Durante el mes y medio siguiente a la conversación con los Barbas Grises, Eirian y Rhaenys buscaron por todo Skyrim a Paarthurnax, pero el líder de los Barbas Grises no apareció. Los contactos de Eirian en el submundo y los de Rhaenys no sabían nada. Ni siquiera su última opción les ayudo lo más mínimo. No apareció, se rumoreaba que estaba en Morrowin.
Ahora mismo estaban en Carrera Blanca, en la casa de Eirian cenando tras un día duro. El Khajiita removió el estofado y olfateo el aire, bajo el fuego apartando la olla de la chimenea. Cogió el bol de madera y lo relleno y se lo dio a Rhaenys. Luego se relleno su propio plato y se sentó a la mesa frente a ella.
- ¿Dónde está Lydia?- pregunto Rhaenys mirando al pasillo. No había visto a la mujer de Eirian en todo el día.
- Me ha dejado – dijo sin más mientras comía – No la culpo es normal, nunca estoy en casa. Creo que se ha vuelto a casar. Este sitio tiene un problema con las bodas relámpago. – añadió sin darle importancia.
- Veo que te lo tomas muy bien el que te haya dejado tu mujer. – comento Rhaenys mirándole con atención. El Khajiita no aparentaba ninguna reacción negativa.
- Tampoco es tan grave. Además esto fue cosa tuya. No avisar que el collar que me diste era señal de buscar pareja. Lo hiciste a traición. – dijo Eirian sonriendo.
- La verdad, fue muy divertido ver como Lydia se te declaraba. La cara que pusiste fue de época. ¿Cómo se te ocurrió aceptar? – se mofo Rhaenys haciendo que Eirian desviara la mirada.
- Razones prácticas.
- ¿Y esas razones son?
- Como le dijera que no, volvería a abandonarnos y la vez que lo hizo tú acabaste anclada a una pared y yo con el brazo depilado a base de fuego.
- Qué romántico puedes llegar a ser.
- Hay que jugar con las reglas de este sitio y son distintas a nuestro ¿hogar? Se supone que este es nuestro hogar ahora así que no sé cómo llamar al sitio de donde vinimos. – dijo Eirian echando el plato vacio a un lado y estirándose en la silla.
- Pues ahora que lo dices, tienes razón ¿cómo lo llamamos? Y lo más importante. ¿Por qué estamos discutiendo esto en vez de pensar donde encontrar al maldito Paarthurnax? – pregunto Rhaenys imitando a Eirian.
- ¿No te caía bien? – pregunto Eirian recogiendo los platos y lavándolos en el barreño lleno de agua que había junto a la ventana del patio.
- Me caía bien hasta que decidió irse para liderar a los últimos dragones y no nos explico que después de matar a Alduin nos tendríamos que enfrentar al fin del mundo. – contesto Rhaenys. Se levanto de la mesa. – Creo que voy al mercado. Tengo que comprar algunas pociones.
- Tráeme limaduras de hierro. Tengo que reforzar la espada, desde que se partió en la montaña está muy debilitada y se ha vuelto demasiado frágil.
- Será porque esta partida en dos y la uniste con un hechizo de ascuas. Te dije que te compraras otra.
- No puedo tirar esta espada, es la que me regalaste cuando estábamos en Morrowin. Hemos pasado mucho juntos.- dijo sonriendo con añoranza.
- ¡Oh si! Muchísimo. Muchísimas cabezas rebanadas, eso es muy tierno.- bromeo Rhaenys poniéndose una chaqueta sobre la túnica, el invierno se había adelantado en Carrera Blanca.
- Nunca me ha fallado, no veo porque me voy a deshacer de ella.
- Eres un sentimental con tus armas. – concluyo Rhaenys saliendo por la puerta.- Ahora vuelvo.
A cientos de leguas de allí en una cueva de amplias dimensiones, en la que un castillo podría ocultarse fácilmente, doce dragones volaban sobre un monolito de granito con vetas de un mineral brillante que generaba una tenue luz azul. Emitía pulsos de luz cada vez más rápido. Un entramado de grietas llenas del mismo material iluminaba toda la enormidad oscura y oculta.
El monolito empezó a agrietarse generando más y más luz hasta que de pronto estallo con una onda de energía que ni el Thu`um más poderoso podría igualar. Un hombre de altura considerable había aparecido en sustitución al monolito volatilizado. Los dragones se lanzaron en picado y rodearon a la persona.
Este los miro con superioridad pero con un toque parecido al del orgullo paterno. Las criaturas aladas mostraron sus respetos al hombre y se agacharon con sumisión. No eran los dragones legendarios, ni siquiera podían considerarse como un dragón de Skyrim. Eran de porte lineal, de curvas suaves. Sus escamas eran diminutas y puntiagudas.
Su cuello era largo y esbelto con una fina línea morada a lo largo de la garganta. Sus cuernos eran cortos y puntiagudos, se curvaban ligeramente hacia atrás. Sus ojos eran más grandes de un profundo color azul, parecían zafiros perfectos incrustados en sus cráneos alargados de hocico profundo parecido al de un cocodrilo.
