La platinada, a paso lento se alejó, siguiendo al joven que no se tomó la molestia de esperar por ella. Iba en una desenfrenada carrera, como si deseara fervientemente salir de ese lugar como fuera.

Parecía echar chispas; con sus hombros tensos y erguidos, daba zancadas por la arena, apretando la mandíbula al sus zapatos quedar completamente enterrados en ella. Elsa apenas reparaba en esto; solo podía escucharlo murmurar grotescas palabras que parecían resonar en sus oídos, empeorando su humor, deprimiéndose al no ver ninguna clase de consideración ante ella, o su tristeza.

Atravesó con la mirada baja la piedra ahuecada, encaminándose al puerto donde enormes velas blancas en la lejanía la saludaban. Estaba libre de cualquier símbolo que representara a las Islas, casi pasando desapercibido ante su falta de tamaño.

Las olas lo mecían, cual cuna, siendo el sonido del viento su nana.

La extrema calma, los arrullaba, llevando a la muchacha a rodearse con sus brazos, y así misma estrecharse. Sobre estos, ella portaba el vestido de suave tejido azul, que pegaba en su abrazo a su cuerpo. En el aroma de Hans permanecía, y con vehemencia la invadían.

Sus dedos arrugaban el vestido, pero no parecía importarse. En su mente la imagen del muchacho permanecía, como si él fuera quién la sujetaba. Oh… como deseaba que así fuera. Como deseaba dar en ese momento la vuelta y regresar a aquella estrecha e incómoda cama. Para regresar a aquel calor que la había acariciado por toda la madrugada.

Una lágrima cayó sobre el obsequio que sostenía, luego de llegar a la rampa que al barco la subiría.

No había vuelta atrás. Lo mejor eso sería.

Deslizándose por la cubierta, se sentó en un viejo barril, observando el horizonte que la mañana alzaba. No notó si John la acompañaba, o cuando fue que el barco comenzó a moverse. Solo veía como el enorme castillo, en el que había vivido esos días, y del que había huido no hacía mucho, de su visión se alejaba, su corazón terminando de en pedazos romperlo.

Pero entre sus lágrimas inconsientes, ella hizo un juramento; a esas playas volvería.

De algún modo; pero lo haría.


Dos días fue el tiempo que ella tardó en oír al capitán del barco, que había "Tierra a la vista". El incansable sonar de las pisadas de los pocos marines que abordaban, taladraban su mente, despertándola de un sueño que se había mantenido aquellas horas de viaje. No había probado bocado; luego de su promesa al partir el barco, había sido llevada al camarote, donde se negó a volver a salir, ignorando la preocupación y constante insistencia de los que en el barco habitaban.

Descongeló la puerta, que la había mantenido helada para que nadie la molestara. Salió a la proa, donde todos se preparaban para desembarcar.

- Majestad, ya estamos llegando. Bienvenida a casa – Un hombre que había pasado por su lado le comentó, con una sonrisa completa en el rostro. Lucía alegría en su rostro algo ensuciado, algo despeinado, y llevando un par de cuerdas en sus manos.

La muchacha apenas se la devolvió, asintiéndole con amabilidad para no dejarlo entristecido.

Siguió avanzando, apoyándose en uno de los bordes, para así poder observar el paisaje que ahora, ante sus cansados ojos se extendía.

Arendelle.

El inmenso castillo, se alzaba imponente sobre los tejados rojos de las confortables casas, todas pegadas unas a las otras, dándole la impresión, por un momento, de que el fiordo, estaba demasiado lleno.

¿Desde cuando la población había crecido tanto? Fue el primer pensamiento que la abordó, cuestionándoselo en silencio.

En esa falta de atención, apenas vio que la mayoría de lo habitantes que ahora con tanta insistencia procuraba contar, se formaban en el puerto, hundiéndose en un bullicio que parecía eterno.

La noticia del regreso de la soberana había finalmente llegado a sus oídos, y solo avistar el barco, todos habían salido a celebrar lleno de dicha. Su gobernante había regresado en completa salud, y no había algo que los alegrara más.

Entre ellos, una pelirroja risueña se abría camino, saltando y gritando, olvidándose de controlar la emoción que sentía.

