DISCLAIMER: No voy a heredar los derechos de -man cuando Hoshino muera, jo.

ADVERTENCIAS: KANDA. Lenguaje malsonante (qué bellas palabras), lime, violencia, sangre, snuff (?)

Este capítulo me ha costado la vida de escribir. Y creo que me pasé con el angst :(


Aquel día, Kanda despertó agitado, bañado en sudor y con la respiración entrecortada. Sin saber muy bien por qué, había tenido una pesadilla. En cuanto abrió los ojos, su cuerpo se irguió rápidamente sobre la cama hasta quedar sentado, como una reacción de autodefensa. Se pasó las manos por el cabello y contó hasta doscientos, tratando de estabilizar las pulsaciones de su corazón. Poco a poco, su cuerpo se relajó y su respiración volvió a la normalidad.

Excepto por un pequeño pinchazo en la palma de sus manos.

Sin pensárselo dos veces se examinó las manos, que goteaban sangre. Se había clavado las uñas sin darse cuenta.

—Mierda…

Las heridas en seguida sanaron, dejando únicamente un leve hormigueo tras de si. Aturdido, echó un vistazo a su alrededor y descubrió que los escasos muebles, la austera decoración de la habitación y el reloj de arena que reposaba sobre una cómoda le resultaban horriblemente familiares. Bastaron unos instantes de incertidumbre para que su cerebro saliera de aquel desagradable entumecimiento y comenzara a trabajar, hasta que dio con una respuesta adecuada con los estímulos que percibía de su alrededor.

Estaba en su habitación en la Orden, sin duda. Había vuelto a casa.

Kanda suspiró, mientras su mente vagaba hacia rincones oscuros de su memoria, fragmentos oscuros vividos durante los pasados días que se había jurado no volver a recordar. Pero ahí estaba, echado en la cama, apretando los puños, con la respiración jadeante y los músculos tensos, entumecido y aterrado.

Mil veces se maldijo a sí mismo y a su estúpida debilidad. Él nunca tenía pesadillas después de una misión, pues no había nada que pudiera perturbarle lo suficiente para quedar grabado en su memoria. La guerra es la guerra y en la guerra hay bajas, aquello era mucho más que un simple estilo de vida. La muerte no le impresionaba lo más mínimo, jamás lloraba cuando alguien pasaba a mejor vida entre sus brazos a causa de un proyectil de Akuma. Aquello era tarea para los impresionables y para los débiles. Kanda no era ninguna de las dos cosas.

Sin embargo, las imágenes estaban ahí, invadiendo sus pensamientos, abriéndose paso sin ningún control, como parásitos que devoran la carne enferma.

Carne… Enfermedad… Muerte.

Kanda no quería seguir pensando. Corría el peligro de volverse loco.

Se puso en pie, abandonando la calidez antiséptica de su cama cubierta de sábanas desechas casi con cierta alegría. Con el entusiasmo de quien agradece poder realizar cualquier tarea por estúpida que sea con tal de olvidar, se encerró en el baño y se duchó rápidamente, porque ya se sabe que el chorro de agua que gotea de la pared es el lugar propicio para pensar en lo que no se debe. Se vistió, lentamente, disfrutando el momento de tener algo que hacer, se anudó Mugen al cinturón, salió por la puerta, y se perdió entre la multitud, en dirección a la cafetería.

No fue difícil encontrar un asiento libre, en el que pudiera comer tranquilamente sin ser molestado por nadie, pues todo el mundo parecía estar dispuesto a hacerle hueco en cuanto notaban su presencia. Se acercó a una mesa ocupada por dos buscadores y, en cuanto estos vieron su semblante de pocos amigos, despejaron en seguida. Unos segundos después, Kanda masticaba soba en la más absoluta soledad.

Hacía días que no comía en condiciones, la misión lo había mantenido demasiado ocupado como para preocuparse por semejante tontería. Se prometió a sí mismo que, en cuanto llegara de vuelta a la Orden, lo primero que haría sería pedirle a Jerry un cubo repleto hasta arriba de soba tamaño Moyashi. Sin embargo, al llegar de la misión la noche anterior no cenó. No podía. Estaba demasiado asqueado como para que le cupiera algo en el estómago.