Desde las fosas nasales hasta la zona de los ojos dos crestas óseas de color rojo se delineaban, era su forma de indicar su estatus en el grupo. El dragón con la cresta más prominente y roja era el líder, él que se puso delante del hombre. Constaban con cuatro patas delgadas y musculosas y dos alas grandes y translucidas.
Su cola terminada en forma de diamante era capaz de cortar diamantes. Eran unos seres elegantes, esbeltos y sofisticados, nada que ver con sus familiares de Skyrim hechos para la lucha aérea y demostrar su poderío con orgullo y prepotencia. El hombre iba ataviado con una armadura dorada y brillante que despedía luces iridiscentes. Una capa que simulaban las alas de un dragón negro le cubrían la espalda y parte del pecho. La cara estaba cubierta con un casco de combate rematado con una corona de platino con cientos de zafiros engarfiados.
- Mi hijo ha muerto y el final comienza.- Dijo el hombre con una voz incorpórea como si surgiera de todo el mundo y de nadie a la vez- ¿Cómo van los preparativos de los otros monumentos?
- Estamos comenzando las excavaciones, mi señor. Pero milenios de abandono lo harán complicado y largo.
- El tiempo no es importante. Los Barbas Grises tampoco lo son.- añadió adelantándose al dragón. – Los Dovahkiin en cambio sí lo son. ¿Qué están haciendo los causantes de mi regreso?
- Buscando las reliquias.
- ¿Han tenido algún éxito?
- No, mi señor. Están buscando a Paarthurnax. Lo hemos ocultado. No podrán encontrarlo y sin él no podrán saber donde se encuentran las reliquias.
- Tratarlo bien, la muerte de ese traidor será cuando yo lo decida.
El hombre bajo del montículo en el que estaba o había estado el monolito causante de su regreso al mundo mortal. A lo lejos se veía una enorme fortificación que daba señales de haber sido construida por los enanos y reconstruida por otros seres tiempo después. Los dragones le siguieron con paso fúnebre. La luz proveniente del mineral mágico se desvaneció poco a poco y entonces la armadura de aquel ser mostro todo su esplendor.
Ilumino toda la cueva con una luz dorada que convirtió la piedra negra en oro incluso para el ojo más experto. Los dragones deslumbrados por el poderío de su señor se atrevieron a admirar dicha maravilla sin aflojar el paso.
En la fortificación, a miles de metros de profundidad de la superficie dos argonianos curtidos en batalla, con cientos de cicatrices que lo demostraban, vigilaban de cerca una cámara demasiado estrecha y minúscula para su único habitante que gruñía y rugía desde su interior. Incapaz de usar su Thu´um debido a gruesas cadenas que le bloqueaban la boca, no tenía capacidad de salvarse.
Cada intento de liberación por su parte producía dos reacciones, una descarga de una maquina enana y la risa burlona de sus guardianes. Intento deshacerse una vez más de sus envoltura férrea pero solo consiguió estrangularse. Dándose por rendido se tumbo con abatimiento sobre el lecho húmedo de la celda.
Su viaje por Skyrim se emprendió meses atrás con la caída de Alduin para restablecer el orden, ese viaje le llevo a acercarse demasiado a las montañas de Laberintia, específicamente a una montaña hueca de la que nadie regresaba. Debió tener más cuidado pero los años, aislado del mundo le llevaron a pensar que dicha maldición habría desaparecido. Cuando una bandada de cuervos le ataco debió prever la emboscada en lugar de dejarse llevar y atacarlos.
El ataque se produjo desde arriba, un golpe brutal y salvaje en la espalda que se vio seguido por el enrollamiento del dragón gris entorno a su cuerpo impidiéndole cualquier movimiento. Cayeron en picado cerca de doscientos metros hasta chocar contra la cima de la montaña que cedió bajo el impacto y ambos volvieron a precipitarse.
Durante una eternidad se precipitaron en el vacio más absoluto sin ver ni oir nada que indicara un final. Y de golpe el suelo llego con violencia y le sumergió en la inconsciencia. Al despertar estaban terminando de doblegarle con las cadenas. Solo tuvo la oportunidad de acabar con la vida de uno de sus captores, un enclenque argoniano. Tras ese incidente nadie entraba en la celda y el agua y la comida eran lanzados por una trampilla del techo a su boca, o a una zona de su boca donde su lengua podía recogerla sin que el cepo le molestara para comer.
Cerró los ojos resignándose a su encierro y esperando que los Dovahkiin lograran dar con él. Si sabían de la existencia de la profecía y de las reliquias el mejor lugar para buscar era Laberintia, con algo de suerte en una de las subcamaras del laberinto de galerías y cuevas podrían hallar la entrada a aquel santuario prohibido, como bien había deducido él.
Los muros aunque gruesos no eran rival para su oído, y percibió más de lo que sus enemigos querían que supiera, eso le daba ventaja sobre ellos, siempre que lograra salir de allí y transmitir a los encargados de evitar la profecía su misión y las trabas que el enemigo les pondrá.
El mundo dependía de que el azar y la buena fortuna guiara a los Sangre de Dragón hasta él. El mundo solo se salvaría si el destino lo quería y los dioses no miraban.