Tras ella, un dúo enérgico la seguía. Tropezándose en donde podía, un rubio intentaba el paso seguirle, entre risas y gimoteos de exalto.

El siguiente compañero había sobresaltando a los habitantes, que se quedaron aterrados con la imagen; un gracioso muñeco de nieve, que una nube portaba, corría entre graciosas e infantiles risas entre ellos, a la princesa pecosa siguiendo.

Anna, Kristoff y Olaf se posicionaron entonces al borde del camino de madera, dejando un espacio libre para el tablón que colocarían para la mujer que bajaría.

Pero, Elsa todo eso ignoró; cuando el ancla al agua bajó, y el barco paró, solo fue entonces llevada con elegancia a la tierra que la esperaba. Vestía ropa adecuada para su posición, siendo una corona la única cosa que le faltaba. Abrazada, y con todavía el vestido en sus manos, se abrió paso entre la multitud, que de un momento a otro en un silencio se sepultó.

La imagen de la Reina era penosa; por la falta de alimento, su rostro había empalidecido, y algo de peso había perdido. Encorvada, y en una clara visión de derrotada, ignoró a su familia que laminaba anonadada, y se encaminó al castillo, en un carruaje que la esperaba.

Nadie dijo más nada.

La soberana fue trasladada hasta su hogar, donde de inmediato volvió de vestido cambiarse, y en su despacho se encerró. La palabra a nadie le dirigió.

En los siguientes días, solo Kai tuvo el placer de intercambiar algunas palabras con su majestad, que solo abandonaba el despacho para en su cama descansar. Una sombra pareció entonces rodear el castillo, donde solo silencio y tristeza había.

Ante la actitud de su hermana, Anna se había quedado en una interminable situación de angustia; ya había pasado una semana desde su llegada, y no habían cruzado ni una sola palabra. Ni una mirada. Cada vez que la esperaba a fuera del despacho, ella a paso cansado se dirigía a su habitación, mirando hacia el suelo y cerrando sus oídos a sus palabras.

¿Qué era lo que pasaba con ella?


Cuando el sol, dio el aviso de que el nuevo día llegado, la princesa con él se levantó, preparándose para empezar como era debida la mañana. Debía mantener su constancia y su buen humor, ya que ese día, Elsa podría dirigirse finalmente hacia ella. Bajando con emoción las escaleras, la pelirroja caminó hasta el salón comedor, donde le esperaría un abundante desayuno que duplicaría sus energías.

Pero estas de inmediato se vieron reducidas, al notar, que más una ves, su hermana no había bajado a comer, siendo la respuesta de Gerda la misma de siempre:

- Pidió que la bandeja le fuera trasladada a su despacho.

Ante esta, no muy nueva noticia, Anna en la silla se desplomó, concentrándose entonces en masticar su comida. El proceso tardó bastante tiempo; sus movimientos eran lentos, y su apetito era muy poco.

- Buenos Días, princesa – Kristoff ante su sorpresa por la puerta apareció, portando un pequeño y modesto ramo de rosas que con vergüenza le entregó – Pensé que te alegría el día – El montañés le comentó, dibujando una pequeña sonrisa que resaltó las mínimas pecas que sus mejillas rodeaban.

- Kristoff, son hermosas – Ella le contestó entonces, levantándose de un salto de la silla para abrazarlo, con el regalo en una de sus manos – Gracias.

- ¿Cómo te encuentras hoy? ¿Algún progreso con tu hermana?

- Pues, igual que siempre. Ella no quiere hablar, y se ensaña en comer en su escritorio. No ha salido de ahí desde que llegó. Solo trabaja, y luego regresa a dormir. Es todo lo que hace. – Anna le ofreció parte del banquete que tenía enfrente, haciéndole un gesto para que con ella se sentara. Partió un pan, mientras seguía hablando – De ves en cuando llega consigo una especie de vestido de color del mar. Lo abraza contra si como si fuera oro, y si alguien intenta llevárselo, o lavarlo, se pone como una fiera y le cierra la puerta en la cara. Al menos, es eso lo que en las cocinas se encuentra.

- ¿Ahora te juntas con el personal de la cocina? – El rió un poco, con la intención de hacerla reír.

