Dovahkiin miro asombrado el rasgón que tenia la túnica de Rhaenys en la espalda. Iba de extremo a extremo. Las costuras deshilachadas estaban cubiertas por una costra de sangre seca. Examino las mangas, chamuscadas y manchadas en sangre oscura casi negra. Se había defendido con uñas y dientes, a veces daba autentico miedo y solo tuvo que rememorar su lucha con Alduin.

- Eirian dela en paz mi túnica y ven a ponerme el parche de la espalda. – exclamo Rhaenys desde su cama mientras le daba la espalda y se recogía el pelo dorado en un moño. Eirian se acerco tirando de cualquier manera el traje y cogiendo el vendaje para colocarlo con cuidado en la espalda, sintió un escalofrió al ver la herida de un color azul verdoso por la poción.

- Me explicas de nuevo porque no te está ayudando alguien que no sea yo. Esto me incomoda.- se quejo Eirian comprobando que no se despegara la venda.

- ¿Quién me mando a ese hervidero de bestias?

- Vale, vale. No te quejaste tanto cuando atravesamos medio mundo para venir aquí. - dijo Eirian mientras se daba la espalda para dejar intimidad a Rhaenys.

- Fue idea mía, ya sabes, soy una imperial orgullosa…

- …y descubriste que tus abuelos eran Nórdicos. Por eso me convenciste para venir al quinto infierno. Soy de clima subtropical y aquí es invierno veinticinco horas al día. – añadió Eirian dándose la vuelta para mirar a Rhaenys que ya portaba la armadura que le había obligado a ponerse mientras se curaba y su túnica es arreglado.

- ¿No puedes dejar de quejarte? Al final te voy a tener que dar un capón, gato salvaje. – amenazo en broma mientras le golpeaba en el hombro. Su tatuaje volvía a su morado habitual.

- Tal vez te incordie para eso. Ves que bien te queda la armadura.- señalo mientras miraba la armadura enana que le había dado. No era de un color dorado como la suya sino de un tono más parecido al bronce lo que contrastaba con sus ojos platinos.

- ¡La odio! ¿Cómo puedes moverte con esto? – se quejo mirando con resignación y repugnancia la indumentaria.

- Soy el doble de grande y se me da mejor la espada.

- Eso es lo absurdo de nuestra situación. No entenderé nunca que tú seas Archimago y yo no. – dijo negando con la cabeza.

- Yo fui quien encontró el dichoso basto que llevas ahora mismo colgado a la espalda. Y de que te quejas, hace una semana escuche que Tulio te ha nombrado su sucesora. – dijo Eirian saliendo por la puerta y bajando por las escaleras. A su espalda Rhaenys le seguía.

- No creo que acepte el cargo, demasiada responsabilidad. Y no podría seguir con mis aventuras. ¿A ti no te lo ofrecieron?

- ¿Quién crees que les indico en qué dirección buscar un buen general?

- Ya me lo imaginaba. No podías dejar de ayudarme.

- Es para que no creas que soy un acaparador.- sonrió Eirian mirándola por encima del hombro.

- Te refieres a lo de ¿Qué todo el mundo cree que solo hay un Dovahkiin en lugar de dos?

- Si, más o menos. La gente se pone muy pesada con que no puede haber dos. Recuerdas a los Barbas Grises, creían que eras mi escudero. ¿Luego no tuve que evitar que los mataras a gritos o a patadas? No sé cual es peor.

- Escudero… atajo de vejestorios- escupió Rhaenys con indignación.

- Contrólate un poco, la semana que viene partimos a verlos.

- No me lo recuerdes. ¿Por qué no podemos esperar un par de años?- pregunto poniendo cara de niña buena. Eirian frunció el ceño y le abrió la puerta de la torre.

- Anda sal, no me vas a convencer con esa carita de angelito. Tenemos la obligación de descubrir lo que está ocurriendo. – respondió Eirian.

- ¡Que consuelo! Tenemos que salvar al mundo… ¡Otra vez! No me quejo de mi trabajo, pero porque el mundo no puede quedarse a salvo un rato. Matamos hace un mes a Alduin y aun nos tienen haciendo recados.

- Que se le va a hacer. No quiero quedarme tanto tiempo aquí o me volverán a mandar a buscar un bastón, una máscara ceremonial o el cuerno de un dragón tuerto que saltaba a la pata coja siete veces antes de matar a alguien.- dijo Eirian girando bruscamente, Rhaenys se dio cuenta como en su dirección venia una alumna demasiado interesada en la magia destructiva, la especialidad del archimago.

- Algún día tendrás que atender a la pobre.

- El día que este maldito cubo de nieve se convierta en el infierno.

- Y yo soy la mala luego.

- No soy mal, soy antisocial desde que todo el mundo ha decidido amenazarme con convertirme en su alfombra particular.

- Luego le hundías la espada en el cráneo y tú los desbalijabas.

- ¿Para qué va a necesitar el oro un muerto?

- Y me gusta el collar que me compraste con él, ¿sabes que aumenta mis capacidades mágicas?

- Lo sé, tú necesitas más magia que yo. No tienes el mismo entrenamiento en combate.

- ¡Oye! Estoy mejorando en la defensa con el bastón.

- Y yo en cocinar sin quemar pero eso da igual. Hasta que no me dejes entrenarte seguirás teniendo una desventaja táctica.

- Alguien tan cerrado de mente no podría ser el jefe de un colegio de magos. Es absurdo.

- Vivimos en un mundo absurdo. Venga vamos para dentro tengo unos libros en mi despacho que deberías ver.

- Me has traído algún regalo.

- Por supuesto que no, por quien me tomas, ¿Por alguien que va por los pueblos?- bromeo el Khajiita accediendo a su despacho.

- Tú no has pisado un solo camino desde que naciste.

- ¿Para que voy a andar en círculos pudiendo ir en línea recta?

- Recuérdame la contabilización de dragones que nos atacaron cuando no íbamos por los caminos.- pidió Rhaenys con media sonrisa.

- Treinta y ocho en el último año.

- Ahora los encontrados en los caminos.

- Doce

- ¿Ves la péquela diferencia?

- ¡Qué más dará! Si se mueren con un soplido.

- ¡Mira! Hay te doy la razón. Los Dragones son un poco blandengues debe ser porque son unos sacos de huesos – bromeo Rhaenys haciendo reír a Eirian y a ella misma en el proceso.

Subieron las escaleras hasta llegar a su despacho de archimago. Al entrar los recibió el tibio aire, perfumado gracias al pequeño jardín que crecía en el centro de la sala. Lo rodearon y llegaron a la pequeña mesa frente a la estantería. Rhaenys se sentó en un sillón y Eirian deposito dos grandes volúmenes sobre la mesa.

Rhaenys abrió uno y Eirian le mostro lo que quería que viera. El dibujo de un dragon alargado de un tono claro. Estaba enroscado encima de una manada de Trols que gruñían y hacían aspavientos al dragón. En la página siguiente un grabado de las montañas resquebrajándose y estallando en una vorágine de fuego.

- Esto no es bueno ¿verdad?

- No, no es bueno.