DISCLAIMER: Nada es mío, y si lo fuera, no hubiera creado al maldito Leverrier por nada del mundo.

ADVERTENCIAS: TORTURA. Hasta mitad capítulo. Si no quieren leer sobre ello, sáltense hasta la primera línea divisoria. Leverrier hijoputa. Un Lavi Kawaii.

Por cierto, voy a cambiar el Rating del fanfic a M por si acaso xD


Dolor.

Aquello era lo único que Allen podía sentir.

—Más.—Una voz llegó hasta sus oídos, como si de un eco lejano se tratase.

—No aguantará mucho más, señor Leverrier. El chico está exhausto…Se morirá.—Otra voz. ¿O era la misma? No, no lo era. ¿De quién era, pues? Trató de enfocar la mirada en las dos personas que parecían estar hablando delante de él, pero estaba todo tan borroso…

Parpadeó. No sirvió de nada; tan solo consiguió que la sensación de mareo aumentara. Aquello que tenía sobre los hombros no podía ser su cabeza. Parecía un globo a punto de estallar.

—He dicho que más, estúpido.— ¿Quién está ahí? Quiso preguntar, pero sus cuerdas vocales no funcionaban del todo bien, y en su lugar emitió un chirrido agudo y doloroso. Quería preguntar, quería que aquella horrible sensación desapareciera, quería salir de ahí, quería dejar de sentirse tan patético e indefenso, quería…

Allen no sabía qué estaba pasando. Hace un momento estaba caminando por los pasillos de la Orden en dirección a la biblioteca, donde había quedado con Lavi, cuando de pronto… De pronto algo le golpeó la nuca, y todo se volvió negro.

Aquello sólo podía significar una cosa, se dijo. Aquel que estaba hablando no podía ser otro que...

—Señor Leverrier, el chico está abriendo los ojos.—Leverrier. Parecía que habían pasado siglos desde que escuchó aquel nombre por última vez. Movió los labios sin emitir ningún sonido, incapaz de articular aquel nombre en voz alta.

Le costó horrores, pero al final Allen pudo enfocar la mirada en lo que tenía delante suyo. La expresión de Leverrier parecía la de una hiena a punto de arrancarle el cuello a su presa a mordiscos. Sonriente y amenazadora.

—Oh, vaya. Mira quién se ha despertado.—Allen podía sentir el aliento del hombre chocando contra su nariz. Ahí estaba Leverrier, con el mismo bigote de siempre, el mismo uniforme militar de siempre, el mismo corte de siempre y la misma sonrisa torcida y enferma de siempre.—Buenos días, Walker. ¿Has sido un chico bueno mientras estabas fuera?

—Leverrier...—Siseó Allen, incapaz de contener su frustración y su ira. Se había olvidado por completo de la existencia de aquel maldito bastardo, y éste lo había pillado desprevenido. Secuestrándolo. Otra vez.

—Calma, calma. Tenemos todo el día.—Leverrier se alejó de su campo de visión. Intentó seguirlo con la mirada, pero fue imposible. Cada vez que movía la cabeza un extraño mareo le hacía perder el sentido.—Mientras estuviste en aquella estúpida misión estuve meditando...¿Cómo es posible que a estas alturas el Catorceavo todavía no haya hecho acto de presencia? ¿Por qué, después de todos mis esfuerzos por despertarlo, todavía no ha salido de su escondite? ¿Acaso no siente el dolor que le inflijo? ¿Acaso le da igual sufrir?

Un Cuervo se acercó a él y le tomó el pulso del cuello con manos firmes. El hombre asintió para sí, y luego volvió a apartarse de él. Allen cerró los ojos.

—Durante todo este tiempo he estado pensando, y créeme cuando te digo que creo haber dado con la solución. Todo lo que está ocurriendo aquí es una cuestión de orgullo. El Catorceavo no se revuelve dentro de ti porque tú no le dejas, ¿me equivoco?

Allen no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.

—Nunca te imaginé tan orgulloso, Allen. Al principio pensé que serías fácil de romper, que pronto te tendría arrodillado en el suelo y suplicando piedad; pero esto está resultando más difícil de lo que imaginaba.—Leverrier volvió a entrar en el campo visual de Allen.—Cuanto más te castigo, más encierras a ese monstruo dentro de ti. Y eso me está empezando a resultar molesto.

Allen gimió cuando la aguja hizo contacto con la piel de su brazo. Un líquido espeso entró en su sangre y se extendió por su cuerpo rápidamente, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Aquel bastardo de Leverrier lo estaba drogando. Allen se retorció, tratando de escapar al contacto de la aguja, pero fue imposible. Parecía como si unas grandes manos lo tuvieran apretado, boca arriba, contra el suelo.

