Debo agradecer a un familiar muy especial por la pequeña ayuda especializada que recibí de ella como médico en esta obra. Sin duda alguna, provocó que esto pudiese acabar siendo "real" en sus cinco sentidos, mucho más allá de lo que imaginaba mi propia cabeza :3
Los personajes de esta obra pertenecen a S.M y la trama es mía, todo que ambientada en alguna que otra parte en la Saga Crepúsculo.
A continuación… Que disfrutéis del capítulo final de este OS ;)
EDWARD
—Edward, en la última reunión decidimos que contrataríamos a Marcus y no a Cayo —repitió Aro por millonésima vez. Como si las que llevaba ya, no hubiesen sido castigo suficiente para él—. Ni siquiera hemos tenido una cita con ese tipo para saber si realmente vale o no. ¡Con Marcus lo teníamos claro! —bociferó—, ¡¿Pero qué coño te pasa?!
Había cometido un error, pero fuera grave o no, ya estaba hecho. No necesitaba que le dijesen el mismo discurso unas mil veces, puesto a que Edwrad no era ningún retrasado. Aro golpeó sus puños sobre la mesa, frente a su persona.
—Confiaba en ti —continuó—, pero me has decepcionado muchísimo. Sinceramente, creía que este cargo era idóneo para alguien como tú... pero ya veo que no.
—Lo siento Aro, te compensaré de alguna forma. —Edward intentó pensar en algo rápido y soltarlo al mismo tiempo, pero no lo consiguió sin primero tragó saliva. —Sacaré algo bueno de Cayo, lo prometo.
Aro soltó una risotada que en aquella vez, por más aguda que esa fuera, a Edward no le hizo ni la más mínima pizca de gracia.
—Eso es lo mínimo que puedes hacer, Edward —soltó con desdén—. Con Marcus eso lo tenías asegurado, y en vez de esforzarte para que el que valga la pena triunfe… ¡Nos consigues a una miseria que tal vez haga algo bueno entre un revuelco de basura! —Y con ese último siseo entre dientes, Aro se apartó furioso hacia el ventanal transparente de la izquierda del edificio, por donde podía verse la ciudad entera. Esa misma que hasta ahora le había llenado el bolsillo, podía conseguir vaciárselos a la velocidad del rayo.
—Ahora que ya no tenemos más vacantes y que Marcus se ha quedado sin sitio aquí, sólo queda esperar a ver como nuestras principales competidoras se pelean para conseguirlo y hacer fortuna mientras nosotros nos hundimos lentamente en el fondo del agua como el mismísimo Titanic.
—Tampoco es para tanto…
—Ya lo creo que sí —aseguró. Se giró hacia él y lo enfrentó manteniendo el mentón en alto—. Una falta más como esta, y a pesar de que hayas estado durante años aquí, a pesar de los premios que nos hayas hecho ganar y a pesar de que hayas ido a la mismísima Juilliard, estarás despedido.
Aro lo fulminó con la mirada una vez más, y salió seguido de un estrunduoso golpe provocado por el cierre de la puerta gris de metal. Edward se dejó caer una vez más en su silla y se acarició las sienes.
Observó el despacho y suspiró sintiendo como el dolor de cabeza volvía a regresar. Eso no podía estar pasándole. Tenía el contrato de Marcus frente a sus ojos, estaba seguro de que era él a quién estaba firmando para su entrada en la discográfica... y de algún modo o descuido, lo arruinó todo.
Decepcionado hasta de él mismo, salió del trabajo ese día.
Llegó a su casa y lo único que se le ocurrió hacer fue tirarse en el sofá. Nada más que reconfortante que eso por el momento. Se acomodó sobre los cojines rojos y marrones con costuras doradas y se dispuso a cerrar los ojos durante unos minutos, antes de ocuparse de la cena ese día en el que Isabella tenía el turno de tarde que duraba hasta la entrada de la noche.
—¡Papá, papá! —Unos brazos delgados lo removieron con insistencia, al ver que no reaccionaba de otra manera.
Edward se desperezó frunciendo el entrecejo y se encontró con su misma carita en miniatura enfrente de él.
—¿Renesmee? ¿Pero q...? —Entonces fue cuando se fijó en las ventanas y la rápida decadencia del sol a comparación de un rato. Se incorporó como si tuviera un resorte en el trasero.
—¿¡Cómo has llegado aquí?!
—Tía Alice me ha traído —explicó ella—. Al ver que no venías a recogerme en el colegio, decidí llamarla.
—Jod… —Carraspeó antes de hablar mal enfrente de su hija—. Lo siento muchísimo pequeña, me he quedado dormido y ni siquiera…
Y volvió a moverse rápidamente para sacar el móvil del bolsillo y fijarse en la hora que ponía.
—Maldita sea —exclamó al darse cuenta de lo mucho que había dormido—. Tu madre llega en nada, ya es de noche y ni siquiera tienes qué comer. ¡Ni yo mismo! —Su mente empezó a nublarse de la velocidad a la que intentaba pensar—. Dios mío, Bella se encarga de las comidas, yo de las cenas. Si al final lo va a hacer todo ella, ¡Ni siquiera he sido capaz de recogerte del colegio! —indicó indignado—. Y en el trabajo soy un fracaso.
—Tranquilo. —Renesmee le acarició la cabeza y sonrió, antes de volver a apartarse y acomodarse en el respaldo del mueble—: Llamaremos por una pizza y ya está. —Y tan relajada como siempre, Re alcanzó el teléfono fijo en la mesa de centro y marcó el número hábilmente entre sus dedos mientras volvía hacia su padre con el aparato entre las manos—. Decimos que entreguen el pedido extra rápido, y no decimos a mamá nada sobre el incidente. ¿Te parece? —Era fascinante como esa niña con un gesto tan simple lograba ser tan relajante.
—Gracias hija. Te debo una.
La niña sonrió.
—No me debes nada, eres mi papá. Tú me cuidaste desde que era un bebé sin pedirme nada a cambio, y yo te ayudaré en lo que pueda para pagarte con la misma moneda.
Él no pudo hacer más que estrecharla entre sus brazos. A pesar de que su hija contaba con sus casi cortos ocho años... había sacado la misma madurez precoz que su madre.
La idea de Re funcionó a la perfección. Bella llegó con la pizza recién hecha en medio de la mesa, justo cuando su hija y su marido estaban comiendo el primer trozo con cuidado de no quemarse, y ella no hizo más que reír ante la cómica escena.
—¿Con que pizza, eh? ¿De quién fue la idea?
Sin esperar la respuesta, se llevó una rebanada de ella a la boca, haciéndosele la boca agua por sentarse y seguir degustando.
—Solo no te la acabes toda —la alertó Renesmee. Bella sacó la lengua, sabiendas de que lo decía porque ella era la más resistente a los platos calientes. Y con la lentitud de los dos, podía acabarse la cena ella solita en menos de lo contado.
Más tarde, cuando todos ya estaban en sus respectivas camas, Edward detuvo sus arrumacos con su esposa solo para intentar persuadirla de una idea.
