaba, su cuerpo entonces notó que, se desplazaba sin la intención de hacerlo. A penas podía abrir los ojos, ya que la sal los había cubierto, y le ardían, pero era evidente que la ola regresaba a su seno, y su fuerza era tal que la arrastraba con ella. Esto de inmediato la alteró; sabía que si no hacía algo pronto el mar literalmente se la tragaría.
Con una mano en su rostro, y la otra en la arena, buscaba con desesperación aferrarse de ella, de modo mantenerse alejada de la profundidad de la marea. Pero esta se resbalaba entre sus manos, traicionera, por lo que supo que no había manera.
Incluso llegó a pensar en usar sus poderes, pero si el agua congelaba, se extendería por todo el reino y lo sumiría otra vez en un invierno; sin mencionar que les daría más razones a los hombres que la habían intentando capturar para dar con su paradero. Además que al estar dentro de él, podría congelarse a si misma.
Desistiendo, comprendió entonces que no había más remedio que entregarse a lo que le venía; tapando su rostro con sus temblorosas manos, esperó a la muerte que le venía.
Pero antes de que el agua terminara de cubrirla, de llevársela, unas fuertes manos la sujetaron por sus antebrazos, con una extraordinaria fuerza, arrastrándola de vuelta a la tierra. No quería ver nada en esos momentos, pero cuando sus pies sintieron la arena seca, comprendió que seguía con vida.
- ¡Elsa! ¡Elsa! ¿Estás bien? – Reconoció la voz del príncipe, que llamaba por ella, con una clara angustia.
Como respuesta recibió una cantidad incontrolable de tos, escupiendo algo de agua en su proceso. El intentaba ayudarla, dándole un par de palmaditas en la espalda.
-H-ans, Ha-ns… - Ella intentó hablar, entre tose y tose. Estuvo así por unos minutos más, recuperando la normalidad de su respiración, deshaciéndose del agua que entró a causa del accidente.
- ¿Estás mejor? –Preguntó de vuelta el muchacho.
- Creo que si – Algo la garganta le ardía, pero podía respirar con más normalidad, y estaba más tranquila.
- Por todas las Islas del Sur, Elsa, me matarás de un susto un día. ¿Qué hacías aquí fuera? – La regañó entonces, al verificar que ya estaba más recompuesta.
- Es que…. –Antes de que pudiera decir algo más, la tos la volvió a invadir.
- Vaya, vaya. Ya me lo dirá después. Ven, no podemos seguir más aquí. Todavía estamos algo cerca de la orilla, y puede venir otra ola más violenta – Comentó, tomándola entonces entre sus brazos, levantándola de la arena, sin permitirle replicar.
Rodeando su cuello con sus brazos observó como el príncipe, del que ahora veía su rostro, la llevaba de vuelta a la cabaña. No le devolvía la mirada, pero en sus ojos verdosos podía ver la aflicción, y el susto por los que había pasado. Su expresión estaba seria, y Elsa lo encontró, bajo su sorpresa, extremadamente atractivo.
Casi podía imaginárselo, como uno de esos héroes que ella leía en las novelas desde que joven era, salvando a la doncella. Sin notarlo se vio mordiendo su labio, cautivada por el joven que la cargaba. De reojo, el pelirrojo notó su mirada cautivada sobre él, lo cual lo hizo sentir ligeramente nervioso.
Ya en el interior, la sentó en la pequeña silla justo a lado de la mesita de madera, aclarando ligeramente su garganta para al momento hablar:
- ¿Ahora si me dirás que hacías tu merodeando en la orilla de la playa? – Se agachó para poder verla a la cara mientras hablaba.
- No estabas cuando me levanté. En seguida me preocupé, ya que no es lo usual en ti. Pensé que podías haber salido a pescar o algo así, por lo que me asomé por la puerta para verificar si estabas allí, pero no, y….. – Elsa casi se sentía como una niña pequeña siendo regañada por su padre. Buenos recuerdos vinieron a su mente a causa de ello – Y la verdad es que estaba cansada de estar aquí encerrada. No sabía que el mar era tan violento en este lugar.