—D-duele...—Gimió Allen en cuanto la droga comenzó a hacer efecto.—D-duele mucho…

—Ah, ese es un efecto secundario.—La voz de Leverrier sonaba lejana, irreal, como de otro mundo.—Tranquilo, esto es sólo el principio. Todavía te dolerá más.

Leverrier retiró la jeringuilla del brazo del chico. Éste se convulsionó, tratando de librarse del ardor infernal que le recorría las entrañas. Tal fue la sacudida que se cayó de la fría camilla en la que estaba tumbado y chocó contra el duro suelo de piedra.

La cosa fue empeorando con el paso de los minutos. Un dolor abrasador le recorría el cuerpo a medida que la droga se extendía por todas partes a través de su sistema circulatorio. Primero vinieron las convulsiones espasmódicas a causa del dolor, y luego vino la fiebre.

Durante los primeros momentos de lo que iba a resultar una larga agonía, Allen luchó con todas sus fuerzas para intentar aplacar aquella horrible sensación, pero no sirvió de nada. Al cabo de lo que le parecieron años, se desplomó completamente, quedando inmóvil sobre el suelo de piedra.

—Por favor...—Dijo, incapaz de moverse debido al dolor.—Por favor…

—¿Sí, Allen?—La voz de Leverrier sonaba cada vez más distorsionada.—¿Qué quieres?

—Mátame.—Dijo, entre delirios.

—Oh, no. Eso sería un desastre. Sólo ríndete.

—¿Ren… dirme?

—Sí. Rendirte. Deja de intentar escapar de lo inevitable. Si lo dejas salir, el dolor desaparecerá.

En medio del dolor, Allen escuchó una voz. Una voz que no supo identificar.

Déjame salir.

Allen cerró los ojos, tratando de escuchar mejor a aquella voz que, de pronto, parecía llevarlo a la calma por instantes.

Ríndete.

—No hagas esto más difícil, Walker.

Si me rindo…

—Tendremos que aumentarle la dosis.

Si por algún casual me rindiera…

—Acércame esa jeringuilla.

¿Mana estaría orgulloso de mí?


Leverrier volvió a contemplar su reloj de muñeca. Habían pasado exactamente dos minutos y treinta y cinco segundos desde que el chico dejó de moverse y de gritar. Simplemente se quedó rígido y, poco a poco, sus funciones vitales se fueron detuviendo.

Allen ya no respiraba. Cuando mandó a su ayudante a inspeccionarlo, éste le informó de que Allen no tenía pulso. El chico estaba muerto.

—Le dije que acabaría matándolo, señor.—Murmuró su ayudante, mientras retiraba sus dedos del cuello del chico.

—Mierda.—Leverrier golpeó la camilla con su puño, una y otra y otra vez. Estaba furioso. Furioso de que sus planes se hubieran ido al traste. Furioso de que aquel maldito crío hubiera elegido precisamente aquel momento para morirse. Y ni siquiera había recibido una señal del Catorceavo. Su mayor objetivo se acababa de desvanecer en el aire. Lo había perdido todo. Sí, definitivamente estaba furioso.

Todo por culpa de aquel maldito crío.

—Eh, tú.—Dijo, señalando a su ayudante.—Sácalo de aquí y entiérralo donde más te convenga, pero que sea discreto. Y no te olvides de arrancarle la Inocencia antes de deshacerte de su cuerpo.

El Cuervo asintió, pero justo cuando se estaba agachando para ocuparse de lo que antes era Allen, la mano del chico lo apartó con una fuerza sobrehumana. Leverrier escuchó el ruido que produjo el cuerpo de su ayudante al chocar contra la pared más cercana justo cuando estaba a punto de salir del lugar. Se giró, justo para encontrarse a Allen de pie en medio de la habitación, mirándolo fijamente.

Había un extraño brillo dorado en los ojos del chico.

—¿Catorceavo?—Preguntó Leverrier, tragando saliva.

El Catorceavo sonrió, y un escalofrío recorrió la espalda del hombre.

—Hola, Leverrier.

Una mueca de dolor quebró la sonrisa del Noé. De pronto, sus ojos perdieron aquel brillo dorado y volvieron a mostrar el habitual tono plateado que los caracterizaba. Allen estaba luchando internamente con Neah con tal de recuperar su cuerpo. El Noé trató de mantenerse en pie, pero en cuanto comenzó a perder la consciencia, las piernas le fallaron y la caída fue inevitable. Segundos después, Leverrier se arrodilló delante del cuerpo inconsciente del chico. Acercó su mano al cuello de Allen y le tomó el pulso. Su corazón volvía a latir.