—Bella, un momento —pidió. Ella frenó enseguida lo que hacía, consternada. Estaba únicamente vestida con su ropa interior de encaje azul y su falda a medio bajar, y Edward estaba recién deshaciéndose de la hebilla del cinturón. Tomó un suspiro para poder resistirse unos segundos a sus encantos—. Hoy me he dado cuenta de que me es más difícil ocuparme de recoger a Renesmee todas las tardes con el trabajo. A veces se me acumula y, bueno… —Hizo el intento de buscar las palabras más idóneas sin que se le escapase algo que no debía mencionar—, ella no tiene que pagar los platos rotos como para quedarse esperando.
—Te comprendo. —Bella hizo una mueca siguiendo el hilo de la conversación, pero sin dejar de acariciar los pectorales de su marido por encima de la camisa—. Cuando a mí me toca recogerla, a veces creo tener el mismo problema.
—¿Entonces qué te parece si la ponemos en la movilidad escolar? —sugirió ladeando un poco la cabeza.
—Por mí no hay ningún inconveniente. —Bella se encogió de hombros—. Más bien creo que le irá mejor para que se haga más responsable frente al horario de recogida, y además tendrá más rato para hablar con sus amigas.
—¿No creo que nos cueste mucho más, verdad?
—Pese a que no somos ricos tampoco prescindimos de nada bueno, Edward —indicó Bella comenzando a trazar círculos en sus músculos por debajo de la tela.
—Entonces no se hable más —finalizó gustoso—. Y ahora, ¿Por dónde estábamos?
—Por acabar de desnudarnos, supongo —murmuró ella mirándole con ojos deseosos. Sin más preámbulos, Edward le dio la vuelta, haciéndola reír y encargándose de continuar el proceso detenido mientras atacaba nuevamente sus labios.
nnn
Edward creyó que con el arreglo de Renesmee y alguna que otra alarma en el móvil para no dejarlo dormir cuando era responsable de algunos deberes de la casa, iba a ser suficiente. Pero no lo fue.
Justo en su primera cita con Cayo en la discográfica, cuando acabó de arreglarse y se disponía a salir apresurado por los diez minutos restantes, no encontró las llaves en el recipiente transparente donde solía ponerlas. Volvió al cuarto como un loco, pero no estaba ni en la mesita de noche ni en su cajón personal. Fue a su despacho por último, pero tampoco estaba ahí. Buscó en el hueco de sus camisas, de la chaqueta del día anterior, y justo cuando estuvo por llamarlo para avisar que había surgido un imprevisto y quedar mal porque iba súper tarde, se dio cuenta de que las llaves estuvieron con él todo el tiempo; en el bolsillo de sus pantalones.
nnn
El tiempo siguió pasando y otros incidentes fueron sucediendo. Cuando por fin llegaba a casa, se relajaba demasiado y al comenzar el trabajo tenía un estrés tan grave que le empezaron a dar continuos dolores de cabeza.
Decidió que era hora de ir a un médico profesional.
Como su padre no podía atenderlo por relación familiar, le tocó uno con el que se quedó anonado ante la sugerencia que le dio. Le derivó a un especialista, a un neurólogo para ser más exactos.
Le hicieron diferentes pruebas en una cabina que bien parecía ser un congelador de personas humanas, luego preguntas...miles de preguntas. Unos exámenes tipo test donde demostró excelentemente lo bien que iba en ganar campeonatos de desorganización, y le pidieron que volviera en quince días más más.
Para cuando volvió, le hicieron unas preguntas en un tipo de consulta antes de pasarlo a otra.
—Señor Cullen, siéntese por favor.
El semblante del doctor mayor con un avanzado inicio de calvicie.
—¿Ocurre algo malo doctor?
—¿Por qué lo pregunta muchacho?
—Es que, lo deduzco por la expresión que lleva.
El señor rió por lo bajo en su asiento y negó con la cabeza volviendo a ponerse serio rápidamente.
—Verá, el médico que le atendió el otro día es mi primo, pero decidieron pasarme a mí su expediente por ser yo el jefe de neurología del hospital —comenzó a relatar—. Digamos que entre su anterior médico y yo, sacamos todos los posibles diagnósticos de su caso. El proceso ha sido demasiado exhaustivo para que de verdad nuestra conclusión no fuera errónea dada a la gravedad del punto a dónde estábamos llegando...
—Doctor por favor, si tengo algo malo dígamelo claro. —Lo que menos quería Edward eran rodeos inútiles—. No con términos médicos, pero tampoco con muchas vueltas a la peonza. —Llenó sus pulmones de aire antes de llegar a la conclusión que estaba pensando—. ¿Es un tumor?
—No es ni mala ni buena suerte, que le deba contestar que no.
A Edward le costó un poco seguirle.
—¿Peor que eso?
—Eso era lo que al principio nos olíamos —explicó haciendo referencia al caso del tumor—. Pero después de revisar el TAC se mostraba claramente que no se trataba de eso. Revisamos también otras pruebas, y no llegamos a nada más a que un punto en concreto que no se puede confirmar con certeza.
—Explíquese.
—Eso es lo que haré señor Cullen, paciencia, solo espero que usted no trate de enloquecer luego de explicarle nuestra teoría.
Edward se enderezó en el asiento y se disculpó con la mirada. Sin embargo, sentía como su ritmo cardiaco no hacía más que acelerarse.
—Lo que creemos que usted tiene, no puede diagnosticarse de una manera oficial, por así decirlo, así que siempre existe un margen de error. Pero después de que lo hemos revisado varias veces junto a otros especialistas... Hemos deducido que se trata con grandes posibilidades, de un caso de Alzheimer bastante, bastante precoz.
De repente el pequeño espacio donde estaban se silenció por completo.
El ambiente que debía de dar sensación tranquilizante por sus paredes pintadas de blanco y verde, solo estaba consiguiendo marear a Edward, que en aquellos momentos, solo se preocupaba por la carencia de ventanas de donde pudiese sentir que aspiraba aire fresco y asimilar la noticia que le acababan de dar. Era algo similar a que le diesen una sentencia de muerte. O mejor dicho, se la habían dado.
—¿Cómo dice? ¿Alzheimer? —Edward trató de sonreír—. Venga doctor, míreme. ¿Acaso tengo pinta de viejo? Es más, le informo que acabo de pisar los treinta.
—Estamos al tanto de su edad Sr. Cullen —le dijo el médico, manteniendo el mismo tono cauteloso y prudente de antes—. Es la primera razón por la que tratamos de extender su caso el máximo tiempo posible antes de cerrar la búsqueda hacia otro diagnóstico. Es usted uno de los pacientes más jóvenes, y estas conclusiones no hubiesen sido posibles si sus primeros síntomas de la enfermedad no fueran tan visibles.
Edward no era doctor, pero había aprendido lo suficiente por la convivencia con su padre, como para poder ser capaz de interpretar el significado de aquellas palabras.
—Acabo de llegar a los treinta —repitió entre una mezcla de afirmación e incredulidad—. ¿Y ya he pasado toda la etapa leve de la que tanto hablan? ¿He vivido con el comienzo de la enfermedad durante década y media?
—No estamos hablando de tanto tiempo —corrigió—, pero si de hace unos cuantos años. Posiblemente, desde los principios de los veinte, ya que es la edad mínima en la que hasta ahora ha sido diagnosticada.