La mirada severa del muchacho le dio a entender que no estaba demasiado conformado.
- Lo siento – Terminó ella, bajando su mirada a sus manos, que jugaban.
- Te dije que no debías salir de aquí Elsa. Y no solo por la violencia del mar, si no porque, según me acaban de decir por allí, aquellos hombres siguen en tu constante búsqueda. Temo que, si se ponen a profundizar, podrían llegar aquí en poco tiempo.
- ¿Cómo sabes eso? – Le preguntó ella, alzando una ceja.
- Estuve en el pueblo. Por eso no me encontraste allí. Fui a saber como estaba la cosa, y, ante lo que escuché, busqué a un amigo que tengo por allí y… - Sus palabras eran cuidadosas – Conseguí un barco que te llevará, sana y salva, de vuelta a Arendelle.
Los ojos de la soberana se abrieron mucho, ante sus palabras.
Arendelle… hacía tanto tiempo que no pensaba en ellos.
- ¿Lo estás diciendo enserio? – Preguntó entonces.
- Claro. Mañana mismo, vendrá a buscarte para llevarte.
- ¿Mañana? ¿Tan pronto? – Tal respuesta la hizo sentir una especie de angustia que apretó con crueldad su pecho. Visto el dolor, colocó una mano en él, como si eso fuera a aliviarlo.
- Claro. Lo mejor es que, es que te vayas lo más pronto posible. A tu vida normal, a atender a tu pueblo. Además, tu hermana se debe estar jalando de las trenzas – El intentó reírse de esas últimas palabras, pero su mueca no cambió. Su rostro estaba sombrío, triste, deprimido; como si esas palabras le lastimaran en el alma.
- Supongo que tienes razón – Fue lo último que ella mencionó, bajando la vista hasta la mano que reposó en su pecho.
- Si bueno – El entonces se levantó, viendo entonces como de frío ella se estremeció. Amos con la conversación, habían olvidado que ella estaba empapada – Cielos, perdona. No recordaba que estabas en ese estado, voy a… He traído algunas cosas del pueblo, entre ellas unas toallas, así que, voy….voy a traerlas –El salió entonces por la puerta, sin mencionar nada más.
No tardó mucho en regresar, con las cosas que había dicho. Inmediatamente le hizo entrega a la chica de los objetos precisos para su aseo personal, de su alcurnia, para luego llevarla a las afueras, donde, para su sorpresa había construido otra parte de la casa, en la que, había colocado una bañera de un material que no pudo identificar.
- ¿Cómo haz hecho todo esto? – La muchacha le cuestionó, algo asombrada.
- Las sillas no son muy cómodas para dormir – Intentó a volver a bromear él – Por favor, tómate tu tiempo. El agua está en unos baldes por ahí –Señaló él, antes de girarse para buscar una cosa- Y quiero darte esto. Sé que tu vestido ya no es algo muy, cómodo para usar, y sé que no es la misma tela lujosa que sueles usar, pero te servirá para tu viaje de mañana.
Mientras esto decía, le hizo entrega a la muchacha de un vestido color azul marino, bastante sencillo, de asillas y falda amplia. Era bastante bonito; parecía haber sido escogido con cuidado. Ella lo sostuvo entre sus manos, mientras se le iluminaba el rostro con una sonrisa.
- Sé que puedes hacerte cientos igual a ese, pero bueno… - Se disculpó él, encogiendo los hombros.
- No Hans, es hermoso. Muchas gracias – Fueron tan cálidas sus palabras, que hasta él consiguió dibujar una tímida sonrisa.
Luego de que se retirara, la joven entonces se esmeró en lavarse; la tierra acumulada aquellos días en su piel, la había vuelto oscura y poco agraciada; mas gracias a los jabones que se había encargado de hacerle llegar, cuando de la bañera salió, parecía de nuevo la Reina que realmente era.