Aquella idea estuvo a punto de cerrarle el estómago de nuevo.

La guerra es la guerra, estúpido. Aquella gente tenía que morir, y ya está. Deja de darle más vueltas.

Kanda trató de centrarse en pensamientos más agradables. Hoy se pasaría la mayor parte del día encerrado en la sala de entrenamiento, practicando con Mugen hasta que todos los músculos de su cuerpo chirriaran de agotamiento y de dolor. Nada de meditar por hoy, eso estaba más que claro. Quizá tendría la oportunidad de rebanarle el cuello a otro exorcista, si es que alguno de sus compañeros se atrevía a entrenar con él… Quién sabe.

Se rió consigo mismo. Al parecer, estaba recuperando un poco de aquel sombrío humor que lo caracterizaba, y eso era una buena señal.

Sin embargo, las cosas se torcieron antes de lo previsto. La cuestión es que, tarde o temprano, una voz chillona tremendamente familiar le hizo apartar la vista de su plato de soba y de sus ensoñaciones esperanzadoras.

—¡Hola, Yu! ¿Nos estabas guardando sitio? ¡Moyashi, suelta la bandeja aquí!

Moyashi. El estómago de Kanda se revolvió al oír aquel estúpido apodo.

Ahí estaba el fruto de toda aquella agonía y locura, de pie frente a él, con aquella espantosa cicatriz cubriéndole un ojo y aquel desagradable cabello blanco que siempre se hacía de notar allá donde iba. Ahí, con una bandeja entre las manos, siendo arrastrado por Lenalee a duras penas, tratando de escapar de su agarre con una desesperación que rayaba en la obsesión.

Sin saber muy bien por qué, aquel gesto del chico abrió heridas en Kanda que creía que comenzaban a cicatrizar.

Si no quieres estar aquí, sólo vete de una vez. Pero no lo hagas tan evidente, o me volveré loco.

Al final el Moyashi cedió. Kanda lo observó con detenimiento mientras depositaba su bandeja justo enfrente de él. ¿Por qué ahí? Se preguntó Kanda. ¿Por qué, de entre todos los lugares, escogía sentarse enfrente suya? ¿No era suficiente tortura sentir su presencia cerca de él, que además quería colocarse de tal forma que no pudiera apartar su mirada de él, ni un instante?

¿Tanto lo odiaba Allen?

Lavi se sentó junto al Moyashi, y Lenalee al lado de Kanda, como de costumbre. El japonés, mientras tanto, había dejado los cubiertos junto al cuenco. Ya no tenía hambre. Otro día más sin comer, pensó. A su alrededor, todo el mundo comía y charlaba animadamente, Conejo y Lenalee incluidos. Kanda no entendía nada de aquello. ¿Cómo podían comer, como podían reír y charlar de una forma tan despreocupada, si en poco tiempo la mayoría de ellos estarían muertos? Kanda, por su parte, era casi inmortal, en el sentido exacto de la palabra. Él debería ser el que comiera, el que riera, el que disfrutara de la vida. Al fin y al cabo, él no tenía que preocuparse de nada.

Y sin embargo ahí estaba, sin poder apartar la vista del Moyashi, sin probar ni una pizca de soba.

Se estaba volviendo loco, definitivamente.

Allen tampoco es que comiera demasiado, se dijo. Mientras que Lavi se atiborraba como un cerdo y Lenalee masticaba con lentitud, el Moyashi apenas había tocado la bandeja a rebosar que había delante suya. Lucía agotado, dolorido, triste. Cansado. Tremendamente atractivo.

Kanda frunció el ceño, contrariado consigo mismo.

—¿Por qué no comes, Moyashi?—La chirriante voz de Lavi llegó hasta sus oídos. El pelirrojo se veía preocupado por Allen, más preocupado de lo que debería.

—Hum… Creo que no tengo mucha hambre…—Una sonrisa débil se dibujó en sus labios, una sonrisa que no pasó desapercibida para Kanda. ¿Por qué sonreía? ¿Por qué a Lavi? ¿Por qué se esforzaba por sonreír para el maldito pelirrojo? ¿Por qué no por él?

