DISCLAIMER: -man nunca me pertenecerá.
ADVERTENCIAS: No mucho, la verdad.
Plot begins! Enjoy :)
—¡¿Allen está despierto?!
—Os lo dije. El Moyashi ha despertado. ¿Y qué me respondisteis? "Oh, Lavi, deja de hacer bromas estúpidas. Cállate, Lavi, no tenemos tiempo para tus chorradas."—Dijo Lavi, cruzándose de brazos.—Nadie me toma en serio.
Allen no podía creer lo que veían sus ojos. Hace tan solo unos instantes Lavi había salido por la puerta de su habitación completamente solo y ahora había regresado con una enorme comitiva detrás de él. Sorprendido, contempló todos aquellos rostros conocidos que se agolpaban alrededor de su cama, algunos sonriendo ampliamente, otros al borde de las lágrimas.
Estaban todos. Lavi, Lenalee, Krory, Miranda, Jerry, Komui y la sección científica al completo. Todos habían venido a verle. Todos se habían preocupado por él. Todos.
Tal y como decía siempre Lenalee, los miembros de la Orden son como piezas de un gran puzzle: cada pieza es igual de importante que las demás; ya que el puzzle no estaría nunca completo si alguna de ellas se resquebrajase o faltase. Allen nunca se había sentido tan importante como se sentía ahora.
Él también formaba parte del puzzle. Todos aquellos que tenía a su alrededor… Todos eran amigos, todos eran importantes, todos ellos eran su familia. Todos ellos lo consideraban una parte esencial de sus vidas. Si él muriera o desapareciese… Probablemente nunca estarían completos.
¿Por qué había sido tan estúpido de no darse cuenta de ello hasta ahora?
Es extraño sentirse parte de algo, pensó Allen. Extraño y agradable.
La primera en correr a abrazarlo fue Lenalee, que se aferró a su cuello como si temiera que desapareciera en cuanto lo soltara. Allen pasó los brazos por la cintura de la chica, ganándose una horrible mirada asesina por parte de Komui, pero en aquel momento nada de eso era importante.
—Gracias a Dios que estás vivo.—Le susurró Lenalee en el oído, y fue entonces cuando se percató de que la chica estaba llorando.—Creí que nunca podría volver a abrazarte.—Los hombros de Lenalee temblaban a ritmo de los sollozos, y aquello bastó para que Allen la abrazara con más fuerza.
—No seas tonta.—Gritó Lavi.—¿Cómo has podido pensar que nuestro magnífico Allen moriría de fiebre?
—Lavi… No me hagas recordar a todo el mundo cuando te agarraste a la falda de la jefe de enfermeras mientras atendía a Allen.—Respondió Komui, dispuesto a defender a su hermanita.
—¿Qué? ¿La jefe de enfermeras? ¿Qué me he perdido?
—¡Nada!—Dijo Lavi, agitando los brazos.—¡No pasó nada así que no hay nada de qué hablar, así que callaos!
—Pues la jefa de enfermeras no piensa lo mismo. Es raro que no te haya denunciado por acoso sexual después de que le arrancaras la falda.
—¿A quién se le ocurre abrazarse a las piernas de la enfermera y ponerse a llorar como un becerro?
—¿De verdad, Lavi? ¿Le arrancaste la falda?—Preguntó Allen, divertido.
—La dejó en paños. Y luego la enfermera le metió tal sopapo que estuvo hasta anteayer con un chichón enorme en la frente. Parecía un unicornio.
—¿¡Por qué a mí!?—El pelirrojo se bajó la bandana hasta que ésta le cubrió el rostro, que se le había vuelto de un color tan rojo como su pelo. Miranda puso una mano sobre el hombro del chico, tratando de infundirle ánimos, pero éste estaba demasiado centrado en su autocompasión que ni siquiera se percató de ello.
Lenalee se separó de Allen, con las mejillas encendidas y mojadas por las lágrimas.
—Bienvenido de vuelta, Allen.—Susurró.—Gracias a Dios que estás vivo.
La chica se apartó lentamente de su lado mientras el resto de personas que ocupaban la habitación fueron, por turnos, ocupando el lugar que Lenalee había dejado libre hace tan solo un instante.
