El hombre tras la máscara suspiró. La tristeza le doblaba hacia delante, como si la máscara pesara más de lo que podía soportar. Habló con voz suave, y yo asentí de nuevo.

-No quiero hacerte daño, pequeño. De verdad, no quiero, pero has hecho algo muy grave.

Entendía lo que pasaba solo a medias. La mitad de las frases estaban llenas de palabras que no conocía, y las leyes del lugar me eran ajenas, pero nada de eso era importante. Solo sabía que yo solo no podía detener a todos esos santos por la fuerza si decidían atacarnos, y que buscaban algo, asi que asentí a todo lo que dijeron y admití haber hecho todo de lo que me acusaron. No mentí, creo, o no demasiado, y no quería meter a nadie más en problemas, ni siquiera mencionar que existían. En cualquier caso, era culpable de casi todo, y si me hubieran cortado la cabeza a la mañana siguiente no habría podido decir que fui tratado injustamente; de hecho, lo merecía, no más que la mitad de los que estábamos allí, peor lo merecía.

La ley era clara. Matar a un santo, siendo tú mismo externo al santuario, se castiga con la muerte. Es una medida razonable, y bastante necesaria para proteger a la orden de ataques externos. No me quejo, de hecho, la sensación de injusticia, de haber escapado a un castigo que merecía, simplemente por ser útil, nunca terminó de abandonarme. A veces, viendo a aquellos que no tenían tanta suerte, fantaseaba sobre qué habría pasado si me hubieran ejecutado, pero Shion era reticente a aplicar la pena máxima en un niño pequeño y buscaba formas de torcer la ley a mi favor, la torció hasta el punto de romperla, y Saga saltó como un resorte, aunque podía ver de lejos que lo que decía y lo que sentía no eran lo mismo.

Aiolos decía que la ley no fue escrita con niños en mente, e incluso Saga parecía hacer esfuerzos para mantener su punto. Le respeto por ello, creo que incluso entonces me dio algo de seguridad saber que esa montaña de energía respondía frente a algo, aunque fuera frente a algo totalmente imaginario.

-No fue un ataque sin provocación! No pudo serlo! Es evidente que nos está escondiendo algo!

-Aunque ese fuera provocado, Aiolos, maldita sea, la sentencia sigue siendo muerte por atacarnos a nosotros y lo sabes!

-Estaba asustado!

-No ha contestado!

-No puedes condenarle en base a no responder preguntas

-¡Eso es exactamente lo que se hace cuando alguien no contesta preguntas! ¡Maldita sea!

La mayoría de la conversación sobre si debían o no matarme se llevó a cabo delante de mí. Todo un detalle. Supongo que asumieron que, si no me hablaban directamente no entendería nada; es tranquilizador saber que la tierra estuvo y estaría en manos de gente con tan brillantes ingenios y afiladas percepciones! Un verdadero consuelo.

Recuerdo los gritos sobre si debían, o no, cortarme la cabeza, sobre si Piscis aceptaría a otro guardián esta generación, y sobre los cómos exactos de decapitar a un dorado. Recuerdo ver la escena desde fuera de mí, como si flotara en una esquina de la habitación gigantesca, co Shion meditando en silencio sobre más asuntos de los que yo sabía siquiera que había en el mundo, y preguntarme, si estar muerto sería más o menos así. No es una experiencia que se me vaya a olvidar fácilmente, no bajo los techos interminables que te recordaban en cada punto lo pequeño que eras, y no con esa momia vaciada de toda alegría de vivir que era Shura como único consuelo.

Shión habló al fin, tras darles a los otros dos todo el tiempo del mundo. En ese momento me pareció un monstruo sádico que tenía que estarse divirtiendo por fuerza. Ahora, sabiendo que tenía que hacer malabares con no parecer débil frente a otros diose,s con mantener el orden en las filas, con sus convicciones y con las leyes, se que el tipo era prácticamente un Dios, uno que no recordaba cómo era ser un niño humano y no pensó en hacerme esperar en otra habitación.

Su voz era suave como terciopelo, pero tenía un eco especial que ahogaba bajo su peso todas las demás

- Dejaremos que la armadura decida. Si la armadura de Piscis estaba reaccionando a él, entonces dejemos que la llame de nuevo. Si la armadura lo acepta, significará que es inocente y tiene la aprobación de Athena.