Tonterías. Tampoco es que necesite verlo sonreír.

—¿Te encuentras bien? Estás más pálido de lo normal.—Dijo Lenalee.

—Estoy bien, tranquila. No te preocupes.

Y entonces Allen alargó la mano hacia un bol de cereales y comenzó a masticarlos. La mirada de Kanda viajaba de Lavi a Allen y de Allen a Lavi de nuevo, impregnándose de cada pequeño detalle en relación con aquellos dos. No se le pasó por alto la sonrisa de autosatisfacción que esbozó Allen al ver que su amigo pelirrojo se sentía orgulloso de él al ver que por fin había tocado la comida. Tampoco se le pasó por alto el cruce de miradas que intercambiaron los dos chicos, como si con aquel simple gesto fueran capaces de decírselo todo, ni la caricia en el hombro que Lavi le proporcionó a Allen cuando ya llevaba más de diez cucharadas de cereales.

No había que ser un genio para comprobar que entre Allen y Lavi se había formado un vínculo muy estrecho desde la última vez que Kanda los vio juntos.

Tampoco había que ser muy inteligente para darse cuenta de que Kanda…

—Yu, tienes que dejar de poner esa cara de amargado. Cualquiera diría que te estamos molestando.

...estaba comenzando a ponerse celoso.

—Si no te gusta mi cara no te sientes aquí, imbécil.

—¡Vamos, Yu! ¡Sonríe, es gratis!

¿Pero qué se creía aquel maldito imbécil?

—Deja de gritar, estúpido. Me pones enfermo.

—Bueno… ¿Qué tal en tu misión, Kanda?—La pregunta de Lenalee sonó terriblemente forzada.—Mi hermano me dijo que te destinaron a Corea, y yo pensé: es maravilloso que a Kanda le hayan permitido viajar hasta tan lejos. Es un país muy bonito, ¿no crees?

—¿Por qué me preguntas?—No quieres saberlo. No quieres saber nada.—¿Acaso te importa en lo más mínimo?

No quiero recordar nada. No me hagas recordar, por favor.

—¡Yu, no le hables así a Lenalee!—Gritó Lavi, tratando de defender a Lenalee. La idea se le antojó a Kanda tremendamente surrealista.—¡Ella tan solo estaba tratando de ser amable!

—¿Te crees que necesito algún tipo de amabilidad?—Kanda se carcajeó de tal forma que sintió su garganta arder.—Yo no te he pedido nada. Si tienes algún tipo de problema con mi comportamiento te invito a que te largues de aquí. Ya.

Dejadme solo.

—¿Qué clase de problema tienes, Kanda? Lavi no tiene por qué irse de aquí si no quiere.

Al fin, el causante de todos sus tormentos abría la boca, pero lo que dijo sólo provocó que algo dentro del japonés se rompiera definitivamente.

—Veo que no tardaste nada en defender a tu novio.

—¿N-novio?—Aquel maldito hijo de perra fingía demasiado bien, pero Kanda sabía que Allen era un mentiroso patológico. No iba a caer en sus sucias artimañas, ni por asomo.—¿De qué estás hablando?

Lavi pronunció algunas palabras, que el japonés no llegó a escuchar. Estaba demasiado ocupado sintiendo cómo la sangre hervía dentro de sus venas.

—No te ha resultado difícil olvidarte de mí, ¿verdad?

Dime que no es cierto lo que creo.

—No sé qué dices, Yu, pero me estás asustando. Si te refieres a mí y a el Moyashi, no somos nov…

—Dime, Allen, ¿qué se siente? ¿Qué se siente al besar a alguien más?

—Cállate. No sabes nada.

—¿Ah, no? ¿De verdad?—Sus labios se curvaron en una sonrisa desagradable. Antes de hablar, se aseguró de que sus palabras estuvieran cargadas de horrible veneno.—Yo creo que ahora lo entiendo todo. No eres más que un asqueroso traidor. No te importó ni lo más mínimo que me borraran la memoria, porque tú lo único que querías era tirarte a Lavi sin tener que preocuparte por lo que yo pudiera pensar.

