DISCLAIMER: Nada es mío, jo.

ADVERTENCIAS: KANDA. Un poco de gore. Nada serio.

¿Todavía siguen vivas mis lectoras? :(


—¿Por qué no comes, Moyashi?

Allen rompió el contacto visual con la bandeja de comida que tenía enfrente suya y todavía no había tocado y echó un vistazo a su amigo pelirrojo.

—Hum… Creo que no tengo mucha hambre…—Una sonrisa débil se dibujó en sus labios.

—¿Te encuentras bien? Estás más pálido de lo normal.—Dijo Lenalee, mirándolo con una expresión preocupada.

—Estoy bien, tranquila.—Mintió. No estaba bien. No estaba nada bien.—No te preocupes.

Esto no está bien.

Se obligó a si mismo a alargar la mano y coger un bol repleto de cereales para evitar que sus amigos siguieran preguntándose qué demonios sucedía. Se llevó una cucharada a la boca, bajo la atenta mirada de Lavi y de Lenalee, y consiguió reunir la suficiente fuerza de voluntad como para tragar los cereales sin vomitar. Cuando ya llevaba cinco cucharadas soperas, sus amigos se relajaron y cada uno volvió a prestar atención a su propio desayuno.

Excepto Kanda.

Allen se negaba a mantener contacto visual con el japonés, pero aun así notaba la mirada del otro fija en él. Desde que se habían sentado en aquella mesa, no había dejado de mirarle. Ni un momento.

No levantes la mirada de tu comida, Allen.

¿Qué tenía que tanto le llamaba la atención a Kanda? ¿En qué estaría pensando en aquel momento? ¿Por qué no dejaba de mirarle? ¿Por qué? Las preguntas se agolpaban como un remolino en su mente, pero no encontraba la respuesta a ninguna de ellas. Tan solo quería salir corriendo y esconderse en su habitación y dejar pasar el tiempo suficiente como para que aquella desagradable sensación que se le estaba comenzando a formar en la boca del estómago desapareciera.

Pero él no era un cobarde, ni mucho menos. No iba a marcharse de allí sin más y darle el gusto a Kanda. Probablemente el japonés solo estaba tratando de intimidarlo, de hacerle sentir incómodo en su propia piel, patético y estúpido. O quizás quería librarse de él, y no sabía qué hacer aparte de mirarlo fijamente… Fuera lo que fuera, Allen no pensaba seguirle la corriente.

Él no iba a marcharse de allí cabizbajo y con aires de perdedor.

—Yu, tienes que dejar de poner esa cara de amargado. Cualquiera diría que te estamos molestando.

Le estamos molestando, Lavi.

—Si no te gusta mi cara no te sientes aquí, imbécil.

—¡Vamos, Yu! ¡Sonríe, es gratis!

—Deja de gritar, estúpido. Me pones enfermo.

—Bueno… ¿Qué tal en tu misión, Kanda?—Preguntó Lenalee, tratando de desviar la conversación hacia algo más productivo. En los oídos de Allen, aquella pregunta sonó terriblemente forzada.—Mi hermano me dijo que te destinaron a Corea, y yo pensé: es maravilloso que a Kanda le hayan permitido viajar hasta tan lejos. Es un país muy bonito, ¿no crees?

—¿Por qué me preguntas?—La voz de Kanda estaba tan vacía de significado que a Allen le dieron escalofríos.—¿Acaso te importa en lo más mínimo?

—¡Yu, no le hables así a Lenalee!—Allen reparó en que Lavi, a su lado, apretaba los puños alrededor de sus cubiertos.—¡Ella tan solo estaba tratando de ser amable!

—¿Te crees que necesito algún tipo de amabilidad?—El japonés soltó una dolorosa carcajada que hizo que los tres chicos se estremecieran.—Yo no te he pedido nada. Si tienes algún tipo de problema con mi comportamiento te invito a que te largues de aquí. Ya.

—¿Qué clase de problema tienes, Kanda?—Preguntó Allen, mirando fijamente al japonés.—Lavi no tiene por qué irse de aquí si no quiere.

La mirada de Kanda viajó hasta posarse sobre la de Allen, haciéndole estremecer.

—Veo que no tardaste nada en defender a tu novio.—Las palabras del japonés estaban cargadas de horrible veneno.

—¿N-novio?—Allen tartamudeó, confuso. Lavi y él intercambiaron miradas, los dos estaban igual de desconcertados. Por su parte, Lenalee se mordía el labio, incapaz de comprender qué estaba pasando.—¿De qué estás hablando?