Secó con esmero sus cabellos mojados, ahora brillantes y sedosos, para luego peinarlos con sumo cuidado. Ya en sus mejores fachas, de puso por último el vestido que le había el príncipe regalado. Tenía razón en que no era la clase de vestidos que ella cada día usaba, pero el solo hecho de que él se había acordado de traérselo, la hacía amarlo.
Tomó entre sus manos la preciada vestimenta, para colocársela, sintiendo como el tejido se deslizaba por su cuerpo, cuya sensación, por unos momentos, comparó con la de sus recuerdos de los besos de Hans. Un suspiro salió de su boca, ante ello, quedando luego pasmada con lo que estaba haciendo.
- ¿Qué está pasando contigo, Elsa? –Se preguntó a si misma, colocando una mano sobre su mejilla, algo confundida.
Buscando no tener una respuesta para esa pregunta, la muchacha salió del cubículo, de vuelta a la cabaña. El pelirrojo, que preparando el almuerzo se encontraba, se quedó de piedra cuando ella entró a la casa; con los cabellos sueltos, lavada, y el vestido nuevo, parecía una completa diosa. No que antes no lo estuviera; porque ella hasta con un saco se vería bien.
Ella notó su mirada, y sin más le sonrió otra vez, pero sin atreverse a decir otra palabra.
La comida y el resto de la tarde transcurrió en completo silencio; los dos parecían estar en una clase de luto, que consistía en mantener la mirada baja, y solo observarse cuando estaban seguros de que el otro no lo veía.
Hans estaba devastado; el solo pensar que ella se iría, y no regresaría más, lo estaba poco a poco asesinando. ¿Pero qué haría? No podía dejarla allí, a merced de su madre, que buscaba nada más ni nada menos que su muerte. La amaba, la amaba demasiado como para soportar verla en una lápida, sepultada, y fría.
Ella debía estar ahí, viva. Viva y feliz, con su hermana a la que tanto quería, y un pueblo que la respetaba y admiraba. Y esa felicidad sería lo que a él lo mantendría con vida. La que le daría la fuerza para seguir adelante.
Tal vez, y algún día, el encontraría la forma de volver hasta ella y convertirla en su reina. Si. Viviría con ese sueño.
Las horas siguieron avanzando, y el sol finalmente abandonó los cielos, para dejarle espacio a su esposa Luna, que esa noche se encontraba completa y llena. Hans había terminado sus quehaceres, dejando lo siguiente que comerían una cazuela. Por suerte, había conseguido traer comida del pueblo, por lo que ese día habían dejado su dieta de pescado medio cocido. Elsa se encontraba sentada, como lo estuvo todos esos días, sentada sobre su cama, mas esta vez con un libro que el mismo también le había traído.
En el tiempo que pasaron juntos en el castillo, esta le había comentado su pasión por las novelas románticas, y no dudó en hacerle con uno para que pudiera en esas horas distraerse. Ella nuevamente se quedó anonadada, apreciando realmente el hecho de que él recordara todo esos detalles de ella.
Nunca nadie había tenido tantas atenciones tan amables con ella, y de él menos se las esperaba. Hoy realmente se había lucido. Y con lo del regreso a Arendelle, entonces ella supuso que desde siempre el había sido honesto. Desde el día que la encontró sobre la playa de sus tierras, veló por su seguridad y bienestar.
A pesar de todos sus maltratos, y de toda su desconfianza, él se había ahí mantenido. Siempre cuidando de ella.
Cerrando de golpe el libro que tenía en sus manos, lo llevó contra su pecho, con fuerza agarrándolo. Un millón de sentimientos comenzaron a revolotear por su pecho, haciendo que apretara sus labios. Su mente volaba entre ellos, a pesar de para nada comprenderlos; y en un intento de luchar contra ellos, solo dolor sentía. Era como si estos estuvieran decididos a florecer en ella, y de ansiedad enloquecerla.
