Reencuentros

Que la tierra se lo tragara por favor, que la tierra se lo tragara y no tuviera que pasar por eso ¿Por qué tenia que pasar eso a él precisamente a él? ¿Qué había hecho para merecer eso? Ahora que todo iba bien, tenía trabajo, era pesado pero tenia trabajo, una chica que lo apoyaba, podía hacer lo que quisiese sin temor a que alguien lo persiguiera. Estaba bien. Increíblemente bien. Gilbert dejo escapar un gruñido al recordar como su increíblemente buena vida de repente se había ido al garete.

Gilbert había llegado a la mensajería muy temprano esa mañana y estaba llevando los paquetes que no habían podido entregarse el día anterior a la bodega debido a la ausencia de los destinatarios provocada por las vacaciones de verano cuando Don Otto le llamo para que fuera a su oficina para hablarle de algo importante.

El albino dejo los paquetes que tenia en las manos en una esquina del mostrador y camino hasta el despacho de su jefe, toco levemente la puerta de madera de roble con los nudillos y espero.

–Pase –indico el hombre centrado en la pila de papeles que tenia en su escritorio.

– ¿Me mando llamar, Don Otto? –cuestiono suavemente Gilbert entrando en la oficina y cerrando la puerta tras de si

–Gilbert –dijo el hombre con amplia sonrisa–. Pasa y siéntate por favor. Te tengo muy buenas noticias

– ¿De que se trata? –cuestiono el albino mirando atentamente a su jefe.

–Como de seguro ya te habrás enterado –dijo Don Otto sereno–, hemos estado negociones con mensajerías de otros países a fin de expandir nuestros servicios a otras partes del mundo y me acaban de comunicar que "El Zorro veloz", una de las mensajerías mas importantes de España acaba de aceptar una alianza con nuestra empresa.

– ¿En serio? Muchas felicidades Don Otto pero ¿Qué tiene que ver eso conmigo? –cuestiono Gilbert

–Eso iba a decir, no comas ansias muchacho –rio Don Otto y enseguida continúo –. Como has demostrado ser un trabajador capaz, leal e infatigable te he asignado una de las primeras rutas que compartiremos con nuestro nuevo socio. Enhorabuena chico –le felicito.

Gilbert se quedo estático en su lugar. No podía creer que le tocara trabajar en el único lugar donde no deseaba volver a poner los pies nunca en lo que restaba de existencia.

– ¿Qué pasara con mi ruta anterior? –pregunto el prusiano cuando pudo articular palabra

–Como es muy larga debido a que cubre dos colonias decidí dividirla en dos y asignársela a Uriel y a Mario –respondió el castaño–, sé que serán capaces de desempeñar muy bien esa labor así como sé que tú no me fallaras Gilbert –agrego para darle confianza al notar que el albino temblaba ligeramente.

Y en efecto, Prusia estaba temblando presa de los nervios y del estupor pero más que nada del miedo, aunque sabía que no debía de sentir eso después de todo ya habían pasado más de dos meses desde que todo había terminado entre España y él. Pero aún así no podía dejar de sentirse inquieto ¡era demasiado pronto! No sabía que hacer, que decir, como reaccionar si se encontraba nuevamente a España cara a cara.

Mientras salía de la oficina de Don Otto y caminaba al estacionamiento después de recoger los fardos correspondientes a su nueva ruta laboral Gilbert soltó una maldición.

¿Qué diablos había hecho para merecer eso?

El primer paquete que debía entregar no hizo más que aumentar su pesar. El nombre del destinatario le dejo un sabor amargo en la boca. Se trataba de Antonio Fernández Carriedo.

Apenas entro al edificio de oficinas donde España trabajaba le pidió a una señorita que pasaba por ahí que le indicara por donde ir para llegar a la oficina del ibérico y terminar con ese asunto de una vez por todas. Una vez frente a la puerta de la estancia, el albino toco la puerta y aguardo. Cuando le dieron permiso para entrar Gilbert avanzo hacia el escritorio del castaño y dijo con el mayor aplomo que pudo reunir:

–Mensajería "La estrella de plata", traigo un paquete para usted

–Me alegro de verte de nuevo, Gilbert –dijo Antonio dándole una de sus mejores sonrisas.

Aquella sonrisa y el intenso brillo en los ojos de España echaron por tierra toda su valentía. Maldito fuera. ¿Qué clase de persona con sangre en las venas podía resistirse a esa sonrisa y a esos ojos por no hablar de esa maldecida boca suya? Gilbert no sabía muy bien que hacer en esos momentos. Una parte de él quería que Antonio firmara el justificativo y largarse de ahí para jamás volver y la otra quería plantarle un beso en los labios al español y quedarse besándolo hasta que ambos ya no pudieran respirar debido a la presión o tuvieran los labios rotos. El impulso lo tomo por sorpresa pero consiguió contenerse antes de cometer el mayor traspié de su vida.

–Firme esto, por favor –dijo Gilbert haciéndose el duro mientras le tendía al español el documento para que lo firmase.

Antonio cogió una pluma del portalápices y estampo su firma en el papel pero cuando iba a regresarle el justificativo a Gilbert el papel se le escapo de las manos y cayo al suelo.

–Perdón –se disculpo el castaño mientras se inclinaba para recoger el paliativo.

–No hay problema –replico Gilbert agachándose también ya que el documento había terminado sólo Dios sabia como bajo el escritorio del ibérico.

Y mientras buscaban el recibo ellos mismos habían terminado cara. Y para colmo de males Gilbert sentía el impulso de besar a Antonio resurgía con mayor fuerza que antes y dudaba mucho que estaba vez pudiera resistirlo. Antonio también lo sentía, el deseo en su interior crecía a un ritmo acelerado e imparable. Los ojos de ambos se encontraron y vieron el mismo anhelo reflejado en las pupilas del contrario.