—Esto es un importante progreso, sin duda.—Dijo Leverrier en voz alta, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. En cuanto se puso en pie, se encargó de propinarle una buena patada en el estómago al chico. Fue entonces cuando se percató de las heridas en el cuerpo del chico.—¿Qué es eso? Esas heridas no son cosa mía. Supongo que no habrá sido cosa de Akumas, ¿huh? ¿Kanda, quizá?—No pudo evitar soltar una carcajada. Aquello explicaba muchas cosas, por ejemplo, el por qué de que Kanda hubiera decidido abortar la misión por su cuenta. Sin duda, aquella información le podía servir en interrogatorios posteriores, se dijo.

Allen se había debilitado lo suficiente como para dejar que el Catroceavo tomara posesión de su cuerpo. Ahora solo era cuestión de tiempo.

Esta batalla está ya ganada, se dijo Leverrier. Se acabó.


Para Allen, todos los pasillos eran iguales. Puertas en hilera, algunas abiertas, otras cerradas. En ocasiones, los pasillos parecían cambiar de tamaño. Unas veces eran más grandes, otras más pequeños… Y había momentos en los que Allen juraría que el techo se iba a caer sobre su cabeza.

Probablemente sólo estaba teniendo alucinaciones, se dijo.

No recordaba donde ni cuando había despertado. Sólo recordaba el tacto frío del suelo contra su mejilla, y lo mucho que agradecía aquella sensación. Su piel estaba ardiendo.

Allen odiaba la fiebre. La fiebre y cualquier cosa que le hiciera sentir débil y derrotado. Y en aquel instante, cuando despertó, sintió como si hubiera sido derrotado de una de las peores formas posibles, y no sabía por qué. No recordaba nada, tan sólo recordaba un dolor insoportable, infernal, y, luego… Otra ves más dolor.

Otro pasillo. Y otro. Y otro. Todos los pasillos eran iguales, tan sólo se diferenciaban en el tamaño y en el color. El anterior era rosa. El otro era azul. En aquel momento caminaba por uno del color del arcoiris. ¿Dónde demonios estaba?

Tropezó. Algo duro le golpeó la cara. Supuso que era el suelo, pero, ¿desde cuando el suelo está en posición vertical?

De pronto, el suelo desapareció de enfrente suyo, y estuvo a punto de caer de nuevo si no hubiera sido por aquello que lo sujetó e impidió que se cayera.

¿Allen?—Dijo una voz.

¿Allen?—Repitió, su propia voz sonaba extrañísima.—¿Quién es Allen?

Aquello le cayó en gracia, sin saber muy bien por qué, pero empezó a reír de forma imparable hasta que se le saltaron las lágrimas y tuvo que parar para coger aire. Aquel desconocido tan solo incrementaba el agarre de sus hombros.

¿Qué te ha pasado?—Allen no podía reconocer aquella voz. Es cierto que le sonaba bastante familiar, pero…

Cuando trató de alzar la cabeza para verle el rostro a aquel desconocido, se desmayó.


—¡Moyashi! ¡Despertaste!

—¿Lavi? ¿Qué ha pasado?

Lo primero que Allen vio al despertar fue una maraña de pelo rojo invadiendo su espacio vital. Cuando consiguió librarse del agarre de su amigo, pudo comprobar de que se encontraba en su habitación, tumbado en su cama, con una gran cantidad de mantas enrolladas alrededor de su cuerpo.

—¡Has estado una semana inconsciente, Moyashi! ¡Dios, creí que te morías! ¡Lenalee y yo nos hicimos turnos para cuidarte e incluso Ka…!

—¿Qué?—Allen no comprendía nada.—¿Inconsciente? ¿Por qué?

—¡Tenías muchísima fiebre, Moyashi!—Lavi volvió a agarrarse a su cuello, esta vez con mucha más fuerza que antes.—Cuando te encontré, estabas delirando. Te toqué la frente y estabas ardiendo y casi ni respirabas. ¡Te juro que todos creíamos que te morías! Por suerte las medicinas que hay aquí son mano de santo, pero aun así hasta la enfermera tenía sus dudas de que sobrevivieras… ¡Estuve aquí de día y noche para impedir que te murieras!

—Espera...—Allen abrió los ojos, sorprendido.—Toda esta semana… ¿Has estado aquí a mi lado?