Al ver que el chico sudaba, el experimentado doctor prosiguió de otra forma—. Déjeme serle franco Edward. —El doctor se acomodó en su respaldo y movió las manos ágilmente—. Son muy pocos los casos de esta enfermedad que se han encontrado a tan poca edad. Normalmente son únicos y extraordinarios, por eso tuvimos que hacer un montón de repasos antes de comunicarle esto. Y como creo que sabe por su padre —sabiendo Edward que hacía alusión al doctor Cullen—, el Alzheimer precoz suele desarrollarse con más velocidad que el Alzheimer normal. Cuanto antes empieza, peor es.
Y después comenzaron a hablar de las sintomatologías: "Al principio no es notorio, y cuando se afianza, los síntomas son tan comunes y normales en las mentes de las personas que no se llega ni a pensar en la posibilidad de la enfermedad, si son jóvenes" y de los posibles fármacos que lo aliviarían con su nuevo crecimiento de nervios y estrés que ahora lo atormentaba.
Su fase moderada todavía no se veía del todo presente, y podría tardar entre meses y años en su aparición, pero su diagnóstico decía que estaba cerca... —Aunque el doctor insistía que era imposible averiguar el tiempo de progreso, y eso para él significaba su misma condena.
—Si quiere, Edward, podemos concertar una cita para reunirles a su padre y a usted y que por él mismo quiera comprobar si hay fallas o...
—¿Han confiado mi expediente en manos del mejor especialista, no es así? —El médico reafirmó su posición, asintiendo—. En ese caso, no necesito que se le informe de nada y darme más posibles esperanzas. Creo en los resultados, pero por favor. —Se inclinó en la silla de cuero negro, acercándose al hombre que tenía enfrente—. Quiero máxima confidencialidad respecto a esto, tal cual sucede con el resto de pacientes sin familiares aquí.
—Y la tendrá Sr. Cullen, no tiene ni que pedirlo.
Desde ese momento la vida de Edward dio un giro en todos sus sentidos. Tanto en el plano laboral, como familiar como personal. Sentía que debía autocontrolarse, pero a veces todo y con las pastillas que escondía en la cocina, no era suficiente.
Dentro de poco, se dio cuenta de que no podía jugar al escondite porque perdía por sí mismo sus propias cosas, y todo lo decidió esconder en un único sitio.
En el segundo cajón de su mesita de noche, con forma de un pequeño armario de madera pulida que le permitía guardar lo más exclusivo y necesario sólo para él, sin que su Bella se diese cuenta de nada.
Porque eso fue lo primero que se empeñó en modificar. Su esposa ya no podía quererle.
Tenía que alejarse de ella, regresarle su libertad y que fuese feliz a costa suya antes de que enloqueciese, o de lo contrario, la condenaría a pasar los mejores años de juventud junto a un enfermo que no sólo no duraría lo suficiente, sino que además no podría ni agradecerle por su compañía hasta sus últimos momentos. Sería un monstruo, por su próxima locura, y aún más, por olvidarla.
Le entraban arcadas solo de pensarlo. ¿Cómo podría ser capaz de olvidar a la mujer que le dio luz a su vida? Que era el amor de su existencia. Nunca podría comprenderlo; hizo el juramento ante dios de amarla y respetarla, y estaba convencido de que así lo cumpliría hasta que su corazón latiese por última vez.
¿Cómo demonios ahora sería fiel a esa promesa?
¿Quién le aliviaría el dolor de sus hombros con el que llegaba después de pasar tantas horas sentada? ¿Quién la fortalecería entre sus brazos para susurrarle las palabras de amor que esa mujer se merecía como madre y excelente esposa, por solo tener una paciencia de santa y un corazón de oro que debería encontrarse en el pilar de una iglesia? ¿Con quién compartiría sus confidencias? ¿Quién besaría esos labios y cada una de las imperfecciones escondidas que se extendían por su piel blanquecina? ¿Quién la consentiría y la abrazaría durante todas las horas del día que dispondrían juntos?
Solo se le ocurría una única respuesta, y era que seguro que ahí afuera tenía que haber entre miles de babosos e inmaduros, un hombre capaz de merecerse el corazón tan grande y cálido que esa castaña menuda y delgada que poseía dentro de su pecho. Alguien que adorase tanto sus definidas curvas como su interior. Y con ello, conseguiría un sustituto como padre de su hija, para que no se sintiese sola cuando su madre no estuviera para recibirla del colegio, para que le consintiese, jugase con ella y la quisiese como solo un padre podía hacer.
Debía hacerlo. Debía darles un espacio en su vida para que pudiesen olvidarlo, antes de que él las olvidase a ellas. Eran demasiado buenas para hacerlo, y él lo sabía muy bien.
Aun así, Edward cumplió su cometido sin dejar de ir atendiéndolas con las tareas de la casa y alguna que otra ayuda que sus reinas necesitasen de él antes de convertirse en un completo inútil, tanto como una carga.
En meses agonizantes y tormentosos contados, Bella había aprendido a prescindir de él aunque todavía llorase por las noches al creerlo dormido y confesaba sentirse sola y necesitada de algo que él escuchaba y solo absorbía por dentro; ante eso, él solo deseaba que a medida que se desahogase se le fuera a ella el dolor, y que él se encargase de sentir por los dos. Lo único que le importaba era que su felicidad volviese a llegar pronto.
Al quinto mes de lo sucedido, pasó algo que Edward esperaba con muchas ansias porque sabía que en cualquier momento, llegaría ese día. Alguien podría ocupar la vacante que él dejó disponible dentro de la discográfica para la que trabajaba. Lo consiguió de una manera bastante sencilla:
En aquellos meses, solo se preocupó de sacar el máximo potencial de Cayo. Vale, no era un milagroso genio con un don divino regalado del cielo, pero era un buen chaval aprendiz que tenía madera musical si sabía esforzarse y recibía apoyo suficiente. ¿Su punto fuerte? Lo hacía todo con muchas pero que muchas ganas. Con ayuda y práctica podía tener la base perfecta para cumplir todas sus metas.
Edward intentó entregarle lo mejor de su parte a pesar de sus dificultades que crecían en su cabeza y comenzaban a debilitarlo, hasta que un día descontrolado y lluvioso, se dio cuenta de que condujo hasta el quinto pino... y no al sitio que le tocaba. Justo ese día iba hacia una una presentación importante de Cayo a unos socios exclusivos, colaboradores de sitios famosos como lo eran YouTube, VeVo y otras identidades.
Lo que le pasó a Edward se vio como una falta de respeto imperdonable hacia su "asunto" que era Cayo en la compañía y a los clientes, y no pudo recibir mejor castigo que ser despedido definitivamente.
Al menos se fue feliz, sintiendo que su cometido de ayudar a que ese chaval llegase lejos quedó completamente realizado. Él hizo lo mejor que pudo.
nnn
Todo su plan siguió su transcurso. Le hacía creer a su familia que todavía seguía trabajando, cuando en sus ratos libres, sólo se dedicaba a practicar algunos ejercicios de memoria como le aconsejó el médico y se encargaba de ver qué asuntos debía resolver en su vida antes de que su enfermedad empeorase. También buscaba lo que debía hacer para evitar el desarrollo de la enfermedad lo máximo posible y obtener así un poco más tiempo.
A través de modos de seguir recordando, empezó a desarrollar la manía de entretenerse con la observación de las fotos que tenían colgadas por la casa. En las que primero se fijó fueron en las que salían unidos como familia. Con Renesmee actual, cuando era más pequeña, y cuando era un bebé.