Gilbert quería alejarse, encontrar el documento, levantarlo del piso y retirarse de ahí antes de cometer una estupidez pero su cuerpo no obedecía sino que hizo lo opuesto a lo que su razón y su sentido común le dictaban. Se acerco cada vez más al rostro del latino. Antonio se estremeció, había extrañado tan sentir el contacto de los labios de Gilbert sobre los suyos, cerró los ojos y se acerco a su vez al rostro del alemán.

"Hazlo, por favor" pensó el ibérico a solo unos pocos centímetros de la cara del albino

Un centímetro menos, dos, tres, y cuando el aire que inhalaba era el aliento de Prusia, el sonido de un móvil irrumpió de lleno en la estancia. En ese momento, Prusia pareció reaccionar, se aparto del español y después se levanto con el justificativo en la mano

–Es el mío –murmuro lanzando una mirada interrogante al español– ¿Puedo…?

Antonio ya se había levantado del suelo y trataba de volver a concentrarse en su documentación mientras maldecía en silencio a la persona quienquiera que fuera que los hubiese interrumpido en ese preciso momento.

–Adelante –dijo el español mientras fingía leer el contenido de un folder

–Bueno –dijo Gilbert atendiendo al aparato– ah hola cariño, no yo las tengo, ¿ya buscaste en tu bolsa de deporte? –inquirió–. Bien, ya las encontraste, conduce con cuidado por favor, no, no estoy siendo sobreprotector. Te amo –se despidió

Antonio no le pregunto a Gilbert quien lo había llamado al móvil, eso lo sabia de sobra y el albino tampoco hizo ningún comentario al respecto.

– ¿Encontraste el justificativo? –pregunto el ibérico mirando los papeles sin prestarles atención en realidad

–Si –dijo Gilbert, un poco incomodo–. Debo irme ya. Que tenga un lindo día –se despidió antes de salir de la oficina y cerrar la puerta tras de si

Cuando la puerta se cerro y estuvo seguro de que no venia nadie, Antonio dejo caer la cabeza entre las manos ¿Por qué la vida no lo dejaba ser feliz? Para muestra de ello un botón: Gilbert y el habían estado a punto de besarse bajo el escritorio y cinco minutos después Gilbert lo trataba como si fuera un completo extraño en vez de la persona con la había hecho el amor hacía poco mas de dos meses.

Cuando salió de la oficina, se dirigió al primer bar abierto que encontró. Necesitaba urgentemente un trago.


Gilbert estaba a punto de estallar a causa del estrés y no era para menos pues a pesar de ser inicios de semana el bar estaba a rebosar de clientes.

–Mesero –le llamo un joven sentado en una de las mesas del rincón– ¿Me puede traer otra cerveza, por favor?

–Enseguida –replico Gilbert mientras caminaba por el atestado local con bandeja llena vasos de ron en la mano

–Mesero –esta vez era una mesas llena de jovencitas– otra piña colada, por favor.

–Enseguida

Gilbert llevo los vasos de ron a una mesa llena de caballeros al fondo del local y después se dirigió a la barra por los pedidos que le habían solicitado cuando lo vio. A Antonio reclinado en la barra, con un vaso medio lleno de absenta en la mano.

–Y entonces le dijo que la amaba… –oyó la voz de Antonio hablando con Ernesto, el cantinero– ¡y en mis propias narices! –exclamo el español bebiendo otro trago de su vaso

–Un ron y una piña colada para la mesa cinco y siete –le dijo al cantinero una vez que estuvo parado frente a la barra

–Enseguida che –dijo Ernesto comenzado a preparar las bebidas

–Oye muchacho –le dijo Antonio entre risas causadas por la borrachera que se le subía a la cabeza con rapidez–. Si tú, el albino –aclaro anta la mirada extraña que Gilbert le dirigió pensando que podría reconocerlo en cualquier momento–. ¿Te gustaría venir a casa conmigo?

–Déjalo Gilberto –se apresuro a decir Ernesto–, este ya esta ahogado en el vicio –añadió dándole las bebidas y lanzándole una mirada tranquilizadora

– ¿Te llamas Gilberto? Que nombre tan lindo –dijo el español riendo–. ¿Vienes a casa conmigo o no? –cuestiono

–Disculpe pero tengo novia –aclaro Gilbert antes de marcharse y seguir atendiendo mesas

Pero aun en la distancia podía jurar haberlo escuchado murmurar:

–Otro con novia –se lamento el ibérico–. Maldita suerte la mía

"Estas equivocado España" pensó Gilbert mientras atendía las mesas, "esa suerte desgraciada es mía porque no te puedo sacar mi cabeza y el destino sigue queriendo hacer jugarretas con nosotros. Maldita suerte la mía y malditos sean los recuentros con amantes indeseados y amores imposibles.

Gilbert no sabía que terminaría teniendo más encuentros con Antonio de los que hubiera deseado tener y que pronto la vida de ambos daría un giro de ciento sesenta grados a causa de algo que ambos no esperaban y que lo haría enfrentar su realidad, estuvieran listos o no.


No estaba muerto/a pero si muy ocupado/a y con la musa en huelga. Espero que este capitulo les haya gustado ¿Qué pasara ahora? ¿Antonio necesitara ir AA? ¿Gilbert se arrepentirá de maldecir al destino? ¿Cuál será ese suceso misterioso que cambiara sus vidas? Averígüenlo en el siguiente capitulo de esta historia tan extraña. Atte. Naru.