La cara de Allen se transformó al completo.

—No es cierto… Yo no soy un traidor.—Allen se llevó una mano a los labios.—Me estás acusando de algo horrible, Kanda. No sabes lo que estás diciendo.

—Espero que haya merecido la pena.

—Cállate…

—Ah, pero tranquilo, que me da igual a quién te tires.—Mentira.—No es que me importes lo más mínimo.—Mentira.—Aunque debe ser bastante fácil follar contigo, teniendo en cuenta que no tuviste ningún problema conmigo durante aquella misión.

Todo aquello no era más que mentiras.

—Deja de gritar, por favor… Estamos llamando la atención innecesariamente...

—¿Qué pasa, que no quieres que los demás se enteren de lo fácil que eres?

Y de pronto, un dolor sordo en su mejilla lo acalló. Allen lo había golpeado sin ningún tipo de miramiento. Fue como si en un momento todas aquellas retorcidas ideas desaparecieran de la mente de Kanda y sólo quedara el silencio absoluto.

—Te dije que te callaras.—Allen se había puesto de pie. Kanda lo contempló. No sabía qué más decir, así que prefirió callarse.—No juegues más conmigo, Kanda. No tienes derecho a contar todas esas patrañas sobre mí delante de mis amigos. No tienes ningún derecho...—El muchacho echó un vistazo a su alrededor. La ira desapareció de su rostro como por arte de magia, sus mejillas encendidas se tornaron blancas en un abrir y cerrar de ojos y el pánico absoluto reemplazó su antigua expresión.—Todos me están mirando… Yo… Qué vergüenza... Creo que debería irme…

Kanda lo vio darse la vuelta, tambaleándose y con los ojos acuosos, pero con la suficiente estabilidad como para echar a correr entre la multitud.

Al cabo de unos instantes, Kanda lo perdió de vista.

—¿Qué demonios ha sido eso, Yu?—Con la vista nublada, el japonés a duras penas consiguió enfocar su mirada en Lavi.—¿Pero qué has hecho, estúpido inconsciente? ¿Por qué haces sufrir a Allen de esta forma, si se puede saber?

Kanda escuchó en silencio las palabras del pelirrojo, sin saber qué responder. Como no se le ocurría nada que decir, se quedó callado.

—¡Lo has estropeado todo! ¡Todo!—Gritó Lavi, fuera de sí.—¡Nada de esto tenía que ser así!—De pronto, la voz de Lavi se convierte en un susurro.—¿A qué venía todo esto, Yu? Primero un día me vienes llorando con Allen medio muerto entre tus brazos y me ruegas que por favor lo salve y ahora le estás echando en cara Dios sabe qué. No hay quien te entienda.

Las palabras del pelirrojo fueron como un duro estilete clavándose en el corazón del japonés una, y otra, y otra vez. Kanda casi había olvidado aquella noche. Aquella fatídica noche en la que se encontró a Allen moribundo vagabundeando por los pasillos de la Orden. Pero ahora lo recordaba todo.

—¿Lo quieres? ¿Lo quieres, Yu?

Kanda abrió la boca para responder, pero seguía sin saber qué decir.

—Si lo quisieras, no le harías esto. No sé qué pasó entre vosotros, pero esta no es forma de tratar a alguien a quien amas.

—Yo no lo amo.—Respondió Kanda.

—¿Y todo ese despliegue de emociones del otro día qué fue, si se puede saber? ¡Por Dios, Yu, si le besaste!

No.

Kanda se quedó helado. Como si la sangre se le hubiera congelado en las venas.

¿Cómo… Cómo ha podido enterarse él de eso?

—¿Qué estás diciendo? ¿De dónde te has sacado esa estupidez?

—Por favor, Yu, ¡te vi! Vi cómo le besabas, no creas que soy idiota. Me escondí detrás de la puerta mientras te ponías cariñoso y lo vi todo.

—¿Pero qué?—Kanda se puso en pie de pronto, hirviendo de ira.—¿Me estabas espiando, maldito conejo de mierda?

