"Oh, hermano" –gimió Keldarion poniendo los ojos en blanco mientras Elladan y Elrohir también se quejaban a su lado.

Genial. Aquí vienen los problemas.

Toda la multitud se sorprendió por la repentina intrusión de Legolas. La gente miró sorprendida al extraño y alto encapuchado, abriendo espacio y parpadeando como búhos sin habla.

Shakmi fue el primero en recuperarse de la impresión. Su mirada era dura como el acero mientras observaba al elfo.

"¿Y quién eres tú para hacer una demanda tan audaz?"

"Alguien que encuentra molestos a los humanos exagerados" –respondió Legolas con soltura, acercándose a la pira.

Keldarion intentó sujetar la parte posterior de la túnica de su hermano, pero no alcanzó. Maldiciendo en voz baja, observó con ansiedad cómo Legolas ponía una mano en la frente de uno de los niños enfermos.

"Tienen la Peste Roja, una enfermedad mortal para los hombres –dijo Legolas con el ceño fruncido-. Su condición es grave, pero no hay necesidad de quemarlos vivos."

"La peste se difundirá si los dejamos con vida –replicó Shakmi, con un tono tan frío como el hielo de las montañas-. ¡Nos traen la muerte, una maldición caerá sobre nosotros! No hay cura para esta enfermedad. Lo he intentado todo, pero nada funciona…"

"Así que te rindes y eliges el camino más fácil –los ojos plateados de Legolas parecían arder cuando le devolvió la mirada-. No te has esforzado lo suficiente y ahora estos niños pagan por tu incompetencia. ¿Y te llamas médico?"

Para entonces, después de gritos de asombro, la multitud se había quedado en silencio. Se miraron mientras escuchaban la discusión, preguntándose sobre la identidad del alto desconocido que se atrevía a cuestionar la conducta de Shakmi.

"¡Legolas! –dijo Keldarion entre dientes en señal de advertencia, tirando desesperadamente de la manga de su hermano-. Creo que no debes interferir en esto, déjalos."

El joven príncipe se volvió hacia su hermano.

"Sabes que no puedo hacer eso."

Keldarion lo sabía a pesar de que rezara porque fuera diferente al ver la situación en la que estaban. No podía cambiar el hecho de que Legolas era un manyan, un sanador místico que podía curar todo tipo de enfermedades y heridas con el simple toque de su mano. Era un poderosa habilidad y él era libre de elegir si usarla o no. No tenía ninguna obligación de sanar toda enfermedad con la que se topara, y mucho menos con lo seres humano.

Pero Legolas siempre elegía sanar. Odiaba ver sufrir a los demás, ya fueran elfos, hombres o animales, especialmente si eran niños inocentes como los que yacían en la pira indefensos. Como le gustaba decir a Keldarion, 'su corazón es más grande que su cerebro'. Siempre impetuoso, seguía lo que su corazón le decía, ignorando lo que su cabeza le advertía.

"Típico de Legolas –habría dicho Thranduil si anduviera cerca-. Se lanza a la refriega y al diablo las consecuencias."

Apretando su bastón, Shakmi se acercó unos pasos hacia los elfos.

"No sé quién eres, extraño, pero te aconsejo que no te metas en nuestros asuntos. Si no tienes mejor que hacer que denigrarme a mí y a mi deber, te sugiero que te vayas."

"¿Deber? –se burló Legolas sin una pizca de humor-. ¿Tu deber incluye asesinar niños? ¿Quién crees que eres? ¿Una especie de dios que puede tomar vidas a su antojo para ocultar sus errores? Qué cobarde e irresponsable."

"Basta, hermano pequeño. Te estás creando problemas" –le susurró Keldarion al oído, aunque supiera que sería inútil. Ya estaban en problemas. La multitud había crecido y algunos hombres se alejaban de los cuatro compañeros como si ellos también tuvieran la Peste Roja.

"Si sabes tanto –dijo Shakmi con sarcasmo-. Entonces, ¿qué sugieres que hagamos? ¿Bañar a estos niños con aceite de sésamo? ¿O debemos purgarlos para que el alma del demonio los abandone? Ya lo he intentado, y como puedes ver, no ha funcionado."

"Deberías haber sido más paciente y diligente, no tan rápido para perder la esperanza. Eso es como un hombre de la medicina debe ser" –dijo Legolas entre dientes mientras se liberaba de las manos de Keldarion. Y luego, para sorpresa de todos, subió ágilmente a la pira y se arrodilló entre los niños enfermos.

A la señal de Shakmi, Mordred, el hombre que sujetaba la antorcha, se movió como si fuera a encender el fuego. Tras una rápida mirada hacia Keldarion, Elladan dio un paso adelante y le quitó la antorcha de las manos.

"No hay necesidad de eso, ¿no crees?" –preguntó Elrohir con una sonrisa mientras cogía la antorcha que le tendía su gemelo y la apagaba en el suelo.

Shakmi cada vez estaba más enojado. Tras un movimiento de su mano, varios hombres se separaron de la multitud y avanzaron hacia los cuatro extraños.

Ese fue el momento en el que Keldarion decidió abandonar su disfraz. Asintiendo hacia los gemelos, se bajó la capucha, revelando su hermoso rostro y las orejas puntiagudas. Elladan y Elrohir siguieron su ejemplo, con una sonrisa de placer.

"¡Elfos! -la multitud se quedó asombrada, señalándolos y murmurando entre sí con entusiasmo-. ¡Son elfos!"

