¡Hola a todos! Lo sé, no tengo perdón por el retraso :( Me tendré que poner un aviso para no pasarme del tiempo, es lo que tienen las vacaciones... Bueno, sin más dilación, aquí está el penúltimo capítulo de 'Humanos Desagradecidos'. ¡Disfruten y dejen algún comentario por aquí!
Capítulo 9
Keldarion maldijo. Entonces cogió su espada y se puso en pie, plantándose justo delante de su hermano y observando con el ceño fruncido la dirección que Elrohir había señalado. Los gemelos también cogieron sus arcos y flechas, más que dispuestos a disparar a la orden del príncipe.
La gente del pueblo apareció poco después, susurrando entre ellos cuando finalmente vieron a los elfos. Los hombres caminaban en grupos con sus esposas e hijos. También había dos carros que transportaban más niños y ancianos, y otros venían en caballos. Para sorpresa de los elfos, casi todo el pueblo había participado en este peregrinaje matutino al bosque.
"¡Alto! ¡No os acerquéis más!" –gritó Keldarion, avanzando hacia ellos. Cuando estaba a unas diez yardas de ellos, se detuvo y los observó con detalle, buscando la presencia de armas ocultas en sus ropas.
La gente del pueblo se había detenido, mirando temerosos al elfo furioso. La larga espada era lo bastante amenazadora como para que dieran un paso atrás, y algunos estaban aterrorizados al verse como destino de las flechas de los gemelos. Ansiosos e inseguros, la multitud se volvió hacia su líder, el hombre que estaba al frente de ellos.
Tragando salva y sudando ligeramente por el miedo, el hombre dio un paso adelante con incertidumbre. Entonces se quitó el sombrero y se inclinó levemente.
"Buenos días, señores. Soy Ragan, el alcalde del pueblo."
La única respuesta de Keldarion fue entrecerrar los ojos hasta que solo eran una hendidura, taladrando al hombre con la mirada. Esto solo hizo que Ragan sudara aún más.
"Bueno, yo… eh… Hemos venido a…"
"¡No me importa a qué habéis venido, marchaos! –gritó Keldarion-. Tienen suerte de que no los matemos a todos después de lo que le hicisteis a mi hermano anoche. Todavía estoy de mal humor, así que podría darme por cortar una cabeza o dos. ¡Por lo tanto si valoráis vuestra vida, os sugiero que deis la vuelta y volváis a casa antes de que empiece a usar mi espada!"
Las personas se quedaron sin aliento y gritaron de miedo al escuchar eso. Algunos empezaban a retroceder, tirando de su familia frenéticamente. Varias mujeres estaban tan angustiadas que empezaron a llorar, aferradas a sus maridos, incluso el alcalde se dio la vuelta para abandonar el lugar.
Pero, para sorpresa de Keldarion, algunos no se movieron. Rodeados de sus hijos, varias parejas miraban a los elfos como pidiendo disculpas. Sujetándose unos a otros, se atrevieron a acercarse un poco más a Keldarion.
Allí de pie con su espada en la mano, el príncipe resultaba temible, pero el grupo se acercó en silencio, obviamente intimidados por la furia de Keldarion, pero determinados a cumplir su misión.
"Mi señor –dijo uno de los hombres, tomando el papel de portavoz-. Sabemos que está disgustado de vernos, pero hemos venido a averiguar cómo está el sanador. Estamos muy preocupados por su condición. Por favor, díganos cómo está."
"Está vivo y eso es todo lo que debes saber. ¡Ahora largo!" –respondió Keldarion, cortante.
El hombre miró a su familia y amigos, que le insistieron para que continuara. Girándose de nuevo hacia Keldarion, se tragó su nerviosismo y volvió a intentarlo.
"¿Po… podemos verlo?"
"No, no podéis."
Una mujer tropezó hacia adelante y dijo:
"Por favor, mi señor. Nos sentimos muy mal por lo que Shakmi le hizo anoche. No podíamos detenerle. El sanador, tu hermano, le salvó la vida a nuestros hijos y estamos muy agradecidos. Realmente queremos verlo para darle las gracias y disculparnos."
Los demás seres humanos también asintieron, de acuerdo con ella. Hasta los niños se adelantaron un poco para ver si lo convencían, pero Keldarion no cedió.
"¡Suficiente! –gritó, haciendo que las personas saltaran del susto-. ¡He dicho que os marchéis! Mi hermano no necesita que le vean revolcarse en el dolor que le habéis causado. Y no podéis hacer nada por él, así que…"
"Kel."
Fue solo un susurro, pero Keldarion lo oyó. Se dio la vuelta y miró a su hermano. Legolas le sonreía estoicamente, después de despertarse por las voces. Suspirando, Keldarion fue hasta su lado.
"¿Sí, hermano? ¿Te están molestando? ¿Quieres que los eche a la fuerza?"