-Son las únicas personas que tengo cuando, tú y Olaf no están. Además, se escuchan cosas interesantes ahí. Esas mujeres conocen a todo y a todos.

Con un asentimiento por parte del rubio, la comida continuó, manteniendo conversaciones sobre su arduo trabajo, o incluso del clima que en esa temporada los aturdía.

Mientras esto sucedía, un gracioso muñeco de nieve caminaba con alegría por los pasillos del castillo, sosteniendo entre sus manitos de madera una caja de chocolates, de la que ya unos cuantos se había comido. Su graciosa boquita estaba algo manchada por ellos, lo que daba una visión más adorable de su persona.

Avanzando con gracia, se dirigió al despacho de la reina, donde sin preguntar, al momento entró. No le costó en nada abrir la puerta; quitándose su brazo, conseguía alzarlo hasta la manija, la cual abría. Tomando de nuevo la caja, entró con otra risita a la habitación, en donde una Elsa un poco enojada se encontraba.

- Hola, majestad –Dijo el muñeco aproximándose de ella, sin notar el mal humor que la había invadido al ver la puerta abrir.

Al ella darse cuenta de quién era su "entrometido", como así lo había empezado a llamar a todo aquel que se metía en aquel cuarto, su ceño relajó, y casi una expresión de ternura colocó.

-Hey, Olaf. ¿Cómo estás? – La reina la pluma con la que escribía soltó, y en el suelo luego de levantarse, se arrodilló.

No recordaba la última vez que lo había visto; su sorprendente creación, en la que solo la vida corría, no había cambiado en nada; su nube personal lo mantenía fría, y así, siempre en pie.

- Algo preocupado, eminencia – Le comentó él, que tenía en sus manos todavía el regalo – Me temo que su tristeza tiene preocupados a todos en el castillo. Por eso es que estoy aquí; vine a traerle este regalo.

Entonces la caja a sus manos le extendió.

- Oh Olaf, te agradezco el gesto. Pero yo no estoy triste – La mentira fue tan evidente, que hasta ella de un solo golpe calló.

- No tiene que mentir, Alteza. Sabemos que algo anda mal. No le exigiré que me de una respuesta; ya me alegra que me haya dejado entrar aquí..

- Dime Elsa. No debes ser formal conmigo – Ella dejó el paquete sobre la mesa, antes de volverse a él de nuevo – Te agradezco tu consideración. Pero creo que realmente no estoy en situación de contar lo que me sucede. Estoy haciendo lo que puedo en mejorar… De todas maneras, no lo entenderían.

- Tal vez yo no, pero tu hermana sí. Está muy preocupada por ti, y realmente desea hablarte. La angustia apenas la deja dormir de noche – El muñeco se sentó en el suelo mientras hablaba, jugando con sus pies. La escena era realmente adorable.

La platinada no supo entonces qué decir. Ella sabía muy bien que su hermana estaba desesperada por conocer algunas respuestas, y le dolía muchísimo tener que ignórala cada noche que a su cuarto se retiraba. Algún día tendría que enfrentarla. Pero; ¿Qué le diría?

Si ni siquiera ella sabía exactamente lo que le sucedía. Solo podía sentir, un terrible vacío en su interior, que la separación le había dejado. Un vacío que ni su hogar había llenado.

Ella bajó la mirada, y volvió a su trabajo, dejando al amiguito acompañarla durante las siguientes horas. Este se dedicaba a contarle los últimos acontecimientos que en su ausencia surgieron, mientras ella se encargaba de sus deberes, conservándose en silencio mientras oía.

El día transcurrió en eso, y los siguientes a su ves fueron iguales. Elsa apreciaba la compañía del nevado que había creado, al que de ves en cuando le contó una que otra cosa sobre lo que había pasado.

Pero nunca mencionando al pelirrojo que en ese estado la mantenía.

¿Por qué? ¿Por qué no lo hacía? ¿Por qué mantenía en secreto ese acelerado palpitar que su corazón hacía, cuando a su mente su nombre venía?

Y por más que quería, contestarse a eso no podía. Solo conocía ese placentero dolor, que en las noches le venía, al recordar con sus ojos cerrados, sus eternas caricias…


Otra semana en eso voló.