Primero fue Lavi, que se tumbó a su lado y ya no hubo quien lo moviera de aquel lugar estratégico, y a partir de él siguieron todos los miembros de la sección científica. Johnny se echó a llorar nada más estar delante suya, y Reever prometió que lo invitaría a un café nada más se recuperara. Komui lo abrazó con una alegría sorprendente, pero no se le olvidó susurrarle en el oído un "tenemos que hablar" antes de separarse de él. Cuando le llegó el turno a Jerry, se dio cuenta de que el hombre tenía una bandeja de dangos recién hechos entre las manos.
Miranda se desmayó nada más sentarse a su lado, y Krory estuvo llorando durante un buen rato, acusándose a sí mismo de haber provocado la fiebre de Allen, debido a que su presencia en la Orden lo había gafado. Pero aun así, en cuanto Miranda recobró el conocimiento y Krory pareció serenarse, Allen no pudo evitar estrecharlos contra él con la mayor fuerza que pudo, tratando de transmitirles lo agradecido que se sentía de tenerlos allí con él en aquel simple abrazo.
Cuando la gente comenzó a dispersarse y a entablar pequeñas conversaciones en grupo alrededor de toda la sala, Allen reparó en que faltaba alguien.
—¿Y Kanda?—Preguntó a nadie en particular. Lavi, a su lado, se tensó, y su gesto risueño se le borró de la cara.
—Yu no ha querido venir.
—Ah.
Allen sintió como si, de pronto, toda la felicidad que había conseguido almacenar se hubiera esfumado.
—¿Estás bien, Moyashi?—Preguntó Lavi, frunciendo el ceño. Por un instante, Allen se quedó parado, sin saber qué decir.
—Claro que sí, Lavi. Sólo…
—¿Hm?
—Nada. No es nada.—Allen sonrió, pero con menos fuerza que antes. El pelirrojo se percató de ello, y corrió a pasarle un brazo por los hombros, acercándolo a él. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, apoyó su frente en la de Allen.
—Tú y yo sabemos que "nada" no es lo que realmente pasa, Moyashi. Estás triste porque Yu no ha venido a verte.
—Eh… Bueno, yo…—El Moyashi titubeó, sintiendo sus mejillas enrojecer. Lavi sonreía como una maldita hiena, se dijo.—Lavi, qué tonterías dices. ¿Cómo voy a desear que ese estúpido egocéntrico con aires de grandeza esté siquiera en la misma habitación que yo? Si es que tienes unas ideas… Ahora, por favor, apártate de mí y deja de echarme el aliento…
—Lo que yo decía.—Le cortó Lavi. El pelirrojo no aflojó su agarre, a pesar de que el otro chico intentara separarse de él.—Echas de menos a Yu.
—¿Por qué iba a echar de menos a Kanda?—Resopló Allen, apartando la vista de la sonrisa maliciosa que se había formado en la cara de su amigo.
—Ah, no sé. Vuestra relación es muy extraña, Moyashi. Es tan difícil como tratar de emparejar a Tyki Mikk con Johnny. O a Tiedoll con Leverrier.
—Eres el rey de las comparaciones, Lavi.—Al oír el nombre de Leverrier, no pudo evitar que un sabor amargo le subiera desde la boca del estómago, y no sabía muy bien por qué.—Vale, tienes razón. Quizá tenía la ligera esperanza de que Kanda se dignara a venir a verme. Pero veo que no.
—Vamos, Moyashi, alegra esa cara. ¿Qué más da? Tan solo es Kanda. Ya sabes que tiene el nivel de inteligencia emocional de una patata, así que no lo tomes en serio.
—¿Estaba enfadado? Por… Ya sabes.
—¿Por lo que fuera que pasó antes de que volvierais? No, que yo sepa. Pero ya sabes cómo es de idiota. Probablemente ahora esté encerrado en su habitación gruñéndole a las paredes.
Allen tuvo que agarrarse a Lavi para evitar caerse de la cama.
—¡Dios, Lavi! ¿Me quieres matar de un infarto o qué?—Dijo, sin poder parar de reír.