Saga y Aiolos se miraron entre sí, los dos igual de frustrados, bajaron la cabeza, y asintieron. Creo que ese era el baremo en el santuario para saber si algo era justo por entonces, si Aiolos y Saga estaban igualmente cabreados con ello, estabas en el punto medio. Un juicio por armadura cuando yo ni siquiera sabía cómo llamar una no era mucho mejor que una sentencia de muerte directa, pero era todo lo que Shión podía hacer por mi. De hecho, era más de lo que podía hacer por mí, ni siquiera lo apruebo, en retrospectiva.

No lo aprecié entonces. No aprecié casi nada de lo que Shion hizo por mí en ese primer año. Estaba demasiado furioso, y demasiado asustando.

Aiolos se arrodilló a mi lado, me revolvió el pelo, y me dio una versión edulcorada y más falsa que cierta de la conversación que acababan de tener. Yo agarré a Shura de la camisa, el extraño niño-adulto que trotaba tras Aiolos en Grecia y parecía no tener alma. Solo podías ver chispas de niñez en su rostro de vez en cuando, si le pilabas distraí le hizo un gesto, y Shura tomó aire, con cara de que le obligaban a nadar en la basura.

-Sabes cómo se llama una armadura?- Me preguntó, con formalidad de notario, y yo negué con la cabeza, haciendo esfuerzos por no salir corriendo de allí. Estaba más antipático que nunca, lo que era un record en su caso. La descripción de lo que había pasado en Suecia le había revuelto el estómago, y estaba poniendo toda su energía en parecer compuesto, no matarme ahí mismo, y no vomitar, no necesariamente en ese orden.

-Bueno, solo...cierra los ojos. Cierra los ojos, imagínate con ella, y piensa muy muy muy fuerte en lo mucho que la quieres. Las armaduras leen tu alma y no se les puede mentir. Si piensas en ello con todas tus fuerzas, y eres digno, la armadura vendrá a tí.

- Pero...es que...yo no la quiero.

-¿Cómo has dicho?- escupió la frase de tal modo que me hizo retroceder un par de pasos.

-No quiero una armadura. No puedo pensar que la quiero.

-No entrenabas para ser un santo?- Ladeé la cabeza, y me esforcé por, aparte de no salir corriendo, hablar despacio, porque Shura tenía cara de estar oyendo chino.

-No quiero ser un Santo. Nunca he querido. Y no quiero vuestras armaduras.

Shura fue el que se quedó mudo esta vez. Retiró mi mano de su ropa, muy despacio, como si fuera un gigantesco y mortífero insecto, y repitió mis palabras en alto al grupo de adultos, que le miraron a él como si también hablará chino. Hasta las columnas parecían inclinarse un poco, para asegurarse de haber oído eso bien, y el tiempo hizo una conveniente pausa dramática, para disfrutar del espectáculo de cinco cabezas echando humo por una sola frase.

-La prueba no es aplicable. No puede llamar una armadura que no quiere tener-Sentenció Aiolos

-Entonces, solo hay una opción, me temo. Esa era su única oportunidad

-¿Oh, venga ya, Saga! ¡No puedes hablar en serio!, ¿Quieres ejecutar a alguien inocente!

-Maldita sea, idiota, no puedes dejar a un asesino suelto solo porque tiene una carita linda!

-No tiene nada que ver con una carita linda! No sabemos si ha sido él!

-¡Ya te ha dicho él que sí! ¡Tres veces!

-Solo míralo! Es un crío!

La cabeza de Shión se inclinó hacia delante, como si el casco pesara demasiado. La discusión de los otros dos era solo su ruido de fondo

-La armadura ha reaccionado antes. Vale la pena intentarlo- Hizo un gesto con la cabeza a Sagitario, que se inclinó, salió, y volvió con la caja de Piscis en las manos.

Volví a tirar de la camisa de Shura, que me miró fastidiado, y volvió a apartarme de un empujón. El pobre solo quería salir de allí, volver a su día a día lo antes posible. Casi daba lástima. Igual que Shion, casi daba lástima ver a esa montaña de músculo tan apesadumbrada, aunque ese día toda mi lástima estaba reservada para mí mismo.

-Qué significa "que ya haya reaccionado"?

-Que alguien cerca de donde tú vivías llamó a la armadura antes. Si no viene significa que no eras tú, y tendremos que volver a buscar a quien fuera para traerle aquí

Recuerdo la caja brillante, que me habrían parecido bonita si hubiera estado en cualquier otra parte, y si no conociera ya muchas como esa. Recordando als de plata que habia visto,l esta solo me daba asco. Abrieron la caja, y se quedaron esperando a que algo no determinado pasara.