Los días transcurrían con tanta sencillez, y rapidez, que a la soberana la dejaban anonadada. No estaba acostumbrada a que el tiempo le pasara así de deprisa; es como si este deseara que cualquier cosa pasara.

Y algo así fue; una mañana algo calurosa, esta despertó con el constante sonido de alguien tocando a su puerta. Ella resopló, molesta por el sonido, y con casi un grito poco adecuado, preguntó de quién se trataba.

- Soy yo su majestad. Lamento mucho despertarla – Kai dijo del otro lado de la puerta, con una voz tímida, y correcta – Pero llegó una correspondencia para usted – Elsa estuvo a punto de decirle que la dejara en el escritorio, hasta que, la puerta el hombre abrió, para susurrarle lo último que debía – Es de las Islas del sur.

Ante esas palabras, la muchacha de su cama saltó, con sus ojos muy abiertos y asombrados. ¿Una carta de las Islas del sur? ¿De quién sería? Por un momento pensó que podía ser por parte de la reina, o de las personas que habitaban en el castillo.

Pero eso no podía ser, nadie se había enterado de su partida. Y dudaba que Hans le hubiera permitido a John comentar algo sobre ello.

Hans….. ¿Sería de él la carta?

El corazón le brincó.

- ¿Dice de quién es? – Preguntó ella, acomodando de instinto su bata, recordando que no estaba en sus mejores fachas.

- No, su majestad. Me temo que es anónima, pero proviene de allá. ¿Tiene idea de quién podría ser? – Entonces si era.

Era de Hans. Debía ser de Hans.

Sin decir una palabra, la platinada de las manos del consejero la carta arrancó, y sorprendiéndolo, de la habitación corriendo salió.

Sin arreglarse, ni preocuparse, se dirigió a una diferente habitación del castillo, en el tercer piso, donde le serían difícil encontrar.

El cuarto tenía un enorme y precioso ventanal, por donde la luz con intensidad entraba. Era fresco, y acogedor también.

Esa hubiera sido su habitación si no hubiera estado en un piso tan arriba.

Sin más demora, se dejó caer en la cama sin funda, y observó el sobre que en sus manos portaba. Era cierto que no llevaba ningún nombre, ni ningún tipo de sello. Si quiera una bandera, o un símbolo patrio.

Nada.

Solo era un sobre blanco, con el nombre de Elsa, en una elegante y preciosa letra. Ella lo apretó entre sus manos, con cierto nerviosismo. ¿La abriría?

Claro que si. Más bien, debía. No podía quedarse ahí, esperando que la hoja hablara por si. Debía conocer su contenido, y sobretodo, quién se la había escrito.

Temblorosa, y dejando escapar uno de sus tan preocupados suspiros, abrió entonces el contenedor de papel, del cual una amplia hoja blanca sacó. Una hoja blanca plagada de la misma hermosa caligrafía en cada parte de ella, del derecho y del revés.

Ella tomó un amplio respiro antes de comenzar a leer:

"Querida Elsa; te confieso que en estos momentos que estas palabras te escribo, no tengo ni la más mínima idea de lo que debería decir.

Honestamente, no sé ni siquiera por qué estoy escribiendo esto. Solo sé que, necesitaba saber algo de ti. Como estás. Han pasado casi tres semanas desde que te marchaste de aquí, y la verdad es que, en mi desesperación, apenas mi nombre puedo recordar. Sé que eso suena extremadamente ridículo; y creerás que no es más que una de mis manipulaciones absurdas (Tu paranoia me ha contagiado también)

Por eso creo, que, es hora de hacerte entender, de alguna manera, y aunque no sea la más apropiada y la correcta, lo errada que estás (Si es que eso piensas). La historia que te voy a contar, las palabras que en esto voy a mencionar, son las más honestas que alguna vez he dicho o escrito, y que si en este momento te las digo, es porque realmente necesito que esto en tu mente por siempre quede.

Mientras ella esto leía, la respiración se le aceleró.

Una mañana, un barco a Arendelle llegó. Era una preciosa mañana de Julio, y el pueblo entero se regocijaba. Volverían a tener a una gobernante digna de su tierra; la felicidad en el aire se percibía.