- ¿Tan apasionado está el libro? –Escuchó del otro lado de la habitación al joven príncipe, que terminaba de acomodar algunas cosas.
Ruborizándose al verse descubierta, Elsa tomó su posición inicial, dejando esta vez el libro a un lado, y negando con la cabeza.
- No es que, yo… -Ella su garganta aclaró – Olvídalo.
- Bueno. Todavía falta un rato para poner la cena en marcha, así que, yo saldré a airearme un poco afuera ¿De acuerdo? – Ella intentó replicar – No te preocupes. No iré lejos. Si me necesitas, estaré por allí.
Y desapareció por la puerta.
La muchacha se quedó entonces allí sola, iluminada por la luz de las velas. No le agradó el hecho de quedarse sola, pero no le podía impedir que se fuera. Intentó evadir entonces los pensamientos que la acosaban, volviendo al libro que cerca tenía. Pero cada palabra de este, no hacía más que revolverle un poco más las mariposas que habían creado un nido en su estómago, llevándola a imaginar pequeñas fantasías en las que el pelirrojo era el protagonista.
Ya alarmada, decidió que debía salir de allí antes de que esas imágenes empeoraran. Apagando las velas con el movimiento de un dedo, salió de la casa, en busca de la compañía de Hans. Tal vez este la regañaría, y discutirían, lo que la distraería. Pero cuando logró divisarlo, el estaba sentado sobre una especie de piedra enorme, colocada en una parte demasiado alejada de lo que debería de la playa. El agua a ella llegaba, pero casi nada. Estaba sola, como si por una mala jugaba del destino, ella allí hubiera quedado varada.
Su corazón dio un brinco, al verlo en aquella situación que pudo haberse señalado como melancólica; con la vista fija en el mar, lucía una pose de desánimo total, como si realmente alguien hubiera muerto. La Luna le iluminaba la cara, e incluso en la distancia, su belleza masculina era clara y sofocante.
En un paso decidido, se encaminó hasta donde de él estaba, sin siquiera preguntarle si podía serle de compañía. Se subió justo a su lado, casi perdiendo el equilibrio en una de sus maniobras para lograr su cometido.
Ya llegando a la superficie plana donde él se encontraba, la platinada se colocó bien su vestido, al sentarse elegantemente justo a su lado. Ninguno dijo nada, mientras observaban hacia el mismo punto, entregándose probablemente a millones de pensamientos, que aunque distintos, eran los mismos.
Las estrellas parecían brillar esa noche con una fuerza especial, revoloteando a lado de su madre, que iluminaba a la triste pareja.
- El cielo está, precioso esta noche –Se atrevió la chica a comentar, sin apartar su vista del horizonte.
Al principio no hubo respuesta, lo que ella interpretó como un rechazo a su presencia. Pensó en marcharse en esos momentos, pero antes de que pudiera intentar moverse, su voz oyó:
- Solía venir aquí desde que era pequeño. Para huir de las maldades de mis hermanos, y de la severidad de mis padres – Una mueca torcida, que pudo haberse considerado una sarcástica sonrisa, en su rostro apareció – Imaginarás que estaría aquí todos los días.
Ella solo asintió, cohibida por la historia que ahora el solo contaba.
- Nunca creas que fue sencillo. Nunca lo fue. Yo no quería, no quería nada de lo que allí ocurrió – Con cierta angustia, el rostro con una mano se tapó, como si quisiera evitar que ella viera su dolor – Pero sé que pasaré el resto de mi vida pagando aquello que hice.
Entonces, ella comprendió a lo que él se estaba refiriendo; de un momento a otro el tema había cambiado, esta vez tocando la incidencia de Arendelle.
- Hans, no hables de esa manera. No tienes que seguir atormentándote por aquello que quedó en el pasado.
-¡Pero no puedo! No puedo evitar, simplemente, el verte, y recordar que tuve la capacidad de levantar una espada contra ti. No puedo vivir con eso.