—¿Yo, con el Moyashi?—La cara del pelirrojo era un poema.

—No te ha resultado difícil olvidarte de mí, ¿verdad?

—No sé qué dices, Yu, pero me estás asustando. Si te refieres a mí y a el Moyashi, no somos nov…

—Dime, Allen, ¿qué se siente?—Kanda siguió hablando, sin hacer ningún caso al pelirrojo.—¿Qué se siente al besar a alguien más?

—Cállate. No sabes nada.

—¿Ah, no? ¿De verdad?—Los labios de Kanda se curvaron en una sonrisa desagradable.—Yo creo que ahora lo entiendo todo. No eres más que un asqueroso traidor. No te importó ni lo más mínimo que me borraran la memoria, porque tú lo único que querías era tirarte a Lavi sin tener que preocuparte por lo que yo pudiera pensar.

Traidor. Aquella palabra resonó en los oídos de Allen. Inconscientemente, rozó las cicatrices de su antebrazo por encima de la ropa.

—No es cierto… Yo no soy un traidor.—Allen se llevó una mano a los labios, incapaz de creer en lo que estaba oyendo.—Me estás acusando de algo horrible, Kanda. No sabes lo que estás diciendo.

El tono de su voz se había elevado más de lo normal, alertando a aquellos que se encontraban a su alrededor. Pronto los cuatro chicos se vieron acribillados por decenas de miradas indeseadas. Allen se irguió en su asiento bajo la atenta de mirada de Lavi y Lenalee, que observaban a los dos chicos con una expresión confusa. Lenalee intentó interponerse entre los dos, pero no sirvió de nada.

Mientras, la mente de Lavi ataba cabos.

—Espero que haya merecido la pena.

—Cállate…

—Ah, pero tranquilo, que me da igual a quién te tires. No es que me importes lo más mínimo. Aunque debe ser bastante fácil follar contigo, teniendo en cuenta que no tuviste ningún problema conmigo durante aquella misión.

—Deja de gritar, por favor… Estamos llamando la atención innecesariamente...

—¿Qué pasa, que no quieres que los demás se enteren de lo fácil que eres?

Aquellas palabras bastaron para que algo dentro del albino se removiera.

El puño de Allen impactando en la mejilla de Kanda silenció las palabras del japonés.

—Te dije que te callaras.—Sin darse cuenta de ello, Allen se había puesto de pie. Toda la cafetería quedó en silencio.—No juegues más conmigo, Kanda. No tienes derecho a contar todas esas patrañas sobre mí delante de mis amigos. No tienes ningún derecho...—Allen echó un vistazo a su alrededor. Kanda miraba hacia otra parte, con la mejilla roja y los ojos desenfocados; Lenalee lucía asustada, mientras que Lavi estaba mucho más serio y callado de lo normal. Alzó todavía más la mirada y se encontró con decenas de personas pendientes de él. De pronto, todo el valor que había poseído se desvaneció en un segundo. El miedo lo reemplazó.—Todos me están mirando… Yo… Qué vergüenza... Creo que debería irme…

—¡Espera, Allen!—Gritó Lenalee, pero ya era demasiado tarde. Éste ya corría entre las mesas del comedor, en dirección a la salida. No miró atrás en ningún momento.

No quería que Kanda lo viera llorar.

Kanda lo había vuelto a hacer. Justo cuando creía que ya no podía humillarlo más, el japonés se había asegurado de dejar su dignidad por los suelos delante de sus amigos y conocidos. ¿Por qué?, se preguntaba Allen. ¿Qué necesidad había de acusarlo en público de todas aquellas estupideces? Kanda y él sabían que nada de aquello era verdad, pero los demás no tenían idea de nada.

Estaba seguro de que, tarde o temprano, las palabras de Kanda se propagarían por la Orden. Pronto, su reputación caería por los suelos y, aún peor, si alguien se cuestionaba la naturaleza de aquellos rumores y comenzaba a investigar sobre el tema, descubriría verdades que era mejor no conocer.

Allen quería encerrarse en su habitación y no salir nunca más. La vergüenza lo carcomía por dentro.

—¡Lo has estropeado todo! ¡Todo!—Allen escuchó los gritos de Lavi tras de si, pero no se detuvo. Alcanzó la salida y cruzó las dos puertas que lo alejarían de las miradas de la Orden sin ningún tipo de duda. Lavi continuó gritando, pero Allen ya no lo escuchaba más.