Mi caballo blanco, Sitron, y yo, descendimos del navío, con la mente llena de planes e ideas erradas.

Todos a mi alrededor trabajaban, y con bullicio y esfuerzo preparaban la celebración que se avecinaba. Yo deseaba explorar un poco, pero primero me aventuraría a observar de cerca el que sería pronto mi castillo.

Monté sobre él, y cabalgué un tiempo por el pueblo, a espera de que las puertas finalmente fueran abiertas.

No tardó mucho en suceder; pude observar como la gente se amontonaba deprisa para entrar en los terrenos del castillo. Me mezclé con ellos, permitiéndole a uno de los guardias trasladar a Sitron a uno de los establos del castillo.

Todo a mi vista fue agradable; mi primer pensamiento, egocéntrico y egoísta, fue que era el lugar perfecto para imponerme como Rey.

Pero, entonces, mientras mí vista a las ventanas dirigía, en mi continuo examine, noté que las puertas de uno de los balcones se abría. Pensé que podría tratarse de alguno de los sirvientes que con esmero las ventanas limpiando se encontraría, pero en su lugar, tú apareciste. Adornada con un vestido de colores negro, verde y una capa en tonos morado, te asomabas por él, con la gracia de una soberana.

Y mi respiración pareció detenerse.

Murmurabas algo, como si cantaras. No lo alcancé a oír, puesto que el bullicio era ensordecedor; tu rostro demostraba la más grande de las tristezas, y aún así, me pareciste la mujer más hermosa que había alguna vez visto.

Un suspiro entonces de su boca salió.

Supe entonces que eras tu la que sería coronada. Había llegado con las intenciones macabras de casarme con la nueva mandataria para con el trono quedarme. Pero al verte, esas intenciones se desvanecieron en el aire, y todo lo que en el momento vino a mi mente, era poder acercarme a ti, y conocerte.

Luego de eso, había seguido mi recorrido, inundando en pensamientos, paseando de nuevo por el puerto, donde conocí a tu hermana. Una graciosa y pecosa muchacha, que iba cantando y que por error, se topó de un golpe con mi caballo. La ayudé a levantar, y algunas palabras intercambiamos. Por su culpa de traje me tuve que cambiar, puesto que al agua caí no mucho después de que a tu coronación se dirigiera.

Al verte coronada, confirmé entonces la grandeza de tu elegancia y belleza, dando por sentado que a ti llegaría de cualquier manera. Pero tú constante rechazo, a las horas de la cena, me llevaron a la realidad de que tú no deseabas con nadie contactar. Eso lastimó mi ya oscuro corazón, llevándome entonces a regresar a mi plan anterior; a la corona llegar, sin importar como.

Y el resto sabes ya como ocurrió.

Nunca merecí tu perdón, y mismo así me lo entregaste la última noche que estuviste aquí. No comprendí el por qué, pero me satisface de tal manera, que ya no me importa saber.

No sé si te interesa, pero ahora mismo estoy bien. Me mantengo en la cabaña, y esta carta se te será enviada, gracias a las hábiles manos del chico John. Todos estos favores se le serán recompensados, no te vayas a preocupar.

La razón por la que todavía me mantengo oculto, todavía no la debes saber. Hay algunas cosas que aún debes ignorar; la historia de amor fue lo único relatado en esta carta. Pero las verdaderas intenciones, y razones de lo ocurrido continuarán siendo desconocidas para ti, hasta que yo considere que es él momento apropiado.

Solo quiero que sepas, y que siempre en tu mente lo mantengas, que desde esa mañana en Arendelle que te vi, enamorado como un idiota he estado por ti.

En estos momentos de incertidumbre, que no tengo conocimiento de si algún día te volveré a ver, creí que era conveniente que lo supieras. Esto liberará mi alma de más una carga, y sé que si algún día vuelves, podré entonces demostrártelo libremente.

No será esta la última carta que recibirás; aunque no te interesen o no me contestes, continuarán hasta el último día que tenga con vida. Eres la única razón por la que aquí continúo, y el saber que alguien busca tu muerte me mantiene siempre alerta y en tu cuidado permanente. Puedes hacer lo que quieras; quemarlas, devolverlas, botarlas. Pero siempre que pueda haré que lleguen a tus manos, y espero que con toda mi alma siempre las leas.