- Hans – Ella le habló, esta vez solo seguida por su instinto, tomando la mano que usaba para ocultar su rostro, y envolviéndola en sus manos – No tienes porqué. Estás perdonado, al menos por mi parte, y por la de mi pueblo. Siempre lo haz estado. No sigas cargando con ese peso.
El solo se le quedó observando, quedándose sin palabras al sentir la suavidad de sus manos sobre la de él. La acariñaban con dulzura, mientras con timidez le sonreía.
- No sé que te habrá llevado a ello; pero estás perdonado – Finalizó ella, sin apartar sus manos.
El suspiró.
- Hay tantas cosas que no sabes. Y que amaría contártelas, una por una. Pero, créeme cuando te digo, que este no es el momento preciso para saberlas.
- ¿A qué te refieres? ¿Qué cosas?
- Toda la verdad acerca de la razón de esos días, y también, lo que ahora contra ti se está desarrollando – Él notó entonces que ella estaba a punto de explotar en preguntas, pero no se lo permitió- Pero tienes que prometerme que no exigirás por ninguna respuesta hasta que yo crea que es el momento de saberlas. ¿De acuerdo?
Ella hizo una mueca de fastidio, y decepción, odiando el hecho de quedar con la intriga. ¿Qué querría decir con ello exactamente? ¿Habría algo por detrás de lo ocurrido los días de su coronación y huida en Arendelle? ¿Qué sabía de lo que ocurría? Su mente parecía una estampida de vacas en pleno desarrollo, que la estaban dejando estampada contra el sucio suelo. Ya que, pro mucho que ella deseara conocer esas inquietudes, el no se las diría. No al menos ahora.
En un asentimiento de resignación, ella finalmente liberó su mano, que mucho de ella no se llegó a alejar.
- ¿Qué pasará contigo? Digo, cuando me vaya. ¿Qué harás? – Entonces ella preguntó, llegando esa atormentadora duda a su mente.
- No te preocupes por lo que pase conmigo. Yo estaré bien. Al menos por los momentos.
- ¿Cómo que por los momentos? ¿Crees que ellos vendrán a por ti? – La inquietud en ella se presentó, horrorizándose con la idea de que lo llegaran a encontrar.
- Es muy posible – Su risa fue tan sombría que su preocupación empeoró – Pero no te sobresaltes demasiado, ellos, aunque me encuentren, no me matarán. Soy esencial para su método, y si me matan, nunca sabrán ni podrán a ti llegar.
Elsa no supo realmente si eso le debía alegrar o angustiar más.
- Por favor, debes…..debes prometerme que no permitirás que te hagan daño – Habló ella entonces, del corazón, ganándose devuelta la fija mirada del príncipe – No quiero, no quiero que te lastimen.
- ¿A pesar de todo? ¿Realmente deseas que yo esté a salvo? – La incredulidad se expresó en sus palabras.
- Si. No me preguntes como, ni porqué. Pero no podría vivir sabiendo que te ocurrió algo malo, por mi causa. No quiero que te arriesgues en salvarme. Yo no soy tan débil, puedo librar mis batallas bien, sola.
- Y lo entiendo. Pero yo tampoco podría vivir, sabiendo que estás en riesgo, y sin yo hacer nada. Sé que no eres débil, pero prefiero dejar mi vida en tu protección, que tenerla y tu no.
Y ante esas confesiones, el sosiego regresó, ambos incapaces de mencionar nada más.
Llegando ya bien, las horas un poco más tardías de la noche, es que el pelirrojo decidió que era hora de volver a la cabaña, para cenar y descansar. La muchacha nada objetó mientras ambos volvían a la casa, ofreciéndose a serle de ayuda a la hora de la cocina. Ella nunca lo había hecho; sus años encerrada en la habitación le habían impedido hacer demasiadas cosas que adoraba. Y la cocina era una de ellas; a pesar de en absoluto desconocerla.