Lavi se encogió en su asiento después de comprender la magnitud de lo que acababa de admitir.

—Eh… Bueno… ¿Sí?

El japonés acarició el mango de su katana con la punta de sus dedos, haciendo un gran esfuerzo por no partir por la mitad al pelirrojo en aquel preciso instante.

—Chicos, calmaos.—Lenalee se entrometió en la pelea, tratando de poner paz.—Kanda, siéntate; y tú Lavi, cállate. Podemos hablar esto como personas, así que dejad de pelear.

—Será mejor que no te metas, Lenalee.—Dijo Lavi, dirigiéndose a a chica en un tono demasiado sereno y afectuoso.—No quiero que salgas herida.

—Por una vez en la vida dices algo útil, conejo.—Kanda desvió la mirada hacia Lenalee.—Hazle caso si no quieres terminar mal, ¿entendido?

—¡Kanda! ¡Ni se te ocurra amenazarme o…!

—Y para tu información, Lavi, deberías dejar de meterte en los asuntos de los demás, no sea que quieras acabar ciego del todo.—El japonés no se lo pensó dos veces antes de cortar a Lenalee en medio de su discurso.—Además… Creo que podrías ir olvidándote de lo que viste el otro día. Para ti, no existió.

—Déjate de amenazas inútiles y discúlpate como es debido ante el Moyashi, aunque dudo que te perdone.—Lavi, en un arranque de ira, se había puesto de pie al igual que Kanda.— No eres más que un bastardo sin sentimientos, y cada día lo demuestras más.

—Que te jodan, Lavi. Que os jodan a todos.

Fue entonces cuando Kanda dio media vuelta y se largó.


Había cosas en las que Kanda no quería pensar.

Una de ellas era su última misión.

Sin embargo, tarde o temprano los recuerdos se apoderaron de su mente. Como un cruel capricho de Dios, fue en ese odioso trayecto hasta su habitación que decidieron venir para atormentarlo.

Lo primero que vio fue la sangre. Roja, espesa, desagradable al tacto, marrón cuando envejece y se empieza a coagular. La sangre manchándolo todo: la moqueta del suelo, las cortinas, los muebles, subiendo por las paredes hasta llegar al techo. Kanda todavía sentía su espantoso hedor agridulce incrustado en las fosas nasales.

Pero lo peor de todo fueron los cadáveres. Amontonados unos encima de otros, como simples cerdos en un matadero. Por todas partes.

Todo empezó aquel día en que llegó a Corea. Habían pasado tres semanas desde que sucedió aquello, pero en su lugar parecía que hubieran pasado años. Komui lo había destinado a una pequeña aldea perdida en medio de ninguna parte, rodeada de bosque y sin contacto con la civilización. Según los rumores locales que habían llegado a oídos de la Orden, los habitantes del pueblo estaban sufriendo una inexplicable racha de "mala suerte": ríos desbordados a causa de la fuerte lluvia, cosechas destrozadas, niños que desaparecían en medio de la tormenta… Y unos extraños surcos que aparecían en las paredes de las casas de los niños desaparecidos días antes de que se les diera por perdidos, como alertando a todo el mundo del destino que les esperaba.

Kanda sólo quería una misión que lo hiciera olvidar. Sin embargo, el karma decidió burlarse de él de la forma más pesada posible.

Recordaba la intensa lluvia cayendo sobre su rostro, una y otra vez, durante las tres semanas que duró la misión. Recordaba la humedad calándole hasta los huesos, el agua filtrándose por las rendijas del tejado de la posada donde se alojaba, goteando y chocando contra el suelo una y otra vez, y ese tic tic incesante del agua que lo ponía tan de mal humor…

Pero sobre todo recordaba las caras de los habitantes del pueblo. A pesar de que sabían que no gustaba demasiado de la compañía de otros seres humanos y que esa afilada katana que llevaba siempre consigo estaba siempre dispuesta a salir de su vaina y rebanar pescuezos, se podría decir que le habían tratado con demasiado cariño. Lo llamaban el "salvador", apodo que, al principio, le había causado bastante gracia, hasta que terminó por acostumbrarse a él y pasó a observarlo con una inofensiva curiosidad mórbida.