Sin más que agregar, de ti me despido;

Por siempre tuyo;

Hans."

Como si en hielo se hubiera convertido, la muchacha permaneció allí, petrificada, durante no supo cuanto tiempo. Sus ojos eran lo único de ella que se movían, analizando y releyendo la carta de cabo a rabo, como si de una, no la hubiese entendido.

Todo en su mente giraba, y su corazón parecía que en cualquier momento explotaría. Sus manos sudaban y temblaban.

- Él me ama – Dijo entonces, casi en un grito, sin ninguna expresión en la cara – Él me ama – La frase continuó repitiéndose a toda voz, incansablemente una y otra vez, como buscando creérsela.

Dios; ¿El realmente la amaba? ¿Por qué? ¿Importaba saber el por qué? ¡El la amaba!

Por eso la había protegido todo ese tiempo; por eso se desvivía por mantenerla a salvo y con vida. ¡Todo empezaba a tener sentido en ese momento!

Abrazó entonces contra si la carta, con una cierta emoción que ella no supo identificar; incluso también se rió. Una extraña sensación de euforia recorrió su cuerpo, haciéndola estremecer y seguir riendo como si tuviera 5 años nuevamente. Se dejó caer en la suavidad del colchón, por el cual rodó un tiempo, con el papel sujeto.

Nunca había leído palabras más tiernas, y románticas; nunca nadie le había dedicado algo, que, para ella, en esos momentos, era lo más hermoso que le habían alguna vez dado. Si recordaba claro, las palabras que John a ella le dedicó; pero fueron tan nulas para ella que no las catalogaba en nada que se considerara hermoso.

Pasaron unas cuantas horas, hasta que encontraran a la Reina. Había desaparecido desde que Kai le había entregado su correspondencia, y no habían sabido más nada de ella. Y como se comenzaron a preocupar, la búsqueda en el castillo dio lugar.

Olaf y Anna, que se unieron a ella, casi se lo habían tomado como una búsqueda del tesoro; intentaban reírse y bromear cuando entraban a una habitación, buscando dentro de los armarios y entre las sábanas de las camas.

Ellos sabían bien que Elsa estaba allí, solo que bien escondida para que más una vez no la encontraran.

Cuando finalmente dieron con la habitación, encontraron a la platinada profundamente dormida sobre la colcha, sujetando todavía el papel que con insistencia había leído toda aquella mañana.

Parecía en sueños, sonreír, y abrazándola con fuerza, casi se hacía una bolita sobre la cama.

Con más tranquilidad, la llevaron entonces a su cama original, buscando no despertarla, y acomodándola correctamente. Pero la curiosidad de Anna había sido picada impertinentemente por la carta, la cual, tomó en secreto luego de que todos dejaran a la Reina descansar.

Con ella en las manos, se escabulló hasta su habitación, donde sin permiso la revisó y analizó.


Elsa no había querido abrir los ojos, hasta bien entrada la tarde; sus emociones la habían dejado realmente exhausta, y los sueños que por su mente pasaron la mantenían bien enganchada a la cama. Y en ellos continuaba, cuando, un golpe terrible se escuchó a las entradas de su cuarto.

La puerta se había abierto con una violencia extrema, tirando un jarrón que reposaba peligrosamente cerca de ella. La rubia se exaltó por el sonido, levantándose al momento para ver qué lo había hecho.

Pudo entonces observar una melena roja, que se movía, llevada por la rabia que sus pecas no permitía ahora apreciar, debida al color rojizo que sus mejillas adoptaron.

-¿¡QUE SIGNIFICA ESTO ELSA!? – Gritó Anna entonces, dejando a su hermana petrificada, con media cama congelada.


Holaaa mi hermosas y sensuales lectoras. ¡Lamento tanto haber actualizado tan tarde! Pero les juro qu me han pasado un millón de cosas horribles y bueno u_ú ¡Finalmente pude terminar el capítulo!

Solo quiero agradecer a todas las que la han comentado, y le dan a sus favoritos para que les llegue la notificación de su actualización.

Recurden con un Review, hace mi día mucho mas bonito.

Que estén bien;

La Bruja Violet