Hace unos instantes se había jurado a sí mismo que no caería ante las provocaciones de Kanda, que no saldría corriendo como un animal asustado y le daría el gusto al japonés. Y ahora, con las mejillas encendidas y los ojos acuosos recorría los pasillos de la Orden buscando un lugar donde esconderse. Sin duda era patético.

¿Realmente soy tan fácil de destruir?

El camino de regreso a su habitación nunca se le había hecho tan largo.


Link no se encontraba en la habitación cuando Allen llegó. Allen se hubiera sentido aliviado si no hubiera estado demasiado ocupado ahogándose en sus propias lágrimas. Echó el cerrojo a la puerta y se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada contra la dura madera.

Aún cuando se encontrara encerrado en su propio dormitorio, con la cabeza enterrada entre las rodillas y las lágrimas empapando la tela de su pantalón, lejos de cualquier persona viva, no podía evitar sentirse observado.

—¿Por qué me haces esto?—Preguntó, sin alzar la cabeza, con la voz ahogada y hueca.—¿Por qué? ¿Por qué yo?

La respuesta a su pregunta no tardó en resonar dentro de sus oídos.

¿Acaso importa lo más mínimo?

Allen tragó saliva.

—Todo esto es por tu culpa.

Mírate. Estás hecho un desastre.

—Vete… Por favor…

La voz se rió.

¿Qué diría Mana si pudiera ver en la criatura débil que te has convertido?

Si Allen hubiera tenido algo en el estómago, probablemente lo hubiera vomitado todo en aquel momento.

—No te atrevas a hablar de Mana.—Allen se había erguido de pronto, mirando al frente y a nada en particular. Ya no lloraba.—No eres nadie para pronunciar su nombre.

¿No soy nadie?—La risa de Neah martilleaba sus oídos con tanta fuerza que le obligó a tapárselos con las manos.—¿De verdad eres tan estúpido para creer que yo no soy NADIE?

Las carcajadas aumentaron de frecuencia y se convirtieron en un chillido agudo e insoportable. Allen, con la espalda contra la pared, cayó al suelo en un golpe sordo. Sus manos no eran suficientes para contener aquel horrible pitido que se le clavaba en el cerebro como espinas afiladas.

Gritó, tratando de enmascarar el sonido con su propia voz. Gritó hasta que se desgarró la garganta.

Pero no sirvió de nada.

—¡Cállate! ¡Cállate por favor!—Reuniendo toda su fuerza de voluntad, consiguió levantarse del suelo.—¡Para!

Si rompo el espejo…

Tambaleándose por completo, Allen dio un paso hacia delante, y luego otro, y otro más. Los gritos no cesaban. Creyendo que se desmayaría de un momento a otro, se impulsó hacia delante con todas sus fuerzas y chocó contra la puerta del baño haciendo que esta se abriera de golpe. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo ya había activado su inocencia y había golpeado el espejo con todas sus fuerzas. El espejo se fragmentó y multitud de diminutos cristales cayeron al suelo.

El sonido desapareció.

Suspiró, aliviado, y se dejó caer hacia atrás. Su espalda chocó contra la pared del baño, y así permaneció durante unos instantes, tratando de ralentizar la velocidad a la que su corazón bombeaba sangre por su cuerpo. Neah se había ido, por el momento.

Echó un vistazo al desastre en el que se había convertido el suelo del baño, y no pudo evitar encogerse de hombros. Había quedado cubierto por completo de pequeños cristales irregulares, unos más grandes que otros, pero todos le producían la misma impresión de agobio. Qué bonito, pensó. Ahora tendría que recoger aquellos diminutos cristales uno por uno, y corría el peligro de cortarse con el borde afilado de cualquiera de ellos.

Bueno, podría ser peor.

Con cuidado de no pisar ningún cristal, salió del baño y regresó con un cubo de basura, que plantó estratégicamente en el suelo junto a él. Podría ser peor, se repitió mentalmente. Ahora mismo podría estar pensando en Kanda y, sin embargo, aquella faena le ahorraría la molestia de preocuparse por él durante un buen rato. Al final tendría algo que agradecer a Neah, después de todo. Quién se lo iba a decir, vaya.

Sin pensárselo dos veces, se agachó y extendió su brazo derecho hacia un trozo de cristal especialmente grande. Por alguna parte tendría que empezar, se dijo. Sin embargo, cuando sus dedos acariciaron la superficie del cristal…

¿Creíste que te librarías de mí tan fácilmente, pequeño?