Reconoció que tanto Bella como él fueron padres demasiado jóvenes.
Ella apenas iba por su primer año de Universidad a los diecinueve cuando se embarazó de Renesmee. Justo después de casarse, porque ella quiso que su primera vez no tuviera ningún tipo de barreras o protección de por medio. Eran ideas anticuadas, pero eran ideas de una pueblerina enamorada de su primer amor.
Aunque el sexo tardó, empezaron a vivir juntos mucho antes. Prácticamente desde que Edward accedió a la Universidad en NY, Bella ya decidió trasladarse con él y acabar el instituto allí. Aunque cuando ambos cumplieron con su cometido, regresaron a Forks.
Él era tres años mayor que ella. Ese fue un buen motivo para esperar, ya que el bebé llegó después de que él ya llevara un año trabajando desde acabar su carrera, meses después que se casaran, y así él pudo tener al menos recursos para mantener a su mujer y a su hija aunque la primera todavía estuviese por empezar a estudiar.
Nunca se arrepintieron de su decisión, ni del resultado de sus primeros encuentros.
Además, el apoyo de la familia no se hizo de rogar —incluso estando ellos ya casados—. Sonrió, siguiendo los cuadros y deteniéndose en aquellos donde su esposa era más joven. Seguía tan bella como entonces, tal vez incluso más. Pero estaba seguro de que pasase lo que pasase, su corazón noble seguiría siendo el mismo.
Suspiró agarrando el marco y deteniéndose a mirarlo. Se enamoró con tanta intensidad de aquel corazón, que dudó la existencia de alguna fuerza en el mundo capaz de borrar aquello que habitaba tan adentro en su interior.
nnn
Cuando a los ocho meses desde el conocimiento sobre su diagnóstico, Bella le propuso a Edward su última oportunidad para poder actuar como una familia normal, pudiendo hacer de ese último tiempo algo inolvidable en su memoria, y hacerla feliz por última vez a su lado. Ante eso, no pudo negarse. Juró que lo intentó, pero no pudo. Al día siguiente de la propuesta, él no pudo lograr otra cosa más que sentirse enjaulado yendo de un lado para el otro y pensando en qué podría hacer, en cómo podría aprovechar esos regalados momentos del destino.
...Y entonces se le ocurrió: Trazó un plan con una libreta, post-it, todos los álbumes de fotografías que tanto le gustaba ojear en algún rincón de la casa, incluyendo a las fotos de las redes sociales, impresiones con montón de tinta gastada y una visita a la casa de sus padres por si también ellos guardaban recuerdos importantes.
Eso no solo iba a ser mágico para su familia y para él, sino que también era un reto para ser por primera vez en su vida perfectamente calculador, organizado y cuidadoso con lo que tramaba. Nada podía fallar, o todo se iría al traste.
¿Eso iba a ser difícil por todos sus lados? Sí, pero valdría la pena intentarlo.
Planear le costó un tiempo récord de un día y medio. Aunque para ello, tuviera que prescindir dar pasos en falso antes de tenerlo todo bien organizado para empezar, que por cierto le llevó hasta la madrugada del segundo día después de la sugerencia de Bella.
Con una relectura de su libreta desde el primer día de la misión, vio cómo iba dando resultado a sus fines. El plan incluía tanto a Bella como a Renesmee, a los lugares a los que iban a ir y el tiempo que iban a tardarse. Absolutamente todo. Y miles de fotografías adjuntas con post-it para que aclarasen sus dudas y no olvidarse de los pequeños detalles. Tal vez, hasta puso un diálogo entre las páginas. Fue como su pequeño diario para esa semana.
Pero no todo fue perfecto, queridos planes se vieron un poco torcidos al tercer día, cuando quedó con Bella en el Twilight y se dio cuenta de que no llevaba la libreta consigo estando en el coche a punto de llegar. Un remolino de sensaciones negativas le envolvieron. Sintió cómo empalidecía, cómo el sudor se le pegaba a la frente y cómo sus manos empezaban a fallarle a la hora de mantener el control del volante. No pudo hacer otra cosa que detenerse y rogar porque todo le fuese bien de camino a casa y volver lo antes posible para seguir con la ruta que tenía pensada cumplir ese día con Bella.
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El día siguiente del incidente de la cafetería, luego de haber pasado ya la mañana con su mujer, Edward estaba tranquilo sentado en el sofá leyendo su diario y haciendo un detallado análisis de lo que haría, pensando en los posibles imprevistos y soluciones... Cuando recibió una llamada de la profesora de Renesmee.
—Claro, claro. Voy para allá. —Colgó y cogió las llaves que tenía frente a sus ojos en la mesa, para salir directo al hospital, donde estaban llevando a su hija en ese entonces.
—Solo es un corte Edward y estamos reducidos de personal esta tarde —le informó Carlisle mientras lo conducía por los pasillos verdes hasta un consultorio del hospital con paredes azules acabadas con una línea gruesa blanca al final de ellas—. Normalmente hay un montón de nacimientos entre la tarde y la noche, así que, me han dejado atender a mi nieta.
No había ni traumatismo craneal ni tantas otras tonterías. Edward, al ver a su hija entrar con la camilla se asustó, pero rápidamente le hicieron saber que de camino se habían asegurado de que no era nada serio. Y en ese preciso instante estaba esperando a Bella después de enviarle un mensaje mientras Renesmee era atendida por su abuelo en su delante.
—¿Qué le has dicho? —preguntó con indiferencia el honorable médico, bastante bien conservado con su cabello rubio platino teñido para sus sesenta y tres años.
—Que Renesmee ha llegado herida de la excursión y está en el hospital.
Carlisle suspiró con pesar mirándole con el ceño fruncido.
—¿Herida? Podrías haberle puesto otra cosa. Seguramente la has alarmado demasiado —le reprochó mientras agarraba otro algodón y lo llenaba de desinfectante para pasarlo por una parte concreta de la herida, ante lo cual Renesmee frunció la nariz.
—Bueno, no he tenido mucho que contar —comentó como excusa rápida—. Además, si le ponía que solo estaba en el hospital podría creer que está ingresada o a punto de recibir una operación de urgencia.
El rubio de cabello broncíneo más joven, notó a Carlisle mirándole de vez en cuando pese a estar concentrado en curar a su nieta; y sus sospechas se cercioraron cuando Bella llegó y él le pidió que se quedara un momento con la niña para hablar con su hijo a solas. Accedió sin rechistar, más entregada a estar por su propia hija a que cualquier otra cosa.
Carlisle sacó rápidamente a Edward de ese consultorio y lo llevó hasta la esquina del corredor, asegurándose de no molestar al resto de la gente que circulaba por allí. Cuando estuvieron en un sitio apartado y discreto, sus ojos azules se clavaron en él, como si fuesen dos aguijones de un águila.
—Ahora Edward, me vas a explicar lo que te pasa —exigió con dureza. Levantó su dedo índice cuando Edward intentó hacerse el confundido—. Y no me engañes, he visto como tienes calmantes muy fuertes en pastillas dentro del bolsillo desde que sacaste el móvil.
Edward suspiró fuertemente y enmudeció.