Los hombres se quedaron inmóviles, mirando estúpidamente a Keldarion y los gemelos. Se habían dado cuenta de que los extraños no estaban desarmados. Observaron las dagas mortales atadas a los cinturones de los elfos, mientras que sus cuerpos ágiles y musculosos hablaban de su destreza en el combate cuerpo a cuerpo. Eran guerreros a tener en cuenta.

A Shakmi parecía que iban a salírsele los ojos de las órbitas.

"¿Qué demonios están haciendo los elfos aquí?" –escupió, lanzándole una mirada envenenada a Legolas que seguía inclinado sobre los niños.

"No era nuestra intención entrometernos –dijo Keldarion en voz baja intentando calmar los ánimos-. No queremos causar problemas."

"¿Entonces qué está haciendo?" –dijo el hombre señalando a Legolas.

"Solo mira y aprende" –se hartó Elrohir, poniéndole fin a la diatriba del hombre.

El príncipe más joven tenía las manos en las frentes de las dos niñas, con la cabeza inclinada por la concentración que necesitaba para la curación. La energía fluía suavemente desde las puntas de sus dedos hacia la piel de sus pacientes. No quedaba mucho para terminar de curarlos de la enfermedad.

La multitud que los rodeaba contenía el aliento, con incredulidad y esperanza al mismo tiempo. Los seres humanos seguían sin comprender lo que estaba pasando, pero esperaban ver un milagro. ¿No era eso lo que hacían los elfos, esos misteriosos seres etéreos que poseían tanta magia y secretos?"

"¿Mamá?"

Momentos después, las niñas empezaron a agitarse. Sus ojos se abrieron mientras llamaban a sus madres, ya con la piel libre de manchas rojas.

Los padres de las niñas gritaron de alegría y corrieron hacia sus hijas para abrazarlas con fuerza. Ahora Legolas estaba curando a los tres niños, ignorando los aplausos y vítores de la multitud.

"Bueno, esto se está volviendo agitado" –le murmuró Elladan a Keldarion cuando más padres se acercaron a recoger a sus hijos curados.

El público estaba cada vez más emocionado cuando veían que no quedaba ningún rastro de la Peste Roja en la piel de los niños. Una mujer se había desmayado mientras que varios hombres le gritaban a Shakmi, condenándolo por querer quemar a los niños. El hombre no decía nada, soportando las críticas en silencio. Pero sus ojos no se apartaban de Legolas, que había bajado de la pira de un salto para llegar al lado de Keldarion.

"¡Felicidades! Te has ganado un feroz enemigo" –le dijo el príncipe seriamente, sintiendo malestar por la peculiar expresión en el rostro de Shakmi.

"¿Y eso es nuevo?" –dijo Legolas, encogiéndose de hombros, a la vez que se quitaba su capucha.

Y entonces sí que se causó un alboroto cuando varias mujeres casi se desmayaron al ver las magníficas características de Legolas. Habían pensado que Keldarion y los gemelos eran excepcionalmente guapos, pero Legolas era incomparable.

"Err…" –Legolas se removió con ansiedad cuando las chicas jóvenes se le acercaron y empezaron a tocarle las manos y el cabello, murmurando entre ellas mientras admiraban su belleza.

"¿Um? ¿Ell? ¿Ro? ¿Kel? ¿Me ayudáis, por favor?" –Legolas intentaba zafarse, sin acordarse ya de Shakmi. Mientras el manyan permanecía inmóvil siendo el centro de atención, Keldarion y los gemelos intercambiaron miradas divertidas.

"¿Le ayudamos?" –preguntó Elladan, con una sonrisa torcida.

"Nah. Que sude" –respondió Keldarion con una sonrisa al ver que Legolas estaba hacendo eso precisamente.

"Bien. Esto es incluso mejor que la broma que habíamos planeado hacerle" –susurró Elrohir.

"Pero nuestro plan sigue en pie, ¿no? –declaró Elladan, arqueando una ceja.

"Sí –Keldarion asintió-. La 'sorpresa' es la razón por la que vinimos, así que saquemos su trasero de este caos y vayamos a la taberna antes de que estas mujeres empiecen a rasgarle la ropa para tener un recuerdo."

Los elfos se movieron eficientemente a través de la multitud, agarraron a Legolas por los brazos y se alejaron. Todavía un poco aturdido, Legolas se dejó llevar sin protestas. De hecho, suspiró de alivio. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo Shakmi huyó de la escena.

Pero Keldarion lo había notado. Había visto la mirada vil que dirigió haca ellos, principalmente a Legolas. Keldarion sabía que el asunto no acabaría ahí. Conociendo a los seres humanos, estaba seguro de que el hombre se sentía insultado y buscaría venganza. Y conociendo a su hermano y su inclinación a los problemas, Keldarion supuso que tendría que mantener un ojo en Legolas para que Shakmi no se le acercara.

Esa fue la segunda vez que Legolas utilizaba su habilidad en los seres humanos. La primera vez fue un desastre, pues una tropa de hombres del norte lo había secuestrado y lo convirtieron en esclavo. Se había visto obligado a curar a todos los soldados heridos sin parar. Incluso lo obligaron a devolver un cadáver a la vida, lo cual era completamente imposible, pues la capacidad de Legolas solo funcionaba con los vivos. Esa vez casi lo matan, y Keldarion se había vuelto aún más protector después de eso, con miedo a que volviera a repetirse.

Pero ahora Legolas lo había hecho de nuevo, curando a los niños humanos sin preocuparse por las consecuencias. Keldarion sonreía cuando entraron en la taberna, pero en realidad ocultaba un súbito escalofrío de terror.

Algo malo va a pasar, pensó mientras un escalofrío de recorría la columna vertebral.