—Excepto cuando tenía que ir al baño o a comer...—Lavi se separó de él, situándose a su lado en la cama, muy junto a él. Allen se percató de las grandes ojeras que tenía el pelirrojo bajo los ojos (o, concretamente, bajo el ojo que no tenía cubierto por el parche) y de su aspecto descuidado y cansado en general.—No creerás que te iba a abandonar en aquel estado, ¿verdad, Moyashi?

—Tú me encontraste y… Me cuidaste todo este tiempo. Si no fuera por ti habría muerto.

—Bueno, yo...—El pelirrojo se mordió el labio y apartó la mirada. Allen lo interpretó como un signo de humildad, y ésto sólo hizo que su opinión con respecto al pelirrojo mejorara cada vez más.

—No sé cómo agradecértelo, Lavi. Te debo mi vida.—Dijo, cogiendo de las manos a su amigo y obligándolo a que le mirara.—Estoy muy feliz de que seas amigo mío.

Cuando la mirada de Allen se conectó con la del pelirrojo, éste presenció uno de los momentos más mágicos de toda su vida, tan hermoso, que Lavi se lamentó de no poderlo guardar en alguna especie de baúl de los recuerdos donde poderlo ver cuantas veces quisiera durante el resto de su vida. Quizá aquella era la parte mágica del asunto, el hecho de que, posiblemente, jamás se volvería a repetir.

Allen estaba sonriendo. Aquello era algo que hacía continuamente, pero esa era una ocasión especial, y Lavi lo sabía. La forma en la que sus ojos brillaban conforme las comisuras de sus labios se arqueaban era indescriptiblemente hermosa. Aquella sí era una verdadera sonrisa, una que no practicaba desde hace muchísimo. Y Lavi se la merecía.

Por suerte tengo una perfecta memoria fotográfica… Pensó Lavi.

—Eh, bueno yo...—Lavi se frotó la nuca, con las mejillas ardiendo de la vergüenza. —No tienes que agradecerme nada, yo no he hecho nada, yo…

Pero Allen silenció a su amigo abrazándolo por la cintura. Lavi se sorprendió, pero en seguida correspondió al abrazo.

—Muchísimas gracias.—Repitió Allen.

—No hay de que, amigo.—Dijo Lavi, sonriendo.—¡Oh, ya sé!—Añadió, rompiendo el contacto con Allen y poniéndose de pie bruscamente.—¡Tengo que avisar a Lenalee, a Krory, a Miranda y al resto! ¡Se van a poner muy contentos cuando se enteren de que has despertado!

Allen observó cómo el chico salía por la puerta, y de pronto volvía a entrar.—¡Tú quédate ahí y no te muevas! ¡En seguida los traigo!—Y acto seguido salió corriendo por el pasillo en dirección al comedor, gritando.—¡WAOOOOOOH! ¡Allen está despierto!

El chico no pudo evitar echarse a reír ante los gritos de su amigo, y se sorprendió de la sensación. Hacía tanto tiempo que ya no reía, que se había olvidado del extraño cosquilleo de satisfacción que producía la risa. Le hacía olvidar todo lo malo y deprimente, y lo ponía extrañamente feliz.

Allen rezó porque la sensación de felicidad durara mucho tiempo. También rezó porque aquel extraño nudo que tenía en la boca del estómago no fuera nada importante, porque tenía la sensación de que olvidaba algo muy importante.

Algo con lo que debía de ir con cuidado a partir de ahora.


¡Hola! Bienvenidos a un nuevo cap. de este interminable fic. Al habla la misma pesada de siempre.

No tengo realmente mucho tiempo, ahora yo debería estar estudiando biología (esto de estar en bachillerato no me deja tiempo ni para ver un mísero capítulo de Hetalia :() Espero les guste el cap. (hay algunas que pidieron expresamente más tortura para Allen O_O Pobrecito!)

Lo mismo de siempre, no duden en criticar! Digan lo que no les gusta del fic, qué partes puedo mejorar, qué debería reescribir, si les gustó tal, si no le gustó, si directamente tengo que tirar mi fic a la basura... ¡Díganme! Todas sus críticas me ayudan a mejorar. Lo mismo si ven faltas de ortografía.

Y bueno queridas lectoras (¿tendré algún lector por ahí? si es así, MANIFIÉSTATE!), eso es todo por hoy. Voy a tratar de contestar a todos sus reviews esta noche, a ver si me da tiempo u.u Mil gracias a todos pos sus reviews! Son un amor *-*

Hasta la próxima,

Dolly :3

P.D: Estoy muy enfadada con Hoshino, ha puesto su Instagram en privado :( ahora ya no puedo stalkear sus publicaciones, jo.