—¿Qué? ¿No me lo quieres contar? ¿A mí? ¿Tu padre?
—Tengo Alzheimer precoz.
Y entonces fue su turno para callar.
—Sí. Y si hay algo que no me cuadra, es que según el diagnóstico del médico lo mío es por genética y ni tú y mamá tenéis familiares que padecieron eso. Menos siendo tan jóvenes —añadió Edward por lo bajo.
Carlisle negó con la cabeza y se llevó las dos manos al rostro con gesto pensativo, asimilando la información que Edward le iba dando.
—Si me estás lanzando la indirecta de que eres adoptado, debo decirte que no. No lo eres —aclaró. Pero se recompuso y carraspeó un poco para continuar—. Al menos tú no, pero tu madre sí. —Aquello último lo dijo con un tono de voz de lo más parecido a un susurro—. Ella desconoce cuál fue su familia antes de ser una Platt, y muy posiblemente tenga relación a tu padecimiento. Tal vez, esa es la razón por la cual no exista tanta información de sus antiguos parientes. Porque murieron jóvenes. —Al empezar a delirar y sentir a Edward tan pendiente de lo que decía, se apresuró a aligerar la conversación—. Es solo una teoría.
—Bueno, me basta —soltó con desgana—. Eso no me va a quitar la enfermedad de todos modos.
Carlisle se notó tranquilo por su posición, pero sus ojos cada vez lucían más hundidos desde que Edward le soltó la bomba.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
El joven de su delante se encogió de hombros.
—Ni si quiera Bella lo sabe. —Los ojos de Carlisle comenzaron a agrandarse y Edward asintió más convencido de sí mismo—. Tal vez esa fue una de las razones, porque no podrías haberte quedado callado.
—Tiene derecho a saberlo Edward, ¡Es tu esposa! —exclamó enfadado—. Tienes una hija, ¿Es que no sabes el peligro que eso le supone? Lo puede heredar también en un futuro. Se tiene que hacer pruebas por el gen. —Sacudió la cabeza—. Pero volviendo a la actualidad, si te lo han podido detectar porque... estás más cerca que lejos de que los síntomas empiecen a aparecer.
Dentro de la agradable charla con Carlisle, salió el tema del trabajo, de los nervios y confusiones repentinas, incluidas las que tuvo conduciendo. Llegados a ese punto, Carlisle le dio claras órdenes de que no volviese a tocar el volante, pese a que Edward puso mucha resistencia, pero finalmente tuvo que ceder a la fuerza.
Por suerte suya, Bella no cuestionó ni tampoco puso objeción en conducir ella de vuelta a casa. Carlisle se ocuparía de regresarle el Volvo, y por su bien, más le valía entregarlo en las mismas condiciones en que estaba.
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El plan siguió su transcurso, y pese a que Edward quiso que volver a estar con su esposa en el plano íntimo de pareja fuese algo épico, no se pudo resistir a adelantar "algo" en su cumpleaños. De todos modos, sí llegó a cumplir su promesa de hacerla suya en su totalidad y después de tanto tiempo, en la Isla Esme.
En repetidas situaciones de la semana desde la primera vez, aprovechando que Kauree cuidaba a la niña en los momentos que no estaban en familia durante el día, y mucho en más las noches, estuvieron juntos en cada accesible rincón de la playa haciéndolo en tantas posiciones como se les ocurrió.
Pero a pesar de esas noches, cabía recalcar que los días más importantes para Edward fueron el primero y el segundo. El primero, porque sucedió algo que lo hizo perfecto, y el segundo, porque también tuvo su parte verdaderamente especial. Bella y él se despertaron cariñosos, ella a regañadientes y enfurruñada por no poder dormir mucho, pero él, dispuesto a complacerla tanto a ella, como a su niña pequeña. En aquel día, Edward cumplió como un verdadero padre arrastrando a Bella hacia el cuarto de Renesmee y despertarla antes de que ella misma como buena madrugadora que era, lo hiciese por su propia cuenta.
Su hija se colgó de ambos como koala al oírles cantar "Feliz Cumpleaños" desde tan temprano.
—Nunca entenderé por qué los niños madrugan tanto. —Bella bufó, acompañándolo a la cocina para el desayuno.
—¿Ah, no? —la incitó Edward—. ¿A qué hora te acostaste tú ayer a comparación de ella?
Bella le dio un golpe en el hombro, divertida.
—¡Calla, tonto!
Tanto él como ella sonrieron cómplices mientras se miraban embobados el uno al otro.
Luego de eso, Bella se llevó a pasear a Renesmee entre la hermosa vegetación silvestre mientras Edward preparaba la tarta de cumpleaños. Se habían dividido. Él se encargaría de la base y luego ella de colocarle el relleno y acabarla de preparar.
En un rato ambas volvieron a la casa, y Edward llevó a su hija hacia los otros rincones más altos donde sabía que Bella no podría haber llegado, hasta que se acercase la hora donde habían calculado que el postre estaría listo.
Entre la emoción de Renesmee y su estado de cansancio al pasárselo en grande con sus padres en la Isla, acompañado de una Bella abierta a la posibilidad de darle más hijos, Edward pensaba que ese también podía ser su día de la más completa e inmensa dicha que había tenido en el año, al igual que lo fue para la cumpleañera de la casa.
nnn
En el momento de salir de la isla, los tres partieron sobre la una de la madrugada. A diferencia de la ida, en ese caso, iban a llegar a Forks cercanos a la media mañana.
Edward tomó precauciones con lo de conducir contratando un chofer hasta el jet privado de su familia. Una vez adentro, Renesmee optó por echarse en el sofá y Bella se colocó en uno de los asientos de cuero blanco deseando que despegaran pronto para que esta vez, se fuera a echar a la habitación con cama por un rato.
Fue en ese momento cuando Renesmee le dio por fijarse en el diario organizador de Edward, quién lo cerró tan pronto como pudo, inventando la mejor excusa para convencer de que no había nada raro detrás de sus palabras en el mínimo de tiempo posible.
Después de, milagrosamente, saciar la curiosidad de Re y Bella, el hombre volvió a respirar tranquilo. Las observó durante el rato que las tuvo al alcance, preguntándose cuánto cambiaría la escena que estaba viviendo luego de que el corto tiempo que quedaba sin que supieran lo mucho que sus vidas iban a cambiar, cuando el reloj marcara el final.
Ninguna de las dos supieron el deseo tan inmenso que Edward tuvo de capturar todos los instantes que los tres pasaron en el avión, cuánto deseó detener el tiempo...antes de llegar a casa, y que comenzara la cuenta atrás definitiva. Cuando sintió las ruedas bajo sus pies de cuando el aeroplano llegó a su destino, supo que debía exhalar su último suspiro.
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Él procedió a descansar todo lo que podía, y aprovechando el amanecer del viernes, cuando Renesmee partió hacia sus clases, Edward comenzó a escribirle la carta que tanto merecía Bella, dónde explicaba todo lo que necesitaba saber, práctica y completamente detallado.
Después de hacerla, la dejó a su lado mientras todavía dormía; inclinándose para besar su frente con un dolor insoportable en el pecho, como si esa fuese la posible despedida de ambos como pareja si ella decidía no aguantar más.