Yo miré la caja, fijamente, como si procesando la forma y significado de esa cosa pudiera obrar el milagro que esperaban, pero lo único que conseguía hacer era arrugar la nariz y sentir cada vez más ganas de mandar esa cosa de una patada a las entrañas de la tierra. El miedo se estaba convirtiendo en rabia, y eso es muy inconveniente cuando estás en inferioridad cuatro a uno.

No quería morir, pero, sobre todo, sabía que no podía permitírmelo, necesitaba estar vivo para poder cuidar de la gente de Kiruna.

Cerré los ojos con fuerza, a pesar del pesimismo y la rabia, pero no tenía muy claro cómo seguir desde allí. Los segundos pasaban, volviéndose minutos. Notaba a varios santos moviéndose impacientes y mi tiempo de vida agotándose rápidamente, pero no conseguía que me importara. Estaba demasiado furioso. Lo único que podía pensar era que odiaba esa cosa metálica, odiaba ese sitio, odiaba esa gente, sus aires, sus pretensiones, su tradición homicida, su forma de pasar sobre todo y todos. Odiaba cada armadura que había visto y cada persona que la había llevado, y no veía motivos para hacer excepciones. Les odiaba, y les temía. Quería volver al norte, con la gente que me necesitaba allí, pero no podría protegerles de Santuario por mucho, lo sabía. Los santos volverían arriba y se llevarían a alguien más. No quería eso. No quería que ninguno de los niños de allí se convirtiera en uno de ellos, no quería evr a su madre llorando por ello, ya lo había visto muchas veces. Si alguien iba a ser enterrado vivo en ese agujero de locos, prefería mil veces que fuera yo a ninguno de ellos.

Al parecer, según el enfermo que la forjó, eso era un argumento válido. Hubo un estallido de luz, y antes de que pudiera abrir los ojos la armadura de Piscis cosquillear contra mi piel. Fue tan repentino, y tan agradable, que pegué un respingo y traté de quitármela con las manos. El objeto ronroneaba como un gato. Era casi como un abrazo, familiar y cálido, y a la vez un estallido de poder y pasión como nunca había sentido, inyectadas directamente bajo la piel. Me descubrí disfrutando algo que deseaba odiar, forzado a sentir un placer que no quería. Sentí asco y vergüenza de mí, y familiaridad con todas esas sensaciones. Lancé la armadura tan lejos como pude, con un golpe de voluntad, y me quedé mirándola, resentido. Fue una de las experiencias más confusas de mi vida, y tengo un buen abanico para elegir.

Mientras aún trataba de digerir el caos de emociones que sentía, incapaz de recordar siquiera dónde estaba o con quién, Aiolos me levantó del suelo y por poco le reviento la boca como primera reacción al contacto. Aún sentía la armadura sobre mí, aún intentaba echar ese placer rabioso de mi piel, y otra sensación no solicitada más casi provocó un cortocircuito. Me mordí el labio, controlándome de milagro, y Aiolos siguió a lo suyo, felicitándome y revolviéndose el pelo, y yo sonreí porque solía ser la única forma de que el condenado te dejara en paz.

Finalmente Aiolos captó el mensaje, y me dejó en el suelo.

-Felicidades Dita!Eres uno de nosotros ahora!- Cerré los puños, estrujé la ropa, y me negué a llorar ahí en medio, aunque era lo único que quería hacer desde hacía ya demasiado tiempo. Aentí con energía.

-¿Puedo irme a casa ya?

Los ojos de Sagitario se apagaron por completo. Bajó la cabeza, y me puso la mano en el hombro, con cuidado. Parecía más triste de lo que Shión me había parecido la primera vez que habló conmigo, y hasta entonces pensaba que eso era imposible

-Me...me temo que no, Dite. Verás...Nosotros...El patriarca no puede dejarte ir sin más, no después de lo que...has dicho que has hecho. Las leyes no lo permiten. Sería el caos en el santuario, los otros santos no lo aceptarían, y...no sería justo, tampoco, con nuestros hermanos caídos. Lo entiendes ¿Verdad?

Asentí. La desesperada disculpa en esa pregunta no permitía hacer otra cosa, pero no entendía nada. Absolutamente nada. La mayoría creían que me quedé en el santuario por Ailos, incluído él mismo, pero fue por Saga. Aiolos era amable pero un esclavo nos e crea con amabilidad, sino con miedo, miedo a lo que Saga haría a la gente de Suecia si me marchaba.

-¿Y después?

-Yo...Quizás..Quizás cuando seas grande. ¿De acuerdo?

-Al Cabo, entonces?- Preguntó Saga a Shión, y este asintió. Yo les miré, curioso, y un poco esperanzado. El agua me gustaba, sobre todo el agua fría, te despierta la mente. Aquello no podía ser malo…