Un dolor punzante atravesó su muñeca.

Fue como, si de pronto, algo estuviera tratando de tirar de él hacia dentro del espejo.

Rápidamente, apartó la mano.


—¿Habéis notado eso, familia?

—Es él, ¿verdad?—Preguntó Road, sin apartar la vista de la enorme piruleta que sujetaba con dos manos.

El Conde asintió.

—Neah está despertando.

—Es un maldito escandaloso.—Opinaron los hermanos Jasdevi al mismo tiempo, tapándose los oídos.—Nos ha despertado de nuestro sueño de belleza.

—Al menos nos ha informado de su paradero.—Comentó Tyki.

—¿De dónde venía la señal?

—De algún lugar de Europa, al parecer.

—Estoy de acuerdo contigo, Tyki.—Dijo Road.

—¿Eso quiere decir que…?

—Que ahora ya sabemos dónde está escondido Allen.—El Conde se relamió los labios bajo su forma humana.—¿Qué familia, os apetece hacerles una visita a nuestros amigos exorcistas?

Al Conde no le hizo falta repetirlo dos veces.


Allen se quedó sin aliento cuando retiró el brazo y descubrió la manga de su camisa empapada de sangre. Con su mano izquierda desabrochó el puño de su camisa y se levantó la manga hasta el codo. Su muñeca…

No.

No podía ser cierto.

No podía ser real.

Su muñeca estaba marcada por dos profundos cortes perpendiculares, una herida en forma de cruz de la que no paraba de brotar sangre. Ésta se escurría entre sus dedos con una rapidez enfermiza y goteaba en el suelo una y otra vez, con el mismo sonido inquietante: click, click, click…

Aquello era un estigma, no cabía la menor duda. Todavía recordaba cuando Cross le trató de explicar el por qué de las heridas en forma de cruz en las frentes de los Noé. Las marcas del dolor de Cristo en sus pies, en sus espaldas, en sus muñecas. En sus frentes. En el caso de los Noé, las creía obras del Diablo. Jamás creyó que vería abrirse una en su propio cuerpo.

—Cálmate Allen… Recuerda el curso de primeros auxilios de Cross… Cuando hay una hemorragia…

Se hacía presión sobre la herida, hasta que dejara de sangrar. Agarró una toalla y, con su mano buena, la apretó con fuerza contra su muñeca. Gimió de dolor. Dios, cómo temblaba. Casi ni se podía mantener agachado por su propio pie, y tuvo que sentarse en el suelo, en medio de la lluvia de cristales.

—¿Qué hago ahora?

Allen comenzaba a sentirse mareado. La toalla que hacía presión sobre su muñeca estaba empapada de sangre, y todavía no había conseguido parar la hemorragia.

Tengo que salir de aquí. Tengo que buscar ayuda.

Haciendo acopio de toda sus fuerzas, Allen se levantó del suelo. Cogió un buen pedazo de papel higiénico y trató de vendar su muñeca de la forma más rudimentaria posible. Cuando sintió que el vendaje era lo suficientemente satisfactorio, puso un pie fuera del baño y, sin mirar atrás, corrió hacia la puerta de su habitación.

Justo cuando su mano se posó sobre la manecilla, la alarma comenzó a sonar.


¿Ho-hola? ¿Hay alguien por aquí?

Madre mía, han sido cinco largos meses. Y no tengo excusa. Me he tardado siglos en subir capítulo. Estoy realmente avergonzada de mí misma. El trabajo del instituto me tiene agobiadísima, y no tengo tiempo para nada. Jo.

Pero... ¡Se acerca el verano! Estoy terminando todos los exámenes finales. Pronto podré descansar, y con suerte, seguiré escribiendo.

Por el que crea que abandoné esta historia... ¡Jamás! Dolly nunca deja nada a medias... Kukuku... No, en serio. Disculpen la tardanza. Creo que les he defraudado a todas :(

Han pasado muchas cosas en estos cinco meses... David Bowie ha muerto, Glenn Frey, Snape, Prince... Se me mueren mis ídolos :( Y Hoshino no es que me anime demasiado... ¿Han visto los últimos capítulos del manga? Díganme qué opinan, en serio. Yo no les veo la gracia.

Mañana responderé a los reviews que tengo pendientes. No me olvido de ustedes ;)

Con toda la pena del mundo,

Dolly.