Siguió haciendo sus ejercicios de memoria, volviendo a releer sus tareas y repasando los detalles de los últimos días, cuando sin saber cuánto ni qué pasó, Bella estaba abrazándolo. Aferrándose a él como si volviera a jurar su promesa de lealtad frente al altar.
Tan segura estuvo al principio, como decaída y destrozada al intercambiar las pocas palabras que cabían decir en aquel entonces.
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El día se volvió agrio y negro en todos sus sentidos. Bella decidió no ir a trabajar esa tarde. Se quedó entre los brazos de su marido, asimilando los hechos sin dejar de llorar la mayor parte del tiempo.
La parte más extremadamente difícil, vino al hablar con Renesmee. Ambos acordaron intentar hacérselo pasar como un juego, pero no sabían exactamente cómo iba a reaccionar ante aquello:
—Papá pronto llegará a olvidarse de más cosas, y tú solo tienes que hacérselo acordar ¿Vale?
Renesmee asintió sin mucha convicción ante lo que decía su madre, todavía extrañada sin entender mucho lo que sus dos padres querían comunicarle con tanta expectación.
—Será como un reto para ti, cariño —prosiguió Edward—. Solo tienes que intentar que no llegue a convertirme en el pez Dory —rió haciendo el ambiente más ameno.
Entonces la niña dio un cambio brusco de atención, ensanchando mucho sus pequeños ojitos y abriendo su boca en un círculo.
—¿Te vas a convertir en Dory?
Bella escondió una risa, entre todo, no sabía cómo podía estar reaccionando de esa manera.
—El truco está en evitar que tenga la mente de Dory —rectificó Edward—. Pero tranquila, que no hay posibilidad de que me transforme en pez.
—¿Eso significa que te vas a perder, papá? ¿O acaso vas a dejarnos?
Edward sintió esa pregunta como un golpe, que disimuló en forma de una nueva risa juntando la frente de su pequeña niña con la suya.
—Al igual que Dory al final de la película, cuando ha recuperado a su familia, jamás la volverá a dejar ir. Así que no temas, solo sufriré de que me olvidaré cosas y tú solo tienes que hacérmelo recordar todo. ¿De acuerdo?
Renesmee asintió feliz.
—Siempre te olvidas cosas papá. Eso no será difícil —aseguró—. Pero será más divertido hacerte recordar todo el rato, ¿no?
—Pero también recuerda tú que eso solo será dentro de un tiempo —recalcó él despeinándole los rizos en su cabeza—. Por ahora seguiré olvidándome de pocas cosas.
—¿Y cuándo comenzaremos a jugar?
—Tú ve preparando las pilas, listilla. Eres demasiado curiosa para tu salud.
Y Edward la alzó sacándole un grito y ponerse a hacerle cosquillas para hacerla olvidarse del tema.
Bella sonrió sin que ese gesto le llegara a los ojos. Al menos la inocencia, podía hacer de los ratos más dolorosos, más soportables.
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Tardaron unos días a que el ambiente estuviera suficientemente preparado dentro de casa para poder enfrentar a comunicarlo a las personas cercanas, que rápidamente comenzaron a hacer cola para ir a visitarles.
—Edward, han venido a verte —anunció Bella entrando por la sala después del trabajo.
Edward oyó su voz desde la cocina, y para cuando sacó la cabeza por el hueco de la puerta, ella se deslizó rápidamente hacia un lado y dejó frente a la vista de su esposo a las personas que no veía desde meses atrás.
—Hola Edward. —Aro saludó por los dos presentes en su delante.
La visita de Aro y Cayo, era la representación del equipo de trabajo completo. Fueron expresamente a explicarle lo mucho que benefició a la compañía cuando estuvo presente.
Le contaron que Marcus había entrado en coma días atrás por una sobredosis, y que en ese momento la discográfica que lo había escogido se estaba pudriendo porque ya no podría obtener buenas recompensas de lo que le esperaba. Ellos, a diferencia, habían podido triunfar como noticia de ser "generosos e innovadores" ante la prensa por haber formado un pequeño ídolo para las adolescentes. Y de esa forma, él contribuiría haciéndoles crecer por dos partes distintas… Y todo se lo debían a Edward.
Cayo fue el más agradecido.
—A pesar de que no fuese tu intención aceptarme dentro de la compañía, te lo agradezco —confesó con sinceridad—. Porque a pesar de eso me ayudaste, diste lo mejor de ti mismo a pesar de tu condición para procurar que triunfase, y me ayudaste a llegar en donde estoy ahora.
El rubio se veía abatido y tímido al presentarse delante de Edward, creyéndolo demasiado importante como impulsor de todo lo que estaba consiguiendo, como para poder estar pisando su casa y más aún, con él en ese mal momento que atravesaba.
Edward, sentado en el mueble delante del sofá donde se habían puesto para hablar, le dirigió una sonrisa tranquilizante con la intención de transmitirle más comodidad.
—Yo te di las herramientas Cayo, pero fuiste tú el que decidió triunfar. Que nunca se te vaya la motivación, y ahora que ves cómo han acabado estrellas como Marcus, espero que sepas decidir tus pasos sin mí.
Cayo asintió emocionado y le agradeció por última vez antes de retirarse junto a Aro, unas cuantas palabras después, con la típica despedida de esperar volver a tener la oportunidad de hablar alguna vez más.
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La visita de su familia, sin duda alguna, fue mucho más intensa que esa. Primero vinieron sus padres, uno de los cuales ya vino derramando lágrimas de sangre con su pañuelo en la mano.
—Hijo. —Y Esme al echarle el primer vistazo, lo llevó hasta su pecho intentando acomodar su cabeza a la altura de sus labios.
—Mamá —gruñó entre impaciente y avergonzado—. Ya no soy un niño.
—¡Lo sigues siendo! —Su madre pegó el grito en el cielo—. Todavía lo eres, eres mi pequeño. ¿Acabas de despedirte de tus veinte y ya tienes esto? ¿¡Pero qué clase maldición es la que te he dejado?!
Esme se desarmó en su propia postura pero Edward la sacudió con fuerza.
—Nunca. Más. Vuelvas a decir eso, ¿Entiendes? —espetó con rabia—: NUNCA.
Todos se quedaron atónitos por la fiereza con la que lo dijo, pero él supo que fue la única manera de detener a su madre en su afán de llevarse toda la culpa de lo que estaba pasando.
Cuando llegaron sus hermanos acompañados de sus parejas, todo se tornó negro. Sentía que esa visita se había transformado en un velatorio, y no lo era. Pero antes de que pudiese articular palabra, fue Bella la que muy segura de sí misma, sermoneó a todos los presentes por las actitudes que estaban mostrando.
—Edward está enfermo, sí. ¿Pero acaso está moribundo ahora? —La sala se quedó atónita y en silencio—. Le quedan muchos años a mi lado, ¿vale? No lo matéis antes de tiempo porque eso no sucederá ni mañana ni el próximo mes. ¡Así que guardar las despedidas y las lágrimas para cuando ya no haya vuelta atrás! —Tomó una breve pausa antes de seguir—. Por ahora, mi Edward sigue estando vivo, y quiero encargarme de que se sienta así en todos los más años pueda hacerlo.
Dio dos últimos pasos adelante en el círculo que se había formado en la sala.