—Esa no es mi intención, Moyashi. ¿No sabes que la risa alarga la vida? Quizá deberías reír un poco más, de vez en cuando.
Sí, quizá debería.
Pero en aquel instante, lo único que podía hacer era pensar en Kanda. En Kanda y la increíble facilidad que tenía para hacerle perder la paciencia.
A cada segundo que pasaba, Allen estaba cada vez más seguro de que jamás podría perdonar a Kanda.
O eso era lo que él pensaba.
—¿Estás seguro de que no necesitas ayuda?
—Lo siento, Lavi, pero preferiría ducharme solo…
—¡Vamos, Moyashi! No te voy a ver nada que no haya visto ya.
—¡Lavi!
—Lavi tiene razón, Allen.—Comentó Lenalee. La mayoría de personas que habían venido a ver a Allen se habían ido marchando con el paso de los minutos, y ahora tan solo quedaban en la habitación Lavi, Lenalee, Krory y Miranda. Todos ellos estaban sentados en la cama del Moyashi, rodeándolo.—Sería mejor que Krory y él vigilaran mientras te duchas.
A su lado, Krory enrojeció hasta las orejas.
—Tranquila, Lenalee. No me siento débil, ni por asomo. Además...—Allen miró a Lavi y frunció el ceño.—No me fío de este pervertido de aquí.
—¿A quién llamas tú pervertido?—Se defendió el pelirrojo.—Lo siento, Moyashi, pero no me interesas. Yo sólo estoy interesado en hermosas féminas como Miranda o Lenalee.
Ahora fue el turno de las chicas para sonrojarse.
—Lo que sea.—Dijo Allen, haciendo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto.—En seguida vuelvo, chicos. No os preocupéis por mí, estaré bien.
Dicho esto se levantó, una hazaña que requirió un gran esfuerzo, teniendo en cuenta que se había pasado una semana entera sin utilizar las piernas. Tenía los músculos agarrotados.
Cogió una muda limpia del armario, entró en el baño y cerró la puerta con pestillo. Agradeció que las habitaciones de la nueva Orden vinieran con baño incorporado, no como en la anterior Orden que había un único baño común para todos.
Con cuidado, se quitó la camisa sucia que llevaba pegada al cuerpo, la olfateó, y luego la tiró al suelo con una mueca de asco. Vestido con tan solo unos pantalones de pijama, se acercó a la bañera y abrió el grifo de agua caliente.
Había algo que no llegaba a entender. ¿Cómo es posible que no recordara cómo había acabado enfermando de tal modo? Si había pasado una semana inconsciente, debía haber sido algo serio, debería haber notado algún tipo de síntoma, pero la verdad es que su mente era un remolino confuso con respecto al tema. No recordaba siquiera haberse sentido mal en ningún momento.
Él iba de camino a la habitación de Lavi cuando… Cuando se despertó en su propia cama, una semana después. ¿Se desmayó por el camino? Sí, eso sonaba razonable. Probablemente perdió el conocimiento mientras hablaba con Lavi.
Lavi… Sin duda le estaba muy agradecido al pelirrojo. Si no fuera por él, quizá estaría muerto.
Una vez que la bañera se llenó, se sumergió por completo en el agua caliente. El contacto del agua con su piel era como un bálsamo mágico, y pronto sus huesos entumecidos volvieron a la vida.
Allen contempló la piel de sus brazos: los cortes que cubrían su antebrazo formando aquella horrorosa palabra ya estaban casi curados, aunque luego quedaría una bonita cicatriz como recuerdo. Cuando apartó su mirada de los espeluznantes cortes se sintió mucho mejor.
Su cabello, sucio y grasiento, volvió a la vida en cuanto le aplicó champú, y su piel se tornó suave y delicada en cuanto la capa de suciedad que la recubría se disolvió en el agua. Ojalá los problemas se disolvieran en el agua, se dijo. Ojalá fueran como el polvo y la suciedad. Así sería todo más fácil. Sólo tendría que darse un baño cada cierto tiempo para sentirse vivo otra vez.