Los gemelos también se arrodillaron junto a él.
"¿Quieres que le disparemos a uno o dos?" –preguntó Elladan.
Legolas se rio.
"No, gracias. Solo… déjalos venir, Kel."
A Keldarion no le hizo gracia la idea.
"¡No lo haré! Necesitas descansar. Esta gente solo va a molestarte, no lo permitiré."
"Kel –dijo Legolas, poniendo una mano sobre la de su hermano-. ¿No lo ves? Tienen tanto miedo que están temblando. No pueden hacerme nada. Déjalos que vengan, Kel."
En silencio, Keldarion miró a su hermano a los ojos. Luego, con un profundo suspiro, se levantó y se acercó de nuevo a las personas. Los observó seriamente, uno a uno.
"Podéis verle –dijo finalmente, tras lo que pareció una eternidad. La multitud sonrió de alivio al instante, agradeciéndole a Keldarion y acercándose-. ¡No he terminado! –gritó el príncipe con exasperación, haciendo que los seres humanos se quedaran congelados a medio paso, estupefactos-. Solo pueden verlo los niños –agregó-. Los demás se quedarán ahí."
La gente lo observó, sin saber qué decir. Miraron a sus jóvenes hijos e hijas un poco temerosos de que les pasara algo. Al ver esto, Keldarion no pudo contener un resoplido.
"Confiad en mí, humanos. A diferencia de vosotros, los elfos tenemos el honor suficiente como para no hacerles daño a niños inocentes –dijo-. Que vayan a ver a mi hermano, pero como le hagan daño no dudaré en usar mi espada."
Las personas asintieron apresuradamente, hablaron con los niños en voz baja y luego les dieron un empujoncito hacia Legolas. Recostado bajo el árbol y flanqueado por los gemelos, el príncipe manyan vio cómo los niños se acercaban a él con pasos vacilantes. Un niño pequeño fue el primero en llegar y extendió la mano para apretar las suyas más grandes.
"Siento que fueras herido –dijo cuando Legolas aceptó su mano-. Y me gustaría darte las gracias por salvarme ayer. Shakmi era muy malo, me alegro de que haya muerto."
Legolas asintió y el niño se levantó para darles paso a los demás. La siguiente fue una niña, que se inclinó para besar la mejilla del príncipe.
"Gracias por curarme, mi señor. Espero que te mejores pronto –dijo con una sonrisa tímida. Sacó un peluche que llevaba a la espalda y lo colocó sobre el pecho de Legolas-. Ten. Es el oso Bobo. Mi madre me lo hizo para que me protegiera. Ahora puede ser tu amigo para que nadie más pueda hacerte daño."
Legolas estaba tan sorprendido por el regalo que no sabía qué decir.
"Yo… uh… gracias" –murmuró, mirando aturdido a la niña mientras envolvía sus brazos alrededor de Bobo.
La niña sonrió y se alejó. Más niños se acercaron después, con regalos y palabras de gratitud, deseándole una pronta recuperación. Legolas estaba abrumado, sonriéndole a los niños a través de las lágrimas. La ira de Keldarion se evaporó desde que vio sonreír a su hermano e intercambió miradas divertidas con los gemelos, contento de que los niños lo estuvieran animando.
Cuando el último niño se fue, el príncipe manyan había recibido otros dos peluches más, cintas para el pelo, un par de calcetines de lana, una camisa de algodón, un hermoso cinturón de cuero, varias mantas hechas a manos, algunos frascos de ungüentos medicinales y cuatro ramos de flores. Elladan y Elrohir intentaban no reírse con todas sus fuerzas al ver a Legolas rodeado de pilas de regalos.
"Gracias. A todos" –consiguió decir Legolas, mirando con gratitud a los niños que volvían con sus padres. La gente del pueblo le devolvió la sonrisa, aunque seguían desconfiando de la presencia intimidante de Keldarion, que seguía allí como un ángel vengador, con los brazos cruzados y el rostro impasible.
"Ahora que habéis dicho lo que queríais os sugiero que os marchéis" –dijo.
"Sí, mi señor –coincidió uno de los hombres, asintiendo vigorosamente-. Nos disculpamos una vez más por todo lo que ha pasado."
"Disculpas aceptadas. Ahora, marchaos" –respondió Keldarion, impaciente, haciendo un gesto con la mano. La gente se inclinó y retrocedieron.
"Mi señor, si necesita cualquier cosa díganoslo y haremos todo los posible" –dijo otro.
Keldarion hizo una pausa y se quedó pensativo varios segundos.
"¿Cualquier cosa?"
Los hombres se miraron hasta que uno respondió:
"Lo que pidas, mi señor."
"Muy bien –dijo Keldarion, decidido. Entonces señaló uno de los carros que habían traído-. Necesito esa cosa."
¿Ven? Al final los hombres no son tan malos :3