Por lo que se vio, entonces, junto al pelirrojo, cortando legumbres al paso de una tortuga, vertiendo con torpeza un vaso de agua al suelo, y casi quemándose al fuego colocar la olla. Pero se divertía, nunca había hecho tales, y la experiencia le estaba siendo completamente nueva.
Terminada, los dos volvieron a llenarse, dando por acabada la jornada así del día.
El viento que entraba, movía con ligereza la pequeña llama de las velas que reposaban en la mesita de noche que a lado de la cama había.
- Quiero que esta noche duermas en la cama – Le comentó Elsa, luego de haberse cambiado el vestido que le había regalado, por una bata para dormir que ella mismo había creado.
- No lo creo. Esta es tu última noche aquí, no permitiré que duermas en una silla – Se negó este entonces, acomodando como podía la cama para ella.
Bajo su negación, ella el ceño frunció. No quería en absoluto que el siguiera descansando, si se podía llamar de esa manera, ya que casi pasaba la noche en vela, en aquella sillita sin respaldo si quiera. No era justo.
- Por favor, Hans. No quiero que sigas durmiendo tan poco. No sé como haz aguantado durante estos días, pero no voy a permitir que siga ocurriendo. Eso hace mal.
- Ya te dije que no hace falta. En la silla estoy muy bien – Eso ella nunca se lo creería, y él lo sabía – Te prometo que intentaré descansar lo más que pueda.
- Y yo te digo que no quiero que lo hagas – Su terquedad era máxima, y cruzando sus brazos volvió a intentarlo – Aunque sea, ¿Si aceptarías que los dos en ella durmiéramos? Admito que es una proposición poco apropiada, pero dadas las circunstancias, es la opción más viable para los dos, considerando que ninguno piensa de su idea desistir.
Es probable que en eso tengas razón; pero sigo creyendo que mi idea es lo mejor. Como mencionas, no es la proposición más apropiada – El se volvió a sorprender por las palabras de ella, y aunque ya habían compartido una cama alguna vez, esta era estrecha, por lo que estaría muy cerca de ella. Demasiado.
La discusión perduró, hasta que Elsa llevara la delantera y ganara la decisión. Unos minutos más tarde, ambos se veían sentados sobre esta, en una amplia y larga conversación sobre el libro que ella leía.
- El galán de la protagonista, es casi insufrible para mí. Demasiado seco y distante para mi gusto – Le comentó, mientras viajaban por las páginas en busca de los mejores momentos para ella.
- ¿Así como yo? ¿Insufrible y pretencioso?
- ¿De qué hablas? Tú no eres nada parecido a este. Bajo todos esos tus defectos, está ese maravilloso caballero que se presentó ante mi aquella noche de coronación. Y sé que de una u otra manera, el existe en el lado bueno.
Ella habló sin ningún tapujo, a pesar de arrepentirse de ser tan directa después. Se estaba arriesgando demasiado a dejar que su lengua se guiara por el corazón, más que por la razón, y eso comenzaba a darle problemas. Pero era tan fácil hablar con él…. Como si el nunca fuera a juzgarla por nada.
- A veces no la conozco, Reina Elsa – Él le dijo, entonces, por primera vez en el día, algo divertido – Hace un par de días, hasta la muerte me deseaba. Y ahora, me elogia. Me preocupa su alteza me preocupa.
La platinada sus ojos entonces viró, soltando una risa con sus palabras.
- ¡Deja de ser idiota! –Con el libro lo golpeó, sin mala intención, mientras el todavía se burlaba – Nunca te he deseado la muerte, y no es razón para burlarse. Ese día estaba realmente angustiada. Creía que me matarías, o me torturarías. O tal vez algo peor.
- Lamento profundamente que hayas creído eso. Pero, lo entiendo de cierto modo. Las cosas no estaban jugando mucho a mi favor ese día. Y como dicen; gana fama y échate a dormir – Sus hombros encogió, adoptando otra vez su tono serio.