Pero él no estaba hecho para el camino fácil.
—¡Allen, date prisa!—Se oyó gritar a Lenalee.—Llevas media hora ahí adentro, ¿estás bien?
—¿Media hora?—Dijo de vuelta, sorprendido. ¿Cómo había pasado el tiempo tan rápido, sin que él lo hubiera notado?
—¿Estás bien?
—¡Si!—Gritó, incorporándose de pronto.—¡Ya salgo!
Rápidamente salió de la bañera y quitó el tapón, dejando que el agua se escurriera por el desagüe. Cogió una toalla y con ella se secó el pelo; después se la anudó a la cintura y se dispuso a echarse un vistazo a sí mismo en el espejo. No sabía muy bien si estaba preparado para lo que sea que fuera a ver. ¿Seguirían las marcas de los dedos de Kanda todavía en su piel? ¿Y las de sus besos?
Cerró los ojos y se plantó frente al espejo. Un vistazo, se dijo. Un simple vistazo. Puede que todas las marcas hubieran desaparecido, y si no… ¿Qué mas daba? Igualmente iba a recordar aquella estúpida noche con moratones o sin. Con lentitud, abrió los ojos…
Y cayó al suelo de espaldas, gritando de puro horror.
—¡Allen! ¿Qué ha pasado?
Golpes en la puerta.
—¡Moyashi!
Más golpes.
—¡Ábrenos!
—Chi… Chicos… —Consiguió pronunciar, en un hilo de voz.—Tengo algo que preguntaros…
—¿Pero estás bien?—Preguntaron varias voces a la vez.
—Sí, estoy bien. Pero, por casualidad…
Sé valiente, Allen.
A duras penas consiguió ponerse en pie. Las piernas le temblaban, y amenazaban con dejarlo caer en cualquier instante. Aun así, se agarró con fuerza a la porcelana del lavabo y se mantuvo firme. Volvió a contemplar esa cosa en el espejo… Esa cosa que no era él. Mirándole.
No tengas miedo.
—¿Por casualidad no habréis visto mi piel de un color más grisáceo últimamente, verdad?
—No, ¿por qué lo dices?—Dijo Lenalee.
—Moyashi, estás tan pálido como siempre, te lo aseguro.
—Por nada. No es nada.—Respondió Allen, mientras miraba su reflejo con ojos desorbitados.
Neah había dejado de ser una simple sombra. Aquel que lo observaba desde el otro lado del espejo tenía apariencia humana. La apariencia que debió tener el Noé mientras estaba vivo.
Los brazos del Catorceavo rodeaban su cintura, y sus labios se curvaban en una mueca sádica. Allen contempló, horrorizado, cómo Neah abría la boca y de ella comenzaba a brotar una sangre pastosa, casi negra, que le corrió por las comisuras de los labios y por el cuello.
—Hola, Allen.—Dijo una voz en su mente. Mientras tanto, en el espejo, una de las manos de Neah se deslizó por su torso y subió hasta su cuello.—¿Me echabas de menos?
Neah giró la cabeza y presionó sus sangrientos labios contra el cuello de Allen, mientras éste lo miraba, sin poder apartar los ojos. De pronto abrió la boca, mostrando una larga hilera de afilados dientes, y Allen supo lo que el Noé pretendía hacer.
Se apartó del espejo justo a tiempo, antes de llegar a ver cómo aquellos inhumanos dientes se clavaban en su garganta.
Dios mío Allen, te estás volviendo loco.
Con el corazón a punto de estallar en su pecho, consiguió vestirse a duras penas y serenarse lo suficiente como para no asustar a sus amigos.
Porque sin duda, aquello no era algo que fuera a compartir con los demás.
Antes de salir del baño, se aseguró de cubrir el espejo con una toalla de ducha.
Nunca más, se dijo. Nunca más se miraría al espejo si podía evitarlo.
—Dios mío, Moyashi, comes como un cerdo.—Dijo Lavi, antes de dar un sonoro bostezo.
—Eso es que no sabes disfrutar del placer de comer.—Replicó Allen, que se sentía como si no hubiera tragado tanto en toda su vida.