Por las mañanas, trabajaba en la misión. Buscaba pistas en los alrededores del pueblo, investigaba los surcos que habían aparecido "misteriosamente" en las puertas de los muchachos desaparecidos, se entrevistaba con los presuntos aldeanos implicados en el asunto… En definitiva, hacía lo que se le había ordenado que hiciera. Ni más ni menos.

El trabajo era una gran forma de desconectar, de dejar de pensar. Podían pasar horas y horas y sin que un solo recuerdo del Moyashi, ni un único pensamiento relacionado con él le obsesionase. En ocasiones regresaba a su habitación por la noche, cansado del esfuerzo del día y se sorprendía a si mismo cuando, ya metido en la cama y a punto de echarse a dormir, descubría que no había pensado en el Moyashi en todo el día. Conforme los días pasaban, Kanda olvidaba poco a poco todo lo relacionado con Allen. Ya no recordaba de qué tono exacto de blanco era su cabello, tampoco la forma en la que se curvaban las comisuras de sus labios cuando hacía un mohín, ni a qué le supo la piel de su cuello cuando la mordió aquella noche en Rusia.

Todo marchaba como la seda.

Por las noches, dormía.

O… Quizá no.

Fue aquel chico, el hijo del dueño de la posada, el que llamó a la puerta de su habitación aquella noche. Había sido un día especialmente lluvioso, y el techo de la habitación no daba más de si, así que el joven traía un cubo para remediarlo. Kanda, a regañadientes, lo dejó pasar. No le importaban las goteras; sin embargo, ver a aquel muchacho de pie frente a él, con las mejillas coloradas, el cabello alborotado y la camisa del pijama medio desabrochada mostrando parte de su hombro, hizo que dejarle entrar en la habitación no se hiciese muy complicado.

Kanda no supo muy bien cómo, pero sucedió. En algún momento sus defensas cayeron, sus manos se aferraron a la camisa del muchacho y el cubo rodó hacia algún rincón inexplicable de la habitación.

Por la mañana despertó desnudo, pegajoso, y con aquel chico, también desnudo, abrazado a él.

Aquella fue la primera noche, pero no la última. A partir de aquel momento, aquel chico se las ingeniaba para colarse todas las noches en su habitación y meterse en su cama. Aquel muchacho no oponía ningún tipo de resistencia mientras Kanda le arrancaba la ropa, lo agarraba de las caderas y lo penetraba sin tan siquiera prepararlo de antemano.

Podría decirse que el chico y él se convirtieron en una especie de amantes.

Kanda ya no pensaba en Allen.

Los días transcurrían, seguidos de las noches. Cada día, Kanda encontraba más pruebas que indicaban que estaba en presencia de inocencia. Aquellos muchachos tenían algo que ver, ¿quizá la inocencia estaba buscando un huésped? ¿Los akumas estarían implicados en todo este asunto de las desapariciones? Cada noche, Kanda se acostaba con aquel muchacho y no se sentía culpable cuando, mientras el chico le susurraba palabras de amor al oído, él le mordía el cuello y aumentaba el ritmo de sus embestidas.

Con el paso de las noches, un nuevo tormento se apoderó de su mente, cuando se dio cuenta de que aquel muchacho con el que compartía cama se parecía ligeramente al Moyashi. La misma altura, la misma constitución, los mismos buenos modales (al menos en público), incluso gemía su nombre de una forma parecida. Al mismo tiempo, Kanda no podía pasar por alto las diferencias entre los dos chicos: la piel de este muchacho se sentía más suave y delicada al contacto con los dedos de Kanda, parecía porcelana; la de Allen era mucho más áspera, marcada por interminables cicatrices y heridas constantes propias de la guerra. El cabello del muchacho era corto, sedoso y negro, el del Moyashi suave, blanco y largo. La sonrisa del chico era pura cortesía y lujuria adolescente, la de Allen estaba siempre marcada por ese tinte melancólico que produce el haber visto más cosas de las que una mente debería soportar.