- Si, pero bueno. No quiero que hablemos de eso. No me gusta recordar esas cosas, ni menos que por ello te vayas a sentir mal… - Ella estaba hablando cuando, de un momento a otro, la mano del muchacho, su barbilla entre sus dedos tomó. No le dio tiempo para reaccionar, ni para algo mencionar.
El solo se aproximó, tan rápido y tan lento como para permitir que perdiera la respiración; y en lo que una eternidad, y un momento le pareció, se encontró, con los labios del muchacho los suyos muy dulcemente presionando.
No supo entonces por un momento que hacer; la sorpresa la había dominado, y la razón parecía no responder. Su sangre corría fervientemente por sus venas, y en lo más remoto de su interior, su corazón saltó, palpitando con una fuerza extrema. Nada le respondía, nada excepto sus emociones que gritaban por que lo besara de vuelta.
Porque era él, todo lo que quería. A pesar de que bien no comprendiera eso.
No queriendo que el se llegara a apartar, ni deseando esperar más, Elsa a su beso correspondió, casi con desesperación, permitiendo a ambos explorar sus labios.
El mundo pareció se detener, mientras los brazos de la muchacha por su cuello se movían, rodeándolo. El la imitó, pero con su cintura; la aproximó lo más que pudo, maravillándose con la sensación que su frío cuerpo le causaba, al chocar contra el suyo, que ardía. Sus labios apenas se detenían, pero la respiración se perdía.
Tomando el aire que había perdido, ambos sus mejillas con una mano acariciaban. No hubo palabras, no hubo nada.
Solo se encargaron de sentir, el amor del otro entre besos y abrazos, sin atreverse a más lejos llegar. No era el momento para ello.
La noche en ello se resumió; y cuando la mañana llegó, John a ambos los encontró, abrazados, y no deseando separarse. Pero el tiempo corría, y Elsa precisaba despertarse; así que cuando lo hizo, se sorprendió al ver al chico del castillo, que había sido al que Hans le había pedido el favor.
Esta no deseaba irse, pero sabía que era lo mejor. Que si el despertara y ahí la encontrara, probablemente se enojaría, y se encargaría de que al día siguiente fuera enviada de vuelta a Arendelle. Por lo que, con una mano en el corazón, ella se vio despidiéndose del dormido joven, con un ligero beso en los labios que no lo consiguiera despertar.
Observándolo, el a causa de sus sueños, sonreía, como si estuviera viviendo el mejor día de su vida. Esto hizo que una lágrima cual procedencia no supo reconocer, su mejilla recorriera, y dejando un papel sobre la mesa, la muchacha atravesó la puerta, camino al barco que lejos de él la llevaría.
- Adiós – Ella entonces en la puerta se despidió, antes de seguir adelante, donde un apurado muchacho le exigía con molestia que continuara su camino.
¡Hooola señoritas! ¿Como están?¿Con lágrimas en los ojos? Si yo también.
Este capítulo realmente a estado intenso. ¿Que les pareció? ¿Muy dramático? ¿Me salí mucho de los personajes? No lo sé. Yo realmente creo que me esforcé mucho, a pesar de no conseguir pasar de las 5.700 palabras.
No sé a que se deberá eso. ¿Será a la falta de personas secundarios de lo que relatar? Es probable. Pero eso está por acabar, puesto que en los siguientes capítulos, el resto del cast entrará a escena. Tendremos a Olaf, a Anna y Kristtof, después de 11 capítulos sin nada saber de ellos. Y si esto les pareció dramático, esperen a ver los que vienen xD
Me tirarán piedras xD Okno.
Bueno, solo espero realmente de todo corazón, que lo hayan disfrutado, y que por favor, por lo que más quieran, déjenme un review aunque solo diga "Me encanta". Les aseguro que me dan una razón para sonreír aunque sea un poquito cada mañana.
Como siempre, acepto críticas, recomendaciones, etc etc.
Espero que estén muy bien;
Con mucho amor;
La Bruja Violet