—Yo te quiero igual, aunque seas un cerdo.
—Gracias, supongo.—Dijo Allen, riendo. Después de su extraño accidente en el baño, había sido escoltado por sus amigos hasta el comedor, quienes se aseguraron de que no le sentara mal la comida. Como siempre, descubrieron que el estómago del Moyashi no tiene fondo.
El entretenimiento momentáneo que le habían proporcionado sus amigos le había hecho olvidar la presencia de Neah. Ahora Lavi y él volvían a sus respectivas habitaciones, y aunque se sentía más tranquilo y confiado, todavía no quería enfrentarse a la soledad de su cuarto. Si Lavi se quedase con él no tendría por qué tener miedo, se dijo.
—Moyashi, me quedo un rato en tu cuarto, ¿vale?—No hacía falta más que pensarlo para que sucediera, se dijo.
—Está bien. Me parece genial.—Allen nunca se había sentido tan aliviado.
Siguieron caminando, cuando de pronto Lavi se paró en seco.
—Espera. Estate quieto.
—¿Qué pasa?
—Tienes sangre en el cuello.
—¿Eh? ¿Sangre?—Lavi se acercó a él, dejando una peligrosa distancia de pocos centímetros entre sus cuerpos. Con una mano, le apartó el pelo de la cara y, con la otra, le acarició el cuello.
Allen estaba tan concentrado en el contacto de Lavi con su piel que ni siquiera se percató de que había alguien en aquel pasillo, caminando en la dirección opuesta a la suya.
—No sé si es sangre, es más bien…
Allen no pudo evitar ruborizarse cuando el pelirrojo enterró la cara en su cuello.
—Lavi… ¿Qué haces?
Entonces lo vio. Acercándose lentamente, con los ojos fijos en Lavi y en él. Kanda.
El corazón de Allen se quedó congelado.
—Hueles bien.—Comentó Lavi, separándose de su cuello y retirando la mano que le sujetaba el cabello.—No creo que ese sea el problema… ¡Oh, Yu! ¿Has visto? ¡Allen ha despertado!
El samurái no contestó, sino que pasó de largo sin ni siquiera dirigirles una última mirada. Allen apretó los puños.
—Ups. Creo que Yu malinterpretó lo que vio.—Dijo Lavi, pasándose una mano por el pelo.—¿Has visto esa mirada asesina en su cara? Cualquiera diría que está enamorado de ti, Moyashi.
—¿Por qué me has olido el cuello? Es más, ¿por qué te has puesto a olerme el cuello justo ahora?
—Porque quería saber si lo que tenías en el cuello era sangre de verdad. No huele a nada, pero sí que parece sangre. ¿Te has hecho daño, Moyashi?
Allen se llevó una mano al lugar donde había tenido la mancha. Coincidía con el lugar en el que los labios de Neah lo habían tocado.
HELLOO! Hola a todas, queridas lectoras. Hoy acabo de recibir las notas del instituto y... Woooo! No tengo exámenes hasta enero. Olé!
No tengo mucho que decir, sólo que acabo de terminar de escribir esto justo ahora y quería publicarlo ya. No sé qué tal esta. Sean muy duras criticando, ¿vale u.u?
Esto avanzará rápido a partir de ahora. Confío terminar esto para febrero o así. Eso espero.
Mil gracias por sus reviews, queridas, los leo con mucho amor y cariño u.u mañana responderé a todos sin falta, ahora estoy que me muero xD. Recuerden, si ven algo extrraño en la historia, algo fuera de lugar, algo que se lee y no tiene mucho sentido, díganme. No se corten! Sin piedad.
Me retiro ya por hoy, me muero u.u
Con todo su amor,
Dolly.
P.D: Acabo de ver un vídeo super raro que se supone que han encontrado aquí en España de un tío muy raro disfrazado de médico veneciano mandando mensajes subliminales... Me ha dado tan mal rollo que no quiero quedarme ni cinco minutos más delante del PC o.o
P.P.D: No es broma, tengo miedo de que entre en mi casa y me mate u.u
P.P.P.D: Buenas noches u.u (no busquen el video, da mucha grima)