—Seguiremos adelante con nuestra familia, como siempre lo hemos hecho, mientras no hayan otras dificultades de por medio. Siempre ha sido así y siempre lo será. No perjudiquemos el presente de lo que puede ser un ayer más. ¿Ha quedado claro?
No vaciló ni durante un segundo de su discurso, ni rompió el más mínimo atisbo de la dureza con la que habló. Hasta hizo tragar sus lágrimas a la mismísima Esme Cullen en el proceso. Y nadie pudo doblegarse ante la fuerza de voluntad de Isabella Marie de Cullen.
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En los próximos meses, Edward no podía sentirse hombre más dichoso a pesar de todo. Ahora él se encargaba de la casa, de Renesmee, y de cuidar cuanto podía a su adorable esposa, con la que esperaba una próxima gran dicha.
Sí. Él disfrutó al máximo de su familia y de todos los eventos que sucedían con ellos. Había también momentos malos o que sentía que cada vez iban apareciendo nuevos obstáculos en su vida, pero con el amor que recibía de su esposa y de su hija, era suficiente recompensa para soportarlo.
—Sabes que me voy a odiar eternamente por hacerte pasar por esto, ¿verdad?
Bella se incorporó de su lado entre las sábanas y lo observó con el ceño fruncido.
—Tú podrías estar intentando rehacer tu vida con alguien que pudiera... —Edward se bloqueó buscando las palabras—: Darte compañía, durante más tiempo.
Bella sonrió como gesto nervioso ante la seriedad que esa conversación implicaba. Pero suspiró con lentitud y volvió a enfrentarse a él, dirigiéndole una de esas miradas decididas de las cuales Edward conocía como sinceras, fijas e irrevocables en su totalidad.
—No puedo, Edward. No puedo, porque sabes que en el corazón no se manda. Incluso si me dejas antes, y tenga que pasar mi vejez sin ti... Habrá merecido la pena tenerte cada segundo más de los que hayas podido concederme en vida.
Una de las manos de Edward pasó por su creciente vientre, únicamente cubierto con una fina tela. Él acogió parte de su rostro con la otra mano y acarició con su pulgar el labio hinchado de Bella por el creciente temblor en sus ojos.
—Te quiero Bella. Muchísimo.
—Tanto como yo te quiero a ti. —Y con una sonrisa de respuesta, la besó, tomándose su tiempo para saborearla. Para amarla, para llegar al fondo de su alma... Y hacerla partícipe de su felicidad junto a ella.
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El tiempo fue pasando, y con aquello más meses, hasta llegar al año. Edward pasó a necesitar el cuidado de una enfermera para emergencias, que a la vez atendía al pequeño Edward Anthony en los que sentía en el que Edward no podía excederse del límite de 24 horas seguidas a cargo de él.
Anthony era la réplica de su madre, con un fino cabellito castaño y unos ojos marrones que se coronaban a su alrededor con algunos destellos verdosos heredados de Edward.
Pasó más tiempo, y Edward se llevó la oportunidad de observar a su pequeño crecer, dar sus primeros pasos, conocerlo como nunca pudo hacer con Renesmee, porque nunca tuvo el tiempo completo para estar con ella. Anthony era un bebé dependiente de su padre. Édward era para él desde su despertar hasta su anochecer, y en su diminuta mente no cabía el mensaje de que esa compañía paterna la tendría que llevar con él en el corazón para el resto de su vida, grabada como oro en el pecho, antes de que fuese irrecuperable.
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Llegó un día en que Edward se puso a pensar, tal vez demasiado tarde, en la gama de posibilidades que tenían sus hijos de recibir el gen. Por fortuna, Carlisle le aseguró que según el resultado de unas pruebas que recién comentaron en familia, ese no era su caso a pesar de que el tipo de Alzheimer de Edward, el precoz, se conociera como el "Hereditario".
Edward lo cogió de forma recesiva, por lo que había un porcentaje muy bajo de que sus hijos lo tuvieran.
Así que aquello significó un verdadero alivio tanto para Bella como para él, aunque siempre había un margen de probabilidades de riesgo considerables.
—¿Entonces puedo darte otro hijo? —preguntó su esposa alegre mientras su cara se veía iluminada por la noticia.
—No, Bella, Anthony fue el último.
La nombrada se giró a él y lo taladró con la mirada. Se levantó de un salto de los cómodos muebles azul cielo de la Casa Cullen y se cruzó de brazos.
—Escúchame bien Edward, acabo de recibir un consuelo tan grande como el susto que tuve el tiempo antes de venir aquí, ¿Y me sales con eso?
—Todavía existen posibilidades Bella. ¿Cómo demonios piensas que seguiremos teniendo hijos como si pudiesen salir sanos y salvos? ¿Quieres acaso arriesgar sus vidas para que pasen lo mismo que yo? ¿Ver morir y enloquecer a tus hijos tan jóvenes?
—¡Nuestro caso es diferente Edward! Recuerda, hay pocas probabilidades. Ten fe en eso.
—La fe viene bien cuando estás delante de algo que ya no puedes evitar. No cuando lo provocas.
—Edward, ¡Hazme el favor y piensa en mí por una vez en tu vida! ¿De acuerdo? —gritó poniéndose roja y agarrándole del cuello de la camisa—. ¡Piensa en mí también!
Carlisle, al frente de ambos, se quedó observándola con un gesto parecido al de la lástima. Se debatía entre mirarla y no hacerlo.
—¿Tú sabes acaso lo que siento ahora mismo? —continuó ella—. ¿Esta euforia al saber que al menos podré tener consuelo luego de que me dejes pronto, eh?
—Be...bel
—¡No hables! —le cortó—. Quiero tener a tus hijos, quiero tener más Edward, porque será lo único que podré tener de ti cuando ya no estés a mi lado. ¡Así que tengo el derecho a tenerlos! —Y de pronto estampó sus labios con los de Edward, dejándole probar su sabor derretido entre sus lágrimas saladas. Siguió sosteniéndose de sus mejillas una vez se separó, y se sentó sobre su regazo—. No me quites mi última voluntad Edward, es mi decisión. Yo seré quién se ocupe de ellos cuando tú ya no puedas hacerlo.
Su acción siguiente fue debatirse en un duelo de miradas. Ninguno de los dos parpadeaba o apartaba los ojos del otro.
Edward tragó fuerte al sentir tantas ganas de desarmarse en llanto por no poder responderle, contraatacar sus ideales, o negarse a sus fuertes peticiones sin sentido. No había forma.
—¿Tú sabes a qué te estás destinando? —cuestionó con un tono cargado de repulsión.
—Simplemente sé que no tendré otra manera de aguantar el que no permanezcas más a mi lado —imploró con su rostro deformado, todavía derramando lágrimas mientras hablaba—. Edward los necesito, por favor. Sin eso no podré vivir. No podré… Te juro que no lo haré.
Cuando se acercó a su rostro una vez más, acariciándole el cabello de la nuca y juntando sus frentes para tratar que accediera, Edward supo que otra vez había ganado.
—Por favor. —Oyó como última súplica. La miró y la besó. Había ganado otra vez, como siempre lo hacía.
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Cinco años más tarde del conocimiento de lo que padecía Edward, todo se encontraba en el mismo punto clave. Nadie sabía cuándo la enfermedad podría progresar, ni con qué rapidez.