Pronto se sorprendió a sí mismo recordando que el cabello del Moyashi era de un espectacular color blanco perlado, que las comisuras de sus labios se curvaban hacia abajo cuando estaba decaído, y que la piel de su cuello sabía a sal, a sudor, a alcohol; pero sobre todo a Allen.

Kanda en ocasiones pensaba el Allen.

Pensaba en Allen, y en sus ojos grises azulados, y en su estúpida manía de querer salvar a todo el mundo, y en su piel con cicatrices, y en las veces que él mismo la había comparado con la suya, tan perfecta y tan inmaculada, y había besado todas y cada una de esas cicatrices; y en sus manos, una blanca y otra deforme, y en las veces que él las había tomado entre las suyas, y en sus muslos, que tantas veces él había acariciado, besado, cuando…

Pero sobre todo pensaba en Allen asustado, débil y quebradizo, vagando sin rumbo por los pasillos de la Orden con la mirada perdida, pidiendo ayuda entre susurros, desmayándose entre sus brazos. Pensaba en él, corriendo a pedir ayuda a Lavi, con aquel frágil cuerpo entre sus brazos, con el alma inquieta y la razón borrosa, temiendo por la vida de otro que no era él mismo. Pensaba en las largas noches sin dormir, sin poder apartar la vista de aquel chico que no abría los ojos, y en el beso. En aquel beso de príncipe que trata de despertar a su princesa durmiente, pero falla estrepitosamente.

Y pensar sólo hacia que Kanda odiase a Allen, con toda su alma, cada vez más.

Pronto llegó el final de la misión. Kanda decidió partir solo, examinar los alrededores del pueblo una vez más, en busca de una última pista, algo que pudiera indicarle el paradero de los akumas y, con ello, de la inocencia.

Cuando regresó a la aldea, sólo encontró cadáveres.

Los akuma los asesinaron a todos. Mientras él estaba fuera.

No hubo supervivientes.

Kanda vagó entre los muertos amontonados, tratando de reconocer a alguien, algo, pero fue imposible: todos ellos estaban horriblemente desfigurados. La posada se había venido abajo. Entre los escombros descubrió una mano que antes había pertenecido a un cuerpo, y un cuerpo sin cabeza, retorcido entre la madera.

Encontró la cabeza a cien metros de la masacre, aplastada contra un árbol. Era la cabeza del muchacho, que miraba hacia la nada con sus ojos abiertos, inertes, sin vida.

Kanda se agachó y le cerró los párpados. No lloró por él. Ni siquiera sabía su nombre.

En aquel momento, Kanda pensó en Allen.

La guerra es la guerra. La guerra se cobra vidas, es inevitable. Por eso, cuando Kanda se vio cara a cara con aquellos akumas de nivel tres, acabó con la patética existencia de todos ellos. De los diez.

No encontró la inocencia. Regresó a la Orden con las manos vacías. Misión fallida.

Las pesadillas lo acosaron desde entonces, y no sabía muy bien por qué.


En algún momento, la alarma de la Orden comenzó a sonar…


¡Hola! Dolly al habla. QUÉ CALOR! Llegó el verano, el descanso, las crisis de creatividad... Qué difícil ha sido escribir este capítulo. Horrible. De verdad, no miento, se me ha hecho dificilísimo. Creo que está muy OOC por parte de Kanda. Díganme qué le puedo mejorar, de verdad. No estoy satisfecha, y quiero corregirlo.

¿Qué tal están? ¿Todo bien? Y yo que me alegro, señor. Por mi parte, llevo todo el verano tratando de seguir con esta historia... Espero que esta crisis de escritura se me termine ya o voy a morir. Por favor, si ven que la historia se me está desbarrando, díganmelo, porque esto se me apodera u.u.

Y eso, que espero pronto actualizar. El siguiente capítulo y está a medias... Dios dirá, o no, la cuestión es que espero no quedarme atrancada de nuevo.

Muchas gracia spor los reviews, son un amor todas ustedes *O*

Con mucho amor,

Dolly.

P.D: Han visto Yarichin Bitch Club? ¿Qué opinan de este suculento manga?