Eran bastante notables los avances de la enfermedad que habían repercutido en Edward. Pero por suerte, hasta el tiempo actual, no hubo sobresaltos de algo que fuese para alarmarse demasiado.
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BELLA
En aquel entonces ya estaban a mediados de febrero, con un frío invernal que no podía alcanzar a Bella. La última, justo ese día estaba radiante de energía y vitalidad, sin poder dejar de pensar en sus navidades pasadas.
—¡Edward! —lo llamó entrando. El turno de Anne —que todavía era temporal—, habría acabado hace unos 15 minutos, y tenían la casa solo para ellos.
No podía extender más su emoción. Se disponía a buscarlo justo pisó la casa, pero no hubo que esperar mucho, ya que ahí estaba él, frente a ella sentado en su sofá rodeado de todos los álbumes de la casa otra vez.
Bella sonrió y rodeó el mueble para ir a abrazarlo y besarlo con una ansiedad palpable.
Al intentar sentarse se quejó por sentir el ruido de un papel quebrándose. Otra impresión de fotos más.
Pero al regresar su mirada, Edward seguía detenido sobre ella. Sin moverse para nada, como embelesado por su aparición. Ella tomó un respiro y recuperó la alegría en su rostro.
—Estoy embarazada, ¡de 9 semanas!
Ella estaba que se carcomía de la emoción. Pensaba que pasaba de una fiebre estomacal terrible y no sospechaba que se tratara de eso, pero finalmente, cuando fue al hospital al ver que no cedían las molestias, lo confirmó.
Volvió a lanzarse hacia el cuello de su esposo, esperando que este la sujetase con fuerza contra él y comenzase a dar vueltas con ella en brazos como hizo la última vez... Pero eso no llegó a pasar.
Se separó de él y frunció el ceño con un tierno puchero.
—¿No te alegras Edward? Tendremos otro bebé. —Cogió una de sus manos y la pasó sobre su vientre, masajeándolo en círculos con esa.
Subió la mirada y se encontró con aquellos ojos verdes curiosos de verla.
—Lo único que sé es que te quiero.
Ella frunció el ceño y analizó sus palabras. Se llevó las manos a sus labios y lo miró alarmada.
—N... No has dicho eso.
Después de su leve tartamudeo, el espacio volvió a sumirse en silencio, y entonces ella insistió sin poder aguantarlo.
—Edward, dime que no lo has dicho —demandó alzando la voz. Pero el que debía ser su marido, solo continuó mirándola con una chispa de culpabilidad en sus ojos.
—No lo recuerdo. No sé quién eres, pero sin embargo sé que te quiero. Al menos sí siento lo mucho que te quiero.
Carlisle llegó al poco tiempo, después de que Bella lo llamara con las pocas fuerzas que le quedaban antes de caer en un estado de no retorno. A Renesmee la enviaron con su tía Alice y los gemelos, dado a que ya entendía la gravedad de las cosas que pasaban, pero los padres de Edward se quedaron allí con ella. Bella escuchaba los llantos del berrinche de Anthony haciendo eco alejados de los suyos, siendo apaciguados por los brazos de su abuela. Ella, de mientras, estaba hecha un ovillo en el sofá con Carlisle susurrándole palabras de aliento para levantarla, pero no había forma. Casi no había forma posible de consolarla por el dolor que le oprimía el pecho de forma tan desmesurada. Se sentía morir.
Ella estaba ahí, en trance, perdida en el tiempo sin dejar de llorar y temblar.
Siguió así hasta que Edward salió del cuarto, e ingresó a la sala impactando a todos los presentes.
—¿¡Qué ha pasado aquí?! —Pero de seguida se fijó en su esposa, y tan rápido como sus pies lo permitieron se ocupó de alzarla y retenerla contra su pecho.
—¿¡Bella?! Mi amor, dime que estás bien, que no te ha pasado nada. —Pero ella todavía no respondía a sus súplicas—. ¡Bella!
—¿Edward? —Y esa fue la primera palabra que ella dijo desde que entró en su propia burbuja.
—Estoy aquí, no te voy a dejar sola.
Edward le besó repetidas veces la cabeza mientras la sostenía, varias por sus mejillas, y finalmente, la besó en los labios, antes de separarse y volver a apoyar su cabeza en su pecho, mientras ella se aferraba a su cuerpo a través de su camiseta con uñas y dientes.
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Desde ese día, la enfermedad se declaró moderada; e iba acompañada de algunos que otros episodios de shock en los que Edward se podría olvidar de todo y evadir la realidad. A Bella le costó mucho recuperarse del susto de la primera vez, pensando en que su esposo podría no recordarla nunca jamás, pero por suerte, luego cuando se le pasaba podía hallar aunque fuera un poco de consuelo. Tenía que tener tiempo para asimilar las siguientes dificultades que podrían ir haciéndose permanentes a partir de ese punto. Y también de pensar a partir de cuándo necesitaría a una persona a cargo de Edward a tiempo completo.
Desde ese día, también, Bella trató de hacerle recordar a Edward todos los días el nombre de ella, el nombre de él mismo, su familia, su hija e hijo, y el nombre del próximo bebé que venía en camino. Todo cuando sentía que lo necesitaba.
Lo hizo pensar a él justamente el futuro nombre del bebé, tanto si se trataba de una niña como de un niño. Se lo repitió cada día. Fue la misma información que detalló en una sola lista. Los mismos datos, tal y como ella le prometió, mientras seguía aguantando todo lo demás que se les fue viniendo encima.
Desde el nacimiento de Robert Thomas Cullen, se supo oficialmente que Edward sólo era capaz de recordar sentimientos a largo tiempo, ya no nombres. Él amaba a su esposa, a su bebé y a su hijo e hija con locura. Y aunque no supiera por qué, por lo menos sabía que mientras los tenía a su lado, sobre todo a su esposa, para que le recordara todo con la más profunda de las ganas sería feliz… Y mientras Bella siguiera teniendo a su Edward, aunque fuese un poco perdido, pero siendo el mismo hombre tierno y amoroso que la quería con toda su alma, con su mismo corazón por encima del Alzheimer, ella podría seguir adelante con todos los obstáculos y momentos duros que le seguirían en el transcurso de los días.
Mucho más, con el apoyo de su frase favorita que tenía remarcada una y otra vez en la última carta que él le pudo hacer:
"Ahora es tu turno cariño, de hacerme recordar cada día que puedas, desde el primer momento en que te conocí. Yo lo hice para recuperar tu corazón, pero tú solo me recordarás a quién hice entrega yo del mío."
FIN
Puede que de verdad, suene muy dramático y cliché lo que voy a decir pero… garantizo que desde que nació la idea de este OS, acabé de escribir su esbozo con las lágrimas esparcidas por toda mi cara, y lo mismo pasó al volver a releerla tiempo después. Supe entonces que tenía que desarrollarla.
Tenía que ser acabada por el bien de mi consciencia, y tenía que compartirla por el sentimiento tan hondo que experimenté a través de tener el placer de crearla.
Reconoced que ha sido el final más triste, pero a la vez también, el más feliz :3
Espero de corazón que al menos, os haya llegado un poco, u os haya gustado.
¿Qué me decís? ¿Merezco algún review?
¡Y... Nos vemos en una próxima vez!
